|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Frente a las falsas imágenes o las negaciones del Cielo, la Escritura nos enseña que la majestad del plan de Dios es la verdadera humanización y nuestra única plenitud posible.
Homilía aasc017a, predicada en 20230521, con 21 min. y 11 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos. Domingo de la Ascensión del Señor. Hablemos un poco del cielo. Vamos a presentar tres miradas que se han dado a lo largo de la historia con respecto al cielo y dos negaciones del cielo más o menos recientes. En la antigua Grecia, el cielo que ellos no usaban ese término, aunque sí había un Dios que era Urano. Y Uranós quiere decir cielo en griego. Pero el cielo para ellos era un lugar, un lugar físico que se situaba en los montes del Olimpo, donde estaban, pues Zeus, Hera, Hermes, donde vivían estos dioses que comían cosas deliciosas y bebían cosas muy sabrosas. La pasaban muy bien, pero también peleaban mucho. En ese cielo de los griegos era como un club selecto, una especie de élite que estaba al margen de nosotros, los seres humanos. De tal manera que cuando un humano llamado Prometeo se dio cuenta que en el cielo había una cosa maravillosa que se llamaba el fuego. Entonces Prometeo asaltó el cielo. ¡Ojo! A esa expresión, asaltó el cielo para robar el fuego. Eso no les gustó a los dioses, porque eran un club muy selecto, elitista. Y entonces castigaron horriblemente a Prometeo por toda la eternidad para que estuviera amarrado a una piedra mientras un pájaro le comía perpetuamente las entrañas. Así que el cielo de los griegos era un club para una élite. Un club bastante egoísta. Veamos otro modelo de cielo. Algunas personas, entre los cristianos, pero mayoritariamente en el mundo musulmán, imaginan el cielo como una especie de proyección del paraíso, es decir, un lugar absolutamente delicioso. Y dentro de la descripción del cielo musulmán, pues aparecen todo tipo de placeres. Así, por ejemplo, el musulmán que muere cumpliendo la voluntad de Alá, el musulmán, varón que muere cumpliendo la voluntad de Alá, recibe como recompensa 70 mujeres jóvenes, 70 vírgenes, para que disfrute sin parar. Es decir, que ese cielo es una especie de lugar de deleite sensual. El cielo de la antigua Grecia era el club de una élite. El cielo de este modelo musulmán es una fiesta de sensualidad. El cielo también se ha predicado a veces en la Iglesia Católica como una especie de consuelo para las muchas dolencias, sufrimientos e injusticias que tiene esta tierra. Entonces se le decía a la gente que sufría: -Aguante, resignese, ya vendrá el cielo-. Es decir, que esta tierra era un lugar más bien de padecimiento y de sufrimiento, porque después vendría el cielo. En parte, esa manera de pensar se apoyaba en una interpretación unilateral de una parábola del Evangelio, la de Lázaro y aquel rico que la pasaba muy bueno. Lázaro sufrió mucho en esta tierra. El rico la pasó muy bien en esta tierra, pero después de la muerte viene el cambiazo. Entonces ahora el pobre la va a pasar bien y al rico le va a ir mal. Así que si usted es pobre, aguántese. Si usted está sufriendo, resista que después vendrá el cielo. Aunque esa nunca fue la única predicación de toda la Iglesia, hay que reconocer que eso se difundió bastante. Y hay que reconocer que la Iglesia, lo mismo que toda institución que tiene una dimensión humana, ha estado sujeta a la ley del péndulo, de un extremo nos vamos usualmente al otro. Entonces vino después una de las formas de negación del cielo. Y eso me tocó a mí cuando yo estaba como estos jóvenes estudiantes de filosofía, de teología que tenemos en el convento. En mi época tenía mucha fuerza -La teología de la liberación- Y de lo que yo recuerdo de mis Estudios. El cielo siempre se miraba con desconfianza. Es decir, hablar del cielo parecía siempre un modo de huida de este mundo, un modo de espiritualismo. Algo así como no tomar en serio los problemas de la tierra para remitirnos únicamente a los gozos celestiales. Entonces, en ese modelo muy presente en la teología de la liberación, pues había una negación práctica del cielo en el sentido de que eso, pues prácticamente no se menciona, no se predica. Lo que hay que hacer es ocuparnos de que esta tierra sea más justa, de que en esta tierra haya mejores condiciones para todos y por eso la misión del cristiano se convierte en una especie de obra social, hasta el punto de que, como lo denunciaron en su momento el Papa Benedicto y el Papa Francisco, la Iglesia Católica pasa a ser vista como una especie de gigantesca ONG que se ocupa de mejorarle la vida a la gente. Así como el modelo de Lázaro y el ricachón mal interpretado conduce a la idea de que hay que sufrir en la tierra para gozar en el cielo. Así también este modelo que voy a llamar aquí liberacionista, pues lo que proponía era una interpretación de nuevo, unilateral de otro evangelio, el Evangelio donde Cristo dice: "Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber". Y las personas que realmente hicieron algo por aliviar a sus prójimos, esos son los que quedan para siempre con Cristo, mientras que los que se desentendieron del prójimo van a la condenación eterna. Si uno toma ese pasaje del evangelio y lo absolutiza, es decir, lo vuelve como único criterio para entender la escatología, es decir, las realidades últimas de la existencia humana, pues uno termina diciendo que lo único que importa es ser una especie de ONG y que la Iglesia tiene que ser medida únicamente con el criterio de ¿Qué tanto le mejora la vida a la gente en esta tierra? Por eso también en ese tiempo, que fue el tiempo de mi formación, era muy frecuente que se cambiara el Padrenuestro. Todavía se escucha por ahí de vez en cuando que cantan aquello de. . . -Padre nuestro, tú que estás en los que aman la verdad-. Y yo me acuerdo haber leído otras tres o cuatro versiones del Padre Nuestro. . . -Padre nuestro que estás en el que sufre, Padre nuestro, que estás en la naturaleza, Padre Nuestro. . . Se decía Padre nuestro que estás en cualquier lugar, pero se evitaba el cielo. Esa fue una negación práctica del cielo. Pero además de esa negación práctica del cielo que entró bastante en la Iglesia Católica, también hay otra negación del cielo en términos filosóficos y científicos. A veces esta negación proviene de una postura política al estilo de Marx que dice: -La religión es el opio del pueblo. Dejemos de embrutecer a la gente predicando con un más allá. Dejemos de domesticar a la gente con mensajes de docilidad-. Usted se da cuenta a qué modelo de cielo se oponía Marx. Y según esa postura de Marx, entonces hay que evitar todo lo que tenga que ver con el más allá. En la misma línea está aquella proclama vigorosa del filósofo Federico Nietzsche cuando dice: -Permaneced fieles a la tierra, déjense de estar hablando de cielos-. Para Nietzsche, el gran enemigo es Platón, que empezó hablando de que había un mundo sensible y un mundo de las ideas, y que el verdadero mundo era el mundo de las ideas. Entonces, según Nietzsche, nosotros los cristianos somos platónicos de bajo cociente intelectual, que como no alcanzamos a las profundidades de la filosofía. Pues entonces nos envuelven y nos engañan con relatos y con mitologías. Y esas mitologías y esos relatos pues son los del cielo. Y eso hay que acabar ya con eso. Lo único que importa es mejorar esta tierra. Otros toman una negación del cielo en una perspectiva diferente, usualmente por una mala interpretación o por una incapacidad interpretativa frente a lo que es la eternidad. Yo me he encontrado con un par de escritos de ateos. Usted sabe que hay una cosecha de ateos de bastante visibilidad, hoy, uno puede recordar, por ejemplo, a Christopher Hitchens, puede recordar a Sam Harris, a Daniel Dennett, a Richard Dawkins y a muchos otros, y varios de ellos plantean las cosas de esta manera: -Nada puede ser más torturante que una eternidad viva-, es decir, que uno esté vivo por la eternidad. Eso tiene que ser extremadamente aburrido, porque una vida interminable es una vida que finalmente cansa. Por supuesto, este tipo de personajes, han caído en un error fundamental que es pensar que la eternidad significa tiempo, como el tiempo que nosotros conocemos en esta tierra, pero prolongado indefinidamente. Y esa no es la eternidad. La teología católica no entiende la eternidad de esa manera. No es un tiempo indefinido, sino que es la superación del tiempo, algo que es bastante difícil de comprender para nuestra mente, pero que no porque sea difícil para nuestra mente, tenemos que negarlo. Bueno, como ustedes se dan cuenta, amigos queridos, hay distintas versiones del cielo y hay también distintas formas de negar el cielo. Mucho cristiano y mucho católico realmente vive al margen del cielo, es decir, vive pensando únicamente cómo va a ser feliz en esta tierra, asegurar lo de esta tierra. Y cuando esta vida se vuelva insoportable, pues mátenme o déjenme morir como yo quiera morir. Claramente en esa postura está una incapacidad de comprender a qué somos llamados con el cielo. ¿Qué nos dice la Escritura? Pues nos dice cantidad de cosas que no puedo yo resumir ahora, por supuesto. Pero permítanme recordar dos o tres elementos que nos ayudan a entender la belleza de esta fiesta en la que nos encontramos. Esta fiesta de la ascensión es algo absolutamente maravilloso. Por ejemplo, yo quiero volver a la oración de Jesús: -Padre nuestro que estás en el cielo. O, Padre nuestro Celestial- ¿Sería que Cristo, cuando dijo esa oración, nos estaba invitando a una especie de escapismo? ¡No! Si nosotros nos vamos, por ejemplo, al profeta Daniel, nos damos cuenta cómo sitúa la Biblia el cielo y la gloria del cielo. Efectivamente, lo que nos muestra el profeta Daniel y otros textos de la Escritura y que sin duda está en la base de lo que nos enseña Jesús, por ejemplo, al orar. Lo esencial que está ahí es que, los imperios de esta tierra suben y bajan, como dice el libro de la Sabiduría, también, por la codicia de los hombres, el imperio pasa de unas a otras manos-. Es decir, que lo propio del poder en esta tierra es la rapiña, la intriga, la envidia, la traición, la soberbia. Y entonces, cuando uno se pregunta si toda forma de poder es solamente esa secuencia interminable que nos lleva de un imperio a otro, como decir surge el imperio caldeo y lo derrota el imperio persa; surge el imperio persa y lo derrota el imperio macedonio; surge el imperio macedonio, o el imperio helenístico y lo derrota el Imperio Romano. ¿Eso es lo único? ¿Toda la vida será solamente eso? Subir ¿Y corromperse imperios? El profeta Daniel nos muestra que la majestad de Dios y el plan de Dios está por encima del subir y bajar de los imperios. Su trono permanece para siempre. El reinado de Dios no está sujeto a esas codicias. El plan de Dios, el verdadero plan de Dios, no está en el homenaje al ego de unos cuantos dictadores y gente que se adora a sí misma. El reinado de Dios es algo diferente. Y esa diferencia, ese modo de reinar Dios, eso es lo propio del cielo. O sea que frente a la inestabilidad perpetua de las cosas de esta tierra por el pecado humano, el cielo, lugar de Dios, es la expresión misma como la proyección misma de su plan y del poder más alto de su Majestad. Es decir, que cuando nosotros nos dirigimos al Padre que está en los cielos, estamos diciendo: -Tú estás, tú Dios, tú estás por encima de la derecha y la izquierda, conservadores y liberales, demócratas y republicanos, tories y laboristas. Tú estás por encima de eso. Tú eres el que reina desde siempre y para siempre. Tu plan está por encima de estos mezquinos planes nuestros-. Y por eso, cada vez que decimos el Padre Nuestro conectamos con ese Dios que está por encima de codicias y de envidias, y de intrigas y traiciones, para que nuestros corazones cada vez más sintonicen con Él. Por eso también decimos en el Padre Nuestro que se haga tu voluntad en esta tierra, como se hace en el Cielo. Es decir, que nosotros aprendamos de qué es lo que se vive en tu cielo, allí donde los ángeles de Dios son expresión de la verdadera obediencia y del verdadero amor. Entonces el ascenso de Cristo al cielo es algo maravilloso. Como dice San Agustín: "Cristo descendió del Padre por misericordia y nos lleva con Él a su gloria, por su gracia. Descendió por misericordia y nos sube con su gracia. Es decir, que ese cielo que en tiempos del profeta Daniel solo podíamos contemplar de lejos, casi como un ideal inalcanzable, ese cielo nos ha visitado en el corazón de Cristo, en la manera de amar de Cristo, en la manera de servir Cristo, en la manera de orar Cristo y finalmente en la gloria esplendorosa de Cristo que contemplamos en esta fiesta. Por eso esta es la fiesta de la gran esperanza. Esta es la fiesta para decir: -No estamos condenados al ciclo de las codicias humanas. Podemos conectar, debemos conectar cada vez más con ese modo de ser de Dios-. Y ese modo de ser de Dios es el que nos ha visitado en Cristo y es el que se hace presente en cada uno de nosotros con la fiesta que viene el próximo domingo, que es la fiesta de Pentecostés. Porque hermanos, y con esto terminamos, la gracia de Pentecostés es esa, que el cielo deje de ser para ti una cosa inalcanzable, imposible, ilusoria, tramposa, y el cielo empiece a ser para ti una realidad que visita tu corazón, que lo transforma, que cambia tu mente, que cambia tu manera de tratar a los demás de tal modo que efectivamente, como Iglesia tenemos que hacer mejor esta tierra. Pero nuestro proyecto, que es el proyecto de Cristo, no se queda en esta tierra. Bien dijo el Señor: "Me voy a prepararles un lugar". Y por eso tenemos que gastar nuestros días en lo que nos dijo Cristo hoy: "Vayan, -Enséñenle a la gente este modo de vivir-. Bautícenlos, cuéntenles todo lo que yo les he contado a ustedes". Nosotros, hermanos, por la gracia de Cristo, nosotros somos difusores de cielo. Quédese con esa frase: -Nosotros somos difusores de cielo-, con la gracia de Cristo y con el poder del Espíritu. Esa es nuestra vocación. Y que la gloria sea para Dios. Amén.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|