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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La imagen de lo que hace el bautismo en nuestras vidas.
Homilía ak05002a, predicada en 19960324, con 6 min. y 31 seg. 
Transcripción:
Durante este tiempo de Cuaresma. La Iglesia, en cierto modo, lo que hace es contarnos qué significa ser cristianos. La Cuaresma la miramos como un camino de preparación hacia la Pascua. Pero puesto que la Pascua es el centro y corazón de nuestra fé, si uno examina los textos litúrgicos hagiográficos bíblicos que se leen durante la Cuaresma, que resuenan durante la Cuaresma, pues ahí está la definición de lo que significa ser cristiano. Cuando usted desee hacer una catequesis sobre qué es ser cristiano, tome el leccionario del ciclo A, del ciclo B, del ciclo C y ahí encontrará una especie de definición operacional, no teórica, sino narrada, contada de lo que significa Cristo en nuestras vidas. Los textos de la Sagrada Escritura especialmente, nos remiten continuamente a la realidad del pecado y a la realidad de la salvación. A la realidad del egoísmo y a la realidad de la Gracia. A la realidad de nuestra limitación y a la realidad del infinito que Dios realiza en nosotros. Este tiempo, entonces, es un tiempo hondamente dominicano y me remito a lo que escuché en la monición de entrada, Domingo de Guzmán como un hombre que ve con claridad, un hombre que tiene luz por dentro para ver con luz la realidad que se le presenta. Y a Santo Domingo se le recuerda como predicador de Cuaresma. La Cuaresma es un tiempo para volver a la esencia misma del cristianismo. Ahora bien, en los domingos de Cuaresma hay los tres ciclos normales A, B y C, los mismos que hay en el resto del año. Las lecturas del ciclo A tienen particularmente un énfasis bautismal. Este ciclo en el que nos encontramos hace énfasis en lo que significa dejar la tiniebla y acercarse a la luz, dejar la muerte y acercarse a la vida, dejar el pecado y acercarse a la Gracia. Recuerda los últimos domingos y verás que esos son los temas. La samaritana que encuentra agua de vida en el corazón de un sediento. El ciego de nacimiento que primero es sanado por la Palabra de Cristo hasta que finalmente llega a contemplarle. El punto culminante de esa lectura es cuando Cristo le dice: "¿Crees en el Hijo del hombre?" El ciego pregunta, el que había sido ciego, "¿Y quién es para que crea?" Jesús le dice: "Soy yo". Y el hombre dice: "Creo, Señor". Y ese es como la imagen del bautismo. Uno oye noticias sobre Cristo, y de pronto un día llega la iluminación y uno dice: "Creo, Señor". Pero como culminación de ese camino, porque ya este es el último domingo antes del Domingo de Ramos, se nos presenta una obra todavía mayor. Cristo puede tomar a ese ser humano enterrado, apestoso, envuelto en vendas. Descartado. Descalificado. Marginado de la tierra, de los vivos. Podríamos decir que Lázaro es la imagen del caso desesperado por excelencia, aquel en el que nadie puede hacer nada distinto de llorar. Pero Cristo, sin dejar de llorar, nos va a decir el prefacio llorando como hombre, también tiene como Dios salud y vida para ese que estaba muerto y vuelve y lo presenta ante la comunidad. A ese que estaba apestoso y atado, lo presenta ante la comunidad y es la comunidad la que tiene que acabar de desatar y tiene que poner a andar a ese que había estado muerto. Esa es una imagen completa, perfecta de lo que hace el bautismo en nuestras vidas. Toma a esa, a ese manojo de complejos y de limitaciones y de condicionamientos que es una vida y también una vida religiosa y una vocación. Toma a ese hombre, toma a esa mujer llena de atados, llena de ataduras, llena de cadenas, enterrada y probablemente descartada. Toma a esa persona y con una voz potente la hace salir de su sepulcro para que pueda, con la ayuda de la comunidad ojo, con la ayuda de la comunidad, acabar de ser desatada. Jesús no fue el que se acercó a terminar de quitarle las vendas. Además, Lázaro se salvó porque tenía quien lo quería. Lázaro se salvó porque hubo quien pidió que se le hiciera ese bien. Debemos tener en cuenta para nuestras vocaciones y para el mundo, para el estado del mundo que se necesitan Martas y Marías, que llamen a Cristo y que le digan: -Tu amigo está enfermo y que le digan Creo, Señor-, porque casos desesperados hemos encontrado y vamos a encontrar en que la persona ni siquiera podrá aportar su propia fé. En ese caso será la comunidad la que tendrá que dar esa fé en Jesucristo y tendrá que unirse al milagro que realice Cristo de resucitar esa vida y de ponerla a andar. Demos gracias a Dios. En este prodigio, pidámosle también nosotros ser desatados. A veces tengo la impresión de que nuestra orden dominicana, como lo comentábamos en algún encuentro semejante, nuestra Orden Dominicana y puede estar un poco artrítica. Nuestras dificultades de movimiento son pequeñas en cada coyuntura, pero su suma nos hace sumamente, nos hace extremadamente inmóviles. Cada uno tiene apenas el rango preciso de pequeño egoísmo para no dejar mover al conjunto. Necesitamos una voz de Cristo fuerte, vigorosa, que nos saque. Y necesitamos unas comunidades vivas que prolonguen esa voz de Cristo desatando y dando vida y dando alegría y dando alabanza, de manera que nosotros, como estos judíos, podamos decir al ver lo que ha hecho Jesús, "Hemos creído en Él."

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