Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Camino, paz, unidad, vida: cuatro palabras que nos ayudan a acercarnos al misterio de la eucaristía.

Homilía acys010a, predicada en 20170618, con 17 min. y 34 seg.

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Transcripción:

Excelentísimo Monseñor Pastor, Arzobispo emérito de esta Arquidiócesis de la Asunción, muy querido y respetado Monseñor Valenzuela, Edmundo Valenzuela, nuestro Arzobispo. Recibo con gratitud esta invitación para compartir unas palabras, después de que se ha proclamado el Evangelio en el contexto de este Congreso Eucarístico Diocesano. Mi saludo desde aquí también a mis hermanos en el sacerdocio, a los diáconos permanentes y a este hermoso grupo de seminaristas que indudablemente conservarán un recuerdo vivo de este día blanco y luminoso para la Arquidiócesis.

Amados hermanos, en el misterio Eucarístico, la Iglesia tiene como un espejo para ver su realidad más profunda y encontrar en ella cómo ha sido amada. La prenda más perfecta del amor divino, la señal más elocuente de quiénes somos para Dios, la tenemos como un recordatorio permanente en la Divina Eucaristía.

Las lecturas de hoy, hermanos, nos traen cuatro palabras que quisiera subrayar para que reflexionáramos en ellas; y con ese alimento espiritual nos preparemos para recibir el alimento sacramental y luego para alimentar a nuestros hermanos. Porque nadie se alimenta de la Eucaristía solamente para guardar ese tesoro, sino para compartirlo. Las cuatro palabras las tomo de las lecturas que hemos oído. La primera es la palabra camino, que hace referencia al texto del Deuteronomio. La segunda es la palabra paz, proclamada hermosamente en el salmo que siguió a esa lectura. Después tenemos la palabra unidad, muy propia del texto de la primera carta a los Corintios. Y por último, por supuesto, la palabra vida, que fulge con especial claridad en el Evangelio de hoy, tomado de San Juan. Esas son nuestras cuatro palabras para el día de hoy: El Camino, la paz, la unidad y la vida.

Estas cuatro palabras las encontramos en la Eucaristía, pero tal vez debo decir mejor estas cuatro palabras salen a nuestro encuentro si queremos comulgar con verdadero amor, humildad y reconocimiento de ¿quién es Aquel a quien recibimos?. La Eucaristía marca para nosotros un camino, así como Elías en el desierto, después de alimentarse con ese pan que Dios le dio, encontró también como una brújula que le llevaba hacia el monte de la Alianza.

Así también nosotros, cada vez que comulgamos, recuperamos la dirección y recuperamos nuestro norte, porque como dice la Carta a los Hebreos: -No tenemos patria permanente en esta tierra- y por eso el cristiano necesita continuamente corregir el curso de sus acciones, no sea que pierda el verdadero rumbo. Voces insistentes quieren continuamente desviarnos por las sendas de las codicias, las adicciones, la superficialidad y toda suerte de vicios.

La Eucaristía nos recuerda en dónde está nuestro verdadero monte y nuestra verdadera alianza. El monte es el del Calvario y la alianza es la que ha sido sellada en la sangre de Cristo. También el pueblo de Israel, comiendo el maná, pudo recuperar su norte y saber que no tenían casa permanente en el desierto. Entendieron bien que el desierto era algo que tenía que terminar y que más allá del desierto, una tierra que mana leche y miel, les extendía los brazos. Así también nosotros, en medio de las penalidades, en medio incluso de las persecuciones, una y otra vez encontramos la esperanza hacia esa tierra prometida.

El cristiano no debe extrañarse cuando es descartado, cuando es criticado o cuando recibe el hielo de la indiferencia del mundo. Todo esto ya lo anunció con claridad Jesucristo, añadiendo además aquella hermosa bienaventuranza: "Dichosos ustedes cuando los persigan por causa de mi nombre" . Pero no puede quedarse uno solamente recibiendo el aluvión, del rechazo del mundo. Es necesario que el maná del cielo, el pan de la Eucaristía nos alienta en nuestro camino para saber bien a dónde vamos.

Es aquí donde entra la segunda palabra, la palabra paz. Cristo, al final del Evangelio de San Juan, promete una paz que nadie más puede darnos. Y sin duda, nos habremos preguntado cómo es posible esa especie de serenidad permanente. Antes de ofrecer la respuesta bíblica, conviene recordar que otras tradiciones de filosofía y de religión también han anunciado una paz parecida. Así, por ejemplo, dentro del budismo, la serenidad absoluta, la serenidad imperturbable, es un ideal que cautiva a quienes practican esa religión. Lo mismo, también dentro de los sabios griegos era conocida esa palabra: la ataraxia, esa especie de facultad de permanecer impávido. También los estoicos dentro del mundo grecorromano buscaron una estabilidad parecida, como una especie de cimiento que nadie pudiera conmover, de modo que nada nos tomará por sorpresa, en particular, nunca la tristeza ni las malas noticias.

El hecho de que culturas tan distintas hayan estado buscando este tipo de estabilidad nos sugiere que el corazón humano tiene muy adentro ese mismo anhelo. Poca relación tiene el mundo hindú con el mundo griego o romano, y sin embargo, vemos que buscan el mismo tipo de paz o de estabilidad. Esa paz la promete nuestro Señor Jesucristo. Y entonces debemos preguntarnos, qué hay de particular en la promesa de Cristo, sabiendo que hay otros que en otros lugares también han hablado de esa misma tranquilidad o de esa misma serenidad.

La verdad es que la paz que nuestro Señor Jesucristo ofrece, proviene del hecho mismo que nos recuerda San Pablo en algunos de sus textos: -La roca, el cimiento ya está puesto y es Cristo, roca desechada por los arquitectos, pero escogida como piedra angular-. Efectivamente, el que se apoya en Cristo, el que se apoya en el Logos del Padre, no solamente puede transitar por esta vida, sino que puede traspasar el umbral de la muerte, seguro como está, de que el Señor no faltará a su promesa. "Me voy delante, pero me voy a prepararles un lugar" .

La estabilidad que nuestro Señor Jesucristo nos promete proviene de esa frase que ningún otro se ha atrevido a decir en esta tierra. Está al final del capítulo décimo sexto de San Juan. "En el mundo tendréis luchas, pero no tengáis miedo, Yo he vencido al mundo" . Esa es la fuente de nuestra paz, nosotros sabemos que Él ha vencido al mundo, nosotros sabemos que Él es el mismo que en el capítulo número 28 de San Mateo se atreve a decir: "He recibido todo poder en el cielo y en la tierra" . Nuestra paz, entonces, no es la fidelidad simplemente a un conjunto de ideas, a una filosofía, por ejemplo, ni tampoco a una disciplina mental que dependería del ejercicio que hagamos con nuestro cerebro.

Nuestra paz depende de que estamos adheridos a Aquel que ha vencido al mundo, estamos unidos vivamente con lazos de estrechisima caridad a Aquel que ha recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Y esa frase: "Yo he vencido al mundo" , frase que solamente puede decir un tonto, un loco o el Hijo de Dios; esa frase, sobre esta tierra solo se ha atrevido a pronunciarla una persona, y esa persona es Jesucristo. Eso no lo dijo Buda, eso no lo dijo Mahoma, eso no lo dijeron los estoicos, ni un Séneca, ni un Marco Aurelio, ninguno de ellos se atrevió a decir esa frase. Y esto es lo que hace la diferencia entre la promesa de Cristo y cualquier otro anuncio de paz.

Esa es la paz a la que nosotros tenemos acceso precisamente a través del misterio eucarístico. Comulgar es hacerse uno con ese Cristo, Comulgar es participar del combate, por supuesto, porque habrá batalla, pero es participar desde ya de lo que San Pablo llama: -las arras del Espíritu-, es decir, la certeza de la victoria. Por eso estamos convencidos de que tenemos victoria en Cristo, estamos convencidos de que en Él está verdaderamente nuestra paz. Pero esa convicción, y quiero subrayar esto, no es solamente una idea que nosotros repetimos una y otra vez como el que quiere sugestionarse. Esa convicción surge de la unión viva que precisamente nos ha ofrecido Él mismo al darnos su cuerpo, su sangre y al hacernos partícipes de su alma y divinidad.

Evidentemente, de aquí surge la tercera palabra: la unidad. Unidos en Él, hechos un solo cuerpo, en Él somos también miembros los unos de los otros. El apóstol San Pablo lo destaca especialmente en el capítulo décimo de la Primera Carta a los Corintios. -Somos miembros de Cristo-, dice Pablo, y esa parte parece consecuencia obvia de lo que hemos expuesto hasta ahora. Pero añade esta frase: -Y así somos también miembros los unos de los otros-. Por favor, hermanos, tomar en serio esa frase: -Somos miembros los unos de los otros-, porque la única interpretación que esa frase puede tener es que cada uno está incompleto, cada uno tiene que decir: una parte de mí está en ti, una parte de mí está en mis hermanos y no puedo perder a mis hermanos sin perder una parte, quizás la mejor parte de mí mismo.

Ese grado de unidad es el que caracteriza precisamente a la comunidad cristiana. Por eso hemos subrayado también en las predicaciones de este día, que es necesario que en la comunidad cristiana de hoy se cumpla lo que dicen los Hechos de los Apóstoles de hace veinte siglos. En aquella comunidad nadie pasaba necesidad, ni económica, ni afectiva o emocional, ni familiar, ni espiritual. La comunión de bienes no es el fruto de una benevolencia externa con la cual nosotros queremos añadir algo a lo que Cristo ya hizo.

La comunión de bienes, y quiero insistir, en esos bienes están también nuestros afectos, nuestra espiritualidad, nuestros carismas. La comunión de bienes es simplemente el resultado del amor que Cristo nos inyecta en toda la profundidad de nuestro ser. Así como cuando vemos crecer una hermosa flor, la belleza de la flor no es un esfuerzo que la flor hace para responderle al agua o al sol, o al aire fresco, o a un buen terreno; es el fruto ineludible. Podemos decir que la flor no puede escoger no ser bella, porque de dentro le viene esa fuerza que ha recibido. Algo parecido dice la doctora de Siena: -El alma viéndose tan amada-, cosa que sucede singularmente en la Eucaristía, -no puede defenderse de amar-.

Eso somos los cristianos, somos gente que hemos escogido no defendernos de amar. No nos defendemos del amor, más bien hacemos del amor nuestra defensa. Y ese amor que brota dentro de nosotros como manantial que salta hasta la vida eterna. Ese amor es el que hace posible la intensa unidad entre los cristianos.

La última palabra es la palabra vida. Y es importante destacar que Cristo nos dice: "Se trata de vida eterna" . Si vamos al texto griego, cosa que es saludable, particularmente en San Juan, por la densidad que tiene el vocabulario de este evangelista, encontramos que el adjetivo que utiliza San Juan es aiona. Aiona es una expresión muy condensada de la lengua griega que significa sin eón, es decir, más allá de todo siglo, todo mundo, todo límite, todo tiempo. O sea que lo que nosotros hemos venido oyendo en San Juan como vida eterna, en realidad podría traducirse: vida sin ninguna clase de límite, una vida sin límites-. Porque la vida que conocemos en esta tierra es una vida con límites, es una vida que nos va llegando como a cuentagotas, día por día, emoción tras emoción.

Por eso aquel filósofo de raigambre cristiana, Boecio, definía la eternidad como una especie de simultaneidad del todo. Como que todos los días pudieran vivirse en un solo día y todos los instantes en un solo instante. Esa expresión, esa intuición de este filósofo latino, capta algo del adjetivo griego que estamos tratando de explicar.

La vida que trae Cristo, la vida que Él nos da a través de la Eucaristía, es una vida que no tiene límite, que no tiene límite significa, que no me la van a poder limitar porque me insulten, que no me la van a poder destruir porque me persigan, que no me la van a poder acabar aunque me maten, que no se va a disolver, aunque intenten disolver al pueblo de Dios. ¡Ese! es el nivel de vida y eso es lo que Cristo ha traído a esta tierra. Eso es lo que nosotros recibimos cada vez que comulgamos, y ese es el mensaje que tenemos que llevar al mundo.

Amados hermanos, Cristo en la Eucaristía, camino cierto, paz estable, unidad creíble y vida verdadera, Que su divino Misterio, que su Misterio Eucarístico nos impregne con tanta fuerza, que podamos llevar este anuncio gozoso hasta las periferias, como nos dice el Papa Francisco, hasta los confines del mundo.

Así sea.

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