Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Pan de Dios para quien tiene hambre de Él

Homilía acys012a, predicada en 20200614, con 30 min. y 24 seg.

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Transcripción:

Hermanos queridos, tomemos en esta ocasión una frase de cada una de las lecturas y asomémonos de esa manera al hermosísimo misterio que hoy recordamos, celebramos y agradecemos la presencia de nuestro Señor Jesucristo, el Hijo Eterno y Único del Padre que está con nosotros, real y verdaderamente en el Santísimo Sacramento del Altar. Tomamos una frase de cada una de las lecturas. La primera fue del capítulo octavo del libro del Deuteronomio, y la frase que vamos a tomar es: "Él te afligió haciéndote pasar hambre y después te alimentó". Esa es la frase que vamos a tomar. -Él te afligió haciéndote pasar hambre y después te alimentó-.

La segunda lectura fue tomada de la primera carta del apóstol San Pablo a los Corintios, una comunidad que se caracterizaba por muchas divisiones. Había fuertes liderazgos que habían degenerado en distintos partidos o distintas facciones. De modo que la comunidad estaba dividida. Y la frase que vamos a tomar de esta segunda lectura es esta: "El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo". Esa es la frase que tomamos de la segunda lectura. Finalmente, en el Evangelio vamos a tomar esta otra lectura, esta otra frase que nos da nuestro mismo Señor y Salvador Cristo dice Él: "El que me come, vivirá por mí". -El que me come, vivirá por mí-. Esas son nuestras tres frases que vamos a reflexionar brevemente el día de hoy.

Volvamos a la primera. Él, se refiere a Dios. Él, te afligió haciéndote pasar hambre y después te alimentó. Observemos, hay un paralelo entre el hambre y el alimento. Un paralelo que es muy fácil de entender para nosotros, porque creo que todos hemos tenido la experiencia de tener hambre y luego disfrutar el alimento, sobre todo si es algo que nos gusta y está bien preparado. Pero tal vez hemos tenido también la experiencia de que por causa de enfermedad, por causa de malestar, por causa de depresión o por otra razón, simplemente no tenemos hambre. Y cuando sentimos que no tenemos hambre, el alimento no solamente no nos atrae, sino que incluso lo rechazamos, sentimos repulsión.

Puedo utilizar incluso una palabra más fuerte, nos produce asco. Así que hay una proporción entre el hambre y el alimento, hasta el punto que no tener hambre es extremadamente señal de enfermedad o de grave malestar en la persona. Una persona que no siente hambre es una persona a la que pronto declaramos enferma, muy posiblemente en su cuerpo, quizás también en su mente, o quien sabe que otro mal tiene. Pero no es normal eso. Lo normal es que uno sienta hambre. Esta idea tenemos que aplicarla inmediatamente a nuestra vida espiritual. Hay personas que no sienten hambre, no sienten hambre de la Palabra de Dios, no les interesa escuchar esa palabra.

Como decía con muchísima arrogancia un ateo de origen francés, la frase ya tiene bastantes años: -Dios, Dios no viene al caso-. Es decir, no importa. No me atrae; no lo voy a discutir. No me importa. Entonces. Lo mismo que decimos de nuestro cuerpo, tenemos que decirlo del alma. Y por eso los papás han de preocuparse si ven que sus hijos no tienen hambre de la Eucaristía. Los esposos deben preocuparse si ven que su cónyuge no tiene hambre de la Eucaristía. Los hijos y los nietos tienen que preocuparse si ven que sus mayores, sus papás o sus abuelos no tienen hambre de la Eucaristía. Nunca la piden, nunca les hace falta, no la extrañan.

Eso es muy preocupante. Algo grave está pasando en ese corazón. Si no tiene hambre de la Eucaristía. Este es el primer punto que debemos reflexionar a partir de la frase que nos ha dado el Deuteronomio. Repito la frase, ojalá la tomes textualmente: "Dios te afligió haciéndote pasar hambre y después te alimentó". El segundo punto que debemos reflexionar con respecto a esta frase es darnos cuenta que el hambre es un don. No es un problema, es un don. Si hemos dicho que no tener hambre es característico de la persona enferma, pues tenemos que afirmar inmediatamente que tener hambre es un don. Si tú, por ejemplo, en las condiciones difíciles que hemos tenido en esta pandemia, si tú has sentido hambre viva de la Eucaristía, alégrate, porque significa que Dios te está dando el regalo del hambre.

En cambio, tendrías que preocuparte. Harías muy bien en preocuparte, si ves que pasa el tiempo y no sientes hambre. No te hace falta la Eucaristía. Ese sería motivo de preocupación. Entonces, el hambre es un don de Dios. Hambre de Dios. Hambre de Cristo. Sentir necesidad de Cristo. Sentir que nos hace falta Su palabra, su enseñanza, su divino sacramento es un regalo de Dios. Como es un regalo, es algo que nosotros podemos pedir y debemos pedir. Dame hambre. Si alguno de los que está oyendo estas palabras no siente hambre de la Eucaristía por cualquier razón, no sientes hambre, no dejes pasar esta hermosa festividad sin pedirle al Señor: -Dame hambre, dame hambre de ti-. Porque el hambre también es un regalo. Pasemos al tercer y último punto de esta primera frase. El tercer punto es este: Yo sé que tú has sentido lo mismo que yo. Un poco de contrariedad. Cuando hemos leído. . . "Él te afligió haciéndote pasar hambre. . . " Aparece un Dios que nos somete a la aflicción, un Dios que nos hace pasar malos ratos, malos momentos.

Y esto nos cuestiona ¿Qué clase de Dios es ese? No faltará el exégeta barato que diga: -Ah, es que esto es del Antiguo Testamento. Y el Dios del Antiguo Testamento era un amargado que solo sabía de castigos y de maltratar a la gente-. Bueno, callemos al exégeta barato y acerquémonos con humildad a la Palabra de Dios. Porque en la Palabra de Dios hay muchas expresiones como estas. Expresiones que muestran que muchas veces Dios tiene que tratar con dureza a las personas. Voy a recordarte las palabras de dos mujeres: Una es Ana, la mamá del profeta, el gran profeta Samuel, y otra es nada menos que la Santísima Virgen María. Estas dos mujeres tienen sendos cánticos en la Sagrada Escritura. El cántico de Ana se encuentra en el primer libro de Samuel y el cántico de la Virgen en el capítulo primero del Evangelio según San Lucas.

Es el famoso Magnificat. Y resulta que Ana dice esta frase refiriéndose a Dios: "Él da la muerte y la vida hunde en el abismo y levanta, da la pobreza y la riqueza, humilla y enaltece". María Santísima dice algo parecido en su cántico: "Él despide vacíos a los ricos, colma de bienes a los pobres". ¿Qué indican estas frases de mujeres tan santas? Muy especialmente nuestra muy amada Virgen María. ¿Qué indican estas frases? ¿Es que Dios es cruel cuando despide vacíos a los ricos; según la expresión de María?; ¿Es que Dios es cruel cuando cumple lo que dijo Ana? "Él levanta del polvo al desvalido y alza de la basura al pobre. . . Pero por otra parte, también nos dice Ana que . . .Él humilla y enaltece". ¿Es Él el Dios que humilla; le falta amor a Dios cuando nos humilla? O la frase que estamos meditando ahora ¿Le falta amor a Dios cuando nos aflige; es falta de amor de Él?, ¿Será que el amor de Él es variable o inconstante?

¡Por supuesto que no! Más bien lo que debemos pensar es que a través de cada una de esas circunstancias, a través de cada una de las situaciones de nuestra vida, tanto las que nos agradan como las que no nos agradan tanto, aquellas que nos traen una felicidad inmediata como aquellas que, por lo menos al principio, nos hacen llorar. En cada una de esas situaciones oigalo bien, Dios nos está amando. Uno no lo descubre al principio. Uno al principio cumple lo que dice la carta a los Hebreos: "Ningún castigo nos agrada cuando lo recibimos". De manera que Dios ciertamente nos aflige y Dios ciertamente nos humilla, y Dios ciertamente nos hunde hasta el polvo a veces. ¿Por qué? Porque hay cosas que tienen que morir en nosotros, porque hay cosas que tienen que acabarse en nosotros, muy particularmente nuestra ¡¡Soberbia!! ¿Quiere decir que a Dios le gusta hacer esta clase de cosas?

Hablar de gustos en Dios es un tema muy complicado desde la teología. Lo que sí te puedo decir es que cuando llegue el momento de la aflicción, Dios está preparando algo realmente grande, algo realmente bello para ti. Es decir, que en la aflicción Dios está obrando también, en la aflicción Dios está, por ejemplo, quitando de nuestra vida ese asqueroso demonio de la arrogancia o de la soberbia. Un hombre que reflexionó profundamente en estas cosas. Fue el gran obispo y doctor de la Iglesia San Agustín de Hipona. Y decía San Agustín que: "Dios permite algunos pecados humillantes y vergonzosos en nuestra vida, por quitar de nuestra vida otros pecados que, aunque nos dan menos vergüenza, nos hacen más daño". Oye esa reflexión tan profunda de San Agustín, concretamente se refiere San Agustín a aquellas faltas en las que podemos caer o hemos caído, faltas que tienen que ver con el cuerpo, con el sexo, con la pureza. Indudablemente, para muchos de nosotros, las faltas que nos cuesta más trabajo confesar son las que tienen que ver con el cuerpo, con el sexo y con la pureza. Y dice San Agustín: "Tanto ama a Dios la humildad, requisito para recibir la gracia que en ocasiones nos deja resbalar por pecados que nos humillan" Y ciertamente la pasamos muy mal. Pero es que Dios ya está pensando en el fruto bueno que va a sacar de ese resbalón, de esa humillación, de esa vergüenza.

Entonces no debemos quitarle a la Biblia las páginas que nos parecen incómodas. Es muy mala idea empezar a mutilar la Biblia para que la Biblia se parezca a lo que yo tengo en mi cabeza. Esa no es buena idea. Más bien, lo que yo tengo que hacer es aprender de la Palabra de Dios y saber que en medio de las aflicciones el Señor me está dando ¿Qué? Me está dando hambre y a través de esa hambre me prepara para que yo reciba el alimento, y el alimento que he de recibir es ante todo, al mismo Cristo. Termina ahí nuestra reflexión sobre la primera frase: -Dios te afligió haciéndote pasar hambre y después te alimentó-. Descubrir que el hambre es un don, que hemos de pedirlo y que incluso en medio de la aflicción, Dios ya prepara sus bendiciones.

La segunda frase que nos atrae es tomada de la segunda lectura. Ya dije, Capítulo décimo de la primera Carta a los Corintios. La frase que hemos subrayado es esta: "El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo". Hemos mencionado ya que a ninguna comunidad le caía mejor esta frase que a la comunidad de Corinto. Corinto, un puerto famoso en aquella época y también en nuestra época, era lugar de comercio, de intercambio de bienes, de dinero, tráfico de personas y por consiguiente, intercambio de ideas. La gente de Corinto estaba acostumbrada a ver llegar nuevas modas, nuevas corrientes de filosofía, nuevas religiones y en medio de esa especie de mercado del pensamiento y llamémoslo así, de la espiritualidad, los corintios se habían acostumbrado a aferrarse a distintos maestros.

Es la comunidad de Corinto la que tiene que oír estas palabras que dice San Pablo cuando les escribe: "¿Cómo así que ustedes dicen Yo soy de Pablo, Yo soy de Pedro, Yo soy de Apolo?" Apolo era un famoso predicador que venía de Alejandría, un predicador cristiano como Pablo y como Pedro. Entonces Pablo los corrige y les dice: ¿Qué es eso de estar pensando en esas divisiones? Esas divisiones no le dan la gloria a Dios y por eso en esta misma carta encontramos la frase que acabo de subrayar y de repetir: "El pan es uno y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo". Vamos a estudiar esta frase un momento hermanos, desde dos niveles: Primero un nivel cotidiano y después un nivel teológico. En el nivel cotidiano, fíjate que el comer con otras personas siempre es una señal de unidad.

¿A quiénes invitas tú a comer? Personas con las que tienes una relación que se supone estrecha, especialmente si se trata de comer en tu casa. No invitarías a cualquiera a comer en tu casa. Es verdad que hoy existen esos inventos de las comidas de trabajo, los almuerzos de negocios. Y en ese tipo de reuniones puede uno resultar hablando con una persona que no es ni muy cercana ni muy de los intereses o afectos de uno. Pero aquí se trata de esa comida en la que tú tienes verdadera libertad para invitar. El que nos ha invitado, el que nos invita a su mesa, es Cristo. Y por eso, en una primera interpretación de esta frase, nos damos cuenta que para Cristo cada uno de nosotros es muy importante. Entonces pensemos esto de una manera muy sencilla, casi podríamos decir muy, humana.

Si a mí, por ejemplo, me invita un primo mío, me invita a una comida, vamos a una comida, una cena y estamos en esa cena. Y a medida que vamos llegando me doy cuenta de que mi primo también invitó a otra persona. Es otro que también es primo de él y primo mío, pero con esa otra persona. Mira, no somos tan cercanos, la verdad. Más bien hemos tenido como ciertos roces y cierta distancia. Mi primo que me invitó es cercano a mí, mi primo que me invitó, es cercano a la otra persona. Es evidente que si yo acepto esa invitación y si estoy en ese lugar, pues yo no voy a criticar a quien me invitó porque haya invitado a esa otra persona. Lo máximo que diré es. . . -Sus razones tendrá para quererlo como lo quiere-. Hasta ahí voy a llegar yo, y no voy a avanzar más. Es decir, yo procuro entender que seguramente mi primo que me invitó tiene un buen motivo para invitar a esa otra persona y yo respetaré el corazón, las preferencias de mi primo, así yo no me sienta tan cercano a esa otra persona invitada. Bueno, ese es un razonamiento muy mundano.

Elevemos un poco la conversación y pensemos desde el punto de vista de nuestra fe y de la teología. Desde ese punto de vista, amados hermanos, hay mucho más que podemos decir; porque Pablo nos dice en esta frase: -El pan es uno y así nosotros formamos un solo cuerpo-. Claramente él está pensando en un pan que forma un cuerpo. Esto nos obliga a preguntarnos ¿Cuál es el pan que comemos? ¿Cuál es el Cristo del que nos alimentamos? Y de inmediato nos damos cuenta por qué Cristo, mucho más que mi primo, puede producir verdadera unidad.

Porque ¿Cómo me uno yo a Cristo? A través de la conciencia de que soy un pecador, a través del arrepentimiento de mis pecados y a través de un movimiento de retorno hacia Él, aceptando su gracia, su amor, su salvación. No hay manera de unirse verdaderamente a Cristo si no es por estos pasos. Los repito: Reconozco mi necesidad porque soy un pecador. Me arrepiento de mis pecados y me pongo en movimiento hacia Cristo. Solamente así podré llegar a ser uno con Él. Obviamente, en ese movimiento hacia Cristo tiene una gran importancia el sacramento del bautismo, el sacramento de la confesión, etcétera. Pero aquí lo decimos todo de una manera abreviada.

Entonces, si yo me alimento de Cristo para ser uno con Cristo, quiere decir que yo he pasado por esos pasos, es decir, reconozco mi necesidad, me arrepiento de mis pecados y doy pasos para aceptarlo a Él como mi Señor y para acoger la gracia que Él y solo Él puede concederme. Esto explica por qué Cristo crea la unidad. Porque ahora resulta que esa otra persona que es invitada por Cristo, si realmente se alimenta de Cristo, esa otra persona también tiene que arrepentirse de sus pecados. También tiene que dar pasos hacia Cristo. También tiene que aceptar su gracia. Y ahora yo te hago una pregunta ¿Qué es lo que nos separa? No hablo en términos de tonterías simples, simpatías o antipatías. ¿Qué es lo que nos separa a los seres humanos? Si lo piensas bien, más allá de los gustos, los gustos que en sí mismos no deberían separarnos. Por algo dice el refrán entre gustos no hay disgustos. Más allá de los gustos, lo que realmente nos separa son los pecados.

Porque si soy una persona arrogante, si soy una persona soberbia, si soy egoísta o si soy mentiroso. ¿Cómo me voy a quejar de que tú quieras separarte de mí? Si soy una persona impura en la mirada, en el lenguaje; ¿Cómo voy a extrañarme de que tú quieras separarte de mí? Son los pecados lo que realmente nos distancian. Porque la obra del pecado, como lo hemos dicho muchas veces, es la división, la separación. Entonces, alimentarse de Cristo significa vencer lo que nos divide, vencer el pecado que nos separa. Y cuando queda eliminado el pecado que nos separa, podemos llegar a ser verdaderamente uno. Lo que a nosotros nos separa no es que tú seas rico y yo pobre. Que tú seas de raza negra y yo trigueño o blanco o amarillo, no es el color de la piel lo que nos va a separar, es el pecado lo que nos separa. Son los pecados lo que nos separan.

Y si nos alimentamos de Cristo y alimentarse de Cristo, ya sabemos qué significa reconocer la condición de pecador y significa arrepentirse del pecado, y significa ponerse en movimiento para recibir a Cristo, como Señor y recibir su gracia transformante. Sí, eso es alimentarse de Cristo. Entonces, todos los que nos alimentamos de Cristo hemos quitado todos los obstáculos que nos separan. ¡Atención! El pecado sí que divide. No estamos hablando aquí de una especie de unión entre todos los seres humanos. Vengan todos, vengan todos. Como dijo una entre comillas. "Obispa" Episcopaliana en los Estados Unidos de América. Ella era presidenta de la Asociación de Episcopalianos en Estados Unidos y ella decía A comulgar todo el mundo comulguen, todos, comulguen todos, porque Cristo nos quiere a todos unidos. Gravísimo error estaba cometiendo esa señora, además de creerse obispa. Gravísimo error estaba cometiendo. Su gravísimo error consistía ni más ni menos que estaba negando lo que significa alimentarse de Cristo. Alimentarse de Cristo no es simplemente abrir la boca y consumir una hostia consagrada. Eso no es alimentarse de Cristo. Por algo dice el apóstol San Pablo: "El que come indignamente el cuerpo y la sangre de Cristo, se come, se bebe su propia condenación". Esa frase no le sobra a la Biblia, y esa frase la olvidó esa señora. Entonces, date cuenta; alimentarse de Cristo es reconocer nuestra condición de pecadores, es arrepentirnos de ellos y es ponernos en movimiento para acercarnos al Señor, lo cual implica los sacramentos en la medida de lo posible. Sabemos las circunstancias que tenemos actualmente.

Entonces, si quitamos esos obstáculos de verdad estamos unidos de verdad eso nos une. Eso no significa que da lo mismo todo. Por última vez, aclaro, ¡¡No da lo mismo todo!! Tiene que quitarse el obstáculo del pecado. Entonces, si hay alguien que dice: -Padre, pero es que usted como sacerdote por caridad, ¡Usted tiene que aceptar a todos! aceptarlos en el sentido de que vamos a hacer camino hacia Cristo-. Sí, pero aceptar a una persona para que se quede en su realidad de pecado, que es lo que muchas veces está esperando hoy de la Iglesia Católica. ¡No! No estoy obligado a eso. Nada en la Palabra de Dios, nada en la enseñanza de la Iglesia me obliga a que yo tenga que aceptar a la persona que está aferrada a su pecado y tenga que decir: -Aquí no ha pasado nada-.

Resumiendo, entonces lo propio de esta segunda frase, mis amados hermanos, tiene que ver con el pan y la unidad, y hemos hecho una sencilla reflexión de la vida cotidiana. Y es que, pues si Cristo quiere invitar a otras personas y me quiere invitar a mí, ¿Quién soy yo para juzgar a Cristo? Ni más faltaba. Pero luego hemos dicho que alimentarse de Cristo implica arrepentirse de los pecados y ponerse realmente en movimiento hacia Él. Y eso, eso cambia la vida. Eso hace de nosotros personas nuevas. Bueno, pasemos a nuestra última frase que es tomada del Evangelio según San Juan, nos dice Cristo: "El que me come vivirá por mí". En ese caso, la preposición "Por" indica vivirá gracias a mí. Yo le daré vida. Esto es muy importante porque nos recuerda un dato fundamental del sacramento eucarístico.

Cristo llega a nosotros, vivo, vivo y llega vivo y dando vida. Cristo llega vivo a nosotros, le dijo el Señor a Santa Catalina de Siena: -El sello que se imprime al comulgar no se borra del alma, salvo pecado voluntario y mortal; por consiguiente, pecado grave, consciente y voluntario. Ese pecado sí borra el sello que yo pongo en la Eucaristía. Pero el sello permanece. Cristo llega a nosotros como Él es, y Él es el que vive. Él es el que reina. Él es el Señor, y como Señor, y como verdadera fuente de vida llega a mi vida. Dicho de otra manera, Cristo llega a mi vida para vivir su misterio en mí. Eso significa que gracias a Cristo, gracias al amor de Cristo, gracias al poder de Cristo, cada vez que me uno más a Él, puedo vivir más lo que Él vivió, es decir, ver las cosas como Él las ve, amar como Él ama, sufrir como Él sufre, consolar como Él consuela, sanar como Él sana.

Cristo viene a vivir sus misterios en nosotros. Esto lo expresó también con otra comparación que es también del Evangelio según San Juan la hermosa comparación de la vid y los sarmientos. Date cuenta Cristo nuestro Señor Vive y la vida que nosotros tenemos. Lo mismo que la savia en la planta. La vida que nosotros tenemos es la misma vida que tiene Jesús. La misma vida. Él nos da su savia preciosa, nos da su sangre preciosa, nos da esa vida preciosa. Esa es la vida que nosotros tenemos, y eso es lo que significa comulgar. Y eso es lo que significa unirnos a Él. Alabemos a Cristo en esta preciosa celebración del misterio eucarístico. Pidámosle que sea Él el que nos da vida, el que llega a nosotros, el que restaura lo que está muerto en nosotros, el que sana lo que está enfermo en nosotros. Con amor le decimos ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias Señor!

Amén.

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