Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Hay episodios en la historia de la Iglesia que nos recuerdan como Cristo pone al servicio de sus elegidos los ejércitos del Cielo.

Homilía aasc014a, predicada en 20200524, con 12 min. y 44 seg.

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Transcripción:

Mis queridos amigos. Siempre me llamó la atención en este pasaje del Evangelio aquello que se dice que los discípulos, en esa aparición del Resucitado en Galilea, se postraron, pero dice algunos vacilaban. Es demasiado grande el misterio de Cristo, es demasiado grande su victoria y le cuesta trabajo al pequeñito corazón humano dilatarse para recibir un amor tan grande, para contemplar una belleza tan sublime, para esperar bienes tan grandes como los que el Señor ha querido traer a esta tierra. -Algunos vacilaban-, nos dice el Evangelio y quizás nosotros podemos vernos retratados en esa expresión. Quizás también nosotros hemos tenido momentos de vacilación.

Si el Señor es Señor, ¿Por qué pasa esto en mi familia? Si el Señor es Señor, ¿Por qué soy maltratado o excluido? Y Él guarda silencio. Si el Señor es Señor, ¿Por qué hay días en que mi corazón permanece distante y frío? Así que hay que dar gracias al Espíritu Santo por este versículo, porque en ese versículo muchos nos sentimos retratados. Pero hay algo más admirable todavía. Jesús resucitado, que todo lo ve, que todo lo conoce con una profundidad insondable, tuvo que darse cuenta de la vacilación que había en esos corazones, incluso si después, por una especie de respeto humano, dirían. . . -Pues yo me voy a postrar, sea porque sí o porque no, me voy a postrar-. Pero Dios ve el corazón y aún en algunos que estaban postrados, seguramente Cristo detectó esta clase de dudas, pero no los maltrató, no los excluyó, no quiso hacer de su Iglesia un lugar de perfectos, un lugar donde solo caben los que jamás han tenido dudas, los que nunca se han cansado, los que han permanecido fieles en toda circunstancia.

Si esa fuera la Iglesia, ¿Qué espacio quedaría para nosotros los pobres pecadores? ¿Qué espacio quedaría para los que hemos tenido momentos realmente difíciles? Cristo se dio cuenta de que eran frágiles, se dio cuenta de su cansancio, se dio cuenta del miedo que tenían por lo que se les podía venir encima. Y así, con todos esos miedos y vacilaciones, lo que hizo fue confirmarlos en la fe. Les habló con cariño de hermano mayor, con cariño, de verdadero Padre. Les dijo: "Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra". Esto es lo más bello mis amados hermanos, esto es lo más bello de la fiesta de la Ascensión. Tener la certeza de que Cristo tiene todo poder en el cielo y en la tierra.

Hermanos, no dejemos pasar esa frase. Pensemos por un momento en lo que eso significa: -Poder en el cielo-. ¿Qué quiere decir poder en el cielo? Quiere decir que todos los ejércitos celestiales, la multitud de los Santos Ángeles, está al servicio del mandato de Cristo. Cuando iban a apresar a Cristo allá en Getsemaní, el Señor dijo a Pedro: "¿No crees que yo podría llamar a mi Padre, y Él enviaría en mi socorro doce legiones de ángeles, doce ejércitos?". En aquella ocasión Cristo dijo: "Mi Padre mandaría doce legiones". Pero en cambio el texto de hoy dice: -Yo puedo mandar esas legiones-. Este es un día, entonces, para contemplar a Cristo que tiene en su poder todos los ejércitos del cielo, y estos ejércitos batallarán a nuestro favor.

Hay momentos en la historia de la Iglesia en que esos ejércitos se han hecho visibles. Un caso que se relata con mucho asombro es el de aquel santo Papa León Magno. El tiempo en el que él vivió el siglo quinto, sabemos que fue un siglo espantoso para la historia del Imperio Romano. De hecho, pocos años después del pontificado de León Magno, cayó definitivamente Roma en poder de los bárbaros. Y lo que quedó del Imperio romano de Occidente fueron más ruinas que otra cosa. Pero hubo un momento realmente impresionante y hay que recordarlo y hay que recordarlo hoy. Venía a arrasar la ciudad de Roma, aquel bárbaro hombre famoso por su capacidad de destrucción. Atila.

Y a las puertas de Roma salió a recibirlo nadie menos que el mismo Papa. Salió León Magno a recibirlo. Y observemos el contraste entre estos hombres. ¿Qué tenía Atila? Tenía a sus espaldas un ejército poderoso, sin ninguna clase de escrúpulos, con toda la capacidad de destrucción. Acostumbrados a quemar, violar, saquear, incendiar. ¿Y León Magno qué tenía? Visiblemente lo que pueden ver los ojos humanos. Lo único que tenía León Magno era algunos de sus clérigos que le acompañaban, seguramente algunos acólitos, unos cirios encendidos. ¡Qué encuentro tan desigual!

Y sin embargo, en un momento dado, Atila mostró gran turbación, como si estuviera viendo algo. Y, según cuentan algunas crónicas, no fue solo él, también algunos de los que iban con el Papa levantando sus ojos al cielo, pudieron ver ejércitos, ejércitos del cielo; que pocas veces se dejan ver. Se dejaron ver también el día de la Navidad, el día en que nació nuestro Señor, se dejaron ver ejércitos del cielo. Pues ese día, por la gran confianza, por la absoluta confianza de León Magno, que no dudó en aquello que le mandaba Dios, es decir, que saliera a enfrentar a este mafioso, a este criminal capaz de hacer cualquier cosa. ¿Ustedes creen, hermanos, que León Magno tenía alguna certeza de cómo iba a terminar su día? Cuando él se levantó aquella mañana para ir al encuentro de Atila, ¿Tenía él alguna certeza de que volvería con vida y podría dormir de nuevo en su cama?

Y sin embargo, se fió de Dios. Se fió de Cristo. Este Cristo que dice: "Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra". Y algunos no sólo Atila. Algunos vieron el inmenso ejército del cielo. Sí, mis hermanos. Hay que tener esa confianza. Hay que saber que es verdad lo que dice la Carta a los Romanos y que muchos citamos casi de memoria: "Todo concurre para el bien de los que Dios ama". Ahora te pregunto yo: ¿Cuál es tu Atila? ¿Cuál es ese problema al que le tienes tanto miedo? ¿Cuál es ese miedo que tiene tanto poder sobre ti? ¿Cuál es ese poder que pretende plantarse frente a Cristo resucitado? ¿Cuál es? ¿No será este el día? Día de victoria, día de Ascensión. . . ¿No será este el día? Para levantarnos y decir: -En Cristo pongo mi esperanza y salir al encuentro de Atila- Algo notable de esa entrevista es que León Magno no fue ni con gritos, ni con presunción, ni con ninguna clase de violencia.

Verdadero discípulo de aquel que dijo: "Soy manso y humilde de corazón". Así también León sabía en quién se apoyaba y aunque su nombre indica tanta fiereza, León Magno no se apoyó en sí mismo. Puso toda su confianza en el Señor y el Señor, el que vive en la gloria intercediendo por nosotros. Salió por su amado León Magno y salió por aquella comunidad. La comunidad de cristianos de Roma. Mis hermanos queridos, este es un día para poner toda nuestra esperanza en Aquél que está por encima de todo poder, principado por encima de todo gobierno. No solo hablo de los gobiernos civiles o políticos, hablo también de quienes gobiernan la economía, de quienes gobiernan la publicidad, de quienes gobiernan los medios de comunicación, de quienes gobiernan la opinión pública, de quienes gobiernan las multitudes.

Por encima de todos está mi Señor, tú Señor, nuestro Señor Jesucristo, porque se ha levantado, porque está más allá del alcance, está más allá de las pretensiones, está más allá de los engaños, está más allá de las estrategias de cualquiera, no solo de esta tierra, sino también de los cielos. Este es día de victoria. Este es día para poner nuestra confianza en el Señor. No es necesario rugir, aunque seamos leones, es necesario confiar y confiar en el Cordero degollado, en Aquél que ha recibido todo poder y gloria en los cielos y en la tierra.

Amén.

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