St. Martin de Porres (4 of 9)

Without Love I Am Nothing

  1. “This is how everyone will know that you are my disciples, if you have love for one another” (John 13,35). “This is my commandment: that you love one another as I have loved you. No one shows greater love than when he lays down his life for his friends” (John 15,12-13).
  2. “If I speak in the tongues of humans and angels but have no love, I have become a reverberating gong or a clashing cymbal. If I have the gift of prophecy and can understand all secrets and every form of knowledge, and if I have absolute faith so as to move mountains but have no love, I am nothing. Even if I give away all that I have and surrender my body so that I may boast but have no love, I get nothing out of it” (1 Corinthians 13,1-3).
  3. “A religion that is pure and stainless in the sight of God the Father is this: to take care of orphans and widows in their suffering, and to keep oneself unstained by the world” (James 1,27).

Martin of Charity

  1. Among the many titles and nicknames St. Martin got during his lifetime, the one that stuck the most is “Martin of Charity.” He was remembered especially for his complete selfishness, his incredible generosity, and the kindness of his way of treating everybody. Charity became a second nature in the poor Lay Brother, who was a true sign of bounty for all kind of people. In the midst of a harsh environment, with so much violence around his peaceful smile was a great relief for many, who would never forget him.
  2. We would consider his charity and self-denial as extreme. It is said that when his priory was in debt, he implored them: “I am only a poor mulatto. Sell me. I am the property of the Order. Sell me.” It is also well known how much he pushed his health and human forces to the extreme, so that more than once his Superiors had to intervene to lessen his tireless self-giving to all, especially to the poor and sick.
  3. Martin did his best with whatever means he could get striving to do every work of mercy. He spent his whole life as a barber, farm laborer, almoner, and infirmarian among other things. His love was all-embracing, shown both to humans and to animals, including vermin, and he maintained a cats and dogs hospital at his sister’s house.

What We Can Learn from St. Martin To-day

  1. Nowadays, when we hear that “Love is powerful,” I suppose we think firstly of passionate or romantic love. People would regard love as a blind force that is able to overcome all sort of difficulties and survive in extreme circumstances. However, the face of love that Martin, like many other Saints, has depicted is not linked to the immediate and vain gratification of flame but with the lasting warmth and healthy purification of true charity. I suspect many people would do well learning a bit less about new ways of pleasure, and caring a bit more about Love, with capital L.
  2. Christian love is today as necessary as always. Not far ago we had before our eyes the beautiful example of Mother Theresa of Calcuta, another great saint so devoted to serve the poor and destitutes. She has become an icon for a whole generation. Love is actual, it is always well received because it is so badly needed.
  3. Notwithstanding that, we must bear in mind what the apostle teaches us: “Love consists in this: not that we loved God, but that He loved us and sent His Son to be the propitiation for our sins” (1 John 4,10). It is not a matter of heroism; it is a matter of giving permission to God to work freely within us. St. Catherine of Siena used to say: “When the soul sees itself so loved, it cannot avoid committing itself to love.” The short way to love is accepting God’s love.

Por qué hay que oponerse a la pena de muerte para Saddam Hussein

La extrema crueldad y la fría planificación de sus crímenes horroriza el alma. Estamos ante un hombre que impedía a los parientes hacer luto por un fallecido pues el luto por un enemigo del gobierno era considerado una señal de rebelión contra el gobierno, y por lo tanto podía ser castigado con cárcel, tortura o lo que considerara el tirano. Decenas de fosas sin nombre, que sólo aparecerán con los años, contienen el testimonio de una sevicia sistemática que en su silencio grita clamando justicia. Todos los errores de los Estados Unidos en esta guerra no pueden hacernos equivocar en una cosa: Hussein pertenece al tenebroso club de los déspotas ávidos de sangre humana; es uno de esos seres que desafían el sentido de la palabra “humanidad.”

Y sin embargo, es inoportuno y torpe condenarlo a muerte. Me siento orgulloso de mi Iglesia Católica que pronto se ha pronunciado para decir palabras como estas: “no se pude pagar un crimen con otro crimen.” Por boca del Cardenal Renato Martino, Presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz, quien evocó la enseñanza de Juan Pablo II al respecto, nuestra Iglesia ha recordado que las sociedades actuales cuentan con los medios para evitar que un convicto vuelva a delinquir y “no hay necesidad de la pena capital”.

Pero además de las razones teológicas y éticas en contra de la pena de muerte hay numerosas razones prácticas que hablan en su contra. He aquí lo que sucederá si el derrocado presidente de Iraq es ejecutado.
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Cinco Minutos de Sensatez, cap. 9

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Austin

Camina despacio y tiene Alzheimer.
Ya lo sabe, y sus ojos tienen el aspecto de una perpetua despedida.
Austin sabe que su propio ser le huye.
Cada día desconoce un poco más de lo que ahora es.
Cada día, lo último que recuerda de sí mismo está más lejos.

Pero no hay amargura en su mirada.
Se aferra a lo esencial.
Sonríe si se equivoca; pide ayuda con frecuencia.
Si recuerda un buen chiste no duda en contarlo.
Convive con su propia perplejidad; ha hospedado sin rencor al absurdo.

Hoy se me humedecieron los ojos.
El pobre viejo se ve angustiado: no sabe dónde dejó el bastón.
Pocas cosas le acompañan tanto como ese recio bastón.
¿De qué sirve un bastón firme que ya no está?
Como tanteando el aire camina por el convento, y de pronto me lo encuentro.

Me pregunta por su bastón; es su angustia en este momento.
Los ojos reflejan grave preocupación: sin el bastón su movilidad se reducirá aún más.
Suspendo lo que estoy haciendo.
Nada me importa; sólo sé que él necesita su bastón.
Intento imaginar dónde lo ha dejado; subo, bajo, y no acierto a encontrarlo.

Mientras busco frenético, el hombre se aleja.
Anochece, es avanzado el otoño, y entre las sombras, Austin se me aleja.
Va camino de su habitación sujetando el aire, pidiendo permiso a la tarde.
No se acuerda de mí, ni recuerda que yo busco su bastón.
Pero le hace falta, le hace mucha falta, y se me parte el alma.

Pido a Dios que me ilumine, y mi plegaria es escuchada.
Colgando de una caneca, camino de uno de los baños, está el bendito bastón.
Llevo mi trofeo a la habitación de Austin.
Está de pie y mira por la ventana.
Luego me mira, sonríe y agradece. Pero sé que no sabe cómo me llamo.

Agarra su bastón como un niño su juguete.
“Haz una lista de los tontos,” me dice.
“Ponme de primero en esa lista,” agrega.
Siento dolor de que se maltrate y le digo muy serio:
“Eso no lo digas nunca, Austin.”

Entonces sonríe y se corrige, como un niño recién regañado.
Me repite que está agradecido.
Le repito que no ha sido nada.
Levanta la mano y me bendice en latín. Creo que no recuerda la bendición en inglés.
Y me voy llorando porque Cristo me ha bendecido.