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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Juan nos recuerda que todos le hemos hecho promesas a Dios y no le hemos cumplido. Debemos aceptar que le hemos fallado a El, para apartar el egoísmo que es fermento de muerte en forma de catástrofes, problemas y tragedias.
Homilía abau004a, predicada en 20080113, con 17 min. y 27 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, el agua es un símbolo muy natural para hablar de la limpieza espiritual. Así como el agua sirve para lavar nuestros cuerpos, así también en muchas culturas y también en la época de Cristo, se utilizaba profusamente, el agua como señal de purificación, como señal de ablución, de limpieza. Unos grupos más que otros utilizaban esta agua. Por ejemplo, cuando los judíos iban al mercado, al volver a casa, siempre se lavaban, no por razones de bacterias o microorganismos, sino como una señal de querer dejar, fuera de ellos querer desprenderse, separar de ellos todo lo impuro que hubieran podido encontrar en ese mercado. También otro grupo llamados los esenios, un grupo religioso de la época de Juan y de la época de Cristo, también ellos utilizaban muchas abluciones, muchos bautismos, y a través de esas ceremonias querían buscar, querían significar la limpieza interior. Así que este lenguaje del agua y del baño purificador era bastante común en aquella época. Pero hay unos detalles en la misión de Juan llamado el Bautista, que atraen nuestra atención: él bautiza junto al río Jordán, este fue el río que los israelitas tuvieron que cruzar cuando ya iban a entrar en la tierra Prometida, Moisés los había guiado a través del desierto, y para ese último trayecto, para la entrada misma en la tierra Prometida; otro líder llamado Josué era el que estaba a cargo, pero Josué no se limitó a pasar por las aguas del Jordán. Hizo otras dos cosas. Primero, le preguntó a la gente si estaban dispuestos a ser fieles a la alianza que se había sellado en el Monte Sinaí. Les preguntó si ellos querían y si podían ser fieles a esa alianza. Y el pueblo contestó que sí. Pero Josué, con una desconfianza que provenía de su experiencia anterior, les volvió a preguntar. ¿Pero seguro que sí van a ser fieles? Y ahí, junto a las aguas del Jordán, el pueblo entero dijo que sí, que iban a ser fieles. Y entonces Josué repitió un milagro parecido a lo que hizo Moisés cuando habían salido de Egipto. Al salir de Egipto tuvieron que cruzar el Mar Rojo. Y sabemos, según el relato bíblico?, que un milagro aconteció porque Moisés golpeó las aguas y éstas se separaron. Y pudieron los israelitas pasar por tierra seca. El Jordán era un río de cierto caudal en aquella altura por donde el pueblo de Dios iba a entrar a la tierra prometida. Y Josué hizo un milagro parecido: también él separó esas aguas, y también los israelitas pasaron por tierra seca para entrar en aquello que Dios les había prometido. Pero la historia que siguió desde esa época, esa época fue más o menos el año mil, un poco más atrás, año como mil trescientos antes de Cristo. Durante esos mil trescientos años, entre la entrada en la tierra prometida y la llegada del Mesías, en esos mil trescientos años, el pueblo de Dios mostró que era muy bueno para prometer, pero muy malo para cumplir. Y yo creo que aquí empezamos a identificarnos con ese pueblo de Dios, porque también nosotros creo que somos muy buenos para prometer; pero cuando se trata de cumplirle a Dios nuestras promesas, especialmente en lo que tiene que ver en la fidelidad a su Alianza en la oración, en la gratitud, en la generosidad, en la compasión pues uno va viendo que a nosotros nos pasa lo mismo que a este pueblo. Nos gusta prometer, nos gusta hacer buenos propósitos. Cada primero de enero hacemos una cantidad de buenos propósitos y cada treinta y uno de diciembre decimos bueno, una buena parte no se cumplió. Por eso Juan Bautista quiere que esa ceremonia del bautismo se realice en el Jordán, en ese sitio, en el mismo sitio donde el pueblo había dicho: -sí, sí, sí, vamos a cumplir-, ahí donde le prometimos a Dios que íbamos a ser fieles; pero luego no lo fuimos. Ahí se paró Juan Bautista y frente a ese río, y frente a esas aguas y frente a esas piedras, recordó "Hemos prometido a Dios y no le hemos cumplido". Por eso estaba Juan ahí. Y el sentido del bautismo que realiza Juan en el Jordán es muy profundo. Resulta que este era un bautismo por inmersión. La gente se metía en el agua. ¿Y eso qué quiere decir? A ver, recordemos que los israelitas cruzaron el Jordán por tierra seca porque las aguas se habían separado. El agua para los israelitas es señal de vida, por supuesto, porque da vida a las cosechas y porque sacia la sed. Pero el agua también es señal de muerte. Los israelitas no eran, nunca fueron buenos navegantes, como por ejemplo los fenicios. Los israelitas le tenían bastante miedo al agua y miraban en el agua sobre todo esa capacidad destructora, devastadora, como aparece por ejemplo, en el relato del diluvio. Sumergirse en el agua es lo mismo que decir -esto es lo que yo merezco, yo merezco ser sepultado, lo que yo merezco, lo que yo me tengo ganado es la muerte-.-Lo que nosotros hemos estado buscando como pueblo, como cultura, es la muerte. Al darle la espalda a Dios, al servir a los ídolos, lo que hemos perseguido es la muerte. Lo que tenemos en nuestras manos son crímenes y muerte, y lo que yo merezco, por consiguiente, es morir-. De manera que el bautismo, incluso en el caso de Juan, no solamente era una purificación, sino que era una especie de declaración, de sentencia, era un juicio. Es el reconocimiento público de que como nación, como pueblo, le hemos dado la espalda a Dios y lo único que nosotros mereceríamos sería la destrucción, porque nosotros no hemos sido fieles a los mandamientos de vida que el Señor nos ha traído. Y aquí yo creo que viene una segunda conexión con nuestra propia cultura y con nuestro propio pueblo. Las injusticias especialmente sociales que cometemos, las injusticias contra los niños no nacidos que son asesinados, con tanta abundancia en tantas partes del mundo, donde es legal y donde es ilegal el aborto. La injusticia social, el crimen contra la vida, la destrucción de la familia, el orgullo, la vanidad, la dureza de alma que hemos venido acumulando. Todo eso es llamar a gritos a la muerte. Todo eso es atraer sobre nosotros catástrofe. Porque del egoísmo, el resentimiento, la vanidad, lo único que puede surgir es el odio fratricida y la muerte misma. Por eso lo que está haciendo Juan aquí, es llamando a la gente a que reconozca su verdadera condición. Juan es un gran profeta y está llamando a la gente a que caiga en la cuenta, de que ese comportamiento que han llevado, lo único que puede merecer, la única consecuencia que puede traer, es la catástrofe, es la muerte. Y en ese contexto aparece Jesús. Jesús no está confesando pecados personales. Pero observemos una cosa es que en realidad el objetivo principal de la misión de Juan no eran los pecados personales, como decir: dije una mentira o como decir, tuve un mal pensamiento. El objetivo central de la misión de Juan y por eso se parqueó ahí, junto al Jordán, es que el pueblo, el pueblo como tal, todos, todos, caigamos en cuenta que tenemos una responsabilidad, que todos como pueblo caigamos en cuenta, que le hemos dado la espalda a Dios, que caigamos en cuenta que los más pequeños de nuestra sociedad son los que más terminan sufriendo por la dureza de los que nos sentimos suficientemente acomodados, de los que nos sentimos suficientemente a salvo. Cuando muere gente de hambre en este planeta tierra, cuando muere gente por enfermedades que se podrían haber tratado, nosotros seguramente nos sentimos inocentes porque no hemos levantado un arma para dispararle a ese niño que se muere de hambre? Pero Juan está aquí para decirnos que todos nosotros, el tejido de nuestra sociedad, nosotros como pueblo, tenemos una responsabilidad y que si nosotros como pueblo volvemos hacia Dios, entonces no tendrán que seguir muriendo los más pequeños, los más pobres, los más inocentes. Viene Jesús y se acerca a donde Juan estaba bautizando. Juan reconoce su propia condición. Juan sabe sus propios límites, él sabe que tiene una misión muy importante, pero que él mismo se queda corto frente a todo lo que él mismo necesita. Y por eso le dice a Jesús: -Yo necesito ser bautizado por Ti-. Pero Jesús se une a ese movimiento de solidaridad y de arrepentimiento. Recibe el bautismo y junto con ese bautismo, la unción del Espíritu que hará de Él, el instrumento de nuestra salvación. Saliendo del bautismo, Jesús entra en oración en el desierto donde es tentado, y después empieza a predicar, y con su palabra, y con su plegaria, y con sus exorcismos, y con su testimonio magnífico de coherencia y de caridad, Jesucristo nos irá mostrando el camino de retorno hacia el Padre. Podemos decir que la misión de Juan Bautista fue despertarnos, hacernos caer en cuenta que ¡si! necesitamos ser salvados, que aunque parecemos buenos y estamos muy cómodos, tenemos que convertirnos todos. Hasta ahí llegaba Juan. Pero necesitamos a Jesús. Necesitamos la gracia de Jesús, porque de nada sirve reconocerse uno malo o culpable si se va a quedar ahí. Necesitamos la fuerza, necesitamos la guía que nos saque de esa condición y que nos lleve a la vida para la que fuimos creados. La vida para la que fuimos destinados, esa vida que nos muestra Jesús. Y por eso, a partir de su bautismo, Jesús inicia lo que nosotros llamamos su ministerio público, que tendrá la culminación en el momento de la cruz en donde son perdonadas nuestras culpas, donde somos absueltos de nuestros pecados y donde recibimos una vida nueva. ¿Qué podemos aplicar de esta fiesta para nuestra vida? Primero, yo pido a las familias. Pido a las familias, sobre todo a las familias con valores cristianos, enseñen a sus hijos, -que no son inocentes- mientras se estén destruyendo vidas humanas. Nadie puede considerarse inocente mientras estemos ahorrando esfuerzos, mientras estemos encerrados en nuestra comodidad y siga muriendo gente de hambre o de enfermedades que se podían haber curado, mientras se sigan cometiendo abortos. Nosotros, aunque no hayamos propiciado esos crímenes, tenemos una responsabilidad porque nos falta como pueblo ser ese tejido solidario que toca hasta los más pequeños y que levanta a los más pobres. Por favor, quitémonos esa idea, nosotros, los que venimos de familias católicas buenas, con principios, de Misa cada ocho días, quitémonos la idea de que somos buenos. Más bien pensemos que hay uno que es bueno y santo, que se llama Dios, y que todos nosotros somos siempre llamados a conversión. Hasta que no muera un niño más, de hambre, hasta que nadie tenga que tomar la justicia por su propia mano, hasta que no quede un solo secuestrado, hasta que no se vuelva a cometer un aborto más... Cuando eso suceda, cuando los bienes de esta tierra alcancen para todos y haya justicia para todos; y una sonrisa en todos los hogares? Ahí podremos pensar que el plan de Dios se está realizando. Si eso no sucede, alegrémonos de que hay buenos principios en nuestras casas, pero no pensemos que por eso somos buenos y somos inocentes. Creo que ese es el gran mensaje de Juan Bautista hoy. Y en segundo lugar, reconozcamos que esa clase de conversión, la que trae Jesucristo, esa clase de conversión, requiere una fuerza nueva: Es la fuerza del Espíritu. Hermanos, yo soy tan cómodo como ustedes o más cómodo que ustedes, y también yo disfruto quedándome tranquilo en mi cuarto, leyendo lo que me gusta o consultando mi correo electrónico, o viendo el programa de televisión que me encanta. Todos somos cómodos. El ser humano tiene una inercia según la cual una vez que se siente seguro en sus cuatro paredes, ya se olvida de todos los demás. Necesitamos el fuego, necesitamos la luz, necesitamos la fuerza del Espíritu para salir de esa comodidad y para descubrir que todavía hay demasiada tarea por hacer y que somos nosotros, los cristianos, los que tenemos que hacerla. Como decía un santo obispo, Dios hoy no tiene más ojos que tus ojos, ni más manos que tus manos, ni más corazón que el tuyo. Que venga entonces, en esta fiesta del bautismo del Señor, que venga esa gracia del Espíritu a sacudirnos, a despertarnos, a sacarnos de nuestro sofá cómodo delante de la televisión y a recordarnos que hay mucho amor para dar. Hay mucha luz para ofrecer y hay mucha tarea por hacer. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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