|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El desierto como lugar que libera de ídolos.
Homilía ak01006a, predicada en 20140309, con 5 min. y 0 seg. 
Transcripción:
El desierto tiene un lugar singular dentro de la Sagrada Escritura. Sabemos bien que cuando los israelitas fueron liberados de Egipto, no entraron inmediatamente en la tierra prometida. Una larga peregrinación por el desierto se encuentra entre Egipto y la tierra que mana leche y miel. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿qué significa esa etapa dentro del pueblo de Dios? El libro del Deuteronomio nos da una respuesta: El desierto es el lugar donde Dios conoce el corazón de su pueblo. Efectivamente, caminando por esas tierras desoladas, no tienen otra posibilidad los hebreos, sino abrirse a la confianza en Dios. Es decir, el desierto es el lugar en el que la misma escasez, la misma carencia hace que se descubra quién confía en Dios, quién pone su confianza en Dios y quién no. Otra manera de mirarlo es que el desierto es un tiempo de purificación, es un lugar de purificación porque es el lugar donde el ser humano experimenta su necesidad, experimenta su indigencia. Y cuando descubrimos nuestro propio ser necesitado, entonces buscamos ayuda. Y ahí está la pregunta ¿En dónde vas a buscar ayuda?, ¿En dónde pones tu confianza?, ¿En dónde está tu fortaleza? Se puede decir que en esa época del desierto los hebreos fallaron el examen, no alcanzaron la medida. Con mucha frecuencia su peregrinar se volvió un lamento contra Dios. ¿Por qué nos has sacado de Egipto para que muramos en esta tierra desolada?, le decían a Moisés. O también se ponían a recordar con nostalgia el tiempo de la esclavitud en Egipto, lo que se dice popularmente a -recordar las cebollas de Egipto-, a recordar ese tiempo que ya no les parecía tan malo y que empiezan a idealizarlo en comparación con las dificultades que están experimentando en esa otra tierra difícil, la tierra del desierto. Fue también en el desierto donde el pueblo de Dios se hizo un becerro de oro por esa necesidad de ver, por esa necesidad de estar seguros de que Dios sí está con nosotros. Por eso la primera frase que exclama Aarón cuando hace el becerro de oro es -Aquí está tu Dios Israel-, porque eso responde a una necesidad muy profunda del ser humano, la necesidad de saberse acompañado, la necesidad de saber que Dios sí está conmigo. La prueba irrefutable de que el Señor no me ha abandonado. Así descubrimos al desierto como un lugar de prueba, pero más allá, como el lugar de la verdad. Cuando llegan las dificultades en nuestra vida, cuando llega la soledad, cuando experimentamos las carencias o incluso el dolor, es cuando nos sentimos tentados; y por eso, al ver a Jesucristo en el desierto, podemos decir que es la verdad de su corazón, es la verdad de su vocación la que va a salir a luz. Y esa verdad resulta gloriosa en el pasaje que hemos escuchado en este primer domingo de Cuaresma. Porque el mensaje que sale de Cristo no es distinto que aquello que Dios ha dado a su pueblo a través de la Palabra. La defensa de Jesucristo es la palabra misma de Dios, la defensa de Jesucristo es su plena unión con el Padre, la defensa de Jesucristo es aquella fidelidad que retrata la absoluta confianza en el Dios y Padre, en el Dios y Salvador. Por eso, mirando a Jesucristo en su victoria, tenemos también que pedir nosotros por nuestras propias luchas, por nuestros propios desiertos, nuestros tiempos de dificultad, nuestros tiempos de soledad, nuestros tiempos de prueba, son tiempos en donde va a salir a luz qué es lo que hay en nuestros corazones. Y tenemos que pedir a Dios que ese corazón nuestro, purificado por su gracia, sea capaz de dar un sí resuelto a Él y un no resuelto a las múltiples seducciones del Espíritu del mal.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|