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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
David es el gran ungido en el Antiguo Testamento. Su unción indica no sólo la elección sino sobre todo la presencia divina que le acompaña y guía. Nuestro ungido, nuestro Cristo, es Jesús de Nazareth, y reconocerlo a él es salir de la ceguera.
Homilía ak04005a, predicada en 20110403, con 4 min. y 21 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de hoy domingo está tomada del primer libro de Samuel en el capítulo 16. Recordemos que la historia de los reyes de Israel y de Judá se encuentra precisamente en el libro primero y luego el segundo de Samuel, y luego en los libros primero y segundo de Reyes, primero y segundo de Crónicas. Para nosotros, cristianos, hay un valor permanente en estas historias, porque el Dios que se reveló a través de los profetas no es distinto de nuestro Dios. Y la historia que tuvo su comienzo con éllos es la misma que ha tenido su plenitud en Cristo y es la misma que nosotros podemos testificar con la fuerza y poder del Espíritu. En ese primer libro de Samuel, capítulo 16, se cuenta la elección y una palabra muy importante la unción de David como Rey, el "Ungido". Esa palabra hay que recordarla porque en hebreo se dice Mesías y ungido, en griego se dice Cristos. Y de ahí viene, por supuesto, la palabra Cristo. Esta característica de la unción es la que determina la elección, pero también la presencia divina, el acompañamiento, la cercanía de Dios para el rey. Y por eso el Cristo, el Cristo, el Ungido por excelencia. Es este Jesús de Nazaret, el que aparece en el capítulo 9 del Evangelio según San Juan en este domingo. Recordemos que el domingo pasado teníamos también una historia de San Juan. El domingo pasado era el capítulo cuarto y teníamos la historia hermosa, reveladora del diálogo entre Jesús y la samaritana. En esta ocasión también tenemos a Jesús con otra persona y otra persona que está en necesidad, pero su necesidad es distinta. Es el capítulo noveno de San Juan, donde está el relato de la curación de un ciego de nacimiento. Jesús realiza esta curación. Pero no es solo el acto de misericordia o el acto de poder divino lo que atrae nuestra atención, sino cómo, a través del desarrollo mismo de los acontecimientos, Jesús hace una maravillosa catequesis que culmina precisamente cuando Jesús le pregunta a este ciego si cree en el Hijo del Hombre, si cree en el enviado de Dios. Y entonces el ciego, una vez curado, le pregunta -¿Quién es?- Y Jesús se revela ante este hombre y le dice: "Soy yo". Y entonces el que era ciego dice: "Sí, creo" y adora a Jesucristo. Es decir, que toda esta narración, toda esta curación, no lleva simplemente a que este hombre recupere su capacidad para ver la luz del sol o para ver las cosas de este mundo, sino se trata sobre todo de que se encuentre con el Sol Divino, se encuentre con la luz celestial, se encuentre con esa luz que no muere porque la luz de este sol muere, de hecho, muere cada día. En cambio, la Luz Divina, en cambio, esa revelación que se da en Jesucristo, esa no acaba, esa no muere. Es decir, que la verdadera ceguera es no reconocer a Jesucristo, y la verdadera luz es el mismo Cristo y tener vista, gozar de la vista, gozar de la visión es poder reconocer a Jesús, reconocerlo como aquel que necesitamos, reconocerlo como el único que puede marcar un antes y un después en nuestra vida. Tú sabes que nosotros contamos los años diciendo antes de Cristo, después de Cristo. Así tiene que suceder también en nosotros. Antes de que yo reconociera a Jesús como mi Señor. Es una vida, o mejor dicho, más bien una muerte. Y después de que he empezado a reconocer a Jesús como mi Señor. Esa es la plenitud de Gracia, porque por Él hemos recibido la Gracia y la verdad.

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