Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Bautismo de Nuestro Señor Jesucristo

Homilía abau011a, predicada en 20200112, con 15 min. y 0 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, como se dijo en el saludo al comienzo de esta Eucaristía, con esta fiesta de hoy, la fiesta del bautismo del Señor termina el tiempo litúrgico de Navidad. ¿Cómo podemos relacionar aquellos relatos enternecedores del pesebre y de los pastores con la escena majestuosa que encontramos en el Evangelio de hoy? Los cielos que se abren, el Espíritu que desciende sobre Cristo y la voz del Padre que proclama ?Este es mi Hijo amado, en quien me complazco?.

¿Cómo se relaciona una cosa con otra?, ¿Por qué la Iglesia en su sabiduría, nos invita a culminar el tiempo de Navidad con esta fiesta del bautismo del Señor?. Posiblemente la explicación está en aquella expresión que hemos oído en el Evangelio -Los cielos se abrieron-. Cielos abiertos.

Pensemos ¿qué es el pecado? y descubriremos que es: división, distancia, muro levantado, separación. Eso es lo que ha traído el pecado en nuestra relación con Dios y también en la relación con los hermanos. El pecado de soberbia, de infidelidad o de mentira crea una distancia inmensa entre ese marido y esa mujer; por ejemplo, y aunque vivan en la misma casa, se sienten distantes. El pecado de rebeldía de los hijos y de egoísmo de ellos, el pecado de autoritarismo de los papás y a veces de un egoísmo disfrazado de tranquilidad, ha hecho que padres e hijos se sientan distantes, aunque viven en la misma casa. Los ejemplos podrían multiplicarse.

El pecado siempre es división y separación, división en primer lugar con Dios y luego división entre nosotros, seres humanos. Si ese es el pecado, si eso es lo que hace el pecado, entonces ¿qué es la reconciliación? ¿Qué es el perdón? Es una puerta que se abre... Cuando pecaron nuestros primeros padres, según cuenta el capítulo tercero del Génesis, fueron expulsados del paraíso y se cerró el paraíso. Y un ángel con una espada de fuego, prevenía que ellos volvieran, -puertas cerradas-, ese es el fruto del pecado. -Puertas abiertas-, esa es la obra de la reconciliación y del perdón.

Entonces los cielos abiertos?, que Dios abra su casa es también su manera de invitarnos a que entremos, pero también es un modo de contarnos que ya Él salió y ¿como salió?, enviándonos a su Divino Hijo, nuestro Señor Jesucristo. En la Navidad recordamos fundamentalmente este bendito misterio: que Dios salió, que Dios ha visitado a su pueblo. Como dijo hermosamente Zacarías, el papá de Juan Bautista: -Ha visitado y redimido a su pueblo-. Dios abrió la puerta de su cielo, según lo pedía el profeta Isaías.

Isaías decía: -Ojalá rasgaras el cielo y bajaras-, ¿Que estaba pidiendo Isaías?, Que se abra ese cielo que cuando yo ore no tenga que sentir simplemente el eco de mi propia voz, que yo sienta que mi lamento llega hasta el corazón de Dios. Pero Dios también se queja y dice: -que yo sienta que mi propuesta de amor llega al corazón de los hombres-. Entonces en Navidad celebramos eso: que Dios ha salido, que Dios ha visitado y redimido a su pueblo. Esa visita de Dios a nuestro mundo tiene su expresión perfecta en la persona de Cristo, que es verdadero Dios y verdadero hombre.

No se puede pensar ni considerar una unión más estrecha que la que Dios ha querido tener con la humanidad, tal cual se ha realizado en el milagro sublime de la Encarnación. No se puede pensar otra unión más grande. Y esa unión inseparable de la naturaleza humana y la naturaleza divina en la única persona de Jesucristo. Esa unión perfectísima, es la respuesta existencial y encarnada al drama del pecado.

De modo que en Navidad lo que estamos celebrando es que se han abierto las puertas del cielo, que Dios ha visitado y redimido a su pueblo, y que ha sucedido el Milagro de la Encarnación.

Entonces, la expresión "cielos abiertos" es fundamental. Pero luego, si miramos qué hace Cristo en el bautismo, en su bautismo, nos admiramos de algo... Los que iban a bautizarse eran los pecadores. Esto es algo que siempre despierta preguntas en el creyente pensante o en el pensador creyente. ¿Por qué Cristo recibe bautismo de pecadores si, no es pecador?. Porque la gente iba donde Juan a escuchar esa predicación, encendida con el fuego por la gloria de Dios, y movidos por la predicación elocuente, potente de Juan, reconocían sus pecados y se bautizaban. No había ese pecado en Cristo, ¿Por qué estaba Él ahí?

Evidentemente, Él estaba tomando nuestro lugar. Y si lo piensas bien, esa fue la vida de Cristo, y ese es el fruto de la Encarnación. Él ha tomado nuestro lugar, lo ha tomado muchas veces. Él toma nuestro lugar cuando, nace humilde en ese pesebre. De modo que la persona que haya tenido una gran pobreza y estrechez, ve a Cristo y dice: Él es como yo. Cristo, con la humildad de su trabajo, tomó el lugar de tantos que viven de la obra de sus manos, Cristo, tentado en el desierto, tomó el lugar de cada uno de nosotros. Decía San Agustín: -Y no te fijes solo en, que fue tentado, date cuenta que venció la tentación-.

Pero el lugar donde Cristo tomó definitivamente nuestro sitio, el momento en el que Él tomó nuestro lugar, fue sobre todo en la cruz. Crucificado en medio de dos ladrones como si fuera su jefe, puesto entre el número de los pecadores, como dice Isaías: en algún lugar. Jesucristo, está tomando nuestro lugar. En latín hay una expresión que significa eso: -Tomar el lugar Gerens bitches-. Tomar el lugar, y de ahí viene la palabra vicario. Vicario es el que toma el lugar, el papel, el rol de otra persona. Por ejemplo, el obispo tiene un vicario general que tiene unas determinadas funciones representa, hace las veces, hace las veces del obispo, hace las veces.

Jesucristo tomó nuestro lugar, esa fue la redención, Él tomó nuestro lugar, lo que nos tocaba a nosotros, Él lo asumió. Ya lo vemos aquí en el bautismo; inocente como es, se presenta ante las aguas del Jordán, tomando el lugar de los pecadores. Pero la culminación, como ya dije, se dará en la cruz. En la cruz, Cristo toma el lugar de cada uno de nosotros. De modo que al contemplar a Jesucristo crucificado, cada uno puede ver su propio drama, y cada uno ha recibido por bondad de Cristo el derecho de decir: -Esas son mis llagas-.

Es la grandeza de la cruz del Señor. Él ha tomado mi lugar. Pero al mismo tiempo, este Cristo que ha tomado mi lugar, es el Cristo sobre el que desciende el Espíritu Santísimo de Dios en forma de paloma. Es decir, que así como Él me representa ante Dios, Él representa la bondad de Dios ante nosotros. A ver si me puedo explicar. -Que Dios me ayude-. Cristo en la humildad de su bautismo y un día en la humildad de la cruz, toma el lugar de nosotros los pecadores. Es como el mensaje de súplica que nosotros le presentamos a Dios Padre. Pero ese mismo Cristo en la cruz, y también aquí en el bautismo, es el mensaje de Dios que nos muestra, cómo la inocencia tiene un camino y una victoria por lograr todavía en esta tierra.

Y así Cristo es a la vez nuestra mirada suplicante al Padre y la mirada compasiva del Padre hacia nosotros. Eso es lo que hay en los ojos de Cristo. Por eso hay que mirar mucho, pero mucho, a nuestro Señor. Porque lo mismo que los vitrales bellos o las grandes ventanas, podemos decir que en los ojos de Cristo, el Padre nos ve a nosotros. Y en los ojos de Cristo nosotros vemos al Padre. Y de esa manera la ruptura, la distancia, la separación, el muro que nos separaba de Dios ha caído. Y ahora en Cristo tenemos al mismo tiempo toda la mirada de Dios para nosotros. Y tenemos también quien mire por nosotros y quien presente nuestra causa ante el Padre.

Dios no tiene otra manera de mirarnos, si no, son los ojos de Cristo. Dios te ve a través del lente de ese lente precioso que es la mirada de Jesús. Y por eso Dios, como decía un día el Papa Francisco, está más dispuesto a perdonarte, más dispuesto a perdonarte, que tú a pecar. Esa es la grandeza de esa mirada de Cristo. Y eso es lo que significa esa frase: -que Cristo es mediador entre Dios y nosotros-.

Entonces volvamos a la pregunta del principio y cerremos esta reflexión; amados hermanos, la pregunta era: ¿qué tiene que ver la Navidad con el bautismo del Señor? Y la respuesta es: La Navidad celebra la unión estrecha, perfecta, indisoluble entre la naturaleza divina y la naturaleza humana, y esa unidad plena y perfecta se hace visible en el bautismo, donde Cristo a la vez toma el lugar de todos nosotros los pecadores, y es la expresión de la santidad de Dios a nuestro alcance. Él es Dios para nosotros, y Él es nuestro embajador ante el Padre.

Lo que prometía, lo que anunciaba La Navidad, ya se celebra con plenitud en esta fiesta del bautismo del Señor, que nos deja listos para el tiempo litúrgico que viene. ¿Cuál es ese tiempo litúrgico? Se llama -el tiempo ordinario-. Empieza a partir de mañana, mañana cambiamos de tiempo litúrgico y mañana empezamos ese camino por el que veremos a Jesucristo, realizar toda esa obra maravillosa de predicación, milagros, exorcismos, todo eso que no es otra cosa sino el obrar de Dios ante nosotros y la súplica nuestra ante el Padre.

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