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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesús es capaz de crear fuentes de Espíritu, para que nunca mas tengamos sed.
Homilía ak03001a, predicada en 19960310, con 10 min. y 17 seg. 
Transcripción:
En el sencillo vestido de esta narración que hemos escuchado, Dios tiene para nosotros enseñanzas altas y profundas, altas como el cielo, profundas como el corazón humano. Las lecturas de este tercer domingo de Cuaresma nos han hablado del agua. Dicen los médicos que después de la sensación de asfixia, quizá la más apremiante, la más compulsiva que puede tener el organismo humano, es la de la sed. Sobre todo la sed en grado extremo. Y movido por esa sed, el pueblo de Israel cae en desconfianza, en infidelidad, protesta contra Moisés y contra Dios. Y por eso aquel lugar en el desierto llamado Masá y Meribá; es el lugar de la tentación y es el lugar en donde el pueblo se encaró con Dios, es el lugar del careo, de la reyerta. El pueblo se atrevió a pelear contra Dios, angustiado, oprimido por su sed. Y están divinamente dispuestas las lecturas para que uno, desde el principio de esta Eucaristía, vaya sintiéndose y le vaya quedando la palabra fé, hasta que llegue Jesús y se encuentre con la Samaritana. En esta samaritana, en su modo de vida y en lo que a élla le sucede, podemos encontrar como tres planos, tres niveles de lectura. En primer lugar, se trata de una mujer que va a recoger agua a un pozo. Una escena pueblerina que no tiene mayor trascendencia. Como no existe servicio de acueducto, la operación de ir por el agua es fatigosa. Toca hacerla muchas veces. Entonces tú ve reuniendo en tu mente estos elementos. Pero ir por agua muchas veces, una necesidad enteramente material que hay que satisfacer y que la única manera de satisfacción que encontró en el caso de esta mujer es ir muchas veces a conseguir el agua. En el relato que está tomado del capítulo cuarto de San Juan, nos da más detalles sobre esta mujer. Nos dice, por ejemplo, que se trata de una mujer que ya había tenido varios esposos. Y élla cambiaba de esposo. Iba a buscar otro amor, como también iba a buscar agua. De manera que así como tenía que ir cada cierto tiempo, cada día o cada tantos días al pozo a sacar agua porque el agua se le acababa, así tenía que ir cada cierto día al pueblo a vender o a comprar amor, porque el amor se le acababa. El agua la buscaba en el pozo. El amor lo buscaba en el pueblo. Quería ella que el agua del pozo apagara su sed; y quería ella que el amor de un hombre apagara su necesidad de afecto, su necesidad de amor. Entonces en esta mujer no había una sola sed, sino por lo menos dos, y a partir de una solicitud de un favor; aparentemente intrascendente. -Dame de beber, le dice Jesús a élla. A partir de ese favor que estaba en el nivel número uno, el nivel del agua física, Jesús pronto lleva esta mujer al segundo nivel, a esta sed más profunda, pero ahí no se detiene el relato. -Veo que eres profeta, dice élla. Nuestros padres aseguran que hay que adorar aquí, en este monte. Este monte que élla seguramente señaló cuando estaba hablando con Jesús, existe desde luego todavía, es el monte Garizim. Ahí los samaritanos, que fueron como una especie de rama desgajada del judaísmo, con ocasión de la división entre el Reino del Norte y el Reino del Sur, es toda una historia. Ahí los samaritanos habían tenido durante décadas y centurias un centro de culto, y entonces éllos aseguraban que ese centro de culto, que ese templo, era más importante que Jerusalén. Entonces esta mujer le dice a Jesús -Parece que hay que ir a este templo o parece que hay que ir al templo de Jerusalén-, porque élla también buscaba templo, como buscaba hombre. Porque élla también en el fondo de su ser buscaba a Dios aún sin conocerlo, y tenía sed de Dios aún sin saberlo, así como tenía y le daba pena reconocerlo, sed de amor humano; y así como tenía y le tocaba saciarla sed del agua física, Jesús, lleno de cansancio y lleno de sed, tiene sin embargo, sed suficiente para descubrir la sed del otro. Dice San Agustín hermosamente, Jesús le pidió, -Dame de beber-, pero en realidad estaba sediento más que del agua que élla pudiera sacar del pozo, estaba sediento de la fé de ella- Ahora pensemos en cuál es la solución para cada una, para cada una de estas clases de sed. La sed física la puede calmar ese pozo, la sed de amor, quizá un buen esposo, un buen marido, pero la sed de Dios solo la puede saciar el Espíritu, el Espíritu de Dios. Y por eso Jesús reconstruye, sana, redime la vida de esta mujer podríamos decir de atrás para adelante. Ella creía cuando iba de camino al pozo; creía que solo tenía sed de agua. Jesús le ha ayudado a encontrar las otras dos clases de sed que también tiene. Pues bien, Jesús va a sanar la vida de élla de atrás para adelante, desde la Gracia del espíritu de conversión que le da hasta la Gracia de restablecerla en su dignidad de persona digna de ser amada. Y hasta también ese don elemental pero necesario y un poco de agua para beber. Es maravilloso el tejido de relaciones que logra crear el evangelista en un texto relativamente breve. Le dice la mujer a Jesús: ¿Eres tú más grande que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, donde bebieron él y sus hijos y sus animales? Este Jacob al que se refiere la samaritana, es el mismo que en la Biblia se llama Israel. Jacob e Israel son dos nombres para la misma persona, como lo dice expresamente el Génesis. Y, de lo que se trata en el fondo en las lecturas de este domingo es que la pregunta de la mujer sea también la pregunta de nosotros: ¿Jesús, tú eres más que Jacob?; ¿Jesús, tú eres más que Israel? Pero, ¿Qué fue lo que pudo dar Jacob?, un pozo. Y ¿Qué es lo que va a dar Jesús? Una fuente, que es muy distinto. Al pozo de los rituales judíos, tocaba ir una y otra y otra vez a entresacar poquitos de agua para beber. Al pozo del templo de Jerusalén, había que ir una y otra y otra vez...... Y era pozo solo para los judíos. Desde Jesús, la salvación ciertamente sale del judaísmo. Pero en el doble sentido de que es salvación para éllos, y que también desde ellos brota para el mundo entero. Jacob lo más que pudo hacer fue un pozo para él, sus hijos y sus animales. Jesús es capaz de crear con su Palabra y con su fé fuentes surtidores de espíritu en cada corazón que cree, para que nunca más tengamos sed, para que nunca más tengamos que vendernos barato a cualquier amor humano, para que nunca más reneguemos ante Dios ni contra Dios, cuando nos falten las cosas necesarias para esta tierra. Este es el poder que tiene Jesucristo. Y por eso, aunque venga convertido, pobre y tosco a visitarnos, en Él está la fuerza no solo de darnos agua, sino de hacernos fuente para que nos saciemos y saciemos a otros. Hermosa promesa que sirve como de descanso en nuestro camino cuaresmal. No es la única promesa. Hoy les invito a que sigamos con amor y con ardor nuestro camino de Cuaresma. Las próximas dos lecturas de los próximos dos domingos son también tomadas del Evangelio según San Juan y nos van a ayudar a descubrir un poco más de quién es este Jesús que es más grande que Jacob y que puede dar agua, espíritu, amor, no para un rato, sino hasta la misma eternidad. A Él honor por los siglos. Amén.

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