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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo te da la sed y luego te concede el agua de vida
Homilía ak03014a, predicada en 20200315, con 18 min. y 8 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos. Hay una manera muy bonita de resumir este Evangelio precioso que ha sido tomado del capítulo cuarto de San Juan. Es una sola frase y va a ser muy fácil que tú la recuerdes . . . "Cristo nos regala la sed y luego nos regala el agua". La sed es un regalo y el agua es otro regalo. Eso vale para la sed del cuerpo, pero sobre todo vale para la sed profunda del corazón. "Cristo nos regala la sed y Cristo nos regala el agua". Vamos a ver cómo es que Cristo hace estos regalos y vamos a ver en qué consisten. Aquella mujer, cuando se acerca al pozo, no sabe lo que Cristo podría darle, pero Cristo despierta en ella la sed. Fíjate con qué palabras tan delicadas le habla, le dice: "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a Él". ¡Qué manera tan dulce, tan caritativa, tan amorosa, de despertar la sed en élla! Si conocieras, si conocieras el don de Dios. Con esas palabras Jesús estaba despertando en ella el deseo de un agua que ella no conocía pero que sí necesitaba. Y esto es lo que hace Cristo en nuestras vidas. Esto es lo que hace Cristo en nosotros. Cristo en nosotros nos hace descubrir aquella sed que habíamos olvidado, nos hace descubrir aquella sed que quizás no conocíamos. Si nosotros preguntáramos a tantas personas que están en sus negocios por la calle o en sus casas, si les preguntáramos por ejemplo -¿Tienes sed de cielo?- Nos mirarían de arriba a abajo. Y si preguntáramos -¿Tienes sed de santidad?- Nos vuelven a mirar con los ojos más abiertos. Y si hacemos la tercera pregunta, Entonces nos van a decir si esto sucede en Estados Unidos. What is with you? Mís hermanos, el corazón humano no sabe que tiene sed de Dios. El corazón humano no sabe que tiene sed de santidad. El corazón humano no sabe que tiene sed de Cristo. Pero Cristo es tan compasivo que también a nosotros nos habla con esa caridad con que le habló aquella samaritana y nos dice: "Si conocieras el don de Dios". Es como si Cristo nos dijera: Tú no sabes de lo que te estás perdiendo, no sabes cuánta bondad, cuánta paz, cuánta bendición hay para tí, y tú ni siquiera la conoces. Es como si Cristo nos dijera -Tú no sabes la herencia que ya es tuya, tienes herencia de hijo y sigues viviendo como esclavo-, -Tienes herencia de dueño y sigues viviendo como quien paga arriendo-. Cristo despierta en nosotros la sed. ¿Cómo se da esa sed?, ¿Cómo se despierta esa sed? De muchas maneras, los caminos de la Providencia son inagotables. He conocido personas que han recibido un impulso de sed, por ejemplo, viendo una película. Gracias a Dios hay buenas películas, buenas películas católicas, a veces leyendo o viendo la vida de un santo. Muchas personas, al ver la vida de un San Francisco o ver la vida de un Ignacio de Loyola, o ver la vida de un Domingo de Guzmán, de un Martín de Porres, del Padre Pío, de Santa Faustina. Ves esa vida y te preguntas -¿Y yo por qué no soy así?; ¿En qué se me van los días a mí?; ¿Yo qué es lo que estoy haciendo con mi vida?- Detrás de esas preguntas está Dios despertándote un deseo, está despertando tu sed. Y esa sed, en el fondo proviene de nuestra misma condición de criaturas. Porque nosotros, mis hermanos, no fuimos hechos para las cosas finitas. Las cosas que tendremos que dejar en esta tierra no son capaces de llenarnos. No importa cuánto dinero tengas, te mueres y no te llevas nada. No importa cuántos placeres tengas, te mueres y no te llevas nada. Todo eso tendrá que pasar, pero nuestro corazón suspira por algo que no pase. Nuestro corazón suspira por lo eterno. Si un joven, si una joven de verdad se detiene, aunque solo sea unas pocas horas en un verdadero silencio de reflexión, llegará a una conclusión. Yo quisiera encontrar un amor que no se me fuera nunca. ¿Por qué sentimos eso? Porque estamos hechos así. Alguien decía hermosamente: "Dios dejó en el corazón humano un hueco, un vacío que solo Él puede llenar". Hay dentro de ti un vacío que tiene la forma de Dios. Aunque Dios está más allá de toda forma. Estamos hechos para Dios. Cómo no recordar aquí la frase de San Agustín: "Nos hiciste Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en tí". -Nos hiciste para ti-. Muchos no lo saben. Desbocados buscando placer o buscando dinero, buscando poder, buscando fama, buscando aplauso. Buscando reconocimiento. Aturdidos por los llamados de este mundo, no alcanzan a escuchar el llamado del cielo. Pero Cristo, en su providencia, logra en ciertos momentos despertarnos ese anhelo, ese anhelo, esa sed. Y luego, como hemos dicho, es Él mismo quien la sacia. Sí, mucho. Debemos agradecerle a Cristo que despierte en nosotros la sed. Más Debemos agradecerle que nos dé el agua. ¿De qué agua se trata? El Evangelio de hoy también lo explica, porque esa fue la pregunta que le hizo la mujer: "¿De qué agua se trata?; ¿Cómo vas a darme agua viva?; ¿Eres más que nuestro Padre, Jacob?" Y Jesús empieza a mostrarle cuál es esa agua cuando responde: "El que bebe de esta agua . . . -El agua de este pozo-. . . . El que bebe de esta agua vuelve a tener sed. Pero el que bebe del agua que Yo le daré, nunca más tendrá sed". El agua se volverá manantial. Esto es lo más maravilloso. El agua se volverá manantial. ¿Cómo es esa agua que se transforma en fuente de más agua? ¿Qué es esa agua? ¿Cuál es esa agua que da Cristo? En el mismo Evangelio de Juan, estando en el templo en Jerusalén, dijo Cristo: "El que tenga sed, que venga a mí y que beba". Esa agua que Cristo da, esa agua que se vuelve manantial, es algo que hace que nosotros tengamos la fuente adentro. Tener la fuente adentro y por ahí vamos a empezar a entender cuál es esa agua. La persona que tiene, por ejemplo, sed de dinero, tiene la fuente afuera, tiene que ir a buscar el dinero y si se le acaba ese dinero, o lo pierde . . . Invirtió en la bolsa y resulta que la bolsa colapsó, como sucedió aquí en Estados Unidos. En Wall Street. Colapsó la bolsa. ¿Qué hicieron los que tenían la fuente afuera? Se suicidaron. Fue uno de los momentos más trágicos de la historia económica de este país. Gente que anocheció rica y amaneció pobre como la felicidad estaba afuera, como la fuente estaba afuera, cuando se le acabó esa fuente, se le acabó la vida. Y por eso se mataron. Qué triste. Cuando la fuente está afuera, la fuente se te puede acabar. Pero Cristo promete una fuente que está adentro. ¿En qué consiste esa agua que está adentro? Significa que tú no necesitas razones para amar. Esto conecta con un tema muy precioso del Evangelio la gran diferencia que hay entre la lógica de la transacción y la lógica de la gratuidad. La lógica de la transacción es cuando tú tienes la fuente afuera. -Amo, si me aman; sonrío, si me sonríen, invito, si me van a invitar después; presto si me van a pagar-. Eso se llama lógica de la transacción. Cuando toda tu vida está gobernada por la lógica de la transacción, es decir, que tú solo das en la medida en que esperas recibir. Eso es lógica de la transacción, cuando toda tu vida está condicionada por ello. Tu fuente está afuera, y el día que no te puedan dar alegría, tú no tendrás alegría. Y el día que no te puedan dar dinero, no tendrás lo que estabas buscando. Entonces Cristo trae otra lógica que es la lógica de la gratuidad, la lógica de la Gracia, la lógica del manantial, la lógica de la fuente adentro. Bueno, entonces pensemos y de nuevo nos guía San Agustín; ¿Qué es lo que yo tengo dentro de mí? Y dentro de mí descubro la sed. Pero si yo penetro aún más en el misterio de mí propio ser, descubro algo impresionante: Yo no me dí el Ser. El Ser no me lo dí yo a mí mismo, el Ser, el hecho de "Ser" lo recibí, y todavía puedo hacer otro descubrimiento mejor. Yo no solamente no me dí el Ser, sino que tampoco me conservo en el Ser. ¿Por qué yo sigo existiendo?, ¿Por qué yo permanezco existiendo?, ¿Qué hace que yo siga existiendo? Entonces descubro que Dios es el Creador y mí Creador. Dios es el que conserva todas las cosas en el Ser y es el que me conserva en el Ser. Oh, hermanos, esto es muy profundo y es demasiado hermoso. Quiere decir que en cada momento de mi vida Dios me está dando el Ser, Dios me está haciendo Ser. Dios hace que yo siga existiendo, Él me sostiene en el Ser. O sea que la Fuente ya está ahí, la única fuente que está dentro de mí. Y San Agustín decía: "Más adentro de mí que yo mismo". Fíjate esa frase . . . -Más adentro de mí que yo mismo-. El único que está más adentro de mí que yo mismo, es Dios. Es Dios el que me da ese Ser, es el que me sostiene, ese Ser y esa llave por la que Dios me da el Ser. Es una llave que está más profundo en mí que el alcance de mis propias manos. Ni matándome. -Dios nos libre- ni matándome. Yo puedo cerrar esa llave, porque el que se suicida no deja de existir; perdió la vida en esta tierra, pero no deja de existir. La llave del Ser la tiene solamente Dios. Esa llave que se abre y que te hace Ser, la tiene solamente Dios. Entonces, en el centro mismo de mi existencia está la donación permanente del Ser que Dios me concede. Ahora entendemos entonces cuál es la fuente de la que estaba hablando Cristo. Cristo es el que hace que en esa llave profunda de mi propio Ser brote un amor. Y ese amor ¿De quién lo recibo? De Dios que se infunde en nosotros. Romanos 5, 5 "El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado". O sea que el agua de la que habla Cristo tiene un nombre, Espíritu Santo, y es el Espíritu Santo de Dios infundido en nuestros corazones el que brota. Y ese Espíritu Santo que brota es el que hace que yo ame, aunque no me amen y yo tenga gozo, aunque haya tanta tristeza y yo tenga paz aún en medio de mucha guerra, y yo cultive la pureza en un mundo de adúlteros. Por eso Cristo decía no le echen la culpa a lo de fuera. No es lo de fuera. Lo que hace impuro al hombre, es lo que brota del corazón. O sea que hay que cuidar la fuente de dentro. Con todas estas explicaciones. Aclaremos bien ¿Cuál es el agua?, ¿El agua cuál es? El agua es el Espíritu Santo y ¿Qué es lo que hace Cristo? Cristo te ama con amor del Espíritu y el choque del amor de Espíritu Santo que Cristo trae a tu vida. La experiencia de ser amada, la experiencia de ser amado como nadie te ha amado nunca. Ese amor que viene de Cristo, ese amor que viene de fuera, brota también de dentro, porque es el mismo Dios el que te dio a Cristo y el que te da el Espíritu. Nadie te puede abrazar así, porque los abrazos que nosotros damos, -cuando nos podíamos abrazar-. Los abrazos que nosotros nos damos son abrazos exteriores. En cambio, Dios cuando te abraza exteriormente, te saluda con la Palabra de Cristo, interiormente te saluda con la efusión del Espíritu. Y entonces esa palabra amorosa de Cristo y ese manantial que hace surgir Cristo en tí, que es el Espíritu, hace que tú empieces a amar de una manera como no habías amado nunca. Ese es el amor de los mártires, ese es el amor de los misioneros. Ese es el amor de los grandes testigos de la misericordia. Ése es el amor que cambia el mundo. Ése es el amor que debemos pedir como regalo de esta Pascua, mis hermanos. Ese es el amor. El abrazo de Dios. ¿Cómo te abraza Dios? Dios te abraza con sus dos brazos. ¿Cuáles son los dos brazos de Dios? Decían los Padres de la Iglesia ¿Cuáles son los dos brazos de Dios? Son el Hijo y el Espíritu. ¿Cómo te abraza Dios con su Hijo? Mostrándote una verdad irrefutable de quién es Él para ti y cómo te abraza. Dios con el Espíritu destapando, porque tú estás taponado, destapando eso que tienes en lo profundo de tu ser y haciendo que brote de ti el Espíritu. Por eso el abrazo de Dios es externo con Cristo y es interno con el Espíritu. Y tú te sientes como en un sándwich. Y que expresión tan, infantil esa. Un sandwich. ¡Qué poquito mi lenguaje! Pero es que no hay palabras. Te sientes como en un sándwich porque es Dios amándote por fuera y Dios amándote desde dentro. Y en ese sándwich y en ese abrazo maravilloso, tu vida se vuelve Pascua. Y tú empiezas a vivir de otro modo. Esa es la vida cristiana. Eso le pasó a la samaritana y eso nos puede pasar a nosotros. Mis hermanos. Tarea para la Pascua: Experimentar el doble abrazo de Dios. Enfrenta a tu Salvador, ponte frente a tu Salvador y recibe esa Luz bendita, esa palabra transformante. Y a medida que Él te habla, Él abre en ti la Fuente, y el mismo Dios que te crea, infunde en ti Gracia del Espíritu. Y tú empiezas a sentirte amado por fuera y por dentro, y empiezas a sentir que te envuelve, te envuelve Dios. Tú sabes que así era como los israelitas imaginaban la tierra, ¿No? Agua por arriba y agua por abajo. Así era como ellos se imaginaban que había agua arriba y abajo, y que la tierra donde nosotros vivimos quedaba como en sándwich entre las aguas superiores y las aguas inferiores. Así nos vamos a sentir nosotros, amados por Cristo, amados por el Espíritu, llenos de una Gracia, de una fuerza que no conocíamos. Y es ahí donde de verdad empezamos a ser cristianos. Esa es la tarea para esta hermosa Cuaresma. Amén. Amén.

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