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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Hay momentos en los que necesitamos transfiguración.
Homilía ak02001a, predicada en 19960303, con 11 min. y 24 seg. 
Transcripción:
Queridos amigos. El texto que acabamos de escuchar, lleno de poesía y de significado, necesita, sin embargo, que digamos alguna explicación. Acabamos de iniciar el tiempo de Cuaresma. Estamos preparándonos para la celebración de la Pascua de Jesucristo. La Iglesia nos ha invitado especialmente a la oración, a las privaciones voluntarias, al ayuno y también a compartir nuestros bienes con los más necesitados. Se trata de que el corazón se quebrante para que pueda recibir, se abra para que pueda recibir. Pero también se abra para que pueda dar. Lamentablemente, el corazón a veces se vuelve impermeable y entonces no puede ni recibir ni dar. La Cuaresma es un tiempo para aflojar y para ablandar el corazón. Y la pregunta que entonces nos hacemos es, ¿Por qué dentro de este tiempo hemos escuchado esta lectura en particular de la Transfiguración del Señor? Tiene su relación con la primera lectura del libro del Génesis. Allá se nos ha hablado de cómo Abraham emprende un camino hacia la tierra que Dios le va a mostrar. Y ese es en realidad el sentido de la Cuaresma. Se trata de emprender un camino, se trata de comenzar algo, se trata de que algo comience en nuestra vida. Pero al mismo tiempo, dentro de ese camino hay una parada muy especial. Hay una posada, una enramada muy especial y es aquella en la que compartimos con intimidad y con gozo el misterio de la luz que hay en Jesucristo. Es decir, el camino de la Cuaresma no es un camino a ciegas, no es el puro esfuerzo nuestro por cambiar, sino es un camino que se alumbra con la luz de Cristo y es un camino que conduce hacia la plenitud de luz que hay en la Pascua de Jesucristo. El sentido entonces de esta celebración, el sentido de esta Transfiguración de Jesús, es que nosotros tengamos luz para nuestro propio camino y que sepamos a qué clase de vida hemos sido llamados. Fíjate cómo termina diciendo el Santo Evangelio. Les ordenó Jesús que no contaran a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. Porque la luz de la Transfiguración sólo se entiende plenamente con la luz de la Pascua. Y así también nosotros oímos de la Transfiguración en la Cuaresma para recibir claridad sobre la Transfiguración y sobre quién es Cristo allá en la Pascua. ¿Por qué quiso Cristo manifestar por un instante el brillo de su divinidad y de su majestad a estos discípulos escogidos? De acuerdo con los santos doctores y predicadores de la Iglesia, el motivo principal de la Transfiguración fue que Cristo quiso que, sostenidos por esa luz, sostenidos por ese momento místico y excepcional, pudieran sobrellevar el escándalo, el dolor, la contradicción de la cruz. A veces a uno le cuesta trabajo predicar a Jesucristo, -¿A quién estamos anunciando?-. A un hombre al que todo le salió mal, por lo visto. Porque los apóstoles lo dejaron tirado. Plata no hizo. No alcanzó a levantar ninguna empresa, no tuvo familia. Lo apresaron y en un proceso inicuo lo condenaron. Y luego cuelgan a ese señor de un madero y se dice que ese es el salvador de la humanidad. Caray, se necesita fé, se necesita Gracia de Dios para creer que salvación es eso. Dejarse matar así. Hacerse en cierto modo víctima de las injusticias. Recibir esas injusticias en su propio cuerpo y morirse de eso. ¿Esa es la salvación? Si nosotros, después de la predicación de los apóstoles y después de la efusión del Espíritu Santo, nos seguimos preguntando a veces estas cosas. Imaginémonos hasta dónde podían llegar las dudas en quienes lo habían visto padecer y morir y ser vencido, así como aparece en la cruz. Por eso la Transfiguración es como un mensaje, como un adelanto de la Pascua. Es como un aperitivo de la Pascua. Es como un contarnos por adelantado. Mira, no todo lo que brilla es oro. O más bien en esta vez al contrario. Hay cosas que poco brillan pero que valen demasiado. Y yo creo que nosotros, cristianos, tenemos muchísimo que aprender en nuestro, en nuestra Cuaresma y para toda nuestra vida, de este misterio de la Transfiguración de Jesús. Ejemplos. Ejemplos, por favor. A ver, vamos a pensar en un matrimonio hay momentos sublimes y dichosos, hay momentos llenos de poesía. Hay momentos en que una mirada, la llegada de un niño, el triunfo de alguno de los hijos en el colegio, la belleza de una sonrisa, la dulzura de un abrazo, lo hacen todo. Hay momentos así, pero esos no son todos los momentos. También de pronto hay momentos en que hay que lavar la loza, en que hay que levantarse temprano, en que hay que hacer aseo, en que hay que organizar el hogar. Y bueno, al principio; -Bueno, voy a organizar el hogar. Es nuestro hogar. Es nuestro pequeño nido de amor. Voy a organizar esta casa. Que quede bien lindo porque es para mi esposo-. Bueno, eso vale para la primera semana. Después de un año -Voy a organizar la casa. Que quede bien linda, porque es para mi esposo. -Pero si él ya casi no se da ni cuenta-. Y después de diez años y después de veinte años, -Voy a organizar la mugre casa para que por lo menos no se vea que se está cayendo-. Es decir, que en nuestra vida también llega la prosa. Nosotros no vivimos sólo de poesía, pero sucede una cosa que de la sola poesía no se vive y que con la sola poesía no se educa a los muchachos, no se educa a los niños. Usted no puede educar a los niños, a los bebés, llenándoles el cuarto de las fotos del matrimonio. -Mire cómo estaba yo de Linda. Y mire -su esposo esto-, su papá. Mire cómo estaba allá. De bien parecido. Así no se educa a los niños. Hasta donde yo veo en mis hermanos, en mis amigos, la educación de los niños requiere tantísimos ejercicios de paciencia. Me decía una señora amiga -cuando tuve mi primer bebé decía mi amiga-, otra amiga mía me saludó y después de felicitarme dijo: -Bienvenida al club de los que no duermen. Y empieza el despertador. Y empieza el despertador a las once. A la una y media. A las tres y media. La vida nuestra está llena. He dado ejemplos del hogar. La vida nuestra está llena de esas cosas y de esa prosa. Y en esa prosa y en ese cada día y en esa cotidianidad. Es ahí donde sucede la Salvación. Es ahí donde sucede el Reino de Dios. Es ahí donde sucede la gracia del amar o del no amar. Porque es muy fácil decir te amo el día que ella está esplendorosa, vestida de blanco, y todos sonríen y todos felicitan. Pero el chiste está en seguir diciendo te amo cuando pasa el tiempo, cuando acaso las mismas razones del amor disminuyen o se apagan. Ejemplos semejantes podríamos decir también de nuestra vida religiosa y sacerdotal. Yo podría hablar, por ejemplo, del día bendito en que el Señor, sin mérito mío, ni anterior ni posterior, me regaló la Gracia de la Unción Sacerdotal. Ese día la gente no sabe dónde ponerlo a uno. Te felicito, ¡Qué bueno para tu familia! Pero un día se va todo el mundo del convento y un día uno se queda solo, y un día uno vive el desierto y vive la tentación y vive su propia mediocridad y vive los desengaños de ver que la Iglesia necesita dar pasos, que a veces tarda en dar. En esos momentos necesitamos Transfiguración, es decir, también nosotros en el camino de cada día necesitamos que Dios nos haga ver que incluso debajo de nuestras ropas arrugadas y sucias, esas ropas arrugadas y sucias son la cotidianidad y la prosa diaria, que incluso debajo de nuestra ropa arrugada y sucia, puede resplandecer una luz blanquísima. Y necesitamos que nos muestre que incluso en la soledad de esa montaña puede aparecer. Pueden aparecer Moisés y Elías, y también allí puede hablar el Padre Celestial. Y también Dios puede decir un día de tí: "Este es mi Hijo amado. Esta es mi hija amada". Saquemos, pues, la enseñanza para nosotros. Estamos en un tiempo de conversión, en un tiempo de peregrinación hacia la Pascua de Cristo. Estamos en un tiempo en que necesitamos fijar nuestra mirada en Él para que a la luz de su Gloria, la luz de su transfiguración. Valoremos lo pequeño de nuestra vida. La vida que ha dicho muchas veces está hecha de pequeños detalles. Nadie se salva con la sola poesía del momento estelar. Se necesita también recorrer la senda humilde de la prosa y del deber cotidiano y allí recibir el auxilio y la bendición de Dios para alcanzar también con Él la Pascua. Así nos lo conceda el Señor. Amén.

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