Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Así se rompe la dureza del corazón humano

Homilía ak03013a, predicada en 20200315, con 25 min. y 29 seg.

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Transcripción:

Mis amados hermanos, las Escrituras de este domingo nos hablan sobre la sed. Particularmente la primera que fue tomada del libro del Éxodo en el capítulo 17, y luego el Evangelio que fue tomado de San Juan en el capítulo 4. ¿Cómo venció a la sed? Moisés, siguiendo indicaciones de Dios por medio de algo absolutamente prodigioso, golpeó una roca y de la roca salió agua. ¿Esa roca qué representa? Según lo que encontramos en la Escritura, esa roca representa varias cosas. Observemos que así como la roca es dura, el pueblo de Israel es duro.

Mira lo que nos dice el comienzo del texto de la primera lectura: -El pueblo torturado por la sed, fue a protestar contra Moisés-. Pueblo duro, y mira las palabras prácticamente insultantes y blasfemas que utiliza la gente. "Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestro ganado". Es decir, éllos interpretan como un acto de homicidio lo que Dios ha hecho por ellos, que es un acto de salvación. Han recibido el beneficio de Dios que los ha sacado del dominio del Faraón. El beneficio lo recibieron, pero las gracias no las dan. Están endurecidos. Su corazón está abierto, pero para recibir lo que le apetece. Está un corazón cerrado en cambio, cuando se trata de reconocer los bienes y sobre todo cuando se trata de confiar. Si Dios los llevaba por el desierto, éllos han debido confiar en Dios. Pero reconozcamos que el desierto es duro, es difícil, y por eso llegan a dudar y después a rebelarse. Por eso podemos decir que esa roca que fue golpeada por Moisés representa la dureza del pueblo, especialmente la dureza de corazón.

Y ya que menciono esa expresión -dureza de corazón-, nos damos cuenta que es una acusación que Dios tiene contra el pueblo en muchas ocasiones. -Ustedes son duros de corazón-. También se habla de otra dureza. -Son duros de cerviz-. La cerviz es el cuello. Y ser duro de cerviz quiere decir ser resistente, no bajar la cabeza, no hacer caso, no obedecer. O sea que la dureza de la piedra representa la dureza del corazón, la incapacidad de creer y la resistencia para obedecer. Cuando ya llegamos a este punto, nos damos cuenta que esa dureza no es solamente un problema de ellos, es una realidad que encontramos en nuestros corazones. Varios de ustedes, amados hermanos, tienen historias de conversión. He podido escuchar algunas de esas historias, y si usted recuerda su propio camino, usted tendrá que decir que hubo una época de su vida en que usted era muy, muy duro. Duro porque cuando le hablaban de Dios, usted rechazaba o se burlaba, duro porque cuando le decían que cambiara su vida, por ejemplo, dejando un vicio o dejando de maltratar a la gente de la familia, usted utilizaba palabras muy duras también: "Es mi vida; yo veré lo que hago. No se meta conmigo. Si tiene algún problema, lárguese".

Esta clase de lenguaje insultante, agresivo, duro, ¿Qué está mostrando? Que nuestro corazón es como esa roca. Y esto pasa en las distintas edades. Y esto pasa en hombres y mujeres. He conocido personas que llevan años y años con un resentimiento en el alma. Son duros, por ejemplo, para perdonar. Han escuchado a Cristo que dice: "Perdonen para que sean perdonados". Han escuchado la parábola del Señor que dice: "Si Dios te ha perdonado una suma fabulosa; ¿Cómo es que no vas a perdonar tú una cosa pequeña?" Y a pesar de que hemos oído esas palabras, nos mantenemos en nuestro resentimiento, en nuestro afán de venganza. Somos duros también por faltos de misericordia. El Papa Francisco dice que -la indiferencia es el gran pecado de nuestro tiempo- ¿Y qué es indiferencia? Dureza. Nos volvemos duros porque nos acostumbramos a que sucedan cosas crueles. Hemos visto tantas personas sin techo, mendigos o drogadictos por la calle que ya cuando aparece otro ya lo único que nos preocupa es que no se meta con nosotros.

Las cifras de los abortos son tan descomunales. El río de sangre inocente es tan caudaloso que ya no nos escandaliza y nos volvemos duros, Nos volvemos indiferentes. Muchas empresas están tan condicionadas en responder con buenos ingresos a los accionistas que si eso significa dejar en la calle exponiéndolos a todo tipo de peligros, incluso al hambre a muchos trabajadores. Problema de éllos. Yo tengo que responder a los accionistas porque yo tengo que garantizar mi puesto en una, en una junta directiva y de esa manera la dureza se convierte en un elemento, podríamos decir, constitutivo del mundo corporativo actual. Entonces ya vemos que esta roca, la roca que vio Moisés, representa muchas cosas, la dureza de la fé, la dureza de la crueldad. En nuestros países, quiero referirme en especial al querido México y a mi patria Colombia. La crueldad y la dureza han hecho una entrada todavía más profunda a través de la crueldad de la lucha entre las distintas bandas, pandillas o cárteles. En mi país se pronuncia cartéles de la droga. La manera como se resuelven los problemas entre ellos es -Te voy a torturar hasta hacerte enloquecer y que quede tu cadáver bien mutilado para que los otros tengan miedo-. ¿Cuánta dureza hay en el corazón que hace esas cosas? Eso ha pasado y sigue pasando en Colombia. Eso ha pasado y sigue pasando en México y en otros sitios. Entonces. Es un hecho que nuestro corazón es así, un corazón de piedra. Pero también es cierto que Dios hizo una promesa que está en el profeta Ezequiel "Arrancaré de su pecho el corazón de piedra, y les daré un corazón de carne". De todos los sentidos que tiene la palabra dureza, hay uno que a mí me impacta mucho porque proviene de una frase de Jesucristo mismo. Dice Jesucristo, disputando con algunos judíos: "Mis palabras no entran en ustedes".

Exactamente lo que sucede con una roca. Le puedes conversar todo el día a la roca. La roca devuelve todo lo que le digas. La Palabra no entra en esa roca. Y tal vez esta es la expresión más dura de la dureza, valga la redundancia. La peor de las durezas es esa. Y por eso tenemos un salmo que es el Salmo 95, 94 en la numeración de la liturgia de donde se ha tomado. El Salmo de respuesta de hoy. Fíjate lo que dice el Salmo: "Ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis el corazón", no endurezcáis. Nos invita el salmo a que nuestro corazón no sea como la roca que hace rebotar la palabra, que no la recibe, sino que la escupe, la vomita, la rechaza. Necesitamos acoger esa palabra. La primera dureza que tiene que ser vencida es nuestra dureza frente a la palabra. Es necesario que Cristo no tenga que decirnos a nosotros -Mis palabras no entran en sus corazones-. Por eso hemos de pedirle a Dios . . . -Hazme blandito, vulnerable, para que tu palabra llegue a mi vida. Y si me tiene que sacudir, que me sacuda. Y si me tiene que quebrantar, que me quebrante; y si hay algo que debe ser roto en mí, que se rompa, pero que seas tú, Señor, el que tenga la victoria-. Esta oración hay que hacerla sobre todo si uno detecta que tiene tibieza.

Muchos de nosotros hemos sufrido, tal vez estamos sufriendo de eso, una tibieza, una dureza, una indiferencia también frente a Dios. Es necesario entonces pedir al Señor -Vuélveme blando y vulnerable que tu Palabra me impacte-, porque por falta de escuchar la voz de Dios están sucediendo cosas muy graves en la sociedad y en el mundo. ¡Qué súplica tan profunda y tan actual la que hace el Salmo! En esta versión hemos repetido Señor, que no seamos sordos a tu voz. Y por favor, cuando los papás oren por sus hijos, pídanle también eso. Señor, que mi hija. Señor, que mi hijo no sea sordo a tu voz, que no sea sordo a tu voz, que pueda verdaderamente, verdaderamente recibir tu Palabra, dejarse impactar por ella. Pero hay un elemento de esa primera lectura que también hay que destacar, y aquí me baso en algunas interpretaciones bellas de los Padres de la Iglesia. ¿Cómo se abrió por fin esa roca? Se abrió porque Moisés la golpeó. Ese elemento merece una pequeña reflexión. La roca tiene que ser golpeada. Segundo, se abrió la roca porque fue golpeada, y esta es la parte más alegórica de esta reflexión.

Porque fue golpeada con un madero, con el cayado de Moisés. Meditemos un momento sobre esos dos elementos. La roca fue golpeada. En el Evangelio de hoy vemos que Jesús le promete agua, agua nueva, agua viva a la Samaritana. El corazón de la samaritana era un corazón más bien duro. Está este hombre claramente muerto de sed. Es mediodía, se le ve el cansancio y élla no ve ni la necesidad, ni le importa o parece importarle la sed de este hombre. Pone en primer lugar la barrera, el prejuicio. -Tú eres judío, yo soy samaritana, ¿Qué haces hablándome? Ella está en una situación de dureza. El corazón de ella probablemente era duro. Pero el texto del Evangelio nos ayuda a entender cómo se endureció esa mujer. Pues se endureció porque le enseñaron a tener esos prejuicios, prejuicios de los samaritanos hacia los judíos, dato que es importante porque también nosotros debemos preguntarnos si no es un tema menor, cuáles son los prejuicios que nosotros estamos perpetuando en nuestra sociedad.

Prejuicios hacia los pobres, prejuicios hacia los inmigrantes, prejuicios hacia los morenos, prejuicios hacia los blancos, prejuicios hacia los ricos, prejuicios hacia los pobres. Cuidado con educar en los prejuicios. Pero la causa principal de la dureza de ella parece estar en otro sitio. Es una mujer que tiene un sufrimiento afectivo y emocional impresionante. Por lo menos cinco veces. Y con el marido actual, seis, por lo menos cinco veces élla ha empeñado su corazón. Y por supuesto, esta parte del Evangelio la van a entender mucho mejor las mujeres. La mujer que ama, entrega y entrega su ser, compromete su historia. Podemos decir hipoteca su futuro. Cuando la mujer ama, lo da todo. Y esta mujer lo dio todo y fracasó. Una vez, lo dio todo y fracasó, dos veces, lo dio todo y fracasó; tres veces y así su corazón ha sufrido heridas sobre las heridas, fracturas sobre las fracturas. Está deshecha. Y es indudable que la dureza del corazón de élla tiene que ver también con esa experiencia de dolor repetido, de acumulación de golpes. Muchas veces el corazón se nos vuelve duro por eso, porque nos hemos decepcionado una vez y otra vez y otra vez.

Y llega el momento en el que decimos: -No se puede confiar en nadie-. O llega el momento en el que decimos -No le creo nada a la Iglesia-. O llega el momento en el que decimos -En esta sociedad todo da asco- y eso endurece el corazón. Pero Jesús utiliza una mezcla extraña, una extraña mezcla de compasión y al mismo tiempo exhortación. Si vamos a ser todavía más precisos, Jesús al mismo tiempo es misericordioso, pero también hace una denuncia. Es Jesús el que introduce el tema de los varios maridos que esta mujer ha tenido. Es Jesús el que introduce ese tema. Y ese no era un tema fácil, ese era un tema que a élla la humillaba y le dolía. Podemos decir que Jesús al mismo tiempo le está mostrando una compasión, una dulzura que está sobre todo en aquella frase: "Si conocieras el don de Dios". Es una frase de una dulzura increíble. Pero también Cristo le está diciendo . . . ¿Qué pasa con tu marido? ¿Qué pasa con tu corazón? ¿Cuántos adulterios más quieres en tu vida? ¡Duro, muy duro! Entonces, ¿Cómo responde Dios a la dureza nuestra? Responde en parte con una inmensa misericordia, pero en parte con una forma de dureza que también Él tiene.

Esto te va a parecer un poco extraño, pero realmente Dios a veces tiene que utilizar también una cierta forma de dureza con nosotros, y eso lo saben ustedes, hermanos, precisamente por lo que antes mencioné, por las historias de conversión. ¿Cuántas veces he escuchado personas?, a veces; y esto me impacta mucho, hombres, hombres grandes, fuertes, quebrarse en lágrimas y decir: ¡Mis hermanos, toqué fondo! ¿Qué quiere decir eso? Que una persona tocó fondo. ¿Qué quiere decir? Que recibió un golpe muy fuerte, Que se dio cuenta que se sacudió. Entonces, a veces Dios tiene que sacudirnos. Dios tiene que hacer uso de una cierta dureza, como por ejemplo meterse con el tema afectivo, con esta mujer que estaba destrozada. Jesús no evitó el tema que más le podía doler a élla. Alguien podría decir: ¡Pero qué duro! Pues es que era necesario.

Entonces, ¿Cómo vence Dios nuestra dureza? Con una extraña combinación de su misericordia y de una forma de dureza también. Pero, ¿Pero en qué consiste esa dureza de Dios? Si lo pensamos, esa dureza no es crueldad. Claro que no. ¿Qué es lo que hay en esa dureza? Lo que hay en esa dureza es verdad. Y la verdad es dura muchas veces. Y la verdad duele muchas veces. Entonces ahora tenemos una fórmula mejor para describir cómo es que Dios vence nuestra dureza. Él hace un mix. Él hace una combinación entre misericordia y verdad. Y la verdad duele. Duele. Duele a veces llegar a cierta edad y decir ¿Yo qué he hecho en la vida? Y responder nada. Duele llegar a cierta edad y preguntarse ¿Y yo para quién he vivido? Solo para mí, para mis gustos, para darme gusto. Eso duele; pero en ese dolor que es el estilo de dureza de Dios con nosotros, hay un principio de sanación.

Entonces, ¿Cómo vence Dios mi dureza? Con una dosis doble que incluye ¿Misericordia? Sí, misericordia, pero también verdad. Y por eso la Iglesia no puede renunciar a esa combinación. Nosotros tenemos, especialmente nosotros los sacerdotes, tenemos que siempre combinar verdad y misericordia, misericordia y verdad. A veces me gusta el juego de palabras que se hace entre claridad, que es lo propio de la verdad y caridad, que es lo propio de la misericordia. O sea que la fórmula para un buen predicador, para un buen sacerdote, para un buen servicio a la Iglesia y en la Iglesia, es caridad y claridad, claridad y caridad. Y así tienen que ser también los papás con los hijos y todos aquellos que ayudan en la formación cristiana de otros.

Tiene que haber claridad, porque hay gente que quiere solo misericordia. Misericordia. Envuélvame en cariño. Envuélvame que yo me sienta confortable y así estando bien acomodado, ¡A seguir pecando! Eso no es de Dios, eso no rompe la roca, pero tampoco la roca se rompe si nosotros llegamos únicamente con el taladro de la verdad, que ese es el estilo de otros, llegar con el taladro de la verdad y yo aquí te reviento con mis argumentos, y los argumentos ¡El ta, ta, ta, ta, ta, del taladro! Es que yo te voy a reventar con argumentos, y eso tampoco es, el taladro de los argumentos tampoco hace cambiar la gente, porque más bien la roca se vuelve más dura cuando siente el taladro. Entonces necesitamos aprender la combinación, ¿Cómo se rompe la roca? La roca se rompe con misericordia y verdad, y eso fue lo que Jesús hizo con la samaritana. La acogió con caridad, le habló con dulzura, pero la llevó también a su verdad. Y de esa manera la vida de ella cambió.

La primera lectura dice que hubo un madero y antiguos y santos predicadores de la iglesia, los que llamamos precisamente los Padres de la Iglesia, ven en el madero de Moisés ¿Adivine qué? Una anticipación de la cruz de Cristo. O sea que el madero que golpea la roca es la cruz del Señor, y es necesario que caiga la cruz en mi vida. Es necesario que la cruz golpee mi vida. Es necesario, porque cuando la cruz golpea mi vida, llega al mismo tiempo la misericordia y la verdad. Y cuando llegan la misericordia y la verdad, la vida cambia. Ahí sí la vida cambia, se vuelve otra cosa. El madero de Moisés representaba la cruz de nuestro Señor, y por eso hoy le vamos a pedir al Señor que golpee nuestro corazón fuerte, que lo golpee con la cruz, que es misericordia y verdad. Pero no solo a nosotros.

Pidamos al Señor que se levante con fuerza su cruz y que golpee a este mundo que le está dando la espalda a Dios. Que estos acontecimientos, incluyendo esta especie de epidemia que se propaga por todo el mundo, que estos acontecimientos sean como un golpe de Dios, que hagan reflexionar a la gente. Ya está sucediendo. Ya estoy oyendo testimonios bellos de personas que, que dicen: -En la reclusión, en el aislamiento, pues finalmente me ha tocado reflexionar . . . Después de ver veinticinco películas, cuando ya los ojos los tengo cuadrados, he tenido ocasión también de rezar y cuando he tenido que rezar he podido renovar mi fé-.

Así que pidamos al Señor que nuestro corazón sea golpeado por el madero, ya no de Moisés, sino de Cristo. Y que ese corazón se abra. ¿Para qué? Para que brote el agua. Lo que le dijo Jesús a la samaritana no se te olvide. Hay amor de Dios que quiere brotar de ti. Y tal vez no lo has dejado para que brote la bondad que hay en ti que tú mismo no conoces, para que aparezca tu verdadero ser que tú mismo no conoces. Para eso se necesita que se abra la roca y es Cristo quien lo logra. A Él sea el honor y la alabanza por los siglos de los siglos.

Amén.

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