Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El barro, la ceguera y el pecado.

Homilía ak04001a, predicada en 19960317, con 9 min. y 44 seg.

Click derecho para descargar versión MP3

Transcripción:

Jesús sana a un ciego de nacimiento. Pero la manera como lo sana y lo que le sucede es que tiene mucho que enseñarnos a nosotros. Lo primero que a uno le llama la atención es que este hombre estaba ciego y Jesús le echa barro en los ojos. Ahí sí quedó completo, no veía y le echa barro encima. ¿Qué significa ese barro que le echa Jesús? Ese barro significa la denuncia del pecado y la ceguera significa el pecado. Vamos a seguir el hilo de la narración y veremos cuánta enseñanza brota de esta alegoría. Cuando una persona tiene los ojos cerrados, es posible que esté dormida o es posible que sea ciega. Normalmente los ciegos se acostumbran a tener los ojos cerrados, ya que de nada les sirve abrirlos. Pero si una persona tiene sus ojos buenos y cierra los ojos porque está dormido, pues no se va a dejar echar ni se va a echar él mismo barro.

El barro en los ojos es como la denuncia del pecado. El barro en los ojos hace ver a los otros que yo no veo. Esa parte es fastidiosa. Como es más tediosa la denuncia del pecado, uno también quiere sanarse sin que le denuncien su pecado. Uno también quiere corregirse y uno quiere recobrar la salud pero sin que le denuncien el pecado. Y por eso si la iglesia dice. -Dios es amor, ¡viva la Iglesia!, Dios es misericordia, ¡viva la Iglesia! Pero si la Iglesia dice que un gobierno corrupto tiene que corregirse. Iglesia: "No te metas en eso". Si la Iglesia dice: -Usted no puede hacer lo que quiera con su sexualidad, así sea su esposo o su esposa-. Iglesia: "No te metas en eso". Si la iglesia dice -Aquí se está cometiendo injusticia de este, o de este otro modo- Iglesia: "Te estás volviendo comunista, no te metas en eso". Queremos curarnos, pero no nos gusta que nos denuncien el pecado. Mucho hay que aprenderle a este ciego que soportó la ignominia de no solo ser ciego e ir a tientas, sino ir a tientas y ciego con barro en los ojos. Esa es la denuncia del pecado.

El hombre fue a esa piscina llamada de Siloé. ¿Y qué se lavó ahí? El barro que le había echado Jesús. Fíjate, Jesús, el Señor, el bueno, el pastor le echó barro por la cara. El otro se lavó el barro que le había echado Jesús, pero se lavó también su ceguera, de manera que cuando salió de Siloé, salió sin barro y sin ceguera. Esa es la imagen de la Absolución Sacramental. ¿Qué es lo que hace la absolución? Quita la denuncia. Ya no hay que denunciarte porque has sido perdonado. Y quita el pecado, es decir, aquello que provocó la denuncia. Se fue el barro y se fue también la ceguera. Y el hombre quedó viendo. Entonces viene el disgusto de las autoridades judías. Porque estas autoridades creen que sí ven. Y entonces no soportan que Jesús le haya dado luz a un ciego de nacimiento.

El Evangelio destaca varias veces que Jesús había hecho el barro en sábado. ¿Sabe por qué? Porque esa era una de las actividades prohibidas del sábado. Los judíos ni podían ni pueden. Bueno, si son respetuosos de su ley, ni podían ni pueden hacer barro en sábado. ¿Por qué no se puede? Porque es un trabajo servil. ¿Qué era lo que hacían los hebreos allá en Egipto? Hacer ladrillos de barro; de manera que se agarraron de ese detalle los fariseos para decir que Jesús tenía que ser un pecador porque había hecho el poquito de barro que le untó en los ojos al otro. A uno le parece casi ridícula esta situación, pero en el fondo a éllos no les preocupa el barro, tampoco les preocupa el ciego. A ellos no les importa que el otro se muera en su ceguera y no les importa que haya quien pueda curarlo. Lo que a ellos les importa es que se respete su propia autoridad y que ellos sigan siendo los dueños del balón, los dueños de la sinagoga.

Jesús no le hace el juego a esa manera de ver las cosas. Y este Evangelio en buena parte es un contraste entre aquel que admite su ceguera y que llega a ver, Y el otro que cree que ve tanto que en la práctica es el más ciego; porque el más ciego en este Evangelio no es el que no quiere ver, sino el que ya cree que tiene asegurada la vista. Por eso dice Jesús: "Si fuerais ciegos, no seríais culpables. Pero como decís que veis, vuestro pecado no tiene remedio". En otro sentido, es muy bonito el camino que hace el ciego. Al principio se alegra de poder ver y la primera vez que le preguntan sobre quién es Jesús, ¿Qué dice? "Yo creo que debe ser como un profeta"; -ese señor debe ser un profeta-. Pero a medida que los otros intentan asegurar las riendas de su autoridad judía, a medida que los otros intentan tensar las riendas para asegurarse de que no han perdido poder y de que van a someter a Jesús también a su autoridad. A medida que los otros lo someten a estos interrogatorios, finalmente, paradójicamente, logran que el ciego no solo vea la luz de este sol, sino que vea a Cristo. El hombre sale expulsado de la sinagoga. Jesús se encuentra con él. Ya lo había curado de la ceguera física. Ya le había otorgado la luz del sol. Ahora le va a otorgar una luz más alta, la luz de la fé. Y por eso le pregunta: "¿Crees en el Hijo del hombre? Es la segunda vez que le está preguntando y en el fondo le está denunciando su situación. -¿Tú crees realmente?- Y ahora este ciego no va de nuevo a Siloé porque ahí tiene delante al verdadero enviado. Le pregunta a Él, al enviado a Jesús: "Y ¿Quién es ese Hijo del hombre?" Jesús le dice: "Me estás viendo, es el que te habla". Porque este relato maravilloso que literariamente vale todo lo que tú puedas decir, lleva en dos hilos la palabra de Jesús y la luz de Jesús. Y la Palabra y la luz llevan dos caminos paralelos. En este punto del relato se encuentran. -Lo estás viendo, es el que te habla-, la misma voz que te ha ganado. Es la misma luz que te ha iluminado.

Porque en efecto, Cristo nos habla y así su Palabra viene como de adentro, de afuera hacia adentro. Pero Cristo nos ilumina dentro de nosotros, produce esa luz, una luz que va como de adentro hacia afuera. Y por eso cuando se encuentra la voz de Jesús con la luz de Jesús, todo se vuelve Jesús en nosotros. Y esa es la fé. Es Jesús. Ya no solo como palabra y noticia que nos llega de fuera. Ya no solo como presentimiento o iluminación mía, sino es voz y palabra que me gana, que me abraza, que me puede. Ese es Jesucristo. Y por eso este señor, abrazado por dentro y por fuera, dice: "Creo, Señor", y se postra ante Él. Esta lectura nos ofrece la Iglesia porque en Cuaresma se proclama especialmente la Palabra de Dios y en Pascua, se ve especialmente la Gloria del Señor, para que también nosotros podamos decir: -El mismo que me habla, me ama, me puede-. He visto su obra y también yo creo en Él. Es el Glorioso, es Jesucristo! A Él honor por los siglos.

Amén.

Publícalo en Facebook! Cuéntalo en Twitter!

Derechos Reservados © 1997-2025

La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico,
está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente:
http://fraynelson.com/.

 

Volver a las homilías de hoy.

Página de entrada a FRAYNELSON.COM