El Concilio Vaticano II, cuarenta años después (1)

Desde el descontento hasta la gratitud

El 8 de diciembre de 1965 tuvo lugar la clausura del Concilio Vaticano II, sin duda el acontecimiento eclesial de mayor impacto en el siglo XX. Cuarenta años después la discusión sobre sus intenciones, logros y deficiencias es amplia y algunas veces agria. No es difícil encontrar posturas divergentes, que van desde el descontento hasta la gratitud. Hay quienes piensan que apenas se avanzó un poco, aunque en la dirección correcta, y hay quienes piensan que sólo un milagro puede salvar a la Iglesia de los desmanes de aquella época. Algunos hablan como si la Iglesia hubiera empezado a existir hace 40 años y otros creen que la Iglesia, la verdadera, existió sólo hasta el comienzo del Concilio.

La discusión no es menos intensa si se piensa en las realidades actuales. Para algunos, el Papa Juan Pablo II es el adalid y verdadero intérprete del Concilio; otros dirán que él consumó la “traición” a la tradición, y otros que traicionó el “espíritu” del Concilio. Especialmente esta última expresión es bastante socorrida por esta época aquí en Europa: para muchos el Papa Benedicto viene a ser el sepulturero de ese “espíritu,” pues las consignas esenciales de colegialidad, subsidiaredad, comunión y participación están siendo relegadas bajo montañas de leyes, rúbricas, disciplina y manuales.

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Mientras haya Vida…

Aunque Henri Matisse tenía casi veintiocho años menos que Auguste Renoir, los dos grandes artistas eran íntimos amigos y compañeros frecuentes. Estando Renoir confinado en su casa, en su última década de vida, Matisse lo visitaba a diario. Su amigo, casi paralizado por la artritis, continuaba pintando a pesar de la enfermedad.

Un día, al ver que el anciano pintor trabajaba en su estudio, combatiendo el torturante dolor con cada pincelada, Matisse dijo: “¿Por qué sigues pintando si sufres tanto, Auguste?” Renoir respondió con estas simples palabras: “La belleza perdura, el dolor pasa.”

Y así, casi hasta el día de su muerte, Renoir siguió aplicando pintura a sus telas. Las bañistas, una de sus pinturas más famosas, quedó terminada apenas dos años antes de su fallecimiento y cuando llevaba catorce afectado por esa enfermedad incapacitante.

La Pequeña Astilla de Porcelana

Mi madre solía pedirme a menudo que pusiera la mesa con la “porcelana buena”. Como esto sucedía con mucha frecuencia, nunca me pregunté por qué lo hacía en esas ocasiones. Suponía que era simplemente un deseo suyo, un capricho momentáneo, y hacía lo que ella me pedía.

Una noche, mientras ponía la mesa, llegó inesperadamente Marge, una vecina. Llamó a la puerta y mamá, ocupada en la cocina, le gritó que pasara. Marge entró en la inmensa cocina y, al ver la mesa puesta con tanta elegancia, observó:

-Oh, veo que tienen visitas. Vendré en otro momento. De todos modos, tendría que haber avisado antes.

-No, no, está bien -respondió mi madre-. No esperamos a nadie.

-Bueno -dijo Marge con expresión confundida-, ¿por qué sacaron entonces la porcelana buena? Yo uso mi juego bueno sólo dos veces al año, a lo sumo.

-Porque preparé la comida favorita de mi familia -respondió mamá sonriendo-. Si ponemos la mesa con lo mejor que tenemos para invitados especiales y gente de afuera cuando vienen a comer, ¿por qué no para la familia? No se me ocurre nadie más especial.

-Bueno, sí, pero se te va romper este juego tan lindo de porcelana -respondió Marge, sin comprender todavía el valor que mi madre asignaba al hecho de estimar a su familia de esa manera.

-Oh, bueno, unas cuantas astillas en la porcelana son un precio muy bajo por la forma en que nos sentimos cada vez que nos reunimos a la mesa en familia, usando estos lindísimos platos -dijo mamá como al descuido-. Además -agregó, con un guiño infantil-, cada pieza astillada tiene ahora una historia para contar, ¿no?

Miró a Marge como si una mujer con dos hijos adultos tuviera que saberlo. Luego caminó hasta el armario y sacó un plato. Sosteniéndolo, dijo:

-¿Ves esta astilla? Yo tenía diecisiete años cuando se produjo. Nunca me olvidaré de ese día. El tono de su voz bajó; parecía estar recordando otra época.

-Un día de otoño, mis hermanos necesitaban ayuda para levantar las últimas parvas (mies tendida en la era) de la temporada, para lo cual contrataron a un hombre apuesto, joven y fuerte. Mi madre me había pedido que fuera al gallinero a buscar huevos frescos. Fue entonces cuando vi al nuevo ayudante. Me detuve y observé durante un momento cómo levantaba esos fardos grandes y pesados de pasto verde y los cargaba sobre su hombro, para luego arrojarlos sin esfuerzo sobre la parva. Les digo que era un hombre muy guapo: delgado, de cintura estrecha, brazos fuertes y el pelo abundante y brillante. Seguramente intuyó mi presencia, porque estando a punto de lanzar un fardo, se detuvo, se dio vuelta, me miró y se limitó a sonreír. ¡Era tan increíblemente buen mozo! -dijo mamá lentamente, mientras pasaba un dedo por el borde de la bandeja, y le daba unos golpecitos suaves-. Bueno, supongo que a mis hermanos les caía bien ya que lo invitaron a comer con nosotros. Cuando mi hermano mayor le dijo que se sentara junto a mí en la mesa, casi me muero. Se imaginan lo incómoda que me sentía, sabiendo que me había visto parada observándolo. Y ahora estaba sentada a su lado. Su presencia me ponía tan nerviosa, que tenía la lengua como trabada y lo único que hacía era mirar para abajo.

De pronto, al tomar conciencia de que estaba contando una historia en presencia de su hija y de la vecina, mamá se puso colorada y apresuró el fin del relato.

-La cosa es que él me pasó su plato y me pidió que le sirviera. Yo estaba tan alterada que tenía las palmas húmedas y las manos me temblaban. Cuando tomé su plato, se me resbaló, se golpeó contra la cacerola y se astilló.

-Bueno -dijo Marge, para nada conmovida con la historia de mi madre-, yo diría que suena como un recuerdo que es preferible olvidar.

-Al contrario -replicó mi madre-. Al año me casé con ese hombre maravilloso. Y hasta el día de hoy, cuando veo ese plato, me acuerdo con alegría del día que lo conocí.

Con cuidado, volvió a poner el plato en el armario detrás de los otros, en un lugar especial y, al ver que yo la miraba, me hizo un guiño.

Consciente de que la apasionada historia que acababa de contar no le despertaba a Marge sentimientos de ningún tipo, tomó rápidamente otro plato, esta vez uno que se había roto y había sido pegado cuidadosamente, con pequeñas gotas de cola esparcidas en costuras bastante desparejas.

-Este plato se rompió el día que volvimos del hospital con Mark, nuestro hijo recién nacido -dijo mamá-. ¡Qué día más frío! Tratando de ayudar, a mi hija de seis años se le cayó al suelo cuando lo llevaba al fregadero. Al principio me enojé, pero me dije a mí misma: “Es sólo un plato roto y no voy a permitir que esto altere la felicidad que sentimos al recibir a este bebé en la familia”. Por otra parte, recuerdo que todos nos divertimos mucho con los diversos intentos que hicimos por recomponer el plato.

Yo estaba segura de que mi madre tenía otras historias para contar sobre ese juego de porcelana.

Pasaron varios días y no podía olvidarme de aquel primer plato que nos mostró. Era especial, aunque más no fuera porque mamá lo había guardado con mucho cuidado detrás de los otros. Ese plato me intrigaba y todo el tiempo me daban vuelta ideas por la cabeza.

A los pocos días, mamá fue a la ciudad a hacer compras. Como siempre cuando iba, me quedé a cargo de los demás chicos. En el momento en que el auto se perdió de vista en el camino, hice lo que siempre hacía durante los primeros diez minutos después de su partida. Corrí al cuarto de mis padres (cosa que tenía prohibida), tomé una silla, abrí el cajón superior de la cómoda y revisé su interior como tantas otras veces. En el fondo del cajón, junto a ropa interior suave y muy perfumada, había un alhajero cuadrado de madera. Lo saqué y lo abrí. Estaban los objetos de siempre: el anillo de rubí que le había dejado a mamá Hilda, su tía favorita; un par de delicados aros de perla que el marido de la madre de mi mamá le había regalado el día de su casamiento; y el anillo de compromiso de mi madre, que muchas veces se quitaba cuando ayudaba a papá en los trabajos al aire libre.

Una vez más, fascinada por estos preciosos tesoros, hice lo que toda niña desearía hacer: me probé todo, llenando mi mente con gloriosas imágenes de lo que para mí significaba ser una mujer adulta y bella como mi madre y poseer objetos tan exquisitos. No veía la hora de tener edad suficiente para manejar mi propio cajón y poder decirles a otros que no lo tocaran.

Ese día no me demoré mucho en esos pensamientos. Quité el terciopelo rojo que separaba las joyas depositadas en la cajita de madera de una astilla de porcelana blanca de aspecto nada extraordinario, hasta ese momento totalmente insignificante para mí. Saqué la astilla de la caja, la sostuve a la luz para examinarlo con más atención y, llevada por mi intuición, corrí al armario de la cocina, empujé una silla, trepé y bajé el plato. Tal como lo había imaginado, la astilla -tan cuidadosamente guardada junto a las únicas tres valiosas pertenencias de mi madre- correspondía al plato que había roto el día en que puso los ojos en mi padre.

Con más prudencia y respeto, repuse con mucho cuidado la sagrada astilla en su lugar junto a las joyas y la tela que la protegía. Ahora sabía a ciencia cierta que ese juego de porcelana guardaba para mi madre una serie de historias de amor sobre su familia, pero ninguna tan memorable como la que le había legado aquel plato en especial. Con esa astilla empezó una historia de amor que actualmente va por el capítulo 53; ¡mis padres llevan cincuenta y tres años de casados!

Una de mis hermanas le preguntó a mi mamá si alguna vez el anillo antiguo de rubí podía ser de ella, y mi otra hermana reclamó los aros de perlas de la abuela. Quiero que mis hermanas tengan esas bellas herencias de familia. En cuanto a mí, bueno, me gustaría conservar aquello que simboliza el comienzo de la extraordinaria vida de amor de una mujer extraordinaria. Querría guardar esa pequeña astilla.

Juan 3,16

En la ciudad de Chicago, una noche de invierno soplaba un fuerte viento.Un niñito vendía periódicos en un rincón, tratando de guarecerse del frío inclemente. Realmente, no vendía mucho, lo que intentaba era no congelarse de frío. Vió a un policía, se le acercó y le preguntó:

“Señor, sabrá usted de algún refugio donde un niño pueda dormir esta noche? Normalmente duermo en una caja de cartón que guardo en el callejón, pero es que esta noche hace demasiado frío y me gustaría estar en un lugar cálido”.

El policía miró al chico y le dijo:

“Baja por esta calle, hasta una casa blanca, toca la puerta y cuando te abran solamente di: Juan 3,16″ y te dejarán pasar.”

El niño obedeció, llegó a la casa y tocó a la puerta. Una gentil señora abrió la puerta, el niño la miró y le dijo: “Juan 3,16”. La señora le contestó: “Pasa hijo mío. Lo toma de la mano y lo sienta en una mecedora cerca de una vieja chimenea que estaba encendida. La señora sale de la habitación y el chico piensa por un breve instante:

La verdad es que no entiendo Juan 3,16, pero en verdad puede hacer que un chico se caliente en una noche fría. Al rato, la señora regresa y le pregunta al chico:

“Quisieras comer?” El chico responde:

“Un pancito no me vendría mal, hace días que no como y no me vendría nada mal un poco de pan”. La señora tomó al niño de la mano, lo llevó a la cocina y lo sentó en una mesa llena de exquisitos manjares. El chico comió y comió hasta que ya no pudo más y entonces pensó: la verdad es que no entiendo a Juan 3,16, pero es seguro que llena un estómago hambriento.

Al terminar, la señora tomó al chico de la mano y lo llevó al baño, donde lo esperaba una tina llena agua tibia y olorosas burbujas. Mientras el chico se sumergía en la tina, pensaba: La verdad es que ahora menos entiendo a Juan 3,16, pero ya sé que éste puede dejar bien limpio a un chico sucio. En verdad yo nunca había tomado un baño de verdad, en toda mi vida. El único que recuerdo fue la vez que me metí debajo del hidrante de los bomberos, un día que éstos lo abrieron y dejaron caer el agua por la calle.

La señora regresó por el chico, lo llevó a una habitación, lo vistió con un pijama y lo acostó en una inmensa cama con una almohada de plumas. Lo cubrió con una espesa colcha, lo besó y le deseó dulces sueños, apagó la luz y salió. El chico, bien abrigado en la cama veía, a través de la ventana, la nieve caer y pensó: la verdad es que Juan 3,16 puede hacer que un chico cansado pueda descansar.

La mañana siguiente, la señora regresó con ropa limpia y lo llevó ante la misma mesa de la noche anterior, llena de ricos manjares para el desayuno. Después de comer, la señora lo sentó en la misma mecedora de la noche anterior y tomó en sus manos una vieja Biblia. Se sentó frente a él, le miró a los ojos y con una dulce voz le dijo:

“Entiendes a Juan 3,16?” “No señora, anoche fue la primera vez en mi vida que oí sobre él, cuando el policía me dijo que se lo dijera a usted”.

La señora abrió la Biblia, la abrió en Juan 3,16 y comenzó a explicarle acerca de Jesús. Ahí, frente a esa vieja chimenea, el chico entregó su corazón y su vida a Jesús, al tiempo que pensaba: Juan 3,16, quizá no lo entienda, pero hace que un chico perdido se sienta seguro, se sienta amado.

Saben? Yo tampoco lo entiendo: cómo fue que Dios estuvo dispuesto a mandar a su único hijo a morir por mi, y cómo fue que Jesús estuvo dispuesto a ello. No comprendo la agonía del Padre y de toda la Corte Celestial al presenciar el sufrimiento de la pasión y muerte de Jesús. No entiendo la intensidad del AMOR de Jesús por MI, que lo mantuvo en su camino hacia la cruz hasta el fin. Yo no lo entiendo, pero de lo que sí estoy seguro, es de que hace que esta vida valga la pena vivirla y que nuestra misión debe ser cumplida.

Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su hijo único, para que todo aquel que cree en EL no se pierda, sino que tenga vida eterna.

Juan 3,16