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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo tiene una palabra para después de la desilusión.
Homilía ak05004a, predicada en 19990321, con 16 min. y 29 seg. 
Transcripción:
Ciertamente, mis hermanos, este Evangelio que acabamos de escuchar no es extraño ni desconocido para nosotros. Es un milagro tan grande, es un milagro tan sonoro que estoy seguro de que todos nosotros lo hemos escuchado ya muchas veces y seguramente nos hemos maravillado pensando cuál sería la impresión de la gente al ver que alguien ya muerto, alguien ya sepultado, alguien que ya ha tomado el olor de la muerte puede manifestar el perfume de la vida y puede expresar la grandeza del poder de Jesucristo. Tal vez sea este de los milagros más grandes que Cristo nuestro Señor haya realizado en esta tierra, y con razón nos impresiona. Pero no hay que quedarse solo en la impresión del milagro. Es preciso ir más allá. Porque este milagro tiene una finalidad que aparece sugerida en las últimas palabras que leíamos. "Muchos, -muchos- de los judíos que habían ido a casa de María, creyeron en Él." Los milagros, los favores que Dios nos concede, esas ternuras o caricias de Dios que hacen más liviana, más llevadera o más consolada nuestra vida, no son solo para que nos quedemos en la caricia, sino para que busquemos más allá de lo que Dios nos da, al Dios que nos da las cosas, no vaya a suceder que nos quedemos nosotros en los regalos de Dios y perdamos a Dios mismo, que es el gran regalo. No nos vaya a suceder eso. ¿Y qué hacemos para meditar en este milagro? Pues decían los antiguos filósofos que el conocimiento tiene su origen en la admiración. Empecemos por admirar no solo el prodigio, sino la manera como Dios le concedió a su Hijo realizar este prodigio. Es un poco extraño el comportamiento de Cristo, le avisan que Lázaro está enfermo y en vez de irse a curar a un enfermo, Cristo prefiere irse a resucitar a un muerto. Eso es lo que toca subrayar en este día. Cuando le dicen que está enfermo, Cristo no va. En cambio, cuando ya Él siente en su corazón que el amigo ha fallecido, entonces sí emprende camino. Jesús parece obrar en este caso de una manera extraña. De algún modo, deja que Lázaro caiga en el pozo de la muerte y deja que sus hermanas Marta y María caigan en el pozo de la tristeza. Esto es lo que a mí personalmente me extraña o me maravilla en este día que Cristo dejó a Lázaro resbalarse por la muerte hasta el fondo y que Cristo dejó a Marta y a María resbalarse por la tristeza. Esto es lo extraño. Cristo hubiera podido impedir, como decían algunos de los judíos que estuvieron ahí, Cristo hubiera podido impedir esa muerte. No tenemos la menor duda de que es mayor milagro resucitar a un muerto que curar a un enfermo. Y por consiguiente, si es cierto que el que puede lo más, puede lo menos. Indudablemente Cristo tenía poder de Dios para sanar a ese enfermo, pero Cristo quiso, y eso es lo que a mí me extraña, y eso es lo que quiero predicar hoy. Cristo quiso que Lázaro se resbalara por el pozo de la muerte hasta el fondo, y Cristo quiso que Marta y María se resbalaran por el pozo de la tristeza hasta el fondo. Era una tristeza tan honda, una tristeza tan profunda, que todavía unos días después de acontecida los amigos que están ahí, cuando ven a María, la hermana de Lázaro, que sale apresuradamente, lo primero que piensan es va a llorar otro poco. Como quien dice, ninguna carga de lágrimas era suficiente para todo el dolor que debía tener aquella gente. Esto es lo que a nosotros nos extraña. ¿Por qué Cristo dejó que sucediera esa muerte?, ¿Por qué; por qué eso? Yo he asociado esa muerte de Lázaro, esa tristeza de Marta y de María. Las he asociado con, con otras escenas donde también Dios deja que sucedan muchas cosas. Dios deja que sucedan. Bueno, uno dice Dios deja que sucedan. Pero en realidad no es que Dios ceda su Majestad o que ponga en receso su poder para que otros poderes actúen; es una manera de hablar que nosotros tenemos. Cuando decimos que Dios permitió tal cosa, no quiere decir que Dios puso en suspenso su poder, como quien dice Dios no obró en ese tiempo. Dios obra en todo tiempo. Dios obra siempre. Nosotros no podemos dudar de que Dios estaba obrando. Sin embargo, decimos Dios permitió. Cuando algunas acciones que realiza Dios nos parecen como contrarias a lo que sería más lógico esperar de parte nuestra. En ese orden de ideas decimos: -Dios permitió. . . Cristo permitió que Lázaro se sumergiera en la muerte y que Marta, y que María se sumergieran en la tristeza-. Y entonces sí puede resultar; si puede resultar como un puente entre este Evangelio y una cantidad de cosas que nos han sucedido a nosotros. ¿Cuál es el bien que surge de que Dios haya permitido eso? Que así hemos descubierto a Cristo aún más poderoso, hemos descubierto una dimensión más honda de la misericordia y del poder del Señor. En efecto, nuestros dolores no suelen detenerse cuando la gente se enferma, nuestros dolores llegan ahí y siguen derecho, porque la gente también se muere. Lo que quiero decir es Cristo quiso permitir que Lázaro gustara la muerte y Marta y María gustaran el duelo, porque de esa manera el testimonio para la Gloria de Dios fue más grande; pero sobre todo porque así nosotros, los que hemos tenido esa muerte cercana, así nosotros entendemos que Cristo es vencedor también del misterio de la muerte, es decir, que ese misterio no es mayor que Él. Que ese misterio no tiene más poder que el que Él tiene. Si Jesús hubiera ido donde Lázaro y lo hubiera curado, hubiera sido la curación de un enfermo. Y nosotros, que tenemos gente que se nos muere y nosotros que estamos expuestos a la muerte, ¿Qué hubiéramos dicho? -Bueno, sabemos que Cristo puede sanar a los enfermos, pero ya cuando llega la muerte llegó la muerte-. Pues ¡No! Precisamente Cristo quería que quedara claro que cuando llega la muerte, la muerte no tiene la última palabra. Y la única manera de demostrar eso era permitiendo que la muerte dijera su palabra, para luego Cristo decir la suya y vencer a la muerte. Cristo dejó que Lázaro se sumergiera en la muerte. Cristo permitió que Marta y María se sumergieran en la tristeza. Esas tristezas, como la de Marta y María, se parecen a muchas de nuestras tristezas. Cuando gente querida se nos muere o cuando, como hablamos metafóricamente, ilusiones, sueños, proyectos, aspiraciones, se nos mueren. Y es maravilloso descubrir que Cristo tiene una palabra ¡Después de la desilusión! Cristo tiene una palabra después de la desilusión. Si quieres resumir mi predicación de esta tarde en esta homilía, puedes resumirla en esa frase Cristo tiene una palabra para después de la desilusión. A veces Cristo obra antes de que se mueran las ilusiones, pero Cristo no se detiene ahí. Cristo también tiene una ¡Palabra para después! cuando ya se ha muerto la ilusión. Y este es un aspecto cautivante, admirable de su manera de ser, el Señor y Rey de todas las cosas. Cristo tiene una palabra para después de la desilusión, porque efectivamente algo en nosotros se ha muerto. Cuando pasan ciertas cosas, algo en nosotros se muere. Piensa, por ejemplo, en el caso de una persona que vive una separación matrimonial. Piensa en el caso de una persona que siente que ¡Su hogar se le murió y se le murió y se le acabó! Y no hay nada que hacer, ¡Y se le murió y se le acabó! Cuando Cristo sana a los enfermos es como deteniendo la avalancha del mal antes de que suceda. Cuando Cristo resucita a un muerto, es una palabra que viene después del duelo, después de la muerte. Cristo tiene una palabra para después del fracaso, para después de la desilusión, para después de que tu plan no funcionó. Después de que tu estilo no funcionó, después de que tu manera no funcionó. Cristo sigue teniendo una palabra, una palabra inesperada, una palabra maravillosa, una palabra que no esperamos pero que sí deseamos, una palabra que no nos atreveríamos a pedir pero que sí tenemos que atrevernos a agradecer. Cristo tiene una palabra para después de la desilusión. Y esa palabra y esa fé que nace después de la desilusión, esa fé que nace después de que se ha muerto, lo que tenía que morir, Esa fé, es más fuerte. En estos últimos domingos hemos estado contemplando obras de Cristo. Hace ocho días estábamos contemplando la sanación de un ciego de nacimiento, una obra prodigiosa, una obra prodigiosa, un ciego, de nacimiento, curado por Cristo. Espectacular, maravilloso, fantástico. Y también ahí se dice que la gente tuvo fé. Por lo pronto, el curado, el ciego pudo ver. No solo recibió la luz natural, sino también recibió la luz sobrenatural y teológica de la fé. El ciego llegó no solo a ver la luz del sol. Llegó a ver a su Salvador, ver a Cristo verdadero sol, y creyó en Él. Hoy también se nos habla de fé. Los judíos creyeron en Él. Pero ¿Cuál es la diferencia entre una fé y otra? La fé de la vez pasada y la fé de esta. Tienen la misma distancia que hay entre la fé antes de las ilusiones y la fé después de las ilusiones. Si algo es la muerte, si por algo se caracteriza la muerte, es por ser el final, la clausura de todas las ilusiones. Y entonces agradezco yo mucho a Cristo que no haya ido a sanar al enfermo y sí haya ido a resucitar al muerto. ¡Se lo agradezco! Agradezco a Cristo porque de esa manera me enseña que cuando tantas cosas mueren en mi vida, cuando las ilusiones quedan estrujadas, cuando todo queda roto, cuando solo quedan pedazos y ruinas. Cuando ya me convencí de que mi plan, mi manera, ¡No es! En ese momento, todavía hay una voz y es una voz recia, ¡Una voz fuerte, es una voz potente! ¡Solo Cristo es poderoso!, ¡Solo Él tiene poder, frente a esa ruina! frente a esa ruina, los judíos solo tenían pésames, lamentos. . . "Qué pesar, qué tristeza. Estamos contigo, nos duele. Mira aquí presentes" . . .todo el mundo habla en voz baja. Y si alguien levanta la voz es para expresar más cruelmente, más abiertamente, su dolor. Pues en esas ruinas, donde nadie se atreve a hablar, en esas ruinas donde la única voz que se levanta es la voz del dolor, ¡Hay otra voz, una voz fuerte! que puede decirle a lo que estaba muerto. Hay otro camino. Hay otro trecho para ti ¡Ven fuera! ¡Sal de tu sepulcro y ven fuera! Esta es una gran enseñanza para nosotros. No solo para interceder por nuestros hermanos difuntos, no sólo para descubrir a Cristo como el Señor de los vivos y de los muertos. Esta es una gran enseñanza. Esta es una preciosa enseñanza, porque la muerte no es solo algo que está al final del camino. Cuántas muertes tiene que vivir uno. Cuando uno hace proyectos, voy a entrar a tal universidad, voy a entrar a tal trabajo. Me voy a ganar tanto dinero. Nada me va a fallar. Mi salud va a ser siempre muy buena. Voy a tener un hogar hermoso. Y cuando esas cosas se destruyen, cuando todo queda hecho pedazos y ruina. ¿Qué; qué queda? Pues habrá gente que va y dice. . . -Ay, hombre, qué pesar, qué lástima que nada te funcionó-. Esos hablan en voz bajita, otros gritan su dolor, gritan, maldicen, blasfeman. -¿Qué se hizo Dios, por qué esta puerca vida?- Pues has de saber que hay otro que tiene capacidad para gritar en ese momento, otro que va a gritar y que no va a gritar dolor, sino salvación. Otro que va a gritar y no va a gritar destrucción, sino paz. Un nuevo orden, una nueva libertad, una nueva etapa. Por eso Jesús, porque estaba proclamando la libertad, les dice a los que estaban ahí después de resucitar a Lázaro, "Desatadlo y dejadlo andar". Es otra etapa, es otro camino. Por eso nosotros, los que hemos padecido desilusiones, los que hemos visto que trechos enteros de nuestra vida se nos mueren, nosotros estamos como enterrados, estamos como en un sepulcro y seguimos allá como los judíos. Llore, que llore, -Que se me murió la vida, que se me acabó lo que yo quería, que se me acabó, que se me murió, que-. ¿Solo tienes ese discurso? Entonces te puede servir el discurso de Cristo. Un discurso de tres palabras: "Lázaro, ven fuera". Un discurso de tres palabras, un discurso con poder, una voz distinta, una voz diferente, recia, una voz que tiene autoridad y que tiene Gracia. Una voz que tiene sabiduría y que tiene misericordia. Una voz que lo tiene todo para ti. Una voz que puede abrirle un camino nuevo a tu vida, para que tú experimentes desde ya la fuerza de la resurrección, y entonces sepas que si al final de tus días tienes que cerrar los ojos en esta tierra, una voz semejante, una voz del mismo Cristo en el que ahora crees, una voz así un día resonará y te dirá "Ven fuera". Y esa nueva vida, esa vida eterna, esa vida interminable que te dará Jesús, Rey del Universo, Juez de todos, esa voz que te llamará desde el polvo de la muerte. Esa misma voz será el principio de una felicidad que ya no muere. Estas son las promesas. Este es el Cristo en el que creemos. Este es el poder que nos redime. Una voz, una palabra que no se amilana, que no se detiene. Una palabra que no se da por vencida. Ni siquiera cuando todos se dan por vencidos. Y parece que la vida es solo ruinas. Es la palabra de nuestro bendito Salvador, el adorable Jesucristo, a quien sea el honor y el poder por los siglos. Amén.

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