Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Los discípulos no querían saber nada del mensaje de la Cruz. La transfiguración preparó en ellos un camino para que descubrieran más allá del dolor, el triunfo del amor.

Homilía ak02007a, predicada en 20110320, con 26 min. y 6 seg.

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Transcripción:

Le doy gracias a Dios y doy gracias también al Padre Álvaro por esta invitación que nos ha hecho al padre Adalberto y a mí para estar hoy compartiendo la fé con ustedes. Como colombiano, por supuesto, siento alegría al ver la imagen de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá; el padre Álvaro ya les comentaba que hasta hace unos pocos meses esa fue mi casa en Colombia. El Santuario de la Virgen. Pude ver, como tantos lo han visto, que cerca de María, cerca de su corazón y de su mirada, las cosas cambian, las vidas cambian. Yo mismo fui cambiado y mi vida fue enriquecida enormemente a través de la intercesión y la presencia de María. Con estas palabras los estoy invitando a que sea a través de esa hermosa devoción a Nuestra Señora de Chiquinquirá o alguna otra llamada del Corazón de María que tú tengas más cercana. Tal vez la Caridad del Cobre o tal vez Luján, El Cisne, Guadalupe.

Es importante, Es importante sentir ese calor de fé que Élla irradia, porque la experiencia de fé, la experiencia de esperanza y de amor de María es algo incomparable. Por eso creo que más que rabia, debemos sentir pesar por aquellos que le dan la espalda a María. Se están perdiendo la mejor biblioteca del amor cristiano. Nadie conoce tanto a Jesús como la Santísima Virgen. Además, ¿Cuántas personas conoce usted que hayan concebido por obra y Gracia del Espíritu Santo?, ¿Quién más ha tenido una experiencia tan intensa del Espíritu como Élla? De modo que, ya que está ese recordatorio en esta Iglesia de Santa Marta, no dejarlo perder, sino al contrario, darle vida en nuestros hogares. Así como el apóstol San Juan llevó a María a su casa por encargo de Cristo, que le dijo: "He ahí a tu madre". Así también nosotros tenemos que llevar a María a nuestro trabajo, a nuestra casa, a nuestras amistades.

Miremos un poco las lecturas de hoy, mis queridos amigos. Quisiera referirme sobre todo a la primera y al Evangelio. La primera lectura nos recuerda a Abraham en su dimensión de peregrino. "Peregrinar" literalmente esa palabra que viene del latín significa avanzar por los campos "per agros", "agere", peregrino. Ese es el que va por los campos. Y nosotros somos peregrinos todos, porque la vida es camino. Pero la diferencia es que si uno tiene fé, ese camino no es dar vueltas en círculo ni perderse en un laberinto. La vida se te puede volver peregrinación a la casa del Padre o extravío en el laberinto del mundo. Así que esta primera lectura nos está invitando a que nuestra vida no sea un extravío. ¿De donde viene la palabra extraviarse? Extravía, salirse del camino.

Uno puede vivir extraviado. Uno se pierde en el laberinto del mundo. Uno se pierde en los laberintos de los placeres. Uno se pierde en los laberintos de la filosofía. Uno se pierde en los laberintos de los negocios. O uno puede utilizar la filosofía, los negocios y las cosas bellas de esta vida como señales indicadoras del camino por el que voy. Dios le regaló muchas cosas a Abraham, pero le regaló sobre todo un camino. Entonces cada uno de nosotros tiene que pedirle a Dios que le ilumine el camino, porque si no, en el laberinto del mundo uno se pierde y hay gente que parece que se ha extraviado gravemente. Pierden la fé, pierden la familia, pierden la salud. Uno se puede extraviar. Por eso se necesita tener iluminado el camino.

¿Y cómo le iluminó Dios el camino a Abraham? Hoy muchos de nosotros utilizamos para orientarnos una tecnología que se llama GPS o GPS. El GPS funciona de manera que usted le dice dónde está la meta y el aparato, incluso hablándole le va diciendo la ruta. Ahora que veníamos con este querido amigo desde la parroquia de Saint Patrick, donde estoy hospedado hasta aquí, la voz del GPS nos estaba interrumpiendo todo el tiempo. Ahora aquí a la derecha, media milla allá. Yo me imagino que la siguiente generación de GPS no solamente le hablará a uno, sino que lo mandará a callar. -Cállese, que le estoy dando indicaciones-. Los GPS funcionan a partir de la meta. La pregunta que te hace el computador de tu vehículo es: ¿A dónde quiere ir? Sabiendo la meta, el GPS define la ruta. Pero Dios trató a Abraham de una manera muy diferente.

No le dijo la meta. Es decir, Dios le dijo -aquí el GPS soy yo, y usted me necesita entonces cada día-, el camino que Dios nos va a iluminar no es como el computador que está en el vehículo, que le muestra a uno todo el mapa y toda la ruta. El camino que Dios nos da es el camino de cada día. Y por eso nosotros somos invitados. Por ejemplo, en este tiempo de Cuaresma somos invitados a aprender a ser fieles cada día, lo mismo que sucede en el matrimonio, lo mismo que sucede en la amistad, lo mismo que sucede en la evangelización. Uno tiene más o menos una idea de hacia dónde va, pero en la ruta hay muchas sorpresas y la única manera de tener éxito en el matrimonio es renovar la alianza cada día, renovar el amor cada mañana y cada noche. Lo mismo hizo Dios con Abraham.

No le dijo simplemente Usted va a ir para esta región en Palestina. Estas son las indicaciones. Agarre este mapa. Chao. Nos vemos. Nó, sino que Dios le dijo: "Estoy contigo cada día. Yo te mostraré". Esa es la vida cristiana. Vivir en fidelidad. Vivir en conexión con Dios para que el camino se ilumine. Ahí termina la primera parte de esta predicación. Ahora vamos con el Evangelio, pero seguimos con un mismo tema, el camino. Abraham tenía que hacer un camino y en ese camino tuvo dificultades. Por ejemplo, tuvo que ir hasta Egipto y en Egipto temió que lo mataran a él por amor o por gusto o deseo de la esposa Sara, la esposa de Abraham. Entonces Abraham pasó por esa situación trágica. Primero, les va a gustar mucho mi esposa. Segundo, van a querer quedarse con ella. Y tercero, el que sobra aquí soy yo. Hermano grave.

Entonces Abraham tuvo que pasar por ese pasaje, por ese trayecto muy complicado y muy tenso. Pero nada se compara con el caminante que aparece en el Evangelio. El Evangelio nos presenta al peregrino con P mayúscula, al Caminante con C mayúscula. Se llama Jesucristo. Es tanto, es tanto, lo que Él es caminante, que Él mismo se volvió camino. Jesucristo es el caminante que se volvió camino, caminante que recorrió las sendas donde recogió este rebaño que somos nosotros, rebaño de ovejas, muchas veces distraídas, por no decir perdidas. Y precisamente porque Jesús conoce los caminos hasta los más oscuros de la vida humana, Él mismo se volvió camino, porque Él aprendió en dónde podía encontrarse a esas ovejas que somos nosotros. Entonces el Evangelio nos presenta este caminante, tiene una ruta. Su ruta termina en el misterio de la Cruz. Esa es la misma ruta que nosotros tenemos en la Cuaresma.

Y esa es la razón por la cual hoy hemos escuchado el Evangelio de la Transfiguración. Porque este caminante y camino que se llama Jesucristo, va hacia Jerusalén, va hacia la cruz, va hacia la pasión y dolor y muerte para redimirnos. Y en ese camino hay una estación que es el monte en el que hoy se ha transfigurado. Es decir, la Iglesia celebra la Transfiguración de Cristo y lee este Evangelio varias veces. En un año típico uno escucha el relato de la Transfiguración tres y a veces cuatro veces. Por ejemplo, este año ya lo habíamos oído en el tiempo ordinario, ahora aparece en la Cuaresma y luego vamos a tener la fiesta de la Transfiguración el seis de agosto. Así que por lo menos tres veces miramos este episodio tan bello de Cristo, pero en cada ocasión lo vemos de un modo diferente. Por ejemplo, en esta ocasión nos interesa la Transfiguración en cuanto estación del camino y caminante que se llama Cristo.

La Transfiguración fue una de las estaciones. Él iba hacia Jerusalén, iba ni más ni menos que a entregar su vida por nosotros. El hombre no estaba haciendo turismo, estaba en el proceso mismo de ofrecer su sangre, ofrecer su vida para que tus pecados y los míos fueran borrados, perdonados, y las puertas del corazón humano se abrieran y las puertas del cielo se abrieran, y en esas puertas abiertas pudiera correr el torrente del Espíritu Santo que todo lo renueva. Entonces, la Transfiguración, en esta ocasión específica, tenemos que leerla como un episodio del camino, como una estación en el peregrinar de Cristo hacia Jerusalén. Cristo mismo les había hablado a los discípulos con bastante claridad de qué clase de meta era la que podían esperar. Cristo les había dicho con bastante claridad -El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores-. Cristo les había hablado con bastante nitidez sobre esa realidad, pero éllos no terminaban de entenderle. Es más, no querían entenderle. Y como se dice que no hay peor ciego que el que no quiere ver, pues así también no hay peor sordo que el que no quiere oír.

Y los discípulos no querían oír de sufrimiento, no querían oír de dolor, no querían oír de traición. Aunque Cristo les dijera: "Me van a traicionar, me van a entregar, esto es lo que va a suceder". Los oídos de ellos estaban como sellados y no querían recibir ese mensaje. Tomemos de ahí una enseñanza también para nosotros. Creo que esta actitud de los discípulos es la misma actitud que nosotros tomamos cuando las cosas salen al revés, cuando experimentamos la contradicción, los problemas, el dolor, la adversidad. La mayor parte de nosotros tomamos actitudes realmente de niños. En ese sentido no hemos madurado mucho, hemos madurado en otras cosas, hemos crecido en edad, en estatura, pero no hemos crecido en sabiduría ni en Gracia. Cristo, en cambio, creció en todas esas cosas. Nosotros, cuando encontramos problemas, dificultades, contradicciones, tenemos la tendencia simplemente a renegar.

Incluso hay algunos que blasfeman, otros se apartan de la fé; es decir, "No quiero que me hables de sufrimiento, no quiero, nó, nó, nó". Niños, somos niños, no queremos, somos iguales a los discípulos Cristo les decía: "Me van a entregar, va a suceder, esto, va a pasar". Y entonces los discípulos si hubieran hablado inglés en esa época, hubieran dicho: -Talk to the hand-. "No quiero oírte de eso, no me interesa". Y así somos nosotros. Pero resulta que Cristo tenía que llevarlos hasta allá y tenía que aplicarles esa inyección y tenía que darles esa medicina, gustarales o no les gustara. Entonces la Transfiguración tiene un papel estratégico dentro de ese camino de pedagogía que lleva a Jesucristo. Porque estos discípulos no querían entender nada que tuviera que ver con el dolor.

Resulta que el dolor, todos los dolores, pero también el dolor de la cruz, tienen una importancia y tienen un lugar en la vida humana. Y por eso la persona que no ha sufrido nada tampoco ha aprendido nada. Y por eso la gente que ha llevado una vida cómoda, donde únicamente hay que decir... (paf!) y ya le traen lo que quiere. Cuando basta una palmada para que se complazcan mis deseos, el carácter se vuelve débil, el temple se pierde, los propósitos son mínimos y uno se termina volviendo un juguete de los propios caprichos. La contradicción, el sufrimiento, el dolor, los problemas tienen una tremenda importancia en la vida humana. Pero uno no quiere saber de eso. Uno no quiere saber de eso. Los discípulos tampoco querían. Sin el sufrimiento, sin la contradicción, sin el dolor. Uno se pierde, entre otros, de los siguientes bienes. Se pierde de la humildad. Al que todo le sale bien, el que solo recibe aplausos, el que se las sabe todas y gana todos los negocios, se vuelve arrogante, se vuelve duro, empieza a creer que se las sabe todas. En cambio el que ha pasado por una o dos quiebras ya le baja un poquito el tono a la voz.

El dolor nos hace compasivos. El que ha pasado por dificultades usualmente aprende la lección y cuando ve a otro en problemas, o cuando lo ve pasar hambre, cuando ve a otro que se le está destruyendo el matrimonio y sabe mi matrimonio también se destruyó o estuvo a punto. Siente conexión. El que no ha sufrido no sabe de empatía, no sabe de solidaridad, no sabe de compasión. El que ha sufrido aprende a medir sus propias fuerzas y a valorar lo que tiene. El que no ha sufrido, despilfarra, derrocha, desperdicia. Cuando vienen los tiempos de sufrimiento, entonces medimos más el presupuesto, botamos menos comida, pensamos, sí, esta ropa todavía me sirve, dosificamos nuestras vacaciones nos volvemos mucho más medidos.

Son muchos los bienes que trae el sufrimiento en todas sus formas, pero el caso concreto del sufrimiento de la cruz es que trae sobre todo un valor, y es que denuncia la raíz de todos nuestros males. Y esa raíz de todos nuestros males no es otra que el pecado. Cuando uno toma en serio la cruz de Cristo, lo que uno ve es que ése es el resultado del pecado. Finalmente, las complicidades anónimas entre todos nuestros pecados se van sumando como en un sistema de alcantarillas, y al final uno ve el resultado y el resultado se llama muerte. Y cuando uno cae en la cuenta que tus pecados, más los míos, más los del vecino, se van sumando y van produciendo muerte. Y cuando uno ve el resultado último de esa muerte en la cruz de Cristo, entonces uno descubre ahí la verdad del pecado. Pero la cruz nos enseña todavía otra cosa más importante. Siendo tan importante reconocer el pecado, es todavía más importante reconocer en esas mismas llagas de Cristo, la voluntad positiva y efectiva de Dios para perdonarnos.

Esta es la maravilla del crucifijo. Esta es la maravilla de la cruz que en las llagas del Señor se ve al mismo tiempo ¡Qué cosa tan grave es el pecado! Y ¡Qué cosa tan santa y tan hermosa es el perdón de Dios! Se ven al mismo tiempo las dos cosas. Pero los discípulos no querían saber de esto. Entonces viene la escena de la Transfiguración y en ese momento suceden tres cosas que los preparan a ellos para recibir por fin la lección. La primera cosa y la más obvia es que al tener como un aperitivo de la Gloria de Cristo. Quedan convencidos de que si es posible la resurrección. Podemos decir que la Transfiguración fue como una Pascua, una Pascua en chiquito. Podemos decir que la Gloria de Cristo en la Transfiguración es como una anticipación de la Gloria del Resucitado.

Y ustedes saben que nosotros, como seres humanos tan débiles como somos, necesitamos esa clase de aperitivos, porque el aperitivo es lo que hace que uno diga -Bueno, está bien, voy a arriesgarme-. Entonces la Transfiguración fue como un aperitivo que invitó a los discípulos a mirar más allá de la cruz, más allá del escándalo de la cruz hasta la Gloria de la resurrección. En segundo lugar, y esto es más sutil, la Transfiguración ayudó a ver que en Cristo se resume todo el plan de Dios. Por eso aparecen junto a Cristo en la Transfiguración Moisés y Elías, que representan la ley y los profetas, es decir, todo lo que Dios había hecho con Israel. Todo se resume en Jesucristo y por consiguiente, todo ese camino de fé que tiene su culminación en Jesucristo, nos ayuda a descubrir por qué tiene que haber sacrificio. Pues muy sencillo mi hermano, porque también en la antigua Alianza el perdón llega a través del amor y del sacrificio. Cristo como resumen de la historia de la salvación. Cristo como resumen de la Biblia entera. Si usted quiere. Cristo que condensa en sí todo lo que Dios tiene para decirnos.

En tercer lugar, la Transfiguración logró una cosa fantástica, por lo menos en el apóstol San Pedro. Pedro le dice a Cristo: "Hagamos una tienda para ti, otra para Moisés, otra para Elías". Pero por primera vez Pedro no pensó en sí mismo que eso es lo que no nos deja abrazar ni aceptar el mensaje de la cruz. Esto es lo que en teología mística se llama "éxtasis". Éxtasis significa literalmente: -salir de sí-. La Transfiguración mostró de tal manera la hermosura del Evangelio y la hermosura de Cristo, la santidad del Hijo de Dios, que por primera vez en su vida, Pedro salió completamente de sí, hasta el punto que ni siquiera pensó en dónde iba a vivir, o a morir, o a dormir. Él, no dijo: ?Voy a hacer una tienda para mí y otra para Santiago y otra para Juan, -sino dijo- Voy a hacer una para Cristo, otra para Moisés y otra para Elías?. Es decir, Pedro quedó tan fascinado por eso que por un momento mandó a vacaciones su yo por un momento le dio descanso al ego. Por un momento salió de su pequeño mundo de intereses.

Y eso es exactamente lo que uno necesita para vivir la Pascua y para que haya Cuaresma. Porque nosotros solemos vivir encerrados en nuestro mundo de intereses. El que tiene sus negocios piensa en sus negocios de la mañana a la noche y el que busca sus placeres y el que busca su conveniencia todo el tiempo piensa en sí mismo. Por eso muchos de nosotros a veces sentimos hastío de la vida. ¿Sabe por qué? Porque nos la pasamos metidos, encarcelados en nuestros chiquitos intereses. Usted sabe lo que sucede cuando a un niño, y Dios nos libre, y por favor papás, tener mucho cuidado cuando un niño mete la cabeza en una bolsa se puede ahogar, y han sucedido tragedias. Hay que tener mucho cuidado con las bolsas. Ese poquito de aire no da para vivir. El niño se puede ahogar, pero eso es lo que nosotros hacemos. Vivimos en nuestro pequeño mundo de intereses y ahí nos encerramos y ese aire ya está viciado y nos estamos ahogando. Y ahí es cuando la gente dice no me aguanto la vida, me voy a matar, tengo depresión, se me acabó todo, pero todo brota. ¿De qué? Que estás encerrado en tu pequeño mundo. Rompe esa bolsa. Sal de ese mundo.

Éxtasis. Pero no la droga esa sino éxtasis cristiano. Éxtasis en Cristo. Entra en Él Entra en su misterio fascinante de Cristo, y encontrarás que todo tiene sentido. Eso fue lo que le sucedió a Pedro. Hemos terminado. Resumamos la parte de Cristo. Cristo es el peregrino, es el gran caminante y Él mismo es el camino. Cristo va peregrinando hacia Jerusalén y la Transfiguración es una estación en ese camino, Cristo va caminando hacia Jerusalén y tiene que preparar a los apóstoles para que oigan algo que no quieren oír, pero que sí necesitan oír. Y lo mismo nos pasa a nosotros. A través de la Transfiguración logra cosas maravillosas.

En la Transfiguración logra que sus apóstoles comprendan a través de un aperitivo que sí vendrá la resurrección. Y logra también que entiendan que todo lo que Dios puede darles, incluido todo lo que ya ha dado en la Escritura, se resume en Cristo. Y logra también que ellos puedan salir de su pequeño mundo de intereses. Rompan esa pequeña bolsa que los está asfixiando y se abran a la grandeza del plan de Dios. La idea es que a nosotros nos pase lo mismo. Que también nosotros ampliemos nuestro mundo. Que también nosotros respiremos el aire nuevo del Espíritu, de modo que podamos llegar renovados a la Pascua. Porque este es apenas el segundo domingo de Cuaresma.

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