Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La clave para los Evangelios que la Iglesia nos ofrece en el ciclo A de la Cuaresma es identificarnos con las personas que tuvieron su encuentro profundo y personal con Cristo: la samaritana, el ciego, Lázaro.

Homilía ak05013a, predicada en 20170402, con 29 min. y 10 seg.

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Transcripción:

Amados hermanos. El Evangelio de hoy fue tomado de San Juan en el capítulo número 11. El Evangelio del domingo pasado. También fue tomado de San Juan en el capítulo noveno. Y el Evangelio anterior, el del domingo anterior, también fue de San Juan en el capítulo cuarto. Estos tres evangelios llevan como una secuencia. El primero que se proclamó, es decir, en el tercer domingo de Cuaresma, nos cuenta el encuentro de Cristo con una mujer, la samaritana. El domingo siguiente, domingo cuatro de Cuaresma, tenemos el encuentro de Jesús con un ciego de nacimiento. Y en este domingo tenemos el encuentro de Jesús con una persona que ya ha muerto. La samaritana, el ciego y Lázaro, el muerto, el difunto. O sea que hay una característica común en estos tres evangelios y es que nos presentan el encuentro de Jesús con alguien. Por ahí empieza el mensaje para nosotros.

La idea de la Cuaresma es que nosotros nos encontremos con Jesús. Profundicemos nuestro encuentro con Jesús y caminemos con Jesús hacia la Pascua. Para encontrarnos con Jesús. Estas lecturas nos invitan a que nos identifiquemos con las personas que ya dije. Entonces uno tiene que pensar ¿En qué me puedo parecer yo a la mujer samaritana?, ¿En qué me puedo parecer yo al ciego de nacimiento?, ¿En qué me puedo parecer yo a este hombre que ha fallecido a Lázaro? Sabemos que la samaritana era una mujer que llevaba una vida más bien desordenada. Ya había tenido varios maridos. Esta mujer tenía una sed profunda de amor, de compañía. Y buscaba de una y de otra manera, como le puede pasar a otras personas.

Entonces ese Evangelio de la samaritana le sirve a uno para preguntarse ¿Cuál es la sed que uno tiene? Porque a veces vamos por la vida tratando de ser felices, buscando en distintas partes. El caso de esa mujer fue con distintos matrimonios o distintas parejas. Otras personas seguramente han buscado de otro modo. Hay personas que empezaron el camino de la droga con algo; como la marihuana, pero luego fueron avanzando, buscando como otra experiencia, como otra alegría, como otra sensación. Las personas que están encadenadas por los vicios casi siempre están en esa situación, están como buscando, buscando una alegría, una felicidad, buscando algo. Entonces, tal vez uno puede preguntarse ¿Cuál es el vacío que uno tiene?, ¿Qué es lo que uno se la pasa buscando?, ¿Por qué a veces uno no tiene esa paz o esa alegría que quisiera tener? Y de esa manera uno se identifica con la samaritana y uno se da cuenta que esta mujer, cuando se encontró con Cristo. En Cristo encontró algo que no había encontrado nunca. Y ese encuentro con Cristo le cambió la vida.

Esta es una parroquia dirigida por Agustinos. Por supuesto, ese nombre viene de San Agustín. Y hay una frase muy profunda de San Agustín que dice: "Señor, tú nos hiciste para ti. Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti". O sea que tiene mucho que ver con lo de la samaritana. Uno como que va buscando, va buscando, pero el que encuentra a Cristo ya puede descansar en ese amor, en esa luz, en esa sabiduría, en esa paz que da Cristo. ¿En qué me parezco yo al ciego de nacimiento? Seguramente muchos de nosotros gozamos, bendito Dios, de la posibilidad de usar nuestros ojos. Así que por ese lado, tal vez no es la aplicación más importante, pero quizás uno está ciego para otras cosas. Quizás uno no ha tenido ojos para muchas otras cosas.

Recordemos que uno de los evangelios de la Cuaresma fue el caso de un hombre que era muy rico y que todos los días servía abundantes banquetes. Pero ese señor a la puerta de la casa, tenía a un pobre muy pobre. Y resulta que este rico muy rico nunca veía al pobre muy pobre. Estaba ciego, no veía al pobre. O sea, esa es una forma de ceguera. Cuando uno no mira al prójimo en necesidad, uno está como ciego. Hay personas, muchas personas. Muchos de nosotros tenemos la Sagrada Escritura en la casa. Pero a veces estamos ciegos. Ciegos porque ahí está muy bien guardada la Biblia, pero no hay quien la abra, no hay quien la lea. Entonces estamos ciegos a ese mensaje, a esas palabras ciegos y sordos.

Hay personas que se sienten muy tristes y muy solas y quizás no han descubierto, no han empezado a ver todo el amor que Dios les tiene. Por eso, cuando una persona tiene una conversión, casi siempre dice. . . "Yo no me había dado cuenta, yo no me había dado cuenta de que Dios verdaderamente es mi papá"; "Yo no me había dado cuenta de que la puerta del arrepentimiento es la puerta de la verdadera paz"; "Yo no me había dado cuenta del daño que le había hecho a mi esposa, o a mis hijos"; Todas esas cosas que uno dice "Yo no me había dado cuenta". Son cosas de las que uno estaba ciego, no las veía. Entonces uno también puede aplicar ese evangelio del ciego. Uno también se lo puede aplicar uno. Y uno dice -Ahora me doy cuenta que ese Evangelio también es para mí-. Yo necesito que Jesús me sane de mi ceguera. Si Jesús me sana de la ceguera, yo voy a empezar a ver la belleza de la vida que Jesús me propone. Jesús me propone una vida limpia, honrada, humilde, llena de amor, de servicio, de pureza.

Pero esas palabras a veces no son tan atractivas. Cristo nos propone, por ejemplo, una vida de pureza, una vida de castidad, cada uno según su estilo. Pero para muchas personas esa sería una vida aburrida. ¿Qué voy a pensar yo en eso? Yo voy es a gozar de mi cuerpo y a gozar del cuerpo de los demás, porque uno está ciego. Pero si Dios le cura a uno de la ceguera, Uno ve que hay un amor muy puro que también se da en la castidad y uno se da cuenta que eso le ayuda a uno y le ayuda a la pareja y ayuda a la familia y ayuda a todos. Entonces uno va aprendiendo esa virtud de la pureza, porque ahora si la ve. A veces uno es vengativo, pero si Cristo nos sana, nos deja ver la belleza de lo que es el perdón, la reconciliación. Y cuando ya uno descubre el perdón y la belleza del perdón y del abrazo de paz, ya a uno le cambió la vida porque ya descubrió algo que antes no veía. Y así llegamos al Evangelio de hoy y tenemos que aplicar la misma metodología, es decir, tenemos que pensar en qué nos parecemos al caso de este Lázaro. Pero esa parte de la reflexión la vamos a dividir en dos.

Vamos primero a ver qué fue lo que le sucedió a las hermanitas de Lázaro, que se llamaban Marta y María. Y luego vamos a ver el caso de Lázaro, porque podemos aprender tanto de lo que les sucedió a éllas como de lo que le sucedió a él. Y vamos a tratar de aprender de ambas, porque para eso viene uno a la Misa, para escuchar la Palabra de Dios, alimentarse con esa Palabra que es la mesa de la enseñanza del Señor, y luego alimentarse del Cuerpo y Sangre de Cristo. Entonces, ¿Qué podemos aprender de estas mujeres? Ambas nos enseñan cosas. Podemos imaginarnos que ellas pasaron por unos momentos sumamente difíciles, porque ese hermano tan querido que se llamaba Lázaro estaba muy enfermo, estaba muy grave y tener un enfermo grave es algo que a uno lo agobia y además pues ese hermano se les murió. Eso es muy triste. Pero además de la tristeza, seguramente sentían un gran desconcierto porque ellas eran muy amigas de Cristo.

Y observe la palabra que dice María cuando se encuentra con Cristo: "Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano" Evidentemente, en ese momento esta María. María de Betania, la hermana de Lázaro. Destaco esto porque es que en los evangelios hay varias Marías. Esta es María de Betania, María de Betania queda desconcertada. ¿Por qué si yo soy amiga de Cristo, Cristo no me ayuda? Y como estamos haciendo el ejercicio de identificarnos o ver en qué nos parecemos con estos personajes, a ver si será que a nosotros nos ha pasado eso que a veces uno dice: ¿Pero si yo estoy con Dios, por qué me pasan cosas malas?, Si yo le pido algo bueno a Dios ¿Por qué eso me sucede?, ¿Por qué si yo estoy con Dios se me ha presentado esto tan duro, esta enfermedad, este problema legal, esta calumnia, esta soledad?

Entonces es interesante identificarnos con lo que vive esta María, porque yo creo que nosotros hemos pasado por esas situaciones y a veces hemos sentido como el impulso de cuestionar a Dios. ¿Por qué no viniste?, ¿Dónde estabas tú cuando sucedió ese accidente en el que murió mi hijo; en el que murió mi amigo; en el que murió mi papá?; ¿Dónde estabas tú? Eso es más o menos lo mismo que podía preguntar María aquí. María de Betania. ¿Por qué no viniste cuando estábamos en necesidad? Algo parecido dice Marta, la hermana de María. También de allá de Betania. Mire lo que le dice Marta: "Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano". En eso se parece a María. Pero fíjese cómo añade Marta una frase que es de mucha enseñanza para nosotros Marta, la de Betania, dice esto: "Si hubieras estado, no habría muerto mi hermano. . . -Pero va a añadir algo- . . .pero aún ahora estoy segura de que Dios te concederá lo que le pidas". ¡Eso me parece un testimonio impresionante! Esta persona, por decirlo así, hablando muy humanamente, está como cuestionada, como decepcionada, golpeada en su fé. Pero aunque está golpeada en la fé, sigue creyendo y le dice a Dios todavía lo que le pidas a Dios lo va a cumplir. Esa es la frase que le dice a Jesucristo Hijo del Dios eterno. Es decir, que élla no entiende y sin embargo sigue creyendo. Y yo pienso que ese es un gran ejemplo para nosotros es muy difícil hacerle preguntas a Dios. Es más, es inútil hacerle esa clase de preguntas a Dios, porque muchas cosas uno no las va a entender. Hay cosas que uno solo las va a entender después de mucho tiempo, después de muchos años. A veces uno no sabe por qué le suceden ciertas cosas a uno, pero Dios sí sabe por qué y uno no es capaz de entenderlo.

Entonces, una enseñanza que nos deja esta mujer, Marta de Betania, es cuando no entendamos, cuando pasemos por esa oscuridad no tiene sentido pelear con Dios. No tiene sentido levantar los puños al cielo, no tiene sentido llenarnos de preguntas y de amargura. Además que a veces la respuesta que Dios nos puede dar quizás es la que no sabríamos entender o la que no queremos escuchar. Me contaron la historia de un muchacho aquí en Estados Unidos que estaba muy cuestionado con Dios . . .Si Dios existe, ¿Por qué mueren niños de hambre? Si Dios existe. . . -Sobre todo el sufrimiento de los niños le causaba un dolor intolerable- Si Dios existe, ¿Por qué tenemos que tener este planeta así? Y prácticamente estaba negando la existencia de Dios.

Pero la historia que me contaron es que este muchacho que era católico de formación un día se postró ante el Señor. Como quien dice, a preguntarle, oiga, si usted existe, ¿Por qué hay tanta hambre en el mundo?, ¿Qué ha hecho usted para arreglar el problema del hambre en el mundo? Y Dios le respondió: "Lo hice a usted. . . " De manera que a veces los cuestionamientos que hacemos es como si nosotros quisiéramos vivir en un mundo mágico, sin problemas, en una especie de paraíso. Y resulta que Dios también nos está diciendo a cada uno de nosotros. . . "Te hice a ti" para que no haya más violencia en Siria, "te hice a ti" para que no haya más explotación sexual de los niños. "Te hice a ti" para que no haya más destrucción de la esperanza de los jóvenes. "Te hice a ti" para que no se hundan en depresión y en soledad los ancianos abandonados por sus propias familias. "Te hice a ti".

Así que, no es buena idea eso de estar cuestionando a Dios. Dios sabe cómo va haciendo sus cosas. Dios sabe cómo va llevando y es muy importante lo que dice nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio de hoy. Mire esta frase tan rara de Cristo cuando habla con los apóstoles antes de ponerse en camino hacia Betania. Lázaro ha muerto y me alegro por ustedes de no haber estado ahí. ¡Qué frase tan rara! Pero gracias a Dios la frase va más adelante. Mire lo que dice: Me alegro por ustedes de no haber estado ahí para que crean. Es decir, que la magnitud del problema va a ser proporcional a la magnitud de la solución y la magnitud de la solución va a ser un faro que va a iluminar nuestra propia fé. O sea que a veces el problema tiene que llegar hasta el fondo para que la solución empiece desde el fondo. Bueno, eso en cuanto a las hermanas de Lázaro.

Ya vimos que nosotros nos parecemos a ellas porque seguramente nos han pasado cosas en las que hemos preguntado y bueno, ¿Y dónde está Dios?, ¿Y dónde estaba Dios? Pero sobre todo nos hemos dejado enseñar por Marta de Betania, la cual fue capaz de decir en medio de ese dolor tan fuerte fue capaz de decir: "Yo sé que lo que tú le pidas a Dios te lo va a conceder". Como quien dice -Yo sé que tú no has soltado el timón. No sé para dónde va este barco, pero yo sé que tú no has soltado el timón-. Eso es fé. Eso es muy bonito. Y en cuanto a Lázaro, ¿Qué vamos a aprender de un muerto?, ¿Qué se puede aprender de un muerto? Tal vez a quedarse quietecito. ¿Qué se puede aprender de un muerto? Pues es que en la Sagrada Escritura, en el capítulo tercero del libro del Apocalipsis, encontramos estas palabras: "Tienes nombre de vivo, pero estás muerto" O sea que para ver zombis no hay que ir al cine. Hay muchos que están. Están como muertos, son como zombis. ¿Y a quiénes les dice el libro del Apocalipsis esa frase tan fuerte? No la dice a los paganos. No la dice a los que desconocen a Cristo. Esa frase se la dice a gente bautizada como nosotros, pero gente que no está viviendo su vida cristiana, gente que se ha separado de la oración y sobre todo, gente que se ha dejado llenar de orgullo y de soberbia y de seguridad en sí mismos por encima de la confianza que uno solo debe darle a Dios. Así que, mis amados hermanos, uno puede ser un muerto.

Nosotros creo que la inmensa mayoría recibimos el bautismo cuando éramos pequeñitos. Dios nos dio esa Gracia de ser sus hijos y eso se llama la vida de la Gracia. Pero si uno deja morir esa vida de la Gracia porque no la alimenta, entonces uno es un zombi, uno es un muerto en vida. Cómo se alimenta la vida de la Gracia, con la oración, con la escucha de la Palabra, con la práctica de la misericordia, con la vida de los sacramentos, con la pertenencia a la comunidad cristiana. Esa es la manera de alimentarse. Pero si una persona fue bautizada y nunca hace oración, nunca va a la Iglesia, no conoce su Biblia, no vive los sacramentos. Esa persona muy posiblemente es un zombi, esa persona está muerta en vida y esa noticia es muy triste, pero la buena noticia, que es con la que vamos a acabar esta homilía, es que, como ya anunciaba el profeta Ezequiel y escuchamos en la primera lectura de hoy, y como aparece también en el Evangelio, sobre todo la voz de Jesucristo es poderosa y la voz de Cristo es capaz de sacar del sepulcro.

La voz de Cristo, es capaz de sacarnos del sepulcro, esos sepulcros de dolor, de resentimiento, de indiferencia, de incredulidad. Dios lo saca a uno del sepulcro. Cuando Dios me llamó a mí por primera vez con dulce llamado para que fuera sacerdote, yo tenía la edad de quince años y por un momento me entusiasmé con esa idea, pero luego me distraje en muchas otras cosas, sobre todo cosas que tenían que ver con los resultados académicos, porque me fue muy bien en asuntos de olimpíadas de matemáticas y entonces se me fue metiendo en la cabeza la ciencia, la ciencia y la ciencia. Esa fue la época en la que me volví cabezón. Yo antes no era así. Bueno, el hecho es que la ciencia se me convirtió a mí como un ídolo. Ya yo no tenía interés por los santos, sino por los grandes científicos. Para mí, Tesla, Einstein, Paul Dirac, Isaac Newton. Esos eran mis nuevos santos. Porque yo me volví prácticamente un idólatra de la ciencia. La oración fue desapareciendo cada vez más. La Biblia me parecía como un libro de fábulas. ¡Qué tristeza! A eso se puede llegar, a eso llegué yo.

Yo estaba prácticamente muerto. Yo creo que yo llegué a estar muerto en la fé, aunque no me acuerdo de haber sido ateo ni un solo día de mi vida que hubiera podido pasar también. Pero de ese sepulcro me fue sacando Dios a través de la inspiración de su Gracia y el llamado de personas que tocaron mi corazón. Esas personas fueron como ángeles de Dios que empezaron a despertarme. Me llevaron a grupos de oración nuevamente. Yo era prácticamente un cadáver. Mi fé era la fé de un cadáver. O sea que yo era como Lázaro, pero a través de la comunidad, a través de los grupos, a través de la oración el Señor me fue volviendo a la vida y yo escuché su voz. De manera que este Evangelio a mí me dice muchísimo, porque aquí Cristo le dice a Lázaro. "Lázaro, sal de ahí". Y para mí fue como si Cristo me dijera -Nelson, sal de ahí- Sal de esa idolatría, sal de ese engaño, sal de esa soberbia en la que te has metido, sal de la ilusión de pensar que solo con la ciencia y con la inteligencia humana se arregla el mundo. Y fue tan fuerte la voz de Cristo que no solo me sacó de esa idolatría, sino que me llevó a su casa.

Mi vocación resucitó, y gracias a que esa vocación resucitó hace veinticinco años recibí la ordenación sacerdotal y desde esa época estoy entre los tres hombres más felices del mundo. Para que usted se dé cuenta. Así que esa es la voz poderosa de Cristo. La voz potente de Cristo lo saca a uno del sepulcro. Porque a veces uno camina por la calle y uno cree que está vivo y resulta que en realidad está muerto. "Tienes nombre de vivo, pero estás muerto". Eso quiere decir que hay mucha gente que utiliza tarjeta de crédito, pero está muerta. Hay mucha gente que navega por Internet, pero está muerta y así sucesivamente. Entonces necesitamos oír la voz de Cristo. La voz de Cristo nos levanta. La voz de Cristo nos da vida. La voz de Cristo nos resucita. Y después de sentir esa voz de Cristo, Él mismo nos pone en camino para que demos testimonio de su amor. Así que, hermanos, esa es la Cuaresma. ¿No le parece bonita la Cuaresma? La Cuaresma es bellísima, sobre todo la Cuaresma cuando se hace este camino con el Evangelio de Juan, acuérdese la samaritana, el ciego y Lázaro. Ese caminito es muy bonito. Esos fueron el domingo número tres, domingo número cuatro. Y este que es el domingo número cinco.

Y el domingo número seis. ¿Cual es? Domingo de Ramos. Claro, ustedes que son personas inteligentes, están mirándome con cara de ¿Y el uno y el dos? Pues es que el domingo número uno es el Domingo de las Tentaciones y el domingo número dos es el domingo de la Transfiguración. Las tentaciones para que siempre nos acordemos que en esta vida hay combate y la Transfiguración, para que nos acordemos que el que está con Dios siempre tiene la victoria. Esa es la hermosa Cuaresma. Sigamos entonces esta celebración, pero vamos a escuchar la voz de Cristo, y Él es capaz de sacarnos del lugar de los muertos y de trasladarnos al país de la vida.

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