2. Mi Presencia En Tu Vida

2.1. Desde luego, no me he sentido digno de imaginar siquiera una amistad tan estrecha con un ser tan santo como es un Ángel. He dudado, y en medio de mis dudas me ha sorprendido la voz discreta, firme y fluida de él.

2.2. No imagines que mi presencia en tu vida es respuesta a tus méritos. Más bien puedes decir que soy una señal de cuánto conoce Dios tus necesidades. Pero no estoy así cerca de ti en razón de ti. Tu vocación hace que Dios te haya injertado profundamente en el Corazón de su Divino Hijo. Así como los ojos de Cristo son la mirada de Dios para el mundo y luceros de bendición sobre todo cuanto contemplan, así tus ojos, unidos por la gracia indestructible del sacramento del Orden a los ojos de Cristo, quieren ser transformados con la fuerza de la bendición que brota de Dios Padre. Te amo, pues, no sólo pensando en ti y en tu salvación eterna, que ya es motivo más que suficiente, sino pensando en las gracias y dones que a través de tu humanidad ungida Dios otorgará al mundo por los méritos de su Único y Divino Hijo.
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1. La Fuerza De Nuestra Unidad

1.1. He invocado el Espíritu Santo y he meditado con amor en la enseñanza de la Santa Iglesia sobre nuestros hermanos en la gracia y la gloria, los Santos Ángeles. Y he sentido fluir en mi mente palabras sabias y bellas que aquí transcribo.

1.2. Has de saber que aquello que tiene su fundamento en Dios tiene verdadera raíz y verdadero cimiento. Él es el único Fuerte, y sólo tiene fortaleza quien se apoya en Él. Piensa entonces cuánto es el amor que une mi vida a tu vida, puesto que ha sido Él, nuestro Divino Hacedor, el que ha querido unirnos. La fuerza de nuestra unidad tiene su comienzo en el único que es fuente de toda Fuerza, cuyo Nombre es invencible. Por eso puedes confiar en mí, porque la fuerza que me une a ti no tiene su origen en mí sino en Dios.

1.3. Ha pasado mucho tiempo. En cierto modo has perdido mucho tiempo por no aceptar con tu corazón y con tu mente mi presencia en tu vida. Un día Dios te va a conceder dolor por ese tiempo desperdiciado. Ese dolor, como todos los que Dios inspira en el alma arrepentida, es un acto de su amor en ti, porque te va a permitir, con la fuerza de amor que acompaña a ese mismo dolor, recibir en tu alma gracias abundantes que de otro modo habrían quedado simplemente perdidas por no haber sido recibidas.
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