¿Qué hacer cuando los niños interrumpen continuamente las conversaciones de los adultos?

Consejos para evitar que los niños interrumpan en momentos inadecuados

¿Alguna vez los niños te interrumpen mientras estás hablando con otros adultos y no paran de molestarte hasta que no les haces caso? Después, es probable que lo que tenían que decirte no fuese muy importante para ti, pero para ellos sí lo era y por eso querían que les escuchases a toda costa. Generalmente suele estar provocado por una falta de paciencia o por el deseo de llamar la atención de los adultos.

Normalmente los niños suelen interrumpir a los adultos desde que tienen los 3 años y hasta los 6 aproximadamente, pero es necesario saber qué hacer al respecto cuando esto ocurre para que los niños dejen de tener ese mal hábito y que poco a poco, sean capaces de regular su conducta.

Cuando un niño no para de interrumpir mientras el adulto está hablando, es probable que el adulto acabe poniéndose nervioso (mientras el niño grita cada vez más fuerte para que le presten atención) y acaba dando una voz para que el niño se calle. Esta no es la solución, el sentimiento del niño puede ser desgarrador ante una situación de este tipo.

Los niños necesitan sentirse queridos, apoyados, escuchados y valorados, para ello es necesario enseñarles que aunque el adulto esté conversando con otra persona, están ahí y les escucharán cuando la conversación llegue a su fin.

1. Una forma de conseguirlo es parar la conversación con el adulto, bajarse a la altura del niño y decirle mirándole a los ojos: ‘Ahora estoy hablando con (el nombre de la persona), cuando acabe podrás decirme lo que quieras, mientras debes esperar unos minutos’. Y en cuanto acabes la conversación con el adulto, recuérdale al niño que te diga lo que tenía en mente, así se sentirá valorado y podrá esperar su turno la próxima vez.

2. En caso de que el niño no se quede contento con esto, una manera de que sepa que estás ahí y que le escucharás cuando acabes la conversación es poniendo una mano en su hombro para que se sienta reconocido en todo momento y después volverse hacia él y hablar sobre lo que el pequeño tenía en mente.

3. Por último, si un niño es muy impaciente e interrumpe constantemente, se le puede decir que cuando tenga algo que decir, tendrá que poner su mano en la muñeca del adulto como señal de que quiere decir algo, pero deberá esperar. Así el adulto sabrá que quiere decir algo (porque ambos así lo habrán acordado anteriormente) y le atenderá cuanto acabe de hablar.

Estas tres formas son muy respetuosas con el niño y también con el adulto con el que se está conversando. El niño sólo necesitará esperar unos minutos para que acabes la conversación o para que puedas hacer una pausa y escuchar al niño dándole plena atención. Pero por supuesto, para que un niño no interrumpa deberá tener un buen modelo a seguir y el adulto deberá hacer excepciones en caso de emergencia.

[Tomado de guiainfantil.com]

Cambios en la educación

Hola fray Nelson, me gustaría, si puede, que me diera su concepto sobre la educación post industrial. – S.V.R.

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En mi opinión, los dos últimos siglos han traído profundos cambios a la educación. La revolución industrial orientó el saber científico hacia la técnica y el conjunto del saber humano hacia la ciencia, como vehículo privilegiado de comprensión y sobre todo de transformación del mundo. De un modo continuo ello ha conducido a una valoración creciente, hasta ser excesiva, de las matemáticas y la ingeniería por encima del conocimiento que brota de otras preguntas, las que atañen al ser humano en cuanto tal, o al sentido de su vida y sus esfuerzos.

Pero después de la revolución industrial vino otra revolución, más profunda, en la que estamos completamente inmersos, y que ha recibido varios nombres: era de la información, “tercera ola,”llegada de la gran “singularidad,” y otros más. Lo característico de este tiempo es que, sobre la base de los procesos automatizados propios de la revolución del siglo XIX, el procesamiento de la información, convertid en impulsos eléctricos digitales, revierte y realimenta a los procesos mismos de la tecnología que le dio origen.

Esta circularidad trae como consecuencia una aceleración incontenible en todas las áreas de la actividad humana susceptibles de ser transmitidas y procesadas digitalmente. Para quienes consideran que TODO lo humano puede digitalizarse, la consecuencia es inmediata: tarde o temprano la inteligencia alcanzará sus cumbres más altas dentro de los procesadores automatizados. A esto se llama la gran singularidad o “singularidad tecnológica,” término que tiene historia desde John von Neumann pero que ha sido popularizado por Ray Kurzweil. ¿Qué tipo de educación necesitará la Humanidad cuando tengamos certeza de que las mejores decisiones las toman algoritmos extrahumanos?

Por otro lado, está la cuestión filosófica de si todo conocimiento es susceptible de ser sometido a digitalización y a algoritmización. En contra de quienes van en la línea de la singularidad tecnológica, es perfectamente posible que las preguntas más relevantes, y las que marquen el sentido mismo de la presencia de los seres humanos en el universo, no provengan de procesos automatizados, ni siquiera en el sentido más amplio y laxo de ese término—es lo que consideran autores como Steven Pinker o Jaron Lanier. Es posible, y es la opinión que yo mismo suscribo, que lo propiamente humano está exactamente en aquello que somos pero que no es codificable precisamente porque es siempre capaz de cuestionar todo modo de codificación. Si esta hipótesis es correcta, entonces la pregunta para la educación es: ¿Cómo preservar y cultivar lo ma´s propiamente humano, para beneficio de todo el hombre y de todos los hombres, en una sociedad con inmensa capacidad de automatización?

¿Calmas a los niños con un celular o tablet?

“Una golosina e incluso un juguete parecen ser buenas opciones, sin embargo, ¿qué pasa con aquellos padres que optan por prestarles el celular o la Tablet? Para aquellos padres que piensan que el darles un aparato electrónico es la solución, les tengo una simple sugerencia: ¡dejen de hacerlo inmediatamente!”

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¿Inculcar una moral es lavar el cerebro?

Muchos piensan que inculcar a una persona unos principios morales preestablecidos es un modo de lavarle el cerebro. Dicen que lo mejor es que cada uno vaya sacando de su experiencia personal sus propios criterios morales.

Entiendo que lavar el cerebro a una persona consiste en disminuir su capacidad de juzgar razonadamente. Pero educar a las personas para desarrollar el hábito de ser veraces, o generosas, o justas, o respetuosas con los demás, no puede decirse que atente contra su capacidad de tomar decisiones razonables. Es justamente al revés. Los buenos hábitos morales refuerzan la capacidad de juzgar razonablemente.

Por el contrario, cuando faltan los hábitos morales resulta más fácil que se extravíe la razón. Fue Lenin quien dijo aquello de que “si queremos dominar a un pueblo, antes corromperemos su moralidad”. (A. Aguiló)