Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El itinerario de la fe nos pone en la ruta de la victoria de Cristo sobre la muerte.

Homilía ak05011a, predicada en 20140406, con 18 min. y 34 seg.

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Transcripción:

Muy queridos hermanos. Como vamos llegando al final del tiempo de Cuaresma, es buena idea repasar. Es buena idea repasar lo que ha sido nuestro camino. El primer domingo tuvimos el Evangelio de las tentaciones. Esto es así todos los años. El primer domingo de Cuaresma siempre escuchamos un pasaje sobre las tentaciones de Cristo. Se ha tomado de Mateo, como fue este año, o de Marcos como será el año entrante, o de Lucas, como será el año siguiente según los ciclos de lecturas para el domingo. ¿Por qué va de entrada el texto de las tentaciones? Porque así la Iglesia nos quiere recordar una realidad profundamente Humana y sobre todo nos quiere invitar a entrar en combate espiritual, es decir, no tener una actitud resignada frente al mal, una actitud derrotista frente al mal. Si Cristo vence la tentación, en Cristo es posible vencer la tentación. Ese fue el primer domingo.

El segundo domingo también tiene un tema común todos los años es el domingo de la Transfiguración. Este año leímos la Transfiguración según San Mateo. El año entrante, Ciclo B. La Transfiguración según San Marcos. El año siguiente Ciclo C, La Transfiguración según San Lucas. Luego vendrá nuevamente el ciclo A este de Mateo. Y así sucesivamente. Todos los años, el primer domingo de Cuaresma es las tentaciones y el segundo domingo de Cuaresma es la Transfiguración. ¿Por qué la Iglesia quiere que meditemos ese texto de la Transfiguración? Podemos decir que es un poco como el contraste con las tentaciones. Si las tentaciones presentan el combate y el momento difícil, la transfiguración es como una anticipación de la victoria del momento glorioso. Porque la Cuaresma tiene como finalidad, no la tristeza del pecado, no la tristeza de la cruz, sino el gozo infinito de la resurrección. O sea que las dos primeras semanas, quiero decir los dos primeros domingos, son como una catequesis que nos están mostrando el principio y el final de las tentaciones a la Gloria de la Pascua.

Ese fue el primer domingo y ese fue el segundo domingo. De ahí en adelante, cada ciclo, ya dijimos que son tres ciclos. Cada ciclo lleva un orden diferente. En este año que ya expliqué el ciclo A ¿Cómo han sido los evangelios?, pues a ver, el domingo tercero tuvimos a la Samaritana, que corresponde al capítulo cuarto de San Juan. Luego, el domingo cuarto de Cuaresma, es decir, el domingo pasado, tuvimos la curación del ciego de nacimiento. Eso está tomado del capítulo 9 de San Juan. Y luego este domingo, que es el domingo número 5, el quinto, tenemos la resurrección de Lázaro, capítulo 11 de San Juan. Es decir, que en el ciclo A en el que nos encontramos, hemos tenido tres domingos seguidos con pasajes centrales del Evangelio de Juan. Para los interesados y de buena memoria. Capítulo cuarto. Capítulo noveno y capítulo undécimo. La samaritana, el ciego de nacimiento, la resurrección de Lázaro.

¿Por qué estos domingos? Lo vamos a explicar en un momento, pero por ahora recordemos que el siguiente domingo, que es el sexto de Cuaresma, no se llama en realidad así Domingo sexto, sino que se conoce como Domingo de Ramos. Y el Evangelio que tendremos el próximo domingo, el Domingo de Ramos, es el recorrido de toda la Pasión de Cristo según San Mateo. En este caso, y ustedes que son muy inteligentes, ya saben que el año entrante será la pasión según San Marcos y el siguiente La pasión según San Lucas. Así funciona la Cuaresma. A mí me gusta hacer este tipo de pequeñas explicaciones para que uno como católico sepa en dónde está y para que uno vea la sabiduría con que se han distribuido estas lecturas que son para nuestro alimento y para fortalecernos en medio de las luchas que todos tenemos.

Entonces, volvamos al ciclo A en el que nos encontramos. Ya dijimos que los domingos 3, 4 y 5 corresponden a tres momentos muy especiales del ministerio de Cristo. Y esos tres momentos tienen cosas en común. En cada uno de esos evangelios Jesús se encuentra con una persona, Jesús con la Samaritana, Jesús con el ciego, Jesús con Lázaro, el que había muerto. Es decir, estos tres evangelios nos están hablando de encontrarse con Cristo. Y el propósito catequético de la Iglesia es que cada uno de nosotros se pueda poner en el lugar de esos personajes, como dice la espiritualidad de San Ignacio de Loyola, la espiritualidad jesuítica. Esto es para que hagamos una composición de lugar, es decir, para que nos metamos en la escena. Lee el capítulo cuarto de San Juan y métete en la escena. Reconoce qué hay de ti, Parecido a lo que vivió esa samaritana. Luego vete al capítulo noveno de San Juan y mira qué hay de ti en el ciego de nacimiento. Luego vete al capítulo undécimo, capítulo número 11 de San Juan, y mira qué hay de ti que tal vez se ha muerto. ¿Qué ha muerto en ti? Y el propósito, evidentemente, es que nosotros descubramos en Jesús a aquel que da el agua de la vida, como lo descubrió la samaritana, a aquel que da la luz de la vida, como lo descubrió el ciego de nacimiento, a aquel que es la resurrección y la vida, como lo descubrió mejor que nadie Lázaro, el del Evangelio de hoy.

Así que estos tres evangelios son tres grandes catequesis para que nosotros vivamos nuestra Cuaresma en clave de encuentro con Jesús. Y si tengo algo en común con el ciego de nacimiento; porque tal vez por la terquedad o por algún vicio, o por las opiniones prevalentes hoy en la opinión pública, si tal vez por alguna de esas causas estoy ciego, pues me acerco a Cristo para que Él me sane y para que Él me permita reconocer la luz que no engaña. Ese es el propósito de estas lecturas. Pero hay otro factor que también es común entre ellas, y es que en los tres casos de lo que se trata es de llegar a la fé. Por eso se dice que estos tres domingos del ciclo A son domingos de preparación, especialmente para los "Catecúmenos". Un catecúmeno es el que se está preparando para recibir el bautismo. Los que estamos aquí pienso que todos o la inmensa mayoría somos bautizados, pero es necesario retomar nuestro bautismo y el valor de enseñanza. El valor de catequesis de estas lecturas es algo así como una renovación del bautismo.

No olvidemos que en la Vigilia Pascual, que es la celebración central de la Semana Santa y que es la celebración para la cual nos hemos preparado durante toda la Cuaresma, hay un momento muy hermoso que es la renovación de las promesas bautismales. Incluso se acostumbra. Durante siglos se ha acostumbrado a hacer los bautismos exactamente en la Vigilia Pascual. Es bastante probable que este año tengamos precisamente bautismos aquí en esta iglesia de Santo Domingo, de su convento de Santo Domingo. Entonces, si estas lecturas tienen un valor de catequesis es porque la fé es muy importante. Miremos cómo la fé brilla en el encuentro entre Jesús y la samaritana. Lo último que élla dice en el diálogo que tiene con Cristo es -cuando venga el Mesías-. Ella suponía que eso estaba distante. "Cuando venga el Mesías, nos lo explicará todo". Y Jesús le dice: "Yo soy". Ese Yo soy, es muy importante en el Evangelio de Juan, porque el "Yo soy. . . " de Cristo es la invitación a que nosotros respondamos creyendo, creyéndole y apoyándonos en Él.

Y cuando Jesús le dice que Él es el Mesías, entonces ella queda tan convencida y al mismo tiempo tan gozosa, tan intensamente feliz de haber encontrado al Mesías que empieza a predicar. Se vuelve predicadora. Empieza a predicar en el mismo pueblo a donde había llevado una vida escandalosa. Este es el lenguaje que ella utilizó, como recordaremos. . . "He aquí un hombre que me ha dicho todo lo que yo he hecho". No se estaba refiriendo a cosas bonitas. Se estaba refiriendo a su vida desastrosa y llena de pecado. Pero ella no le importa eso. Lo que le importa es que se ha encontrado con el Mesías y está tan feliz, pero tan feliz que quiere que otros se encuentren con Él.

Fue eficaz la predicación de esta samaritana convertida. Porque prácticamente el pueblo entero se fue a buscar a Jesús. Y en esos dos días de misión que hizo Cristo en aquel sitio llamado Sicar, en esos dos días muchísima gente llegó a creer hasta el punto que luego le decían a la mujer -Ahora nosotros lo hemos escuchado y ya no creemos por lo que tú nos dijiste. Nosotros lo hemos oído, lo hemos comprobado en nosotros mismos-. O sea que el propósito de ese capítulo cuarto de Juan es llegar a escuchar a Jesús y es llegar a convencerse de quién es Él y es llegar a reconocerlo como el Mesías, como aquel que es capaz de lucirse venciendo mis pecados. Y es tan hermosa su victoria, que ya ni siquiera me importa que yo haya sido un miserable, que ya ni siquiera me importa que yo haya cometido cosas tan vergonzosas. No me importa mi pasado porque Cristo me ha dado un presente y un futuro de Gloria. O sea que la fé es fundamental.

El Evangelio del domingo pasado también está en clave de fé. Jesús ordena al ciego de nacimiento, como seguramente recordamos, ordena que haga algo que parece bastante ridículo. Le pone barro en los ojos y lo pone a que atraviese parte de la ciudad. Con ese espectáculo de barro en los ojos preguntando dónde queda la piscina de Siloé, podemos imaginarnos la situación y podemos imaginarnos lo que significa este hombre que está ciego pero que está buscando a Siloé ¿Qué quiere decir Siloé? Quiere decir enviado. Entonces Jesús pone a este ciego en el proceso de su curación a que sea también un predicador. Este ciego va por las calles diciendo ¿Dónde está el enviado?, ¿Dónde está el enviado? Es una imagen impresionante. A mí por lo menos me impacta. Ir por la calle preguntando ¿Dónde está aquél que puede curarme?, ¿Dónde está aquel que puede darme vida?, ¿Dónde está aquel que puede cambiar para siempre mi historia? Y finalmente llega a la piscina de Siloé y se lava y queda viendo.

Recupera la vista, o mejor dicho, la gana, porque no la había tenido nunca. Pero el pasaje tiene su culminación cuando luego vuelven a encontrarse Jesús y el ciego. El ciego no conocía el rostro de Jesús, sólo había escuchado su voz. Precisamente porque era ciego. Y Jesús le pregunta al ciego: "¿Crees en el Hijo del hombre?" Y el ciego le dice Bueno, y "¿Ése quién es Para que yo crea en él?" Y Jesús le responde: "Soy yo. A quién estás viendo" Y este que había sido ciego, ve a Jesús y al darse cuenta de qué es lo que hace Jesús, se postra y dice "Creo, Señor". Fíjate la clave de la fé. La fé de la samaritana, la fé de ese pueblo de Sicar, la fé del ciego que ha sido curado. Todo lo de este año, todo lo de este ciclo A es para que nosotros, hermanos, lleguemos a una fé, a una fé robusta en la persona de Cristo, una fé gozosa en la persona de Cristo, una fé en aquel que cuando nos recibe postrados, nos despide levantados.

Ese es el Señor Jesús. Y en el Evangelio de hoy reaparece el tema de la fé. Es tan triste la condición de Lázaro allá metido en su tumba. Y dice Marta, la hermana "Ya tiene mal olor. Ya apesta. -Es tan triste la condición de Lázaro-. Pero hay alguien que puede responder la pregunta que Cristo hace. Y esta es la pregunta que Cristo hace "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre". Y mira Cristo a Marta de Betania y le pregunta: "¿Crees esto; crees que soy más grande que la muerte. Crees que soy más fuerte que la muerte?, ¿Crees que puedo doblegar el imperio de la muerte?" Y ella responde lo que nosotros también tenemos que responder: "Sí, señor. Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo". Y frente a esa profesión de fé. Se hace posible que Cristo avance hasta el sepulcro donde se encontraba Lázaro.

Terminemos esta reflexión, hermanos, preguntándonos ¿Cuál es el Lázaro que tenemos en casa? Fíjate que Lázaro, muerto como estaba, no podía hacer nada por sí mismo. Pero gracias a Dios hubo quien hizo algo por él. Gracias a Dios hubo quien atrajo con lágrimas y con humildad y con fé la presencia de Cristo. Humildad, lágrimas y fé que atrajeron a Cristo hasta el borde del sepulcro y que hicieron salir del corazón de Cristo aquellas palabras potentes: "Lázaro, sal fuera". Esas palabras salieron del Corazón de Cristo. Porque las lágrimas, la humildad y la fé de María y de Marta las hicieron brotar. Ahora te pregunto yo: ¿Tienes un Lázaro en tu casa?, ¿Hay alguna persona incrédula en tu casa?, ¿Hay alguien que está muerto?

El libro del Apocalipsis tiene una expresión impresionante. Allá en el capítulo tercero, refiriéndose a la condición de cierta comunidad cristiana que se creía gran cosa pero que estaba viviendo muy mal, dice el vidente del Apocalipsis. Un vidente de nombre Juan dice. . . "Tienes nombre de vivo, pero estás muerto". Y yo creo que así hay mucha gente. No hay que ir a los cinemas para descubrir los zombis. Los zombis ya están en nuestras calles. Los zombis ya están en nuestros centros comerciales. Los zombis ya están a veces en nuestros hogares, en nuestras familias. Son muchos los que tienen nombres de vivo, pero están muertos. Pero hoy no los vamos a juzgar. Nuestro trabajo hoy no es hundir a los que ya están hundidos. Nuestro trabajo hoy es ser Marta y ser María. Nuestro trabajo hoy es la humildad, las lágrimas y la fé. Nuestro trabajo hoy es abajarnos ante Cristo hasta hacer llorar a Cristo.

Nuestro trabajo es entregarnos a Cristo para que de Cristo salga esa voz poderosa que le diga a ese Lázaro que tú tienes en tu familia, que le diga a ese Lázaro que tú tienes en tu trabajo, que le diga a ese que está prisionero, "Sal fuera". Y el poder de la voz de Cristo va a sacar a esos Lázaros que tenemos tú y yo en nuestras familias y en nuestras comunidades. El poder de la voz de Cristo levantará también a esos para que se sepa que Él es la resurrección y la vida.

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