Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cristo con su ascenso prepara el descendimiento del Espíritu Santo.

Homilía aasc012a, predicada en 20170528, con 10 min. y 50 seg.

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Transcripción:

De una manera espontánea asociamos la solemnidad de la Ascensión del Señor con un final, el final de su presencia entre nosotros. Esa manera de ver las cosas coincide con lo que nos muestra la primera lectura. Los apóstoles quedan con sus ojos, mirando hacia el cielo, como el que ve la conclusión de un relato como el que llega al final de un camino. Pero las palabras de aquellos ángeles en la primera lectura y las palabras de Cristo cuando anuncia la llegada del Espíritu Santo, nos hacen ver la otra cara de esta hermosa solemnidad de hoy. Nos hacen ver que la Ascensión es en realidad un comienzo, o si somos más precisos, el verdadero comienzo.

Porque lo que Cristo ha venido a hacer. Su misión es restaurar el plan de Dios en nosotros. Habíamos perdido la ruta. Nos habíamos alejado por nuestra desobediencia. Y es la obediencia llena de amor y de dolor de Cristo. Es esa obediencia la que nos ha devuelto al camino. La Ascensión marca el volver a empezar el verdadero camino para cada uno de nosotros, el verdadero comienzo. Por eso también el Evangelio tomado del capítulo 28 de San Mateo nos pone en tónica de camino. Jesús, que echa a rodar la historia del pueblo creyente a través de la predicación de los apóstoles. Así que la primera idea que quisiera subrayar en este día es esa. La Ascensión ciertamente es un final en un sentido, pero sobre todo es un comienzo y se trata del verdadero comienzo.

Verdadero comienzo quiere decir que ahora sí podemos empezar. Quiere decir que ahora sí es posible la vida humana, que ahora sí podemos ser plenamente hijos de Dios. Ese es el primer pensamiento, la Ascensión como un comienzo. En segundo lugar, quisiera, en la misma línea que relacionáramos, este misterio de hoy con Pentecostés. Repito espontáneamente uno asocia la ascensión con resurrección, con la resurrección del Señor. Y está muy bien. Pero hay que conectar también esta fiesta con la gran solemnidad, que es el culmen de todo el tiempo pascual, es decir, la solemnidad de Pentecostés.

Vienen a la memoria las palabras que Cristo dijo después de la última Cena a los apóstoles, les dijo: "Os conviene que yo me vaya". Puede decirse que eso que dijo con palabras es lo que se cumple en la realidad de los hechos en la solemnidad de hoy. Cristo que se está yendo, "Os conviene que yo me vaya". Y en aquella ocasión, en la Última Cena, les dijo: "Conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Espíritu Santo". Hablando de esa manera, Jesús está conectando su partida con la llegada del Espíritu. O si hablamos en términos litúrgicos, la Solemnidad de la Ascensión con la Solemnidad de Pentecostés pidiendo ese auxilio del Espíritu.

Es bueno que nos preguntemos: ¿En qué consiste esa relación entre una cosa y otra? ¿Por qué hay una relación entre la partida de Cristo y la llegada del Espíritu? Con algo de reflexión podemos encontrar por lo menos tres relaciones, tres vínculos profundos. El primero, porque la partida de Cristo sucede a través de su pasión y el dolor de Cristo en su pasión. El dolor del inocente es capaz de romper nuestro corazón, así como su corazón se rompió en la cruz. Esto lo muestra el evangelista San Marcos, aquel centurión romano endurecido seguramente después de haber crucificado a mucha gente, de haber torturado a mucha gente, de haber oído todo tipo de exclamaciones, de dolor, de maldición, de rabia, de pánico. Ese hombre encallecido, sin embargo, queda conmovido cuando escucha el lamento, el grito último de Cristo al morir.

La voz de Cristo tiene la capacidad de penetrar ese callo espeso del centurión. Es capaz de llegar tan profundamente a su corazón que este hombre dice: "Verdaderamente éste era el Hijo de Dios". O sea que la manera como Cristo sale de esta tierra a través de su dolorosa pasión, abre una brecha, abre un camino en el corazón endurecido del ser humano. Y esa brecha es exactamente el espacio que el Espíritu Santo encuentra para llegar a nosotros. O sea que el dolor de la pasión que rompe nuestro corazón, lo deja vulnerable al amor, lo deja accesible al amor. Por eso, ese vínculo tan profundo entre la partida de Jesús y la llegada del Espíritu, que es un primer modo de relacionar las dos cosas.

El segundo modo lo encontramos en la Carta a los Hebreos. La carta a los Hebreos nos dice que el sacrificio de Cristo es el que completa y supera todos los sacrificios del antiguo templo de Jerusalén. De hecho, según la Carta a los Hebreos, el templo donde se ofrece el sacrificio, el templo donde Cristo presenta su sangre, no es el templo hecho por manos humanas, sino que es en el mismo cielo. De modo que Cristo en el cielo, con sus llagas frescas y con el valor infinito de su sangre. Es el gran argumento que grita misericordia a favor nuestro y a favor del mundo entero. Y es evidente que esa intercesión de Cristo es la que hace posible la efusión del amor compasivo de Dios, que se realiza especialmente a través de Pentecostés.

De modo que con su súplica en el cielo, Cristo hace realidad lo que nos cuenta el evangelista San Juan en esas conversaciones de la última Cena. "Si yo me voy, os enviaré al Paráclito". Y efectivamente, así sucede, porque la intercesión eficacísima de Cristo, al presentar su cuerpo degollado por amor, logra ese diluvio de misericordia, que es precisamente lo que sucede en Pentecostés. Y en tercer lugar, para relacionar la partida de Cristo y la llegada del Espíritu, recordemos unas palabras de San León Magno. Dice este gran Papa que al partir Cristo, como alejándose, en realidad se hace más cercano y se hace más cercano, porque enseña un modo de presencia que ya no nos abandona.

La condición corporal de Cristo, mientras estuvo en esta tierra podría parecernos más cercana, pero si lo pensamos bien, la misma realidad corporal del ser humano hace que solo se pueda estar cerca a muy pocas personas y en muy pocos lugares. En cambio, la ausencia corporal de Cristo nos invita a elevar la mirada y a encontrar otro tipo de presencia, que es la que precisamente da el Espíritu, como le dijo el Señor a Santa Catalina de Siena: -Cuando vino el Espíritu no vino solo, sino que vino con la poderosa presencia del Padre y la sapientísima presencia del Verbo-. De manera que la Ascensión, con la ausencia que causa, está preparándonos para otro modo de presencia.

Curiosamente, he escuchado a varias personas que han perdido familiares cercanos, que se yo, la esposa, la mamá, incluso un hijo, y les he oído a algunas personas decir que por ejemplo tenían la mamá en otro lugar, en otro país, en otra ciudad, y la sentían necesariamente lejana por esa distancia, pero después de fallecida, de algún modo la sienten más presente. Esto no es superstición ni hay que caer en unanimismo. Es la elevación de nuestro espíritu que se da cuenta que la presencia más perfecta no se da simplemente a través del cuerpo.

Así que este era el segundo pensamiento que quería compartir. Cómo a través de la Ascensión, realmente nos estamos preparando para Pentecostés. Que la inmensa bondad del amor de Dios que se hace presente en cada Eucaristía haga posible en nosotros, haga realidad en nosotros la riqueza de esta fiesta tan hermosa, y nos prepare también para la efusión del Espíritu, de modo que se cumpla lo que dijo San Pablo en su carta a los Romanos El amor, el amor de Dios, ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.

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