LA GRACIA del Miércoles 20 de Diciembre de 2017

María Santísima madre de Cristo y madre nuestra en el orden de la gracia, pide para nosotros el regalo de tu fe para ser fieles y discípulos del Señor como lo fuiste tú. Amén.

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Nueve meditaciones sobre la Virgen Inmaculada, 9 de 9: María de la caridad

* La caridad es la virtud que “reina en la Reina” porque en Ella, en la Virgen Santísima, es el amor el que da la fuerza, la ruta y la meta. Y así es en la vida cristiana: todo tiene su fuente en el amor, y en el amor tiene también su cumbre.

* Nuestro tiempo ha sufrido un desgaste de la palabra “amor.” Primero se redujo a un sentimiento; luego, a una sensación; finalmente, solo a un deseo o excitación.

* El verdadero sentido del amor al prójimo lo encontramos en la enseñanza de los santos, como Tomás de Aquino: amar es buscar el bien del otro. Eso es exactamente lo que nos muestra la Cruz de Cristo: por sus verdugos y por todos nosotros, Jesucristo ora buscando nuestro bien; de hecho, nuestro mayor bien, que consiste en el perdón de nuestros pecados y la alianza y amistad con Dios.

* El amor, en la Biblia, tiene expresión hebrea en un verbo que equivale propiamente a “preferir.” Amar a Dios es preferirlo, es ponerlo en primer lugar, es someter lo demás a su voluntad y su gloria. Ello vemos resplandecer en el testimonio de la Virgen Santísima, que pone al Señor, su plan, su gloria y su voluntad como primero en todo.

* Pero en Ella se muestra también, y de modo perfectísimo, el amor al prójimo. En al vista a su pariente Isabel y en las bodas de Caná, donde vemos que no es necesario un mandato expreso ni una petición explícita sino que el amor la mueve desde dentro para servir, apoyar, aliviar, hacer el bien.

* Sin embargo, el amor al prójimo se muestra en Ella con intensidad única en la Cruz, ofreciendo a su propio Hijo y acogiéndonos a todos como hijos suyos en el orden de la gracia.

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Nueve meditaciones sobre la Virgen Inmaculada, 8 de 9: La Purísima

* La liturgia católica y la piedad popular coinciden al destacar la virginidad y la pureza como señales propias de la Madre de Cristo. Ella es la “Santísima Virgen María” para la liturgia; Ella es la “Purísima” para el común de nuestros fieles.

* La victoria de la pureza es uno de los rasgos más impactantes en los comienzos del cristianismo. La mentalidad pagana, que idolatra el placer corporal, o lo trivializa con desdén, no logra acertar en el punto justo.

* De hecho, podemos recorrer la mente de las religiones paganas y encontrar que, por una línea, lo propio del cuerpo humano se sacraliza y se exalta, pero a la vez, por otra línea, se le trata como material de reciclaje, vestido que se desprecia, o juguete de placer. Podemos decir que una de las razones de la admiración que causa la pureza es que revela el justo valor, la verdad profunda, del cuerpo humano.

* En otro sentido, la pureza hace genuina la comunicación propia del amor. Lo que caracteriza la relación íntima es la entrega. En su intimidad, los cuerpos hablan de entrega mutua, y por tanto, de donación. El lenguaje del amor destaca esta misma idea a través de oportunos pronombres posesivos que hablan del deseo de poseer y de ser del otro. Es evidente entonces que la infidelidad, la promiscuidad, o la huida al engaño, por ejemplo a través de la prostitución o de la pornografía, son negaciones de esta verdad corporal que llevamos dentro.

* Por eso la pureza hace visible la verdad del cuerpo. El cuerpo que se reserva exclusivamente para el Amado o la Amada hace corresponder el lenguaje de los gestos con el lenguaje de las decisiones. Cualquier otra cosa tiene sabor de mentira.

* La pureza de la Virgen no es solamente una virtud moral sino también una condición para su singular misión. Es evidente que la maternidad otorga un cierto modo de poder sobre la prole, como lo dice la misma Escritura, y por ello es explicable que desde antiguo repugnara a tantos santos predicadores y doctores la idea de que alguna forma de pecado o mancha de pecado tuviera lugar en la Virgen María. Es aquí donde tiene su sitio el razonamiento de Duns Scoto: “Potuit, decuit ergo fecit.” Dios podía hacerlo; era conveniente que lo hiciera; luego, lo hizo.

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