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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo, fuente de vida y de esperanza
Homilía ak05015a, predicada en 20200329, con 20 min. y 57 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos, el texto precioso del Evangelio que acabamos de escuchar fue tomado del capítulo número 11 de San Juan. Este texto va en continuidad con los dos domingos anteriores. Pero miremos el conjunto de los domingos de la Cuaresma, porque este camino que ustedes y yo vamos recorriendo se acerca a su final. Y es bueno hacer memoria de cuáles son las principales estaciones por las que hemos pasado. El primer domingo fue el Domingo de las Tentaciones. Ahí aparece con toda claridad la humanidad de Cristo, pero también la victoria sobre el demonio; en esa misma humanidad. Segundo, segundo domingo. La Transfiguración, podemos decir que lo que más brilla en ese momento es la Gloria divina propia de este Cristo que es verdadero Dios y verdadero hombre. Si en el primer domingo lo que más se destacaba era su humanidad, en el segundo domingo en la Transfiguración, lo que más se subraya es la divinidad. Luego el tercer domingo ya fue tomado de San Juan, en el capítulo 4, es el texto de la Samaritana. La conversión y la sanación que esta mujer tiene y la promesa del Agua Viva que da Jesucristo. Entonces, Tercer domingo la samaritana, el cuarto domingo o sea el domingo pasado. El texto fue del capítulo número 9 de San Juan y se trataba de la curación de un ciego de nacimiento. En este domingo nuevamente San Juan, la resurrección de Lázaro. ¿Qué nos quieren enseñar estos tres domingos, en que los textos han sido de San Juan? Tercer domingo del capítulo 4. La samaritana. Cuarto domingo del capítulo noveno, el ciego de nacimiento. Quinto domingo del capítulo número 11; la resurrección de Lázaro. En esos tres domingos aparece Cristo como fuente de salvación, como fuente de esperanza. Cristo, salvación y esperanza para aquella mujer que llevaba una triste peregrinación por el pecado. Cristo, salvación y vida nueva para ese ciego de nacimiento. Y hoy todavía se ve con más claridad Cristo, salvación y vida nueva para Lázaro. -Ya huele mal-. Había dicho Marta, su hermana. Y yo voy a hacer un paréntesis en este momento para pedir a Dios que se acabe una epidemia que hay en la Iglesia, una epidemia de incredulidad. Me refiero a aquellos que a toda costa tratan de minimizar, escamotearle, mezquinarle, los milagros a Cristo. Sobre todo se han ensañado contra el milagro de la multiplicación de los panes. Y yo me pregunto cuando oigo que le quitan esa Gloria a Cristo, tan bella, tan evidente, yo me pregunto: ¿Qué dirán frente a este milagro? Dice el Evangelio que Marta le advierte a Cristo: "Ya huele mal. . . " ¿Por qué élla lo sabía? Porque, según costumbre de los judíos, iban a orar a los sepulcros. Había una especie de losa que cubría la entrada del sepulcro. Pero, por supuesto, esa losa no era impermeable. El olor de la corrupción del cadáver ya se sentía. Lo había sentido Marta. Entonces yo pregunto y estoy todavía en el paréntesis. Los que le niegan milagros a Cristo. Ahora, ¿Qué nos van a decir?, ¿Qué Marta tenía una enfermedad en el olfato? ¡Por favor, parar ya eso!, ¡Paren ya esa epidemia! No le quiten la Gloria a Cristo. ¡Él es poderoso, Él es el Señor! Y como poderoso y como Señor. Sí, multiplica panes, y sana leprosos, y da vista a los ciegos, resucita muertos. Y es capaz de detener las plagas. Esa es la fé. Y no debemos perder esa fé. No le quites la Gloria a Cristo, quienquiera que seas. Puedes ser predicador, laico, sacerdote, obispo. No le quites la Gloria a Cristo. Sigamos entonces con nuestro tema. En estos tres evangelios aparece con claridad Cristo como fuente de vida y de esperanza. Pero estos mismos Evangelios, amados hermanos, estos mismos Evangelios nos muestran cuál es la adecuada respuesta frente a esa exuberancia del amor de Dios que se hace presente en Cristo nuestro salvador. ¿Y cuál es la respuesta? La respuesta se llama; la fé. Pero hay que saber, amados hermanos, que la fé tiene por lo menos dos grandes dimensiones. De esto nos ha hablado con tanta sabiduría, especialmente el Papa Benedicto. Hay una dimensión que es doctrinal. En su dimensión doctrinal la fé tiene contenidos, contenidos que de manera resumida están en el Credo. El mismo que proclamamos en cada misa del domingo y en otras misas también. Esa es la parte doctrinal de la fé. Hay que tener entonces una claridad sobre qué es lo que creemos y qué es lo que no creemos; y dejar de creer lo que la Iglesia cree, es apartarse de la fuente de la vida. Es apartarse de lo que San Pablo llama la sana doctrina y también llama el depósito de la fé. Esa es una dimensión, la dimensión doctrinal. Pero hay otra dimensión que es la que más brilla en estos tres Evangelios, repito Juan capítulo 4, Juan capítulo 9 y Juan capítulo 11. Y eso que brilla especialmente en estos Evangelios es la respuesta de fé. ¿En clave de qué? En clave de confianza. Confianza. Poner tu confianza en el Señor. Repasemos las lecturas de este domingo y veamos cómo todas tienen una clave precisamente de confianza. La primera, del capítulo número 37 de Ezequiel nos invita a la confianza, porque tenemos aquí la voz de Dios que promete una vida nueva, que promete un espíritu nuevo, que promete sacarnos de nuestros sepulcros y es Él el único que puede hacerlo. Es Él el único que puede sacarnos del sepulcro. Y ahora es necesario que cada uno de nosotros se pregunte ¿Cuál es el sepulcro en el que está? ¡Ya! ya se encuentra en un sepulcro o se está metiendo en un sepulcro. ¿De qué hablo? Pues existe un sepulcro, por ejemplo, que se llama el miedo. El sepulcro del miedo te paraliza. Claro, no es igual que el sepulcro que está en el cementerio. Pero reconozcamos que una vida en pánico es a veces como una muerte. Y muchos de nosotros, y es perfectamente explicable, estamos sufriendo miedo, incertidumbre, inseguridad. Como lo hemos dicho en otras ocasiones y en otros escenarios. Mis hermanos, es natural, es apenas humano que tengamos esta sensación. Es apenas humano que tengamos incertidumbre, temor. Pero es muy importante que la angustia y el pánico no se adueñen de nosotros. Porque si tú te metes en una caja de angustia, si tú te metes en un sepulcro de pánico; entonces lo que tienes ya no es vida. Pero fíjate lo que nos dice la primera lectura que -Dios saca de los sepulcros-. Dios saca del sepulcro del pecado. Dios saca del sepulcro, del horrible sepulcro del pánico. Dios saca de ese sepulcro, Dios saca del sepulcro del egoísmo. Ese es otro sepulcro. Cuando vivimos tiempos de angustia, entonces la gente reúne cosas y se pone nerviosa y no quiere compartir. Mis hermanos, de ese sepulcro de egoísmo nos puede sacar el Señor también. Y es importante que nosotros creamos en la promesa que está en el capítulo 37 de Ezequiel -Yo mismo-, para que no quede duda, fíjate la palabra tan fuerte que dice el profeta hablando de parte de Dios Es Dios quien dice: "Yo mismo os sacaré de vuestros sepulcros" ¿Y qué puede hacer un muerto? Recordemos la imagen de Lázaro. ¿Qué puede hacer el muerto? Nada. Nada. No puede hacer nada mientras no llegue el poder de Dios. La fuerza de Dios y la Palabra de Dios que le dice: "Sal afuera de ese sepulcro". Sal de ese sepulcro. Mientras no llegue esa voz, el muerto no puede hacer nada. Pero por voz de la Iglesia que hoy predica, especialmente en Internet, por voz de la Santa Iglesia, Cristo te está diciendo: "Sal de ese sepulcro", sal de ese sepulcro. "Yo mismo os sacaré de vuestros sepulcros". Es una palabra de inmensa confianza. Y si vamos a la segunda lectura, que fue tomada del capítulo octavo de la Carta a los Romanos, ¡Qué hermoso mensaje de confianza recibimos! Cómo nos habla Pablo, yo sí los invito sinceramente, les invito a que ustedes vuelvan sobre ese capítulo octavo. Ese capítulo octavo de la Carta a los Romanos se conoce como el capítulo de la vida en el Espíritu y es absolutamente precioso. Mira lo que nos dice Pablo: "Si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el Espíritu vive por la justificación obtenida". Es una frase un poco misteriosa, pero aprendí una interpretación muy bella de esa frase y la comparto con ustedes. ¿Sabes qué quiere decir eso de el cuerpo está muerto por el pecado? Quiere decir que el destino de este, este cuerpo material que tenemos, pues, sera la muerte. Tendremos que pasar por la muerte. Pero aunque pasemos por la muerte, hay algo más fuerte que nosotros y algo más fuerte que la muerte. Eso es lo que nos está diciendo Pablo. Y dice aquí: "Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por el mismo Espíritu que habita en vosotros". -Vivificará también vuestros cuerpos mortales-. Esto de que Cristo da vida a los cuerpos mortales, por supuesto, tendrá su cumplimiento perfecto en la resurrección del último día, solo ahí. ¿Pero sabes una cosa? Esto ya se experimenta y ya lo han experimentado muchos santos. Nosotros debemos recordar que hay personas verdaderos santos, muy particularmente santas. Han sido sobre todo mujeres que han vivido larguísimo tiempo únicamente de la Eucaristía, sin que haya explicación posible. Ese es un milagro. Eso no quiere decir que eso nos vaya a suceder a cada uno de nosotros. Es un milagro. Pero mira, que me acuerde en este momento Catalina de Siena, Ana Catalina Emmerick, Luisa Picarreta, Marta Robin, todas, todas ellas, repito, mujeres, han vivido de esa manera. Pero entre los hombres hay un santo que ustedes y yo queremos mucho. San Maximiliano María Kolbe, devotísimo de la Santísima Virgen. San Maximiliano María, que dio su vida en el campo de concentración de Auschwitz porque pidió que fuera liberado un condenado a muerte y él tomó el sitio de ese condenado. Maximiliano María fue condenado a una muerte espantosa. Era meterse con otros prisioneros a una cárcel en donde simple y llanamente iban a morir porque no les iban a dar ni comida ni bebida alguna. Una muerte por inanición. Una muerte espantosa. ¿Y sabes lo que hizo Maximiliano María, para que se vea que el espíritu da vida? Maximiliano María, sacerdote franciscano conventual. Maximiliano María utilizó esos días para evangelizar. Él sabía que eran sus últimos días en esta tierra. Alcanzó a vivir un poco más de una semana en ese martirio. ¿Sabes lo que hizo en esa semana? Se dedicó a evangelizar. ¿Quiénes tenía para evangelizar? Los otros condenados a muerte. Uno por uno, los fue evangelizando y acercando a Cristo. Les daba ánimo, les daba vida. ¡Increíble Maximiliano María! Increíble. Este bendito franciscano increíble, daba vida. Tan es así que cada uno de sus compañeros, que creo que fueron diez, cada uno de sus compañeros de tortura, porque eso es matar torturando, murió y luego quedó él sin comer y sin beber. Y estando en semejante circunstancia, Maximiliano María todavía vivía y todavía vivía más. Y pasaban días y no se moría los esbirros del espantoso imperio nazi, finalmente le inyectaron veneno en las venas para acabarlo, para rematarlo. O sea que fíjate que este hombre de Dios, bendita sea su memoria, ¡tenía vida! Tenía tanta vida que parece que no lo lograban matar. De la antigüedad se recuerda una mujer que fue torturada horriblemente en tiempos de los romanos. Busquen la historia de élla. Santa Blandina, se llamaba. Es increíble. No lograban matarla. El espíritu da vida. Y eso se demuestra también así. El régimen comunista en Vietnam trató de llevar a la locura a un hombre que después fue hecho cardenal por San Juan Pablo II. Estoy hablando del cardenal Van Thuan. El cardenal Van Thuan fue confinado, pero no en las circunstancias que muchos tenemos hoy. Por esta pandemia fue confinado a prisiones absolutamente ridículas, sin ningún esparcimiento, sin ninguna compañía, sin ninguna conversación. Pocas cosas le proveían y una de las pocas cosas que le proveyeron fue algo de vino y algo de pan. Y con ese pan y este vino este cardenal sobrevivió años. No perdió la razón. El régimen comunista quería enloquecerlo, hacerle perder la razón. Esto ha sido muy frecuente entre los comunistas. Lo mismo hacían en Siberia y en otros lugares. Cuando matar a una persona puede ser un golpe político ambiguo o peligroso para el régimen, entonces más bien prefieren que la persona o se suicide o sino que pierda la cabeza para luego presentar el espectáculo de un sacerdote, en este caso un obispo, un obispo loco atontado como imagen del cristianismo. Van Thuan salió entero y lúcido de esa terrible tortura psicológica que duró años. ¿Sabes qué cáliz utilizaba él? El cuenco de su mano no tenía otra cosa. Ahí consagraba la sangre de Cristo y celebraba la misa de memoria. ¡Y Dios lo sostuvo!, ¡lo sostuvo! porque Dios da vida. Porque Dios es poderoso. Y entonces nosotros ¿Qué tenemos que hacer en esta Santa Misa? Y ¿Qué tenemos que hacer en estos días? Seguir el ejemplo, seguir el ejemplo bendito de estas mujeres como Marta y María. Mira lo que dice Marta, por ejemplo. Esto es admirable: "Sé que resucitará en la resurrección del último día". Jesús le dice: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. El que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre". Y luego le hace la pregunta fundamental, que es la pregunta que también nos hace Cristo a nosotros hoy y con la cual deseo terminar esta homilía: "¿Crees esto? ¿Crees en el poder de Cristo?" -¿Crees esto?- Y mira la respuesta de Marta. Santa Marta de Betania: "Sí, Señor. Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo". -Yo creo, Tú eres el que tenía que venir al mundo- y a los que están en sus casas, Les invito a que digan en este momento. . . "Yo creo; Jesús, tú eres el que tenía que venir a esta casa. Tú eres el que tenía que venir". Tú eres el que tenía que venir a Colombia. -Tú eres el que tenía que venir a Noruega, tú eres el que tenía que venir a Nueva Zelanda, tú eres el que tenía que venir a Australia, a Canadá, a España, a Argentina, a Bolivia. Tú eres el que tenía que venir, tú eres el que siempre necesitan nuestras almas y entre todas las necesidades que todos tenemos, por las circunstancias que está atravesando el mundo, tú eres el que tiene que venir Jesús. Ven, Jesús, ven, Jesús. Hoy nosotros le decimos a Jesús. Como le mandaron a decir desde Betania -Tu amigo está enfermo-. Y ese amigo de Jesús hoy está en muchos hospitales. Y ese amigo de Jesús hoy está en coma en muchos lugares. Y ese amigo de Jesús hoy está dependiendo de un respirador, de un ventilador. Hoy oramos por éllos con mucho amor. Sabemos que la Gloria se manifestará en esta vida o en la eternidad, pero oramos con mucho amor por éllos. Oramos por los médicos con mucho amor. Muchos de ellos enfermos y trabajando. Oramos por los sacerdotes. Muchos de ellos también enfermos de este mal, del COVID 19 o de cualquier otra cosa. -Tu amigo está enfermo-. Pero repitamos: "Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías". A ver, repítalo allá, ¡no le dé vergüenza! Repítalo. Si a mí no me da vergüenza predicar aquí, en este confinamiento. Que a usted no le dé vergüenza decir, repita después de mí: "Sí, señor. Yo creo que tú eres el Mesías. Yo creo que tú eres el Hijo de Dios. Yo creo que tú tenías que venir a esta casa". Amén.

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