Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El pecado nos ciega al ofrecernos bienes fáciles y parciales que ocultan el bien verdadero. Jesús puede sanar nuestra ceguera y guiarnos a la luz del amor del Padre.

Homilía ak04015a, predicada en 20260315, con 6 min. y 46 seg.

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Transcripción:

¡Feliz domingo para todos mis hermanos!

Este es ya el domingo cuarto de Cuaresma y como hemos dicho, el propósito de estos textos de estos domingos es que nosotros nos identifiquemos con las personas que aparecen en el Evangelio. El domingo pasado estaba la samaritana que nos habla de esa sed y que nos obliga, en cierto sentido, a preguntarnos cuál es la sed que cada uno de nosotros tiene? Pues en este domingo encontramos del capítulo noveno de San Juan, encontramos a un hombre ciego de nacimiento y por eso la pregunta que tenemos que hacernos es ¿Cuál es nuestra ceguera? Cuál es esa, ese impedimento que no me deja ver, por ejemplo, el amor que Dios me tiene, que no me deja ver la alegría de su bondad, que no me deja ver también la gravedad de mi pecado, que no me deja ver cuánto pierdo con mi egoísmo, con mi agresividad, Con mi impureza, con mi mentira.

Cada uno tiene que mencionar ahí el pecado que tal vez le persigue más, porque el pecado siempre nos enceguece. Y esa es la idea que precisamente quisiera destacar en este momento. Cómo el pecado es el que nos enceguece, cómo el pecado nos priva de la luz. Porque si lo piensas bien, ¿Qué es lo que hace el pecado? El pecado lo que hace es proponernos un bien menor para que no veamos el bien mayor. Y hay una comparación que hace años he venido haciendo y que me parece que ilustra muy bien las cosas. Piensa tú, por ejemplo, en un niño caprichoso que en el fondo todos nosotros, con nuestros pecados, somos como niños caprichosos. Piensa en un niño caprichoso y este niño resulta que quiere comer, comer cosas como bizcochitos, lo que en México llaman botana. Es decir, que unas papitas fritas, que unos nachos, que unos caramelos y está durante la mañana comiendo ese tipo de cosas que son muy atractivas tal vez para el paladar, pero que ciertamente no alimentan.

Cuando llega el momento de la comida que se alimenta, esa que es la del mediodía, que en mi país y en otros se llama el almuerzo. La comida central, la comida sabrosa, la comida que alimenta a este niño. No quiere comer eso porque se ha llenado con todas esas chucherías, se ha llenado con todo eso que no alimenta. Es decir, que todas esas que he llamado chucherías, todos esos caramelos y todas esas papitas fritas y todos esos helados, todo eso que ha comido, no lo ha alimentado, pero le cierra la puerta, le impide, le impide recibir el verdadero alimento. Entonces eso es lo que hace el pecado con nosotros. El pecado es como una cortina de humo que se pone delante y que quiere tapar nuestros ojos para que nosotros nos quedemos con un bien parcial, un bien que tal vez es más agradable a nuestros sentidos o que parece más fácil de adquirir o que parece con menor esfuerzo para lograrlo. Pero se trata de una trampa y así el pecado nos enceguece.

Otro ejemplo: Imagínate que eres un padre de familia y te das cuenta que tu hijo está como en malos pasos y te da impaciencia porque está descuidando sus estudios, porque anda con malas amistades y tú te sientes así como muy, muy disgustado, pero muy disgustado. Y entonces ¿Qué es lo fácil en ese momento? Lo fácil en ese momento es buscar simplemente un desahogo. Y entonces tú vas donde ese muchacho y le sueltas toda tu rabia, toda tu frustración. Hoy lograste descansar. Le dije todo lo que le quería decir. Sí, eso es algo que parece bueno. ¿Por qué te desahogaste? Porque dijiste cosas que eran ciertas. Pero qué va a salir de ahí? Seguramente se va a distanciar. Ese muchacho. Seguramente la comunicación entre ustedes se va a dañar. Te va a perder el respeto.

Muy posiblemente se va a afianzar más todavía en sus malos caminos, porque el bien es arduo. El bien es arduo, el bien cuesta trabajo. Acercarse a esa persona que te impacienta tanto. No es fácil tener esa paciencia, no es fácil. Y entonces ¿Qué toca hacer? Pues a ver, hay que tener un poco de paciencia, hay que acercarse de otra manera. Lo más importante aquí no es la rabia que yo tengo, sino cómo puedo construir un bien en ese joven. Y eso no es fácil, porque el bien es arduo. Entonces el pecado se presenta como un bien fácil, como un bien placentero, como un bien sin esfuerzo, y quiere que tú te quedes mirando ese bien y que tú te fascines con ese bien y así te enceguece. Y ciegos por lo inmediato. No vemos lo que vale la pena. Ciegos por lo placentero, no vemos lo que es realmente virtuoso, ciegos por lo que no cuesta trabajo. Nos perdemos de las verdaderas cumbres a las que hemos sido llamados.

Pero Cristo es capaz de sanar nuestra ceguera. Es el mensaje del Evangelio de hoy y yo te invito a que hagas un propósito. Quiero salir de esta Cuaresma sano de mi ceguera. Por algo dijo Cristo: -Esta es la vida eterna, Padre-, Lo dijo Cristo en oración. -Esta es la vida eterna, Padre, que te conozcan a ti y a tu enviado Jesucristo-. Y eso es lo que vamos a buscar, esa luz que nos permite conocer a Cristo y conocer al Padre.

Amén.

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