Tres Rosas para Maria

1. Detalles de hijos

Este rato de conversación delante del Señor, en el que hemos meditado sobre la devoción y el cariño a la Madre suya y nuestra, puede pues, terminar reavivando nuestra fe. Está comenzando el mes de mayo. El Señor quiere de nosotros que no desaprovechemos esta ocasión de crecer en su Amor a través del trato con su Madre. Que cada día sepamos tener con Ella esos detalles de hijos —cosas pequeñas, atenciones delicadas—, que se van haciendo grandes realidades de santidad personal y de apostolado, es decir, de empeño constante por contribuir a la salvación que Cristo ha venido a traer al mundo. (Es Cristo que pasa, 149, 5).

2. Nos enseña a ser hijos

Porque María es Madre, su devoción nos enseña a ser hijos: a querer de verdad, sin medida; a ser sencillos, sin esas complicaciones que nacen del egoísmo de pensar sólo en nosotros; a estar alegres, sabiendo que nada puede destruir nuestra esperanza. El principio del camino que lleva a la locura del amor de Dios es un confiado amor a María Santísima. Así lo escribí hace ya muchos años, en el prólogo a unos comentarios al santo rosario, y desde entonces he vuelto a comprobar muchas veces la verdad de esas palabras. No voy a hacer aquí muchos razonamientos con el fin de glosar esa idea: os invito más bien a que hagáis la experiencia, a que lo descubráis por vosotros mismos, tratando amorosamente a María, abriéndole vuestro corazón, confiándole vuestras alegrías y vuestra penas, pidiéndole que os ayude a conocer y a seguir a Jesús. (Es Cristo que pasa, 143).

3.Rosario de amores

En nuestras relaciones con Nuestra Madre del Cielo hay también esas normas de piedad filial, que son el cauce de nuestro comportamiento habitual con Ella. Muchos cristianos hacen propia la costumbre antigua del escapulario; o han adquirido el hábito de saludar —no hace falta la palabra, el pensamiento basta— las imágenes de María que hay en todo hogar cristiano o que adornan las calles de tantas ciudades; o viven esa oración maravillosa que es el santo rosario, en el que el alma no se cansa de decir siempre las mismas cosas, como no se cansan los enamorados cuando se quieren, y en el que se aprende a revivir los momentos centrales de la vida del Señor; o acostumbran dedicar a la Señora un día de la semana —precisamente este mismo en que estamos ahora reunidos: el sábado—, ofreciéndole alguna pequeña delicadeza y meditando más especialmente en su maternidad. (Es Cristo que pasa, 142, 6).

Por: San José María Escrivá de Balaguer

María, Modelo Eucarístico

Vivir la misa en actitud mariana constituye para las familias jóvenes la catequesis mariana más bella y mejor lograda. Efectivamente, se dan cuenta de que una fuerte experiencia eucarística tiene necesidad de la presencia discreta, pero obligada, de María; más aún, tiene necesidad de que cada cristiano pase a través de todas las fases del misterio mariano asumiendo la actitud mariana típicamente femenina como constitutivo normal de su “situarse frente a Dios” para dar gracias. Solamente la persona pobre, abierta a Dios, dispuesta a las llamadas del Espíritu, puede hacerse capaz de manifestar a Dios su agradecimiento, es decir, de hacer eucaristía. En una sociedad como la actual, en la que cuenta más el que más puede, el que es más fuerte, el que es más rico, queda poco espacio para una celebración eucarística vivida, a no ser que aceptemos dirigirnos a la parte más pobre de nuestro ser, la cual, por tener capacidad receptiva, es capaz de ponerse en una actitud de paciente espera. Y esta parte, en cada uno de nosotros, es la parte femenina de nuestro ser, es la parte mariana.

María de Nazaret se convierte en el símbolo de esta serena pobreza que aguarda y al propio tiempo se hace profecía cumplida de la misma. En efecto, María es quien, siendo libre y liberada, sabe dar gracias, sabe ser eucarística, sabe cantar al único Poderoso a quien ella acepta como Señor de su vida y de la historia entera. Toda actitud mariana que llegue a repetirse en el cristiano, así como toda fiesta mariana que la proponga de nuevo como punto de referencia pueden llegar a ser uno de esos signos-memoriales tan subrayados y tan preciosos en la historia del pueblo de Dios, tanto del AT como del NT.

Los diversos momentos históricos que vieron a esta mujer envuelta en la dinámica del nuevo éxodo, del Sinaí de la nueva alianza, en la respuesta coral del amén a Dios que la salvó a ella y a su pueblo, se convierten en elementos concretos que nos señalan hoy a nosotros las actitudes que hemos de asumir, tanto dentro de la convocatoria dominical como sobre todo, dentro de nuestro caminar por el destierro que nos ve operantes durante la marcha a lo largo de la semana. Todo esto se convierte en una respuesta consciente al mandato del Señor: “Haced esto en memoria mía”, y al mismo tiempo se hace respuesta obediente al consejo de María: “Haced cuanto él os diga”. En términos concretos todo esto significa: “Entrad en la lógica del morir por los hermanos”, puesto que “sólo el que pierda su vida la encontrará”.

La praxis semanal tiene aquí su explicación y su justificación y no podrá menos, por consiguiente, de ser intensa hasta el punto de transformar la realidad del mundo en realidad de Dios. La eucaristía vivida con esta intensidad crea hombres peligrosos, decididos a todo, por la conquista de la verdadera libertad: una libertad cantada, compartida, vivida, lo mismo que sucedió en María, la mujer que nunca se rindió sino que aguardó, en el don del Espíritu, la esperanza bienaventurada.

Una vida eucarística vivida con una actitud mariana no sólo enuncia los misterios del rosario, sino que los transforma en momentos de vida recogida dentro de los dos grandes momentos significativos del “He aquí la esclava del Señor” y de la presencia en medio de los amigos de Jesús, mientras esperaban el Espíritu. En este largo periodo de espera hay espacio suficiente para “conservar la palabra en el propio corazón” (Lc 2,19.51) y para hacer de ella una profunda exégesis, interpretándola a la luz de los acontecimientos, en los que Dios sigue realizando sus maravillas. Y entre un domingo y otro hay espacio suficiente para marchar a toda prisa y llevar la gracia del Verbo a los hermanos que esperan “al otro lado de los montes de Judea”, acompañando a la Virgen de la Visitación.