Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Decirle a Cristo que Él es quien tenía que venir al mundo, que confiamos en Él, y que venga a desatarnos para poder enviarnos a caminar.

Homilía ak05005a, predicada en 20010401, con 19 min. y 45 seg.

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Transcripción:

Muy amados hermanos. Durante estos últimos domingos hemos estado recorriendo un camino de fé, es decir; hemos venido encontrando las maravillas que hace la fé. Y hoy, en ese capítulo 11 del Evangelio según San Juan, aparece uno de los grandes prodigios, uno de los más grandes prodigios sucedido por la fé. Si crees, verás la Gloria de Dios. Esta es una historia de fé. Y los testimonios de los domingos pasados que ustedes seguramente recuerdan, nos han ido conduciendo hasta este momento. Está el caso de esa samaritana. Que tiene una fé lejana, "Cuando llegue el Mesías". Y Jesús le dice: "Soy yo, el que está hablando contigo". Y esa mujer llega a creer en Jesús y da testimonio de Jesús. Luego está el caso del ciego de nacimiento que fue curado. Le pregunta Jesús: "¿Crees en el Hijo del hombre?" Y el ciego le dice: "¿Quién es para que crea en Él?" Jesús le responde: "Soy yo, el que está hablando contigo" Y el ciego le dice: "Sí, señor, yo creo". Y se postra ante Jesús. Y aquí, en este Evangelio de hoy, Jesús dice algo todavía mayor: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre".

Y le pregunta a Marta, aquella mujer piadosa de Betania, le pregunta: "¿Crees esto?" Y Marta realiza un acto de fé muy grande y muy bello: "Sí señor, yo creo que tú eres el Mesías, el que tenía que venir al mundo". Es un camino de fé. La fé nos abre puertas insospechadas. La fé nos permite ver donde los otros no ven y encontrar un camino donde nadie encuentra nada. Jesús le dice: "Yo soy la resurrección y la vida". Y como una señal de esa vida inagotable, de esa vida definitiva que es la vida eterna, como una señal de esa vida última, Jesús realiza este maravilloso milagro resucitando a uno que ya llevaba cuatro días de muerto. De aquí nosotros podemos sacar muchas enseñanzas. Hoy quiero compartir con ustedes tres enseñanzas. La primera: Puede decirse que la muerte es algo así como la palabra última, la palabra definitiva. -Si ya se murió, ya no hay nada que hacer-.

La primera enseñanza es Jesús siempre tiene algo que hacer; la última palabra no es la palabra de la muerte, es la palabra de Jesús. O dicho de otra manera, Jesús es experto en los casos perdidos. Cuando a nosotros nos parece que una situación ya es definitiva y un caso ya es perdido, Jesús todavía tiene una palabra para ése. Por eso la fé se vuelve esperanza. Si tengo mi fé puesta en Jesús, entonces tengo algo que esperar, incluso cuando todo parece haberse acabado, para Jesús no existen casos perdidos. "Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto, -dice Marta; pero aún ahora, miren qué fé, eso sí es fé-, aún ahora sé que lo que le pidas a Dios te lo va a conceder". Esa es la fé. La fé es no dar ningún caso por perdido. Y esto quiere decir que ante la enfermedad, ante el dolor, ante la desesperación, ante la crueldad, ante el avance de la maldad, el cristiano siempre tiene una palabra más que decir.

Esta situación puede ser muy dura. Este caso puede ser muy terrible, pero no es más duro ni más terrible que lo que puede hacer Cristo por mí. Yo tengo una gran necesidad para mí Cristo, -decía un buen predicador-. Yo tengo una gran necesidad para mí Cristo; pero yo tengo un gran Cristo para mi necesidad. "Tengo un gran Cristo para mi necesidad". De manera, mis amigos, que esta es la primera enseñanza, para Jesús no existen los casos perdidos. En segundo lugar, observemos en qué momento Jesús empieza a sollozar. Este es un Evangelio impresionante, porque. . . Porque están las lágrimas de Cristo, porque está el llanto de Cristo de por medio. Jesús no empieza a llorar cuando le dicen que se murió Lázaro. Jesús no empieza a llorar cuando ve la tristeza de la gente que está de luto, que está acongojada por la muerte de Lázaro. Jesús no empieza a llorar ahí. Miremos bien la Palabra de Dios y miremos en qué momento empieza a llorar Cristo, porque ahí encontramos que es lo que realmente conmueve a Cristo.

Casi siempre se ha entendido que Cristo lloró porque se le murió el amigo. Incluso los judíos que estaban ahí cuando lo vieron llorar, decían "Cuánto lo quería". Pero es que los judíos se equivocaron muchísimas veces con Cristo. Y tal vez ese no es el motivo principal del llanto de Cristo. ¿Cuándo empieza a sollozar el Señor?, no cuando le dicen -mira que se murió tu amigo Lázaro-. Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Ahí no empezó el llanto de Cristo. Incluso nosotros sabemos por ese capítulo 11 de San Juan que Cristo se demoró voluntariamente, se demoró en llegar. Ahí le habían dicho que Lázaro estaba enfermo y Cristo se demoró en llegar. Él mismo retrasó la llegada. O sea que; o sea que el llanto no fue en primer lugar porque -se murió mi amigo-, no fue por eso. ¿Cuándo empieza a llorar Cristo?, vamos a mirarlo. Le dice Jesús: "Yo soy la resurrección y la vida". Cristo está seguro de lo que va a hacer. En este Evangelio, mis hermanos, nunca aparece Cristo como vacilante, como inseguro, como aplastado por las circunstancias. ¡No!, Cristo está seguro de lo que va a hacer.

Yo realmente pienso que el llanto de Cristo no es por la muerte de su amigo ¿Cuándo solloza Cristo? Cristo le dice a Marta: "El que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre; crees esto?" Élla le contestó: "Sí señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Ungido, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo", -el que tenía que venir al mundo-. Esa es la frase que le dice Marta, esta mujer de Betania "Tú eres el que tenía que venir al mundo". Y entonces ahí es cuando Jesús se conmueve hasta las lágrimas con esa frase de Marta. . . "Tú eres el que tenía que venir al mundo". ¿Por qué esa frase conmueve tanto a Cristo? Porque ahí está mujer, Marta está obrando como una especie de embajadora de toda la raza humana. En realidad, esa frase de Marta la podría decir cualquiera de nosotros y la tiene que decir cada uno de nosotros "Jesús, tú eres el que estábamos esperando, Jesús, tú eres el que tenía que venir al mundo". Jesús, ¡Tú eres el único, el único Jesús, el único!

En esa frase ¿Qué hay?, en esa frase, hay al mismo tiempo la expresión de nuestra profunda miseria. Miseria por la muerte, por la enfermedad, por el pecado. La expresión de nuestra miseria y la expresión de nuestra fé, de nuestra confianza en Él. Yo soy pobre, Señor. Yo me siento cargado con mi pecado. Me duele la enfermedad. Me duele la crueldad humana. Me pesa la vida. Esto es duro, señor. ¡Esto es duro! Pero yo confío en ti. Toda mi esperanza está en ti, Señor. Esa frase le saca ¡Un gemido a Cristo, un sollozo de amor a Cristo! Porque esa es la frase que permite el abrazo entre la misericordia de Dios y la miseria nuestra, la miseria de los hombres. Cuando nosotros le decimos a Cristo la frase de Marta, Cristo por decirlo de alguna manera, se derrite. Cristo se conmueve, Cristo se deshace porque Cristo tiene entrañas de amor, de misericordia. Es como un hijo cuando le habla al papá.

Me contaba una amiga mía que es mamá de un chiquillo de unos dos años. Dos años y medio tendrá el niño. Un cierto día el niño se había portado pero mal. Lo que se dice mal en la vida. El bendito muchachito molestoso, caprichoso, ruidoso, llorón. Estaba, como dicen en algunas partes de Colombia Chinchoso, cansón, es que no lo aguantaba nadie. La mamá que lo quiere tanto ya casi no se lo aguantaba. Cuando llegó la noche. Y había terminado ese día tan largo porque el muchachito sí que había estado cansón ese día. Cuando llegó la noche, esta joven señora se acostó para consentir un poco al niño y para dormirlo se acostó con el bebecito, el niñito de los dos años y pico y el niño como que se dormía y no se dormía. De pronto le dijo. Se volteó donde la mamá la miró y le dijo Mamá, yo te quiero mucho. Le dio un besito y se quedó dormido. Ya con eso ya, ya pagó todo. Le salió al niño decirle Mamá, yo te quiero mucho, le dio un besito a la mamá y se quedó dormido. Ya, ya con eso se derritió la mamá ya, ya la desarmó, ya la.

Son esas frases que tocan las entrañas, que tocan el corazón, que conmueven hasta el fondo. Oír a la persona que nos ama y que nos necesita. Una frase como esa Yo te quiero mucho, yo confío en ti. Una frase de esas desarma a cualquiera. Y Cristo, que tiene esa capacidad de misericordia, se conmueve profundamente con esa frase. Si usted quiere tocar el corazón de Cristo, ahí está esa frase del Evangelio de hoy. Nada más quédesele mirando, quédesele mirando y dígale la frase de Marta: -Señor, yo sé que tú eres el Mesías, yo sé que tú eres el que tenía que venir. Señor, todos te estábamos esperando. Tú nos haces mucha falta-. Esta frase abre los tesoros de la compasión divina para nosotros. Es una gran enseñanza. Si queremos crecer en la oración y en la unión con Dios. Hay que decirle esa frase: "Tú eres el único Señor". Si a usted le está yendo mal en los negocios. Si usted está muy preocupado, muy acongojado por la situación y la violencia y la economía que no mejora. Seguramente usted dentro de su cabeza mantiene una licuadora, mantiene un remolino de pensamientos. ¿Y ahora qué voy a hacer?, ¿Y cómo voy a pagar?, ¿Y para dónde voy a coger?, y qué más voy y. . . dele a sus pensamientos. Yo le invito a que usted encuentre descanso diciéndole a Jesucristo: "Yo tengo muchos problemas, Jesús, pero muchos, muchos. Yo tengo muchos problemas, pero también sé en quién tengo puesta mi confianza. Jesús, yo confío en tí. Tú eres el que tenía que venir al mundo". Es una frase hermosa que abre puertas. Y finalmente, mis queridos amigos. Como una tercera enseñanza, tomemos aquella frase que dice Cristo después de que ha resucitado a Lázaro: "Desatadlo y dejadlo andar". Es la expresión de una vida nueva. Los judíos acostumbraban a envolver en una cantidad de vendas a los muertos. Ya no está muerto. Desátalo y déjalo andar. Que ande, que camine. Esa es la expresión del que tiene nueva vida. En esta Semana Santa. Cristo trae para nosotros nueva vida. Cristo nos va a quitar vendas, Cristo nos va a desatar. Esa es la fé grande con la que hay que llegar a la Semana Santa. Cristo nos va a desatar.

¿Cuáles son nuestras ataduras? Tal vez nuestros miedos, tal vez nuestras enfermedades, tal vez nuestra desconfianza. Nos cuesta mucho trabajo confiar, apoyarnos, ser solidarios. Muchas veces está cada uno como envuelto en sus intereses, metido en su mundo como cada muerto en su tumba. Cristo ordena -desátate, desátalo, déjalo andar-. Cristo viene a desatarnos en esta Semana Santa. Con el poder de su amor, Cristo viene a desatar y nosotros estamos dispuestos a dejarnos desatar. Vamos a llegar a la Semana Santa diciéndole Señor, yo quiero que me desates, yo quiero que me liberes, Señor, yo quiero que también a mí me diga lo que le dijiste a Lázaro. "Desátenlo. Déjenlo andar". Yo quiero que tú me desates y que me envíes, Señor, que me pongas a andar, que me pongas a caminar, que me des nueva libertad. Eso es lo que nos va a traer la Semana Mayor.

Estamos en la recta final, mis queridos amigos. La recta final de la Cuaresma termina ya esta Cuaresma. La Cuaresma del 2001 está llegando a su final. Hay que estar atentos con estas lecturas del Evangelio nos hemos preparado ¿Para qué? Para creer en Jesús, para entregarle la vida a Jesús, para confiar radicalmente en Jesús. Ya sabemos cómo tocar el corazón de Cristo y también para, para rogarle a Cristo Desátame, envíame. Tú eres mi esperanza, mi fuerza, mi alegría.

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