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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El cayado de Cristo es su Cruz, y el poder de su Cruz es el compasivo amor con que nos ha buscado y encontrado. Tocados por ese amor, encontramos el agua de vida, que sacia verdaderamente la sed profunda del corazón humano.
Homilía ak03011a, predicada en 20170319, con 25 min. y 42 seg. 
Transcripción:
Podemos decir que en las lecturas de este tercer domingo de Cuaresma, el agua y la sed forman un hilo conductor. En la primera lectura encontramos al pueblo torturado de sed. Tan angustiosa ve en su situación que murmuran contra Dios y contra Moisés. En el Evangelio encontramos no un ejemplo, sino dos de sed. Está la sed de la samaritana que va al pozo a sacar agua, y está la sed de Jesús que está agotado del camino. El agua y la sed. ¿Qué sucede en la primera lectura? Sucede que Dios le manda a Moisés que golpee con su cayado la roca para que salga agua y el pueblo pueda beber. Ese texto tomado del libro del Éxodo nos da una precisión sobre cuál es el instrumento del milagro. Le dice Dios a Moisés: "Toma en tu mano el cayado con que golpeaste el Nilo". Es el mismo cayado que Moisés levanta para abrir las aguas del Mar Rojo. Y ahora ese cayado va a proveer para la sed del pueblo. Esto nos lleva a una hermosa consideración. Cuando Moisés golpeó al Nilo como castigándolo, las aguas se volvieron imposibles de beber. Cuando Moisés le muestra su cayado al Mar Rojo, las aguas se retiran. Pero ahora, en la escena de este domingo, el golpe del mismo cayado hace que vengan las aguas para poder calmar la sed del pueblo. Detrás de estos hechos debemos descubrir lo que significaba el agua para el pueblo de Dios. Por una parte, esa agua necesaria para la vida. Pero, por otra parte, el ímpetu de las aguas, por ejemplo, en una inundación o en la furia del mar, puede traer la muerte. El agua trae muerte o trae vida. Ahora mismo en nuestra América, hermanos nuestros, en el norte del Perú, están sufriendo espantosamente porque hay demasiada agua. Las inundaciones, las riadas, los ríos desbordados. Lo destruyen todo y ya son decenas y decenas de muertos y muchísimas familias que lo han perdido todo. Así que el agua puede traer muerte. Pero el agua también trae vida cuando calma la sed de los campos, de los ganados y de la gente. Y el cayado sirve para las dos cosas. El cayado de Moisés, que es como señal del poder de Dios para su siervo, sirve para las dos cosas, trae muerte en el Nilo, trae vida en este lugar del desierto conocido como Masá y Meribá. En el caso del Mar Rojo, el mismo cayado hace las dos cosas, porque abriendo las aguas permite salvar la vida de los israelitas. Pero volviendo las aguas, aplasta al adversario, al perverso enemigo, al egipcio, trae la muerte y trae la vida. Debemos pensar que ese era el instrumento que tenía Moisés, pero sobre todo debemos pensar en nuestro Moisés. El que nos ha dado la nueva ley, es decir, nuestro Señor Jesucristo. El cayado de Cristo es su cruz, y como el cayado de Moisés, la cruz de Cristo también hace morir en nosotros el hombre viejo, agobiado por sus miedos, prejuicios y pecados, hace morir el reino de las tinieblas y hace morir a la muerte misma. Pero luego el cayado de Cristo, que es la cruz, también da la vida. Esto lo han significado los cristianos desde el principio de los tiempos de la Iglesia con el bautismo, se nota particularmente en el bautismo por inmersión. Al sumergirse en las aguas se representa de un modo simbólico el morir. Al salir de las aguas la nueva vida. O sea que aprendemos de esa primera lectura; que Cristo tiene su cayado y que con él hace morir lo que nos mata y concede la vida, la vida nueva a los que creemos en Él. El instrumento del poder para Moisés era su cayado. El instrumento del poder de Cristo es su propio cayado de Buen Pastor, es decir, su cruz. ¿Qué hace que Cristo obre con ese cayado? El amor. De una manera muy hermosa dice Santa Catalina de Siena: "Los clavos no te hubieran podido retener en la cruz si no te tuviera aferrado a élla el amor". El amor es el motivo de todo en Cristo. En el Credo decimos: -Por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo y se hizo hombre-. Y la única razón de todo ello es el amor. El amor encuentra un camino. Así como el cayado de Moisés encontró donde golpear la roca seca y fría para que diera vida abundante. El amor encuentra donde golpear. El amor encuentra cómo transformar. Y eso precisamente es lo que vemos en el pasaje del Evangelio. Nos damos cuenta que el amor de Cristo le lleva a vencer las murallas, las murallas que le separan de ese corazón, el corazón de la samaritana. ¿Cuáles eran esas murallas? Había por lo menos tres: En la cultura de aquel tiempo, jamás un hombre desconocido aborda a una mujer desconocida en la calle. Esto sólo sucede en el caso lamentable de una pecadora pública. Por eso el Evangelio nos dice que los discípulos se extrañaron de que Jesús estuviera hablando con una mujer. Entonces hay un muro, un muro espeso, un muro grueso, que es el muro del prejuicio. Los hombres no hablan con las mujeres en público, eso no se hace. Pero Cristo aquí lo hace. Hay otro muro que es el muro de la raza. Aunque emparentados, los samaritanos y los judíos son como dos razas diferentes. Y por consiguiente. Tú no debes meterte con nosotros y nosotros no nos metemos contigo. Los muros raciales siguen muy marcados en muchos lugares de nuestro mundo. Tristemente. En algunos lugares de África, por ejemplo, es suficiente razón para matar a una persona, que es de otra raza. Con eso basta. Y en muchísimos lugares, pertenecer a la raza equivocada significa que no puedo lograr el empleo que necesito o las condiciones de vivienda dignas para mi familia. Esa es la situación propia de las diferencias raciales. Cristo vence también esa diferencia racial o esa diferencia de origen. Más allá de la distancia está la fuerza del amor que mueve a Cristo. Amor que San Agustín describe con estas hermosas palabras: "Más que sed de agua, Cristo tiene sed de la fé de aquella mujer." Parece que efectivamente es así y Agustín tiene razón. Porque si hemos oído con atención el texto, nos damos cuenta que finalmente Cristo se quedó sin su bebida. Tenía sed de la fé de élla. Por supuesto, estaba también la sed física, pero era mucho más fuerte en Él la sed de la fé. O sea que el amor le lleva a Cristo a vencer dos prejuicios ya. O dos barreras, la barrera del prejuicio por el sexo y la barrera del prejuicio por la raza. Y todavía hay otro, otro prejuicio que vencer, que podemos llamar el prejuicio histórico, las diferencias que vienen de antiguo, las tensiones viejas. Los samaritanos surgieron a partir de la corrupción de la casa de Judá. El hijo de Salomón, llamado Roboam, era un muchachito caprichoso, vano, egoísta, acostumbrado al lujo, absolutamente insensible a las necesidades de los pobres. Y la manera de obrar del hijo de Salomón, llamado Roboam, llevó a que los del norte; las tribus del norte se unieran en torno a un líder llamado Jeroboam y así se separaron. O sea que hay un desgarramiento que sucedió en el siglo décimo antes de Cristo. Y oye bien, diez siglos después, todavía la herida está viva. Son los prejuicios históricos. Cristo entonces, vence prejuicios de sexo, de raza y de historia. Remonta esas barreras, sube y supera esos muros para llegar al corazón de élla. ¿Qué mueve a este atleta divino? Nuestro amado Jesucristo. ¿Qué lo mueve a vencer todos esos obstáculos? El amor. Es el amor. Amor que Él tiene y amor que quiere compartir. Porque el verdadero amor no es mezquino. El verdadero amor quiere florecer en el corazón de los amados. Y eso quiere Cristo. Y por eso le dice: "Si conocieras el don de Dios. Si supieras quién es el que te pide de beber, le pedirías tú a Él" -Y dice- "Y Él te daría agua viva" Agua viva quiere decir agua que corre. El agua amontonada es agua muerta que se daña después de un tiempo más o menos breve, el agua corriente, el agua viva, el agua que salta, el agua que fluye. Esa es la que no se daña y esa es la que comunica vida. Y Cristo quiere darle de esa agua a esta mujer. No solamente ama Cristo, sino que quiere que élla tenga fuente de amor en élla. Tenga agua viva en élla. Por eso también en otro lugar Cristo dice: "El que tenga sed, que venga a mí y que beba." Y también promete -El que cree en mí de su interior manará agua-. O sea que Cristo no solamente quiere sanar nuestra sed, sino que quiere convertirnos en acueducto. No solo quiere que nosotros seamos aliviados en nuestra sed, sino que seamos aliviadores de la sed del mundo. En esto consiste la perfección del amor, no solamente en curar la necesidad de la otra persona, sino en hacer a esa persona capaz de curar la necesidad de otros para que esos puedan aliviar la necesidad de otros y esos de otros, como en una onda expansiva de Gracia, que llega a llenarlo todo. Ése es Cristo. ¿Qué queda para nosotros de estas hermosas lecturas? Queda para nosotros que debemos dejarnos golpear por el cayado de Cristo en nuestro nuevo Moisés, eso queda para nosotros. Tengo que darle permiso a Cristo para que golpee la roca de mi corazón, porque tal vez en mi corazón se cumple aquello que dice el profeta Ezequiel que -Tenemos corazón de piedra y no corazón de carne-. Sí, tal es nuestra condición. La primera conclusión de estas lecturas es que hay que mostrarle esa roca dura a Cristo. ¿Por qué se endureció nuestro corazón? Las razones pueden ser muchas por miedos, por heridas, por cansancio, por frustración, por orgullo. Pero no importa de qué granito esté hecho tu corazón, hay que mostrarlo a Cristo y dejar que Él lo golpee con la cruz. De aquí la importancia de esa oración prolongada, silenciosa, humilde cuando, por ejemplo, nos ponemos sencillamente delante de Él y le pedimos que haga su obra en nosotros, esto es muy importante. Segundo es necesario fascinarnos, por el amor de Cristo, admirarlo, agradecerlo, bendecirlo, alabarlo. Cuando la Santísima Virgen fue a visitar a su prima Isabel. Isabel, sintiendo la proximidad del Mesías gracias a la señal que le dio su propio hijo Juan el Bautista, Isabel exclamó: "¿De dónde a mí? ¡Que venga la madre de mi Señor!" En esas palabras hay admiración, hay gozo, hay alegría. Esa tiene que ser nuestra vida. No puede ser que las malas noticias del mundo o incluso de la Iglesia. Ahoguen esta buena noticia. El grito jubiloso de Isabel tiene que seguirse escuchando en todo aquel que toma conciencia de todo lo que ha hecho Cristo. Tenemos que llegar a Gálatas capítulo 2. Y decir con San Pablo pensando en nuestro Divino Salvador: -Me amó y se entregó por mí-. Y eso produce admiración, gozo, gratitud, bendición, alabanza. Ese paso, por favor, no saltárselo, no saltarse ese paso. El paso bendito de la alegría. Hay demasiados motivos de tristeza en nuestro tiempo. Porque van avanzando las riadas de muerte de lo que va llegando a nuestros países de corrupción, de ideología de género, de incredulidad. Frente a esas noticias es muy fácil dejarse hundir en el lodo. Ahora que he mencionado la situación de nuestros hermanos del Perú. Hay un caso muy bello de una mujer humilde, campesina, que logró salvarse. Y como estamos en la época de los celulares y los medios de comunicación, pues el asunto fue filmado. Esta pobre mujer sufrió el hecho de que el río le llevó la casa y en la casa, junto con sus animalitos, también élla misma. Y lo que muestra el video es la lucha de esta mujer contra el lodo, una lucha que parece imposible por la fuerza de las aguas y el peso de la inundación. Gracias a Dios esa historia por lo menos terminó con final feliz. Después de batallar muchos metros, logró acercarse hacia la orilla y un grupo de buenos compatriotas lograron sacarla. Para mí esa mujer es como una imagen de lo que a veces nos toca en este tiempo; la avanzada del lodo quiere llevárselo todo. Pero si tenemos una razón para pelear, si tenemos una razón para no dejarnos hundir, pues hay que hacerlo. Y esa razón es este amor, y el que no conozca este amor, finalmente se hunde en la depresión, se hunde en la derrota o se hunde en la amargura. Así que esa es la segunda lección. La primera es déjate golpear por el cayado de Cristo contemplando la cruz. La segunda es la alegría. La tercera y última que quiero mencionar es el contagio del amor. Acuérdate lo que dijimos Cristo no quiere solamente saciarle la sed a élla, sino quiere capacitarla para que ella sacie la sed de otros, que a su vez lleguen a otros y esos a otros. Por consiguiente, somos llamados a entrar en este contagio de amor. ¿A quién debo contagiar ahora? ¿A quién debo llevarle esta noticia? Uno no se da cuenta. A veces estamos, qué sé yo, tan envueltos en nuestro egoísmo o en nuestra tristeza, que la mirada se va abajo y no vemos nada. Pero si tal es el caso, mira lo que nos dice Cristo. Dice Cristo: "Levanten los ojos, contemplen los campos. La miés está dorada para la cosecha." Hay que llevar el contagio, hay que evangelizar. La respuesta frente al avance del pecado no es el avance de la amargura, sino el avance del Evangelio, de la evangelización. O sea que este es un Evangelio misionero. Quiero destacar por última vez la victoria de Cristo. Es posible que algunos de los aquí presentes se acuerden de otro pasaje de Cristo en Samaría o Samaria, que de ambos modos lo he oído pronunciarse. ¿Recuerdas una vez que iba nuestro Señor hacia Jerusalén? -Y puede ser en este mismo viaje-, y llegaron a una población de Samaria. Y no les dieron hospedaje; porque iban para Jerusalén. O sea, los famosos prejuicios raciales e históricos. No les dieron hospedaje. En cambio, ¿Cómo terminó el pasaje de hoy? Le pidieron: -Quédate- y se quedó con éllos otros dos días. ¡Qué victoria tan bella ésta! En algunos lugares, los viejos odios no nos dejarán entrar, pero en otros lugares el nuevo amor que nosotros traemos hará que podamos entrar. Así que hay que enfrentar el nuevo amor, el que trae Cristo a los viejos odios que ya están en el mundo. Y en más de una ocasión también nosotros conoceremos y veremos esta victoria. En más de una ocasión nosotros veremos esto, que los mismos que nos rechazaban nos dicen -por favor, quédate-. Que ese amor habite en nosotros. Dejémonos golpear por el amor de Cristo, que llega hasta el extremo del sacrificio, hasta el extremo de la donación, como lo celebramos en cada Eucaristía.

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