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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Hoy el Señor nos invita a tener esperanza para entender que las batallas no son para siempre y mientras vayamos por esta vida hay una luz que nos acompaña, la luz de la gracia de Jesucristo.
Homilía ak02014a, predicada en 20230305, con 5 min. y 6 seg. 
Transcripción:
¡Un bendecido domingo para todos! Este es el segundo domingo de Cuaresma y, como hemos contado en otra oportunidad, el segundo domingo en Cuaresma, siempre trae la Transfiguración del Señor. Es como una anticipación de la Pascua, es decir, como una manera de contarnos hacia dónde va toda esta historia. Si el domingo pasado nos presentaba a Jesús solo en el desierto y rodeado de tentación, el Evangelio de hoy nos presenta a Cristo acompañado por sus apóstoles, visitado por los grandes profetas del Antiguo Testamento, revestido de Gloria en una montaña hermosa y santa, donde se escucha la voz del Padre que dice: "Este es mi Hijo amado". Es un contraste muy grande y es el contraste que tiene que servirnos para entender que si bien en la lucha en la vida hay luchas duras y hay tiempos difíciles, no es para siempre. Es decir, nosotros vamos de camino. Así como Jesús tuvo que atravesar sus desiertos. Tú tienes que atravesar los tuyos y yo tengo que atravesar los míos. Pero la Transfiguración es como una anticipación, una manera de Dios contarnos hacia dónde va esto, para dónde va este camino. Como diciéndonos No todo va a ser desierto. Como diciéndonos, el desierto no es para siempre. Y creo que es un mensaje de esperanza, un mensaje de alegría, un mensaje que le da mucho sentido a lo que tantas veces tenemos que padecer. En este, esto sucede siempre en el segundo domingo de Cuaresma, todos los años. Este año leímos La Transfiguración según San Mateo. Próximo año la Transfiguración según San Marcos. Siguiente año. La Transfiguración según San Lucas. Siempre la Transfiguración. Pero este año hay algo muy bello que aparece en la segunda lectura de la Misa, que es tomada de la segunda carta a Timoteo. En ese texto San Pablo nos habla de cuál es la luz, porque el Evangelio nos habla de una luz que brotaba de Cristo, una luz en su rostro, una luz en sus vestidos, que en el fondo es una expresión de la luz que hay en su corazón. Y aquí hay algo muy hermoso, mis hermanos, cuando escuchamos estos textos tan bellos como la Transfiguración, seguramente en algún momento nos hemos preguntado: ¿Qué se hubiera sentido estar ahí, cómo hubiera sido ese presenciar semejante escena? Pues San Pablo, en la segunda carta a Timoteo, en el pasaje que se lee este domingo nos trae una gran noticia y es que igual que si hubiéramos estado ahí, hay una luz, la luz de Cristo que llega también a nosotros. Y esa luz que no es para nuestros ojos, sino que es para nuestras almas, es la luz de su Gracia. Nosotros llegamos a recibir esa luz maravillosa. Nosotros llegamos a encontrar esa luz y esa luz. Bueno, si me corrijo más que encontrarla nosotros, nos ha encontrado a nosotros. Esa es la luz que recibimos en el bautismo. Esa es la luz que recuperamos en la confesión. Esa es la luz que nos inunda cada vez que comulgamos recta y santamente. Y sobre todo, esa es la luz que nos anticipa la luz de la Gloria, la luz eterna del cielo. Así que este es un domingo muy bello. Es un domingo que tiene un sello de esperanza. La palabra esperanza está marcada por todas partes. Fíjate cómo en la primera lectura aparece el tiempo futuro y es Dios diciendo a Abraham Tú vas a ser bendición para todos los pueblos. Es decir, es un domingo de esperanza, es un domingo para que entendamos que las batallas no son para siempre y que mientras vamos en esta vida hay una luz que nos acompaña y es la luz de la Gracia de Cristo. Ahora pregunta para ti: ¿Cómo está esa luz en tu vida?, ¿Cómo está esa luz?, ¿Ya la recuperaste? Si la habías perdido, ¿Ya la recuperaste?, ¿Es realidad esa luz ahora en tu vida? Una inquietud preciosa que creo que nos anima a seguir con empeño y a seguir con gran esperanza el camino de la Cuaresma. Que Dios te bendiga.

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