Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

De cuatro principales formas de ceguera quiere rescatarnos Jesucristo: ignorancia, egoísmo, cobardía y soberbia.

Homilía ak04010a, predicada en 20170326, con 20 min. y 51 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, este es ya el cuarto domingo de Cuaresma. Como lo hemos escuchado varias veces, la Cuaresma es un camino que nos lleva y nos prepara hacia la Pascua. Nos encontramos en el ciclo A de las lecturas del domingo. Para la misa del domingo, la Iglesia ha distribuido las lecturas en tres ciclos A, que es este en el que nos encontramos; B, es el año entrante y C el año siguiente. Las lecturas de Cuaresma tienen una secuencia, tienen una lógica para acompañarnos en el camino. El primer domingo en todas las cuaresmas es el Domingo de las Tentaciones de Cristo en el desierto para recordarnos el combate contra el pecado y para asegurarnos que la victoria viene de Dios. El segundo domingo, en todas las cuaresmas de todos los ciclos, contiene el relato de la Transfiguración para que tengamos clara la meta. Porque la Transfiguración fue como una anticipación de la Pascua. Ver a Cristo en el brillo de su divinidad es algo así como un aperitivo del banquete delicioso que vendría con la Pascua.

Así que el primer domingo, las Tentaciones, el segundo domingo, la Transfiguración. Los tres siguientes domingos, o sea, domingo tercero, domingo cuarto y domingo quinto; si cambian en los distintos ciclos. Pero las lecturas que tenemos en el ciclo A son tan importantes que está litúrgicamente permitido utilizar estas mismas lecturas, incluso en los otros años. Las lecturas de estos tres domingos, el tercero, el cuarto y el quinto, son tomadas del Evangelio según San Juan. El domingo pasado veíamos el encuentro de Jesús con la Samaritana. En este cuarto domingo vemos el encuentro de Jesús con un ciego de nacimiento. Y el próximo domingo, si Dios permite, presenciaremos el encuentro de Jesús con uno que ya había muerto, Lázaro. O sea que estos tres domingos, tercero, cuarto y quinto, nos presentan el encuentro de Cristo con las grandes necesidades del ser humano, para que aprendamos cómo en Cristo está la respuesta al anhelo más profundo de nuestro corazón.

Es así que en el tercer domingo la Iglesia nos invita a identificarnos con la samaritana, es decir, somos caminantes y la sed nos agobia. Y precisamente por la sed, que es como un resumen de tantas necesidades que uno puede tener, es fácil caer en pecado y en idolatría. Así como esa mujer ya tenía una colección de historias con distintos hombres, la Sed fue protagonista en el domingo pasado. En este domingo la palabra clave es la luz. Sobre eso diremos algo más, un poco adelante y el domingo entrante la gran palabra es la vida porque en la resurrección de Lázaro no solo hay un milagro, sino que hay una señal de quién es el que da la verdadera vida. O sea que en estos domingos estamos descubriendo a Jesús en el tercero, como aquel que da el agua viva y el amor verdadero. En este cuarto domingo a Jesucristo como verdadera luz de nuestra existencia, y en el quinto domingo a Jesucristo como vida que es capaz de vencer a la muerte. El siguiente domingo a ese ya va a ser el Domingo de Ramos que nos introduce de lleno en la Semana Santa. Esa es la razón de las lecturas que llevamos. Al descubrir a Jesucristo como nuestra luz y al presenciar este milagro maravilloso que cuenta el Evangelio de hoy, tomado del capítulo noveno de San Juan. La Iglesia descubre alegría. Por eso, dentro del camino de la Cuaresma, este domingo está marcado por la alegría.

Una señal pequeñita de esa alegría que es como un alivio en el camino, es el cambio del ornamento que utiliza el sacerdote que preside la Eucaristía allí donde se puede, como por ejemplo se puede en este convento. Gracias a Dios por eso el rígido morado que casi parece de luto, se alivia un poco en este color rosa que indica como esa especie de respiro, de alegría en el camino cuaresmal. El tema de este domingo es la luz. Veamos cómo aparecen las lecturas de hoy. La primera fue tomada del primer libro de Samuel. Nos damos cuenta que Samuel recibe un milagro en sus ojos porque Dios le dice: "Tú no estás viendo bien". Samuel tenía que escoger al rey que iba a ser sucesor de Saúl y buscando al sucesor. El primer impulso de Samuel, el profeta, es fijarse en las cualidades puramente humanas. Como Saúl era una persona sumamente alta y fuerte. La Biblia dice que sobresalía por lo menos por una cabeza. Ante todo el pueblo, Samuel tenía esa idea de que el sucesor de Saúl también tenía que ser alguien con muchísimas cualidades desde el punto de vista humano, pero Dios le mejoró la vista a Samuel y le dijo: "No te fijes en las apariencias".

La gente se fija en las apariencias. Dios conoce el corazón. Lo importante no lo ven los hombres, dice esta traducción del leccionario colombiano. O sea que Samuel, aunque era una persona que podía utilizar los ojos de su cuerpo, sin embargo no veía bien en la medida en que no veía según Dios ve las cosas. Creo que muchos de los que estamos aquí, o todos tal vez necesitamos esa misma clase de sanación. Aprender a ver las cosas un poco y cada vez más como Dios las ve. Porque lo que uno llama una desgracia en realidad puede ser una hermosa oportunidad. Lo que uno llama un problema puede ser en realidad una oportunidad de cambio. Lo que uno llama una tristeza, quizás me está liberando de algún pecado que tengo. La vanidad, la soberbia suelen caerse por su propio peso frente a los fracasos que a veces tenemos, de modo que aprender a ver las cosas con los ojos de Dios; eso es lo que recibió Samuel en la primera lectura, y eso es lo que nosotros necesitamos.

Uno de los siete dones del Espíritu Santo, que es el don de ciencia, tiene esa característica. Nos ayuda a leer nuestra propia historia y la historia del mundo que nos rodea. Cada vez más con los ojos de Dios. En la segunda lectura encontramos también el tema de la luz, el discernimiento, la claridad. Esa segunda lectura fue tomada de San Pablo a los Efesios, nos dice Pablo: "Ahora sois luz en el Señor". Y nos dice esta frase tratando de encontrar qué es lo que agrada al Señor. Porque a veces uno puede equivocarse dramáticamente en eso. ¿Qué es lo que realmente agrada al Señor? Ni siquiera las palabras más bellas, podríamos decir, más santas del Evangelio están libres de malos entendidos. Con motivo del Año de la Misericordia que nos regaló el Papa Francisco, nos dimos cuenta que incluso palabras como la misma misericordia se pueden entender de una manera torcida, porque hay gente que puede entender la misericordia como simplemente acoger al pecador, pero dejarlo en su pecado, y éllos pueden pensar que así están agradando a Dios simplemente porque se quedan en la acogida.

Necesitamos esta luz de la que habla el apóstol San Pablo en la segunda lectura de hoy. Para llegar verdaderamente a encontrar lo que a Dios sí le agrada. Lo mismo podríamos decir de cada aspecto de la vida cristiana. Los profetas denunciaron muchas veces que hay ayunos que no le gustan a Dios. Hay oraciones ante las que Dios se tapa los oídos. Hay obras de evangelización que en realidad están tan marcadas, tan contaminadas de vanidad, que merecen la misma invectiva que Cristo dijo a los fariseos "Ustedes recorren cielo y tierra tratando de encontrar un prosélito, pero luego lo hacen peor que ustedes". O sea que necesitamos esta luz de la segunda lectura, la de la carta a los Efesios, para no equivocarnos en nuestra vida cristiana y para realmente acertar agradando a Dios. Pero por supuesto, el texto que nos habla con mayor elocuencia es el Evangelio de hoy por la curación de un ciego de nacimiento. Como en otras ocasiones, el evangelista San Juan nos enseña a través de un contraste en la samaritana era el contraste entre la sed y el agua viva.

En el caso de Lázaro, es el contraste entre la muerte que ya hace que hieda un cadáver y la vida, la primavera perfumada que trae Cristo. En el caso del Evangelio de hoy, pues el contraste está entre la ceguera y la luz. Pero hay que estar muy atentos, hermanos, porque en el Evangelio que hemos oído no hay una sola clase, sino por lo menos cuatro clases de ceguera. Y hay que identificarlas porque es muy posible que no tengamos una, pero sí tengamos otra. Por ejemplo, el ciego de nacimiento evidentemente es inocente de lo que padece, pero su ceguera le impide ver a Jesús. Podríamos decir que es la ceguera más simple. Es la ceguera de la ignorancia, la ceguera del que no ha oído el mensaje, la ceguera del que no conoce ni su fé, ni cuánto le ama Dios, ni cuál es la verdadera virtud. Esa ceguera es la ceguera de la ignorancia. La ceguera de la ignorancia se puede vencer con la predicación, con la catequesis, con la educación.

Aquí, por ejemplo, tenemos al lado nuestro un colegio y luego más allá otro colegio, colegios de inspiración y raíz católica. Y lo que quiere la educación católica es vencer ésta ignorancia. Es muy importante que los alumnos y las alumnas de nuestros colegios tengan noticia clara de que hay un Dios y que ese Dios merece ser respetado, pero sobre todo amado. Esa es la ceguera de la ignorancia. En el pasaje que hemos oído, esa ceguera queda claramente vencida, porque al final de este texto, Jesús le pregunta al hombre que ha sido curado: "¿Crees en el Hijo del hombre?" El que había sido curado sabía de la voz de Cristo, pero no lo había visto. Y entonces el que había sido curado le responde: "¿Quién es, Señor, para que crea en Él?" Y Jesús le dice: "Lo estás viendo" De algún modo, el objetivo de todo el milagro es ése que podamos ver a Jesús. Y entonces el hombre dice: "Creo, Señor", y se postra ante Él. Esa es la primer, la primera clase de ceguera. La ignorancia. A veces esa ceguera es involuntaria. Pero esa ceguera puede ser también voluntaria.

Si una persona tiene oportunidades de formarse en su fé católica y no toma esas oportunidades, muy fácilmente, va a ser derribado por algunos aspectos de nuestra cultura que son sumamente fuertes y que son ataques muy directos a lo que enseña la Iglesia. O sea que el católico que no esté bien formado en nuestra época, está exponiéndose a un peligro muy grave. La segunda clase de ceguera que aparece aquí es la ceguera del egoísmo, es decir, del que no quiere ver; y no quiere ver porque ver la necesidad incomoda y ver la necesidad obliga. No hace muchos días escuchábamos en un Evangelio de entre semana aquella parábola de Cristo entre un rico que comía espléndidamente y un pobre que estaba a su puerta y que se llamaba Lázaro. Y la verdad es que el rico nunca vio al pobre, mejor dicho, solo lo vio cuando ya era demasiado tarde.

Esa es la ceguera del egoísmo. Y esa ceguera está representada por los apóstoles que tienen muchísima prisa en quitarse el problema de encima. El comienzo del texto que hemos escuchado dice así: -Al pasar, Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento . . . Mira lo que dicen los apóstoles . . .los discípulos le preguntaron: "Maestro, ¿Quién pecó, él o sus padres para que naciera ciego?" Esa pregunta no solo es absurda. ¿Cómo van a decir que nació ciego porque pecó?, ¿Pecó cuándo; era un embrión pecador?, ¿Era un feto desobediente o qué? Es una cosa absurda. No solo es una pregunta absurda, sino que es una pregunta que muestra el absurdo del egoísmo humano. La razón por la que ellos preguntan eso es para que Cristo les diga algo así como . . . -Pecaron los papás-. Ah, bueno. ¡Pobre tipo! Pero ¿Para qué escogió esos papás? Bien merecido se lo tiene.

Es decir, cuando uno se concentra en buscar culpables y no busca en realidad soluciones, uno es un egoísta que lo único que quiere demostrar es: -A mí no me pida nada porque yo no tengo culpa. La culpa la tiene otro-, la culpa la tiene la Iglesia, la culpa la tiene el gobierno. La culpa la tienen los empresarios, los ricos, los comunistas, los pobres. Cada vez que uno está buscando culpables, uno está escurriendo el bulto para decir: -yo no tengo culpa, a mí no me pidan nada-. Esa es la ceguera del egoísta. El egoísta no quiere ver el problema, El egoísta quiere deshacerse del que tiene dolor, no quiere aliviar ni sanar, sino deshacerse. La tercera forma de egoísmo. La tercera forma de ceguera, perdón, es la que encontramos en los papás del ciego. Los papás del ciego están asustados porque la gran autoridad en ese lugar son los fariseos y los papás tienen mucho miedo de contradecir a los fariseos. Entonces podemos decir que esta es la ceguera de la cobardía, la cual consiste en ver los hechos pero no sacar las consecuencias.

Semejante alegría que les han curado a un hijo ciego de nacimiento y ellos no sacan la consecuencia lógica. La consecuencia lógica es: -Hay que agradecer, hay que bendecir a Dios, hay que saber quién es ese gran profeta-, como dicen otros textos de los Evangelios. Un gran profeta ha nacido entre nosotros-. No; estos acobardados por los fariseos, lo que dicen es: "Quién sabe cómo lo curarían; pero ya él es mayor de edad. Hablen con él. Hablen con él" . Están asustados. Se parecen a mucho Católico, que también está asustado y que esconde su fé. Disimula su bautismo. Cuando uno tiene esta clase de ceguera, uno pierde toda capacidad de transmitir la alegría del Evangelio. Así que ahí está la ceguera de la cobardía. La última clase de ceguera es la ceguera de la propia conveniencia o de la propia soberbia, en lo cual creo que todos tenemos algo que acusar. Esta es la ceguera de los fariseos.

Podemos decir que los fariseos son el reverso de lo que sucedió a los papás del ciego, porque los papás del ciego ven los hechos, pero no sacan las consecuencias, mientras que los fariseos ven las consecuencias. O sea, evidentemente está curado, pero no quieren reconocer los hechos: -Dios ha enviado al Mesías-. Podemos decir que los fariseos son los grandes patronos de lo que hoy se llama la postverdad. Eso de negar los hechos, de negar lo que está sucediendo. Eso de presentarse con una actitud cínica, negando lo que está pasando y negando la injusticia simplemente para mantener las propias conveniencias o la propia importancia. Este es el tipo más severo de ceguera y por eso les dice Jesús: "Si fuerais ciegos -con alguna de las otras clases de ceguera-, no seríais culpables. Pero como decís que veis, vuestro pecado no tiene remedio". O sea que hay que pedirle a Dios que nos libre particularmente de la soberbia, que es lo que más enceguece.

Bueno, hermanos, este es el mensaje, un mensaje precioso de esperanza y de alegría, un mensaje de luz. Pero para llegar a esa luz pidamos al Señor que nos libre de la ceguera, de la ignorancia, de la ceguera, del egoísmo, de la ceguera de la cobardía y de la ceguera, de la soberbia. Si estas formas de ceguera se alejan de nosotros, tendremos la mirada limpia para descubrir en el sacrificio de la Eucaristía, exactamente al mismo Jesús que aquí hemos visto, actuando con tanta piedad. Ojos sanos, ojos limpios, ojos llenos de lo que San Agustín llamaba el colirio de la fé. Son los que pueden ver la Hostia consagrada y en Élla reconocer el amor que nos salva y que nos lleva a la plenitud de la vida con el Padre y el Espíritu Santo.

Amén.

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