Homilía en la boda de Daniel y Fátima del Pilar

(1) Amar es buscar el bien del otro; ello implica inteligencia y voluntad. (2) El amor supone un camino, que va desde la lógica de la transacción hacia la lógica de la gratuidad. (3) Maestro y fuente de la gracia es Jesucristo, nuestro Señor: cuanto más nos alimentamos de Él, más nos acercamos a su modo de amar, que es fiel, capaz de perdón y en todo fecundo. (4) Es Cristo quien hace realidad los dones de naturaleza de gracia en nosotros, incluyendo los importantes dones de la diferencia y la complementariedad entre hombre y mujer.

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Sobre el uso del agua bendita

Padre Nelson Medina, gracias por su labor en Internet y en los medios. Quiero preguntarle una orientación sobre el agua bendita. Concretamente, ¿qué opina de la práctica, que es muy común en mi familia, de hacer bendecir grandes cantidades de agua para utilizarla en toda clase de cosas, desde la limpieza hasta el consumo humano? Yo respeto mucho las cosas de Dios pero me parece extraño y creo que se revuelve como con otras cosas que no son de nuestra fe. Gracias por su orientación. –M.B.

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La Iglesia Católica enseña muy claramente sobre los sacramentos, que son siete, y los sacramentales, cuyo número y variedad es mucho más amplio. Los sacramentos son: bautismo, confirmación, eucaristía, matrimonio, orden sagrado, confesión y unción de los enfermos. Los sacramentales incluyen las bendiciones, los exorcismos, el uso de objetos sagrados, y aún otras prácticas. La definición propia de los sacramentales está en el número 1667 del Catecismo: “signos sagrados con los que, imitando de alguna manera a los sacramentos, se expresan efectos, sobre todo espirituales, obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida.”

Hay varias cosas que comentar aquí:

1. Los sacramentales “imitan de alguna manera a los sacramentos” pero con dos grandes diferencias. Primera, que la Iglesia considera a los sacramentos como instituidos por Jesucristo, hasta le punto de que, en opinión de San León Magno, son como una prolongación de su propia Encarnación. Segunda diferencia: los sacramentos, precisamente por esta estrecha relación con Cristo poseen una fuerza propia, que va más allá de las disposiciones particulares del ministro que los administra. Es lo que en teología se menciona con la expresión “ex opere operato”: por la obra realizada se concede el efecto propio del sacramento, de modo que, por ejemplo, la presencia eucarística no está determinada por la virtud o falta de virtud del sacerdote, siempre que el sacramento se celebre como lo quiere y prescribe la misma Iglesia. Estas dos características no están en los sacramentales, que son más bien expresiones de la vida de la Iglesia, y cuya fuerza proviene enteramente de las condiciones en que se celeren o se otorguen y de la oración de la misma Iglesia.

2. Los sacramentales disponen para recibir el fruto principal de los sacramentos. No son entonces “cosas” que tengan poder por sí mismas. Mirar a los sacramentales como objetos poderosos que actúan más allá de la conciencia y la oración de las personas es negar lo que la Iglesia nos enseña con bastante claridad. Uno se da cuenta que el uso de los sacramentales como “cosas” equivale a convertirlos casi que en amuletos, negando así toda nuestra fe que sólo puede tener su centro en Cristo. Así que todo uso de los sacramentales debe ir acompañado de oración consciente, explícita, debidamente aprobada por la Iglesia.

3. Puesto que hay esa relación entre sacramentales y sacramentos, uno ve que el agua bendita, para dar un ejemplo específico, está en relación directa con el bautismo. Y el propósito del bautismo no es comulgar sino lavar exteriormente el cuerpo para indicar la purificación interior que Dios realiza. Así que, por principio, no es buena idea beber el agua bendita. No es que sea un pecado: es que destruye el signo y prepara la mente para una mentalidad que sólo puede calificarse de “mágica.” Hay un ejemplo más serio. Hubo costmbre en algunos sacerdotes de llevar consigo, de modo habitual y cotidiano, al Santísimo Sacramento. Y aunque ello se hiciera con reverencia y dentro de un recipiente apropiado (el viático) uno ve que el propósito de la Eucaristía, que es la comunión, queda pospuesto y desdibujado, y lo que aparece es algo así como un “objeto protector.” ¡Ese no es el sentido del Sacramento! Distinto el caso de un escapulario: como su origen y su nombre lo indican, esa sencilla pieza de tela está para acompañar el día y la vida de quien la lleva con devoción.

4. ¿Qué criterios seguir entonces? Propongo estos:

a) Puesto que los sacramentales reciben su eficacia de la virtud y oración de la Iglesia, lo primero es que nuestra vida sea de Cristo, y para eso están ante todo los siete sacramentso, y en particular, la confesión bien hecha y la comunión eucarística frecuente. Esa es la base irrenunciable: que nuestra vida misma sea cristiana.

b) La oración debe acompañar todo uso de los sacramentales. De modo ordinario, ha de ser oración aprobada debidamente por la Iglesia, y realizada en las condiciones que indica la Iglesia. Por ejemplo: las oraciones de exorcismo las debe decir solamente el presbítero que ha recibido autorización expresa de su obispo para tal ministerio.

c) Hemos de respetar todos la índole de cada sacramental, relacionándolo con sentido común y según la mente de la Iglesia con los sacramentos que le son próximos. En concreto: el agua bendita es para aspersiones; el aceite bendito, para unciones; los escapularios y medallas, para ser portados; y así sucesivamente.

La boda dura un día, el sacramento ¡toda la vida!

“Hoy en día son muchos los que dedican más tiempo, esfuerzo, atención y aun estrés a buscar la iglesia más bonita, el vestido más bello, el lugar de recepción más elaborado, los arreglos florales más vistosos, la comida más elegante, el fotógrafo mejor y más profesional y un sinfín de cosas y gastos para asegurarse de que nuestra boda “sea la mejor”. Pero son pocas las veces en que las parejas piensan en lo más importante. Pocas somos las parejas que se enfocan en el tiempo que invertirán en una buena preparación matrimonial, en conversar profundamente sobre cómo vamos a llevar nuestra vida familiar y espiritual, cuáles son los valores bajo los cuales regiremos nuestra vida juntos y la de nuestros hijos, cómo practicaremos y fomentaremos nuestra fe; en fin, como vamos a hacer de Dios el centro y la roca en la cual fundamentaremos nuestro matrimonio y familia…”

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