Testimonio de fe y de perdón de la familia de la víctima del «asesino de Facebook»

Steve Stephens ha sido durante estos días uno de los hombres más buscados en Estados Unidos después de que matase a sangre fría a Robert Godwin, un anciano de 74 años, al que eligió al azar y cuyo asesinato grabó en vídeo y subió a Facebook. Con miles de agentes persiguiéndole, el asesino finalmente se suicidó este martes.

El autor de este terrible crimen responsabilizaba a su novia de todo los asesinatos que pudiera cometer por el daño que le había hecho e incluso quiso que este anciano repitiese el nombre de la chica antes de dispararle.

Testimonio de fe de la familia de la víctima

En medio de la conmoción ante lo vivido estos días en Estados Unidos en un suceso que ha tenido repercusión mundial ha llamado poderosamente la atención el impresionante testimonio de fe de la familia de Godwin, que en una entrevista en directo habló abiertamente de Dios y del perdón.

Robert Godwin fue asesinado precisamente el día de Pascua tras celebrar esta fiesta con sus hijos con una comida. Tenía 74 años, nueve hijos vivos, 14 nietos y varios bisnietos y murió cuando volvía a casa andando por las calles de Cleveland mientras recogía latas del suelo, algo que solía hacer a menudo.

Sus últimas palabras

Las últimas palabras que dijo a su familia al salir de su casa fueron: “Disfrutad de la Pascua”.

En directo en la CNN, los hijos de Robert dieron un ejemplo a todo el país sobre cómo el odio no debe apoderarse de uno ante una situación tan dramática como esta. Su hija Tonya afirmaba que su padre les enseñó siempre a través del ejemplo de su vida a perdonar y no tener en cuenta el mal.

El perdón al asesino de su padre

“La cosa más importante que nos dejó mi padre fue lo que nos enseñó acerca de Dios. Cómo temer a Dios. Como amar a Dios. Y cómo perdonar”, dijo una compungida hija.

De este modo, un día después del asesinato y uno antes de que se suicidada, la familia afirmó ante millones de espectadores sobrecogidos por este crimen que “cada uno de nosotros perdona al asesino”.

“Dios lo ama”

Durante la entrevista con Anderson Cooper, el entrevistador les preguntó si querían decir algo al asesino, en ese momento todavía fugado y así contestó su hijo Debbie: “Creo en Dios y le pido que me conceda la gracia de incluso abrazar a este hombre”.

El asesino se acabó suicidando pero la familia de la víctima pidió que se entregara y que se dejara ayudar

“Es así como está mi corazón, esto es lo correcto. Y por lo tanto, yo sólo querría que él sepa que incluso estando en la peor situación, él es amado, que Dios lo ama, incluso a pesar de las cosas malas que le ha hecho a mi padre, a pesar de que va a tener que pasar por muchas cosas para mejorar, vale la pena confiar en Él. Mientras haya vida, también hay esperanza para él”, afirmó.

“No tengo ningún odio en mi corazón”

Pese al dolor que rodea a la familia, los hijos de Robert Godwin aseguraron sentir pena por el asesino. “Puedo decir sinceramente que en este momento no tengo ningún odio en mi corazón hacia este hombre. Sé que es una persona enferma”, dijo Debbie ante las cámaras.

Constató que puede perdonar así únicamente por su fe en Dios. “No podría hacer esto si no conociera a Dios y si no fuera mi Dios y salvador yo no podría perdonar a este hombre”, concluyó.

De practicar abortos a dirigir la mayor clínica provida en Virginia

“Era un reconocido médico abortista en Virginia (Estados Unidos). No tenía escrúpulos a la hora de acabar con la vida de los recién nacidos. Sin embargo, la vida de John Bruchalski dio un giro de 180º grados durante un viaje a Guadalupe (México) cuando experimentó una conversión religiosa…”

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Humildad, oración y penitencia

Oración y penitencia

Cuando le preguntaron al Beato Pedro de San José qué es orar, respondió que «estar en la presencia de Dios», y lo explicó más: «Estarse todo el día y la noche alabando a Dios, amando a Dios, obrando por Dios, comunicando con Dios». Eso es lo que él hacía, y por eso una vez que, a pleno sol, le dijeron por qué no se cubría, dijo: «Bien está sin sombrero quien está en la presencia de Dios».

Además de esa oración continua, que en él era la fundamental, los rezos del Hermano Pedro eran los más elementales, padrenuestros y avemarías, salves y rosarios incesantes, además de la misa, los novenarios y otras devociones. Las noches y el alba eran sus tiempos preferidos para la oración, pues apenas dormía, y durante el día practicaba como hemos visto una oración continua. En sus frecuentes itinerarios de limosnero o al visitar enfermos, entraba muchas veces en los templos para honrar al Santísimo y a la Virgen María. En su oración repetía en ocasiones versos de su invención, como éste: «Concédeme, buen Señor, / fe, esperanza y caridad, / y pues sois tan poderoso / una profunda humildad / y antes y después de aquesto / que haga vuestra voluntad».

Con tan simples escalas, el Hermano Pedro ascendió a las más altas cumbres de la oración contemplativa, en la que no raramente quedaba extático. Así una noche, en que estaba hablando con el hermano Nicolás de Santa María de temas espirituales, quedó suspenso en mitad de la plaza durante una hora, con los brazos alzados…

Por lo que se refiere a sus penitencias, el Beato Pedro era hermano espiritual de un Antonio de Roa o de un San Pedro de Alcántara. Enseñado ya de niño por sus padres en Tenerife, practicó siempre en Guatemala increíbles ayunos, que fueron crecientes. En catorce años no se le vió emplear cama ni mesa, ni abrigarse con mantas. Vestía un tosco sayal por fuera, y una áspera túnica interior de cáñamo, que se ceñía al cuerpo con cordeles. Así andaba todo el día, sirviendo y rezando aquí y allá. Para «engañar el sueño», como él decía, ponía a veces los dos puños, uno sobre otro, contra una pared y, de pie o de rodillas, apoyaba en ellos la cabeza un rato. Su director espiritual, el padre Lobo, decía que el mero hecho de que el Hermano Pedro se conservase vivo era ya un milagro continuado.

Siendo obrero-estudiante, como vimos, hizo en 1654 promesa de darse «cinco mil y tantos azotes» en honor de la Pasión de Cristo. En realidad, según fue él mismo apuntando, los azotes de ese año sumaron 8.472. Y ya en el Hospital de Belén siguió con sus disciplinas cada día, que se aplicaba en un mínimo oratorio en el que nadie entraba -«la sala de armas», como él decía-. En aquella tinajera hizo Pedro pintar dos escenas de la Pasión del Señor, con San Juan y la Dolorosa.

Por otra parte, aunque el Beato Pedro apreció mucho la mortificación voluntaria, todavía tuvo en más estima el valor santificante de las penas de la vida, y así lo enseñaba a sus hermanos:

«Vale más una pequeña cruz, un dolorcito, una pena o congoja o enfermedad que Dios envía, que los ayunos, disciplinas, cilicios, penitencias y mortificaciones que nosotros hacemos, si se lleva por Dios lo que el Señor concede». Y daba esta razón: «Porque en lo que nosotros hacemos y tomamos por nuestra mano, va envuelto nuestro propio querer; pero lo que Dios envía, si lo admitimos como de su mano con resignación y humildad, allí está la voluntad de Dios y, en nuestra conformidad con ella, nuestro logro y ganancia».

El humilde mendigo

La humildad del Beato Pedro era absoluta. Su norma era: «Confiar en Dios y desconfiar de mí». Por eso no hizo cosa privada importante sin consultar al confesor, ni nada público sin sujetarse a obediencia. Nunca desdeñó tampoco el consejo de los personajes más despreciados, como Marquitos, pensando que sus cosas personales no merecían más altos consejeros. No le gustaba cubrir su cabeza, ni que le llamaran señor, y prefería sentarse en el suelo.

Una vez el prior de los dominicos, que no le conocía sino de oídas, quiso ponerle a prueba, y en un encuentro trató de avergonzarle con toda clase de acusaciones y reproches, llamándole «hipocritón y embustero engañamundos», y diciéndole que más le valía trabajar y dejarse de rarezas. La humildad de Pedro, cabizbajo, en la respuesta fue tan sincera, -«¡qué bien dice mi Padre, y cómo me ha conocido!»-, que el prior quedó emocionado, y abrazándole le dijo: «Mire, Hermano Pedro, que desde hoy somos amigos y hermanos».

Nunca se vio afectado el Hermano Pedro de respetos humanos, y no se le daba nada ir por las calles descalzo y vestido de sayal, pidiendo limosna aquí y allá, cargando con sus bolsas y talegas, o llevando al hombro maderos o la olla de comida para sus necesitados. Para la edificación del Hospital y para el sostenimiento de enfermos y convalecientes, el Hermano Pedro acudía con toda sencillez a la mendicidad. Iba pidiendo de puerta en puerta, sin que nunca las negativas le hicieran perder la sonrisa. Por lo demás, tanto su bondad apacible como su fuerza persuasiva, movían el corazón de los cristianos, de modo que las ayudas fueron siempre creciendo, y el Hospital pudo terminarse con sorprendente rapidez.

La humildad absoluta ante Dios y ante los hombres, la humildad tanto en el modo de ser como en el modo de realizar las obras de asistencia y apostolado, fue siempre la característica fundamental del Hermano Pedro, que supo infundirla desde el primer momento en sus hermanos: «Nosotros, los de Belén, les decía, debemos estar debajo de los pies de todos y andar arrastrándonos por el suelo como las escobas».


El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.