Juan en Aldún (9 de 20)

9. Mateo en Aldún

Lo último que esperaba Joaquín ese cierto día era encontrarse a Mateo; mucho menos encontrárselo en el estado desastroso en que lo vio llegar: pálido, literalmente muriendo de hambre, con solo pedazos de ropa y los ojos muy hundidos en las cuencas.

Apenas Mateo pudo hablar Joaquín entendió que ahora más que nunca tenían que ser los amigos que un día habían querido ser. Mientras le ayudaba a llegar a la casa, Mateo decía fragmentos de frases, como retratando en palabras desarticuladas el dolor físico y emocional que había tenido que vivir en esas dos semanas trágicas. Joaquín lo oía con respeto y afecto, pero le exhortaba suavemente a callar y reservar sus fuerzas. Dando tumbos Mateo logró llegar a la casa materna. Lágrimas asomaron a sus ojos, sobre todo cuando pudo abrazar a la mamá: “¡Pensé que ya no te volvería a ver!” dijeron los dos a coro sin ponerse de acuerdo.

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Juan en Aldún (8 de 20)

8. Conversación de Pareja

No se puede decir que Landulfo quisiera a Ariadna: la veneraba. Veamos y escuchemos, si no, a esta pareja en la intimidad de su casa. Una lámpara arde en la habitación y un lecho inmenso lo ocupa casi todo. Sin embargo, a un lado queda espacio suficiente para la colección de unturas, cremas, lociones y fórmulas con que Ariadna cuida su preciosa piel. Dónde y cómo ha conseguido todas esas cosas es pregunta que nadie podría responder: hay centenares de recipientes de vidrio, cajas pequeñas, receptáculos de madera, olletas ridículamente pequeñas, cajas metálicas más grandes, vasos de cerámica y como de porcelana, aromas traídos de lejanas tierras… Nada de extraño que ella necesite media mañana para decidir cómo vestirse, qué untarse, cómo adornarse, qué perfume ponerse. Todo en ella es hermoso; su sueño es ser perfecta, ser simple y perfectamente bella en todo su cuerpo, como esas esculturas que conoció en Grecia siendo más joven, por la época en que decidió darse el nombre de Ariadna, porque esa fue decisión de ella y de nadie más.

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Juan en Aldún (7 de 20)

7. Mateo, Capturado

Mateo despertó con un dolor de cabeza salvaje. Sentía la boca como una teja y todo le daba vueltas. Pero el mundo estaba bien atado a él o él al mundo, porque unas cuerdas gruesas lo mantenían sujeto a una tabla larga. Los hombros eran un solo dolor porque las manos estaban atadas por detrás de la tabla, que estaba sostenida sobre una especie de caballetes. No sentía los pies tampoco, pues también ellos estaban amarrados en incomodísima posición por debajo de la misma tabla. Lo único amable de ese despertar fue el rostro de Ariadna, la mujer que de algún modo le había salvado la vida.

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Juan en Aldún (6 de 20)

6. Las Crónicas

Hay coincidencias que nadie podría explicar. Exactamente el mismo día en que aquella delicada mujer detenía con su “Desine!” a su esposo iracundo, Juan aprendía en su nueva y cada vez más cómoda casa qué significaba “desinere.”

Mientras aquellos desdichados jóvenes llegaban a tan violento y sangriento final, Juan estudiaba el texto del salmo 36: “desine ab ira et derelinque furorem.” Después de tantos meses de leer textos y textos en latín ya nuestro hombre estaba claro sobre el significado de un buen número de palabras. Se le ocurrió que sería buena idea hacer un libro en el que aparecieran todas las palabras del latín con su significado en aldunense y todas las del aldunense con su significado en latín. Sin embargo, no emprendió la obra.

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