Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Nuestra imaginación necesita ser redimida. Esta fiesta de la Ascensión nos invita a levantar la esperanza a la altura del Cristo Resucitado y victorioso.

Homilía aasc009a, predicada en 20110605, con 11 min. y 2 seg.

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Transcripción:

Nosotros le damos muchos nombres a Jesucristo. Lo llamamos Buen Pastor, lo llamamos Redentor, Salvador, Hijo de Dios. Entre esos títulos que describen la vida y la misión de Cristo, hoy me llama la atención el nombre de Redentor, porque redentor es el que redime. Y redimir significa comprar, adquirir. ¿Cómo así? Pues mira, la historia es que cuando una persona ha sido secuestrada por los enemigos y le ponen un precio porque está secuestrada, hay que pagar ese precio para rescatar a la persona y eso es lo que significa redención.

Así, por ejemplo, hay órdenes religiosas como la de los mercedarios, que nacieron precisamente para la redención de los cautivos. Los religiosos mercedarios cumplían ese piadoso deber, esa obra de caridad. Es decir, que si secuestraban algún cristiano, pues entonces ellos buscaban recurso para rescatarlo, para redimirlo. Incluso entre los mercedarios había un voto especial que les hacía comprometerse para poner incluso su propia vida si fuera necesario, con tal de rescatar la vida de los cristianos. Pues Jesús es nuestro Redentor, dice el Apóstol San Pedro que Él nos compró, que Él nos adquirió a gran precio, porque el precio pagado fue el precio de su propia sangre. Nosotros somos de Cristo, nosotros le pertenecemos.

Él nos adquirió con ese amor inmenso, con ese precio tan alto, el precio de su sangre. Y si Cristo es Redentor, quiere decir que todo en nosotros, los que nos consideramos pueblo suyo, todo en nosotros ha sido tocado, sanado y rescatado por Él. Esta introducción la digo para que descubramos que Jesús tiene que ver con todo en nuestra vida, tiene que ver con nuestro cuerpo, que ha de ser santo, tiene que ver con nuestro corazón, que tiene que ser como una casa donde Él pueda vivir. Tiene que ver con nuestros sueños, nuestros proyectos donde Él quiere estar presente. Jesús quiere reinar en todo lo que nosotros somos, hacemos y decimos.

Es grande el misterio de la fe cristiana, de todo eso donde Jesús quiere estar presente. Esta fiesta de la Ascensión nos invita a considerar nada menos y nada más que la imaginación. Resulta que nuestra imaginación también tiene que ser redimida, también tiene que ser tomada por Cristo, también ahí en nuestra imaginación, Jesús tiene que plantar el estandarte de su cruz y tiene que reclamar como suya esa parte de nuestra mente y de nuestra vida. La verdad es que esta fiesta de la Ascensión se podría llamar una esperanza mejor, porque lo que hace Jesús en la fiesta de la Ascensión es elevar nuestra esperanza, elevar lo mejor de nuestros sueños.

A veces me parece que en nuestra época pecamos por soñar demasiado bajo. Y nosotros fuimos creados para soñar y para aspirar a lo más alto. Yo creo que la primera lectura de hoy nos ayuda a entender lo que estoy tratando de decir. Cuando Cristo resucitado se aparece a los apóstoles, la pregunta que ellos le hacen es ésta: "Señor, ¿Es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel? Es decir, que los apóstoles tenían un sueño, tenían un deseo, y lo más grande que ellos se alcanzaban a imaginar es que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos y, por consiguiente, vencedor de la muerte. Ahora era un general invencible. Era un rey victorioso que iba a darle la soberanía a Israel. Se ve que el gran sueño que esta gente tenía era ese, recuperar su independencia.

Estaban realmente cansados, estaban fastidiados de los romanos, que eran los que tenían el poder. En esa época el Imperio Romano había plantado con fuerza sus sandalias sobre Palestina y los tenía humillados y los tenía cansados. Estaban aburridos y fastidiados de los romanos y sobre todo, tenían una gran nostalgia. Conservaban el recuerdo de la época gloriosa del reinado de David. Cuando Cristo en el evangelio predica el reino de Dios cuando predica que llegan los tiempos de Dios. Lo que la gente seguramente le entendía, era como si Cristo estuviera diciéndoles: -Va a volver esa época hermosa, inolvidable, maravillosa de David-. Eso era lo que ellos recordaban. Eso era lo que tenían presente en su mente. Y entonces esa era su imaginación.

Y estaban tan aferrados a ese sueño que incluso viendo a Cristo resucitado, no parece maravillarles tanto el hecho de que haya vencido a la muerte, sino que ahora dicen Llegó el tiempo de vencer a los romanos. Estaban tan obsesionados con vencer a los romanos que casi que no les importa la resurrección del Señor, sino lo que quieren es que de una buena vez se salga esa gente, se vaya lejos, Que desaparezcan. Hasta ahí. Hasta ese punto llegaba el sueño de ellos. Ellos no eran capaces de soñar una cosa más alta. Ese era el tope. Eso era lo más grande que se les ocurría. Porque resulta que la Biblia tiene un recuerdo muy hermoso del tiempo de David. Así, por ejemplo, en el Salmo ciento cuarenta y siete encontramos frases como estas: "Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios, Sión ha puesto paz en tus fronteras y te sacia con flor de harina".

Poner paz en las fronteras quiere decir que los enemigos, están a raya, están allá lejos. El Señor te sacia con flor de harina, quiere decir que la abundancia de las bendiciones de Dios cae sobre nosotros. Y eso es lo que la gente recordaba del tiempo de David. Todo bajo control, seguridad, estabilidad y por otra parte, prosperidad y buena vida. Ese era el recuerdo que quedaba de David y la gente anhelaba ese tiempo de David y eso era lo mejor que alcanzaban a imaginar. Hasta ahí llegaba. Ese era el tope de sus sueños. Pero ahora viene Jesús y quiere levantar ese sueño infinitamente más. Dice la carta a los Efesios: -Dios es capaz de darnos mucho más de lo que podemos pensar o imaginar-. Eso se cumple en la fiesta de la Ascensión.

Cristo les dice: -Miren, ustedes no se preocupen de eso. Lo que viene ahora es mejor, es la promesa del Padre. Pidan el Espíritu Santo, quédense en Jerusalén, oren, oren, oren, Pidan la fuerza del Espíritu-. Indicándoles así que lo que viene es infinitamente mejor. En efecto, con el don del Espíritu Santo no se iba a lograr menos, sino el cumplimiento del querer compasivo y generoso de Dios en nuestras vidas. Bueno, ¿Cómo aplicamos esta fiesta a nosotros? Pues resulta que también nosotros tenemos nuestros propios sueños y aspiraciones, y hoy lo que tenemos que hacer es presentarle a Dios esos sueños.

¿Quién de nosotros no tiene aspiraciones? Habrá quien diga: -Yo quiero ser un gran profesional o un gran político; habrá quien diga, yo quiero tener una buena empresa o yo quiero trabajar mucho, o viajar mucho, o yo quiero pasar una vida deliciosa, una vida placentera, descansada, segura-. Pues toma esos sueños tuyos y ponlos en las manos de Cristo. Cristo que asciende a los cielos y pídele al Señor que tus sueños sean todavía más altos, que tus aspiraciones sean todavía mejores. Porque eso es lo que significa finalmente la palabra cielo. La palabra cielo es algo que alude a una plenitud que está más allá de lo que podemos imaginar o pensar.

Pidamos al Señor que mejore nuestros sueños, porque a veces estamos demasiado pegados a la tierra. A veces únicamente nos importan las cosas de esta tierra, que tener buen dinero, que tener buenas vacaciones, que pasarla bien con los amigos. Esas cosas no están mal, pero pidamos a Dios que nos eleve un poco más, que nos lleve a esas otras bondades y realidades como las de Domingo Henares, esas otras realidades como las de los santos, esa dulce amistad con Cristo, esa presencia del Reino en nuestros corazones y en nuestras vidas.

Amén.

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