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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesús venció las tentaciones al no usar su poder para sí mismo, al apoyarse en la Palabra de Dios y al ser obediente al Padre. Él nos llama a dejar el ego y vivir en amor, servicio y entrega al Señor.
Homilía ak01012a, predicada en 20260222, con 4 min. y 44 seg. 
Transcripción:
¡Feliz domingo para todos! Este es el primer domingo de Cuaresma y hay una característica que tiene siempre este domingo y es que nos va a hablar de las tentaciones. Recordemos que el propósito de la Cuaresma es hacer un camino junto con Jesús. Así como Él estuvo cuarenta días en el desierto, la iglesia entera se lanza a este tiempo, que es como una especie de pequeño desierto para acompañar a Cristo y sobre todo, para aprender de Él. La primera gran lección que recibimos en los domingos de Cuaresma es precisamente esta, la de hoy las tentaciones o mejor, la victoria sobre las tentaciones. ¿Qué es en concreto lo que podemos aprender? Pues, según nos cuenta el Evangelio, que es tomado del capítulo cuarto de San Mateo, fueron diversas las tentaciones de Cristo y sin duda no dejaron de existir esas tentaciones cuando Cristo salió del desierto. Pero las que aparecen en el texto de hoy son tentaciones que nos enseñan dos cosas importantes. Primera, que los frentes de batalla son distintos, pero segundo, que en medio de esa diversidad de las tentaciones que tuvo Cristo o que podemos tener nosotros, hay algo en común. ¿Qué notas tú en común entre aquello de convierte estas piedras en pan; lánzate del pináculo del templo para que los ángeles te sostengan; apodérate de todos los reinos de la tierra? Si examinamos ¿Qué es lo que hay en común? Pues es básicamente que el demonio quiere que Cristo utilice su poder y utilice su misión para Él mismo, es decir, para su propio provecho, para su propia ganancia. Es decir, el demonio lo que quiere es centrar a Cristo en Él mismo, volcarlo hacia Sí mismo. Es que la vida de Cristo, como la vida de todo auténtico cristiano, no tiene como propósito simplemente satisfacerse materialmente como el pan o satisfacer su ego, luciéndose en una caída libre desde el templo o su ambición adueñándose de los reinos. La misión de Cristo no era esa, la vida de Cristo no era esa, la vida de Cristo, la vida entera de Cristo era y es un tributo de amor al Padre. Y por eso lo que intenta el demonio es destruir la misión del Señor doblándolo sobre sí mismo, es decir, que Cristo se ponga a sí mismo en primer lugar, que viva para sí mismo, que ponga su poder para Él únicamente. Cristo no cayó en esa trampa, aunque le presentaron la trampa de distintas maneras. Cristo no cayó en esa trampa y no cayó en esa trampa porque se apoyó en la Palabra de Dios y no cayó en esa trampa, porque era infinitamente más fuerte su amor al Padre y su deseo de obedecer al Padre. Cristo no cayó en esa trampa. Y nosotros, siguiendo el ejemplo de Cristo y apoyados en la fuerza que Él nos da, tampoco hemos de caer en esa trampa. No hagamos de nuestra vida un homenaje a nuestro ego. No, nuestra vida no es para eso. El sentido, el propósito de la vida, es entregarla, dándole la alabanza al Dios y Padre que nos ha creado y por supuesto, sirviendo con amor y con generosidad a nuestros hermanos. Alabanza y honor para Cristo, y que Él delante de nosotros nos enseñe a vencer toda tentación. Amén.

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