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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El Ungido del Padre.
Homilía abau002a, predicada en 19990110, con 11 min. y 39 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, esta fiesta del bautismo del Señor cierra el ciclo de Navidad. Tal vez muchos de nosotros ya no nos sentíamos en Navidad, porque ya han pasado varios días desde aquella noche del veinticinco de diciembre, porque hace ya también unos días que estábamos recordando la llegada de aquellos magos de Oriente a ver al Niño Jesús. Y eso es casi lo último que recordamos sobre la infancia de Cristo. De manera que no asociamos espontáneamente esta fiesta del bautismo con el tiempo de la Navidad. Y sin embargo, en esta fiesta, de algún modo se resume el sentido o la finalidad del nacimiento de Jesucristo. Y eso se nota desde el nombre que le damos, o mejor dicho, desde el nombre que el Padre le ha dado a Él. Antes de nacer Jesús. Dios dijo que ese iba a ser su nombre, Jesús. Pero nosotros lo llamamos Jesucristo. Y ese Cristo que nosotros le agregamos al Jesús no es un invento nuestro. Ese Cristo también lo ha pronunciado el Padre, porque la palabra Cristo significa en griego ungido, aquel que ha recibido la unción. Por eso la Navidad empezó con el nombre de Jesús. La Navidad termina con el nombre de Cristo, como quien dice el nombre de Jesucristo completa la Navidad, porque hoy es el día de la unción de Jesús. Hoy, en este día del bautismo, el que ya era Jesús empieza a ser Cristo. Hoy se completa su nombre y al completarse su nombre, hoy ese Jesucristo, tiene no solo la humanidad, sino la unción, no solo la carne, sino la misión, no solo un cuerpo, sino una tarea. No solo tiene en este momento su naturaleza humana, sino también el llamado, el camino para que esa naturaleza sea instrumento de su divinidad en orden a nuestra salvación. Es decir, que sin la fiesta del bautismo, sin esta fiesta que estamos celebrando, la Navidad quedaría incompleta. Ya alguno de los antiguos padres de la Iglesia decía que este bautismo de Cristo, en cierto sentido es como el nacimiento, es como el nacimiento de la misión, del camino, de la tarea de Jesús, y sabemos, en efecto, lo que sigue después del bautismo. Después de este día, Jesús, poseído, ungido por el Espíritu Santo, va al desierto en soledad, en oración, es tentado. Vence la tentación y con la misma fuerza del Espíritu que hoy vemos que lo ha ungido, empieza a hacer milagros. Predica, pero sus palabras, como luego lo diría San Pablo, no son sabiduría humana. Son palabras que, como dice la Carta a los Hebreos atraviesan, escrutan, llegan al corazón. Son palabras ungidas. No es un filósofo, no es un simple maestro, no es un pensador, no es un hombre genial. Es un hombre ungido, tiene algo de Dios, un poder de Dios, un amor de Dios, una unción de Dios. Y es esa unción de Dios la que penetra los corazones. Es esa unción la que hace que sus palabras transformen la vida de las personas. Es esta unción la que vemos hoy que está sucediendo. Esta unción es la que hace que cuando Jesús le dice a una persona "Sígueme." Esa persona siente su corazón terriblemente, fantásticamente enamorado. Y todos sabemos que lo único que tiene poder en el corazón humano es el amor. Jesús, en este día del bautismo, recibe la participación en su humanidad creada. Las palabras tienen que ser precisas hoy Jesús recibe la participación en su humanidad creada de toda la potencia, de toda la ternura, de toda la gracia, de todo el amor de Dios Padre. Porque esa es la comunicación del Espíritu Santo. Y por esa comunicación, por esa participación que San Juan Bautista decía que era sin medida, es decir, total, por esa participación total de la gracia del Espíritu Santo en la humanidad de Jesucristo. Él levanta a los muertos, perdona los pecados, cura a los enfermos, expulsa a los demonios y santifica con su oración, con su dolor y con su muerte, y con su resurrección la historia humana es la grandeza de esta fiesta. Hoy se ha completado el nombre de Jesucristo. Hoy sabemos que ese que nació en el pesebre no es Superman, ese que nació en el pesebre, no es un hombre que tuviera poderes especiales, no es un hombre que tuviera unos estudios especiales, no es un hombre que tuviera una inteligencia especial, no es un hombre que tuviera cualidades de concentración mental, como los maestros orientales, los gurúes o los que sean. Jesús no es un hombre que tenga un entrenamiento especial como pretende JJ Benítez o los que sean. Todas esas personas las que se imaginan a Cristo como un hombre con una capacidad de concentración, o con unos estudios, o con un entrenamiento, o con una fuerza mental, todos esos deberían estar en misa hoy aquí, aprendiendo que lo que hace especial a Jesucristo es que su humanidad es totalmente disponible al poder incalculable del Espíritu Santo. Y esto es una gran noticia, es una maravillosa noticia para todos nosotros. Si lo especial de Jesucristo fuera su concentración mental, como esos señores que doblan llaves, yo lo que no he visto nunca es que las enderecen, como esos señores que se concentran y se concentran hasta que doblan una llave. Si Jesús fuera uno de esos hombres. Resulta que yo, que nunca he podido doblar una llave de esas así; diría. ?Ah, bueno, que bueno para Cristo que tiene poder mental; pero yo no lo tengo; entonces yo no puedo hacer nada?. Si Jesús debiera su sabiduría, si Jesús estuviera en deuda por su sabiduría a avanzados estudios en las grandes universidades de la época que no existían, entonces yo que no he podido hacer esos grandes, esos grandes estudios en las grandes universidades, podría decir -no, pues bonito para Cristo, pero yo no puedo-. En fin, hermanos, al saber que todo lo especial de Cristo es el don del Espíritu Santo. Al comprender esto, entendemos que ese mismo Espíritu puede hacer en nosotros obras semejantes. Yo no estoy exagerando. Jesús mismo lo dijo en el Evangelio de San Juan "El que crea en mí, hará lo que yo hago. -Y dijo todavía otra cosa- El que crea en mí hará las obras que yo hago y aún mayores, porque yo me voy al Padre". Así dijo Cristo. O sea que el cristianismo no es una especie de gimnasio mental para lograr una especie de oración superconcentrada o lograr curaciones magnéticas. Eso no tiene nada que ver con la vida de Jesús. Lo que hay en Jesús no es una fuerza magnética, no es una concentración en su mente, ni es un problema de ondas cerebrales. Lo que hay es una Gracia fantástica, desbordante, irreprimible, irreversible, un amor incontenible que se ha vertido en Él por parte del Padre Celestial, para que todos nosotros tengamos vida en su nombre. Por esto dice la primera carta del Apóstol San Juan -para que vea que en la Biblia hay frases audaces-. Dice la primera carta del apóstol San Juan en algún sitio: ?Y como Él es, así somos nosotros en este mundo?. Esto quiere decir, mis amigos, que hoy se nos acabaron las disculpas. De hoy en adelante ya no tenemos disculpa. Porque estamos acostumbrados a decir "Sí, Jesús perdonaba a los enemigos, pero es que Él era Dios". Como quien dice: como Él nació de otra manera, como Él tenía otra naturaleza, como Él era distinto a mí; déjenme a mí con mis resentimientos, que yo no soy Dios. Se te acabó la disculpa. Ya no puedes decir eso. Jesús perdona a los enemigos, sana a los enfermos, expulsa los demonios, penetra con su palabra los corazones. No porque tenga ningún entrenamiento especial, ni porque esté hecho de otra pasta que nosotros. Cristo, Cristo, ese es Él. El Ungido del Padre. Y esa unción que el Padre le ha dado a Jesús, la unción que lo hizo Cristo es el don del Espíritu Santo. Y ese don del Espíritu no es solo para su Hijo, sino es para todos nosotros los que creemos en ese hijo. Si admitimos, si creemos en Jesús, y si invocando su nombre, pedimos el Espíritu, también nosotros recibimos esta unción. Y también Dios hace cosas maravillosas a través de nosotros, es decir, maravillosas a los ojos de este mundo. Lo que en realidad importa no es lo que el mundo diga si somos o no maravillosos, sino que el Padre Celestial pueda repetir en nosotros estas palabras; que Dios Padre lo pueda decir de ti y de mí cuando te unja con el Espíritu Santo. "Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo mi complacencia".

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