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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Los domingos tercero, cuarto y quinto de Cuaresma nos presentan un camino de fe porque Cristo es quien nos da el agua viva, la luz verdadera y la vida nueva.
Homilía ak04014a, predicada en 20230319, con 20 min. y 38 seg. 
Transcripción:
Queridas hermanas. Empecemos con algo de contexto litúrgico. Nos encontramos en el ciclo A para las lecturas de los domingos. El ciclo A es el de San Mateo, pero el texto que hemos escuchado es de San Juan. Eso nos indica que debe haber algo especial en este texto. Pero no es solo este texto; este es el cuarto domingo de Cuaresma, el domingo pasado, domingo tercero, también era un texto de San Juan y el domingo siguiente, el domingo quinto, también es un texto de San Juan. Así que puede ser útil hacer una explicación sobre cómo van, cómo funcionan estos domingos de Cuaresma. Entonces lo vamos a plantear de esta manera: El primer domingo de Cuaresma, todos los años nos refiere el episodio de las tentaciones, el segundo domingo de Cuaresma, todos los años nos refiere el relato de la transfiguración. Luego vienen los domingos tres, cuatro y cinco, que en el Ciclo A toman estos textos de San Juan. Los textos son tomados: en el tercer domingo del capítulo cuarto, en este cuarto domingo del capítulo noveno y al siguiente domingo, domingo quinto de Cuaresma del capítulo número once. Luego ya viene el Domingo de Ramos y la Semana Santa. Entonces, claramente en el ciclo A están estos tres domingos tomados de San Juan. Pero antes recordemos ¿para qué? o mejor, ¿qué lugar ocupan los primeros dos domingos? El primer domingo son las tentaciones, que son una hermosa introducción a toda la Cuaresma. Porque de hecho Cristo hizo su Cuaresma en el desierto, y porque en Cuaresma la Iglesia acompaña a Cristo. Además, ese pasaje de las tentaciones nos recuerda que la Cuaresma es precisamente un tiempo de combate y de purificación espiritual. Y además, ese primer domingo nos recuerda que la vida cristiana entera es como una especie de Cuaresma, porque no tenemos la plenitud de la vida de Dios en nosotros. Por eso todos los años tenemos el primer domingo de Cuaresma, que es el pasaje de las tentaciones. Cada año, de acuerdo con el ciclo, se lee la versión correspondiente. O sea que este año, por ejemplo, tuvimos las tentaciones según San Mateo, el año entrante va a ser Las tentaciones según San Marcos, y el siguiente año el ciclo C va a ser Las tentaciones según San Lucas. ¿Por qué leemos en el segundo domingo la Transfiguración?, la transfiguración, según han enseñado grandes doctores de la Iglesia, como San León Magno, como San Agustín, la transfiguración es una anticipación de la Pascua. O sea que si el primer domingo nos ayuda a entender qué es la Cuaresma, el segundo domingo nos da una rendija de luz para que podamos ver lo que viene después. Lo que viene es la Pascua. O sea que el primero y el segundo domingo nos sitúan en el comienzo y en el final del camino que vamos a recorrer con el tiempo de Cuaresma y luego el tiempo pascual. Podemos decir que el primer domingo nos presenta algo así como: ¿Qué es la Cuaresma? Y el segundo domingo nos presenta: -Para dónde vamos-, qué es, la Pascua. Ahora encontramos en el ciclo A, estos tres domingos, el Domingo de la Samaritana, el Domingo del Ciego y el Domingo de la Resurrección de Lázaro. ¿Qué tienen en común estos domingos y por qué aparecen en la liturgia? Si nos damos cuenta, hay dos características que tienen estos tres domingos. La primera característica es: que en cada uno de ellos hay un encuentro. La palabra encuentro es muy descriptiva y muy apropiada para referirse a estos tres domingos. El domingo número cuatro es el encuentro entre Jesús y la Samaritana, este domingo cuarto es el encuentro entre Jesús y el ciego de nacimiento. Y el domingo siguiente es el encuentro entre Jesús y Lázaro, que ya estaba muerto. Encuentro. Porque es que la Cuaresma es un tiempo para encontrarnos o reencontrarnos con Cristo. A la vez, en cada uno de estos domingos tomados del Evangelio de Juan hay una palabra clave, una realidad que sirve como de imagen de lo que Cristo quiere hacer en nuestra vida. La palabra clave en el domingo de la Samaritana es el agua. Agua que satisface nuestra sed, Cristo, portador del agua viva Cristo que trae esa agua, el único que puede realmente calmar nuestra sed. Ese es el domingo tercero de Cuaresma. Luego, en este cuarto domingo, la palabra clave es la luz, Cristo que trae la Luz. Luz para que veamos nuestro camino, luz para que lo reconozcamos a Él, luz para que no nos tropecemos y sigamos en las tinieblas. Entonces, tercer domingo El agua, cuarto domingo La luz, el quinto domingo, la palabra clave es, evidentemente, La vida, Cristo que trae la vida. Fíjate cómo funcionan esos domingos. Cristo trae el agua, Cristo trae la luz, Cristo trae la vida. Cristo trae el agua para nosotros que somos los sedientos, Cristo trae la luz para nosotros que somos los ciegos y Cristo trae la vida para nosotros que estamos como muertos. El encuentro ahí es con Lázaro, y la palabra clave es la palabra vida. Así que estos tres domingos nos van llevando como de la mano para que recordemos la esencia de nuestra fe en Cristo. Es decir, Él es el que trae el agua y sacia mi sed, Él es el que trae la luz y cura mi ceguera, Él es el que trae la vida y me hace vencer la muerte. Son evangelios que hacen un itinerario. Además, estos evangelios aparecen en el orden natural. Ya dije, son capítulos cuarto, noveno y once de San Juan. Por eso se dice que estos domingos tienen un carácter de catecumenado. Estos domingos tienen, estos tres domingos tomados de San Juan, tienen una antiquísima presencia en la liturgia de la Iglesia. Y eran textos utilizados especialísimamente en el catecumenado. O sea, son domingos para crecer en la conciencia de lo que Cristo nos trae a nosotros, domingos para descubrir lo que Cristo significa en nuestra vida. Él es el que me da el agua viva, Él es el que me da la luz verdadera, es el que me da la vida nueva. Otra característica que une a estos tres domingos es la fe. En estos tres domingos, en cada uno de ellos aparece la fe en un lugar prominente. Así, por ejemplo, en el Domingo de la Samaritana, la conclusión de todo ese texto del capítulo cuarto es que aquella población de Samaria, la población de Sicar, llega a la fe. Hacia el final de ese texto los samaritanos le dicen a la mujer: -Nosotros lo hemos oído, ya nosotros no creemos por lo que tú dijiste, sino que nosotros lo hemos oído a Él y nosotros creemos. Nosotros sabemos que Él es el Salvador del mundo-. Es decir, aquella gente llegó a la fe. Empezando por la misma mujer, la mujer llegó a la fe en Cristo. En este domingo aparece también la fe. La curación en sí misma es algo impresionante. Pero observemos hacia el final del texto la pregunta que hace Cristo ¿Crees tú en el Hijo del hombre? Y el ciego, ya curado, dice ¿Quién es para que yo crea? Y Jesús le dice: "Lo estás viendo" una frase de exquisita belleza para describir cómo el milagro que tiene que ver con los ojos naturales en realidad tenía un propósito sobrenatural. Es decir, que bueno que recuperes la vista de tus ojos corporales, pero lo más importante es que puedas ver a Cristo, que puedas descubrir a Cristo. ¿Crees? Y entonces él pregunta ¿Quién es? Y Jesús le dice, la voz de Jesús si la conocía, ¡No! Jesús le dice: "Lo has visto Ya lo has visto, Soy el que habla, es el que habla contigo, Soy yo" Y entonces el hombre hace una profesión de fe: -Creo, Señor-, y se postra ante Cristo. O sea que hay fe en el pasaje de la Samaritana, porque aquellos samaritanos llegaron a la fe, llegaron a creer. Hay fe en este texto del ciego de nacimiento, porque él finalmente llega a la fe. Y la fe también aparece en el pasaje de Lázaro, (como en el pasaje de Lázaro. . . . yo no voy a estar aquí, entonces adelanto), en el pasaje de Lázaro, nos damos cuenta que también aparece la fe, ¿donde aparece la fe?, ¿donde?, ¿donde?, ¿donde aparece la fe?, pues la fe aparece, porque Jesús le pregunta a Marta de Betania, le pregunta, ¿Crees? Y ella dice: -Sí Señor, yo creo, yo creo, yo creo que lo que tú le pidas al Padre lo va a hacer-. "Yo soy la resurrección y la vida", dice Cristo. Y ella dice: -Yo creo-. Es impresionante la fe de Marta, porque Marta, Marta estaba decepcionada, pues ellas dos, Marta y María estaban decepcionadas en cierto sentido de Cristo, porque le habían mandado razón a Cristo. -Tu amigo está enfermo, ¡está enfermo!, ¡está enfermo!, ¡enfermo!, grave, está muy grave-; Y Cristo no apareció y se murió., Y Marta, que por supuesto había pasado por esta especie de frustración, dicho de una manera muy humana, Marta, que había pasado por esa especie de frustración; sin embargo, dice: -Yo creo en ti, aunque no me respondiste cuando yo quería, yo creo en ti-. A mí me encanta esa profesión de fe de Marta, porque yo creo que muchas veces nosotros pasamos por una experiencia semejante a la de Marta, es decir, sentimos que cosas que le pedimos a Dios no suceden. Hay cosas que no pasan. Hemos rogado y no han sucedido. Y sin embargo, el ejemplo de Marta, Santa Marta de Betania, el ejemplo de Marta, nos invita a seguir creyendo, incluso a reafirmar nuestra fe en Cristo, aunque no nos respondió cuando nosotros queríamos. Porque finalmente lo que tiene que ser ley, lo que tiene que cumplirse, no es lo que nosotros queramos. Entonces Marta siguió creyendo. O sea que la fe está presente en el texto de la samaritana, la fe está presente en el texto del ciego de nacimiento, y la fe está presente en el pasaje de Lázaro y sus hermanas Marta y María. Entonces uno se da cuenta que estos tres domingos son un caminito en la fe, un caminito para que nosotros crezcamos en la fe. Con toda esa introducción, digamos solo una palabra adicional sobre el itinerario de fe que tiene el ciego. Los fariseos están muy preocupados porque Jesús trabaja en sábado. Y ¿cuál fue el trabajo que hizo? Se puso a hacer barro. O sea, es una cosa tan ridícula que a uno le puede dar, pues eso, risa es una cosa tan absurda. O sea, toda la crítica de ellos es porque es sábado y Jesús se puso a hacer barro. Y ¿cuál fue el barro que hizo?, pues como escupió y con la tierra hizo barro. . . . -Entonces se puso a hacer barro y por ese poquito de barro -trabajó-, hizo trabajo en sábado, por consiguiente es un pecador y -se puso a hacer barro-, -y cómo se va a poner a hacer barro en un sábado-, -ese hombre es un pecador-. O sea, uno se da cuenta por ese hecho tan sencillo, uno se da cuenta la espantosa ceguera de esta gente. O sea, no ven el milagro, no ven la maravilla, no ven la compasión de Cristo, no ven el testimonio que esto significa, no ven la obra poderosa de Dios. Lo único que ven es: -hizo barro, es sábado, no hay nada que hacer, es un pecador-. ¡Hizo barro, hizo, no hizo barro!. Y por eso preguntan. La pregunta que más se repite en este evangelio es ¿cómo? ¿Cómo te abrió los ojos?, ¿Cómo te dio?, ¿Cómo?, ¿Cómo? Es decir, ellos quieren hasta el último detalle para tener de qué acusar a Cristo. -Claro, ahí está; ahí se nota que está trabajando, claro, está trabajando, está trabajando en sábado; es evidente que es un pecador, no viene de Dios, lo podemos descartar-. Es un afán de descartar a Cristo. Por eso preguntan tanto ¿cómo? Hablando de ese -cómo-, resulta que hay un verbo que describe lo que hizo Cristo con el barro. En esta traducción, que es la que hemos leído fielmente, en esta traducción desde el principio hasta el final, se dice untó, untó con barro los ojos del ciego. Bueno, entonces, pues, siguiendo los consejos de Santa Teresa del Niño Jesús, es bueno tratar de aprender griego y aprender hebreo. Entonces uno se va al griego y busca ¿cuál es el verbo, cuál es el verbo? Y el verbo es el verbo epichrío, epichrío el verbo epichrío viene de chrío y el verbo significa ungir. Eso cambia un poco las cosas. O sea, Jesús lo que hizo fue ungir los ojos de este hombre. Por cierto, del verbo chrío en griego viene Christós, Christós significa exactamente ungido, el ungido. Entonces, en este pasaje lo que encontramos es que el Ungido, el Christós es el que con ese verbo epichrío unge los ojos, o sea la manera como sucedió. Ya que los fariseos preguntan tanto ¿cómo? ¿cómo te hizo?, ¿cómo te curó?, ¿cómo te curó?. Pues lo que hizo fue ungirle los ojos y entonces uno se pregunta: Bueno, -pero es que ungir siempre supone alguna forma de aceite y ahí no aparece aceite, porque está el barro y está la saliva, pero no aparece aceite-. Ah, es que eso es lo maravilloso del milagro, lo maravilloso del milagro es que de Jesús sale la unción. Es decir, el aceite que utiliza Cristo es su propia unción. Él es el Christós y Él toma de su misma chrisma o crisma, decimos en español; el crisma es el aceite de su propio chrisma, toma Cristo su unción y es la unción de Cristo la que cura los ojos de este hombre. Eso es algo muy, muy bello, porque entonces Cristo lo que hizo fue participarle de su unción al ciego, y eso es lo que hace también con nosotros Cristo, ¿como nos cura a nosotros?, dándonos de su unción. Esa unción es la que en griego se llama chrisma, y ese chrisma esa unción ¿cuál es?, Pues es el aceite de júbilo que dice el Salmo cuarenta y cinco y ese aceite de júbilo es el don del Espíritu Santo. Entonces, mira qué cosa tan hermosa Cristo con el barro, con la saliva que según San Agustín representa la Palabra, con el barro de nuestra naturaleza, con su palabra representada en esa saliva y con la unción del Espíritu, hace de nosotros criaturas nuevas, nos da ojos, nos da ojos para ver. Se necesita nuestra humilde naturaleza, se necesita el poder de la Palabra y se necesita la unción del Espíritu. Entonces este hombre cuenta: -me puso barro en los ojos, me lavé y veo-. Le preguntan: ¿Tú qué dices del que te ha abierto los ojos?, -Que es un profeta, un profeta-. Por ahí empieza el caminito de la fe para este hombre. Más adelante los fariseos dicen le hacen la pregunta más solemne que se le puede hacer a un judío. La pregunta más solemne, más seria que se le pueda hacer a un judío es la pregunta que aparece aquí: ¿da gloria a Dios?. Esa es una fórmula supremamente seria para todo judío. -Da gloria a Dios-, significa lo que tú vas a decir, tiene calidad de juramento; es como si se le dijera: Júralo, júralo en nombre de Dios. Da gloria a Dios, aquí traducen: confiésalo ante Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador. Y cuando ellos ponen a este ciego, por decirlo así, contra la pared, y le dicen di la verdad, la verdad que sale de él es: -Yo sé que yo era ciego y ahora veo-. Y dice también: -a un pecador no le concedería Dios realizar un milagro de estos. Yo no creo que Él sea un pecador. Si Él no viniera de Dios, no tendría ningún poder-. Fíjate cómo va creciendo en la fe. Y ese camino, pues, tiene su culminación en lo que ya dijimos. Cuando ya se encuentra con Cristo y Cristo le dice: "¿Crees en el Hijo del Hombre?" Y finalmente este hombre dice: -Sí, creo- y se postra ante Él. Bueno, pidamos al Señor que llegue a nosotros la Palabra de Cristo, que llegue a nosotros la unción de Cristo y que nuestros ojos se abran, se abran para reconocerlo a Él, se abran para reconocerlo en todas las partes donde Él está, porque Cristo está en muchas partes. Cristo está en la naturaleza porque todo fue hecho por Él. Cristo está en las Escrituras porque el mismo Cristo dice: "Ellas hablan de mí" . Cristo está en los pobres, en los desvalidos, en los disminuidos, porque Él dijo: "Todo lo que hagáis a mis hermanos más pequeños me lo hicisteis a mí" . Cristo está en la Eucaristía porque Él dijo: "Esto es mi cuerpo, esta es mi sangre" . Cristo está en la gloria del cielo y lo contemplamos en esperanza para servirlo. Entonces, que nuestros ojos estén abiertos para reconocerle en todas partes. Amén.

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