¿Ascensión o asunción?

Fray Nelson le saludo con aprecio. Me puede esclarecer una duda? Diferencia entre ascensión y asuncion. Gracias. –JJ

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Ascensión, viene del verbo ascender, y en nuestra fe católica se aplica ante todo al misterio de Jesucristo resucitado que “asciende” a la gloria del Padre. Como ya lo sugiere el verbo, Cristo asciende por su propio poder, en el sentido de que, siendo verdadero Dios como el Padre, su gloria es la misma del Padre, y a ella asciende, una vez concluida su misión redentora en esta tierra.

Asunción, en cambio, viene del verbo asumir. El acto de asumir es una “asunción.” Asumir significa: atraer hacia sí y hacer suyo algo. Por ejemplo, si una persona dice: “Yo asumo que (tal o cual cosa)…” lo que está diciendo es: “Yo tomo esa idea y la hago parte de mi razonamiento o discurso…”

Cuando en nuestra fe católica hablamos del misterio de la asunción estamos refiriéndonos en particular a que la Santísima Virgen María fue “asumida” o sea: recibida, acogida.. ¿por quién, y en dónde? Recibida y acogida por Dios mismo, en la gloria del Cielo.

Se ve entonces que el verbo asumir, y el sustantivo asunción indican que es una acción que se RECIBE mientras que la Ascensión es una acción que se HACE.

Cristo asciende, por su propio poder y gloria; María Santísima es “asunta” o “asumida” a la gloria del Cielo por el amor del Padre, y el Hijo y el Espíritu Santo.

Sobre el uso del agua bendita

Padre Nelson Medina, gracias por su labor en Internet y en los medios. Quiero preguntarle una orientación sobre el agua bendita. Concretamente, ¿qué opina de la práctica, que es muy común en mi familia, de hacer bendecir grandes cantidades de agua para utilizarla en toda clase de cosas, desde la limpieza hasta el consumo humano? Yo respeto mucho las cosas de Dios pero me parece extraño y creo que se revuelve como con otras cosas que no son de nuestra fe. Gracias por su orientación. –M.B.

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La Iglesia Católica enseña muy claramente sobre los sacramentos, que son siete, y los sacramentales, cuyo número y variedad es mucho más amplio. Los sacramentos son: bautismo, confirmación, eucaristía, matrimonio, orden sagrado, confesión y unción de los enfermos. Los sacramentales incluyen las bendiciones, los exorcismos, el uso de objetos sagrados, y aún otras prácticas. La definición propia de los sacramentales está en el número 1667 del Catecismo: “signos sagrados con los que, imitando de alguna manera a los sacramentos, se expresan efectos, sobre todo espirituales, obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida.”

Hay varias cosas que comentar aquí:

1. Los sacramentales “imitan de alguna manera a los sacramentos” pero con dos grandes diferencias. Primera, que la Iglesia considera a los sacramentos como instituidos por Jesucristo, hasta le punto de que, en opinión de San León Magno, son como una prolongación de su propia Encarnación. Segunda diferencia: los sacramentos, precisamente por esta estrecha relación con Cristo poseen una fuerza propia, que va más allá de las disposiciones particulares del ministro que los administra. Es lo que en teología se menciona con la expresión “ex opere operato”: por la obra realizada se concede el efecto propio del sacramento, de modo que, por ejemplo, la presencia eucarística no está determinada por la virtud o falta de virtud del sacerdote, siempre que el sacramento se celebre como lo quiere y prescribe la misma Iglesia. Estas dos características no están en los sacramentales, que son más bien expresiones de la vida de la Iglesia, y cuya fuerza proviene enteramente de las condiciones en que se celeren o se otorguen y de la oración de la misma Iglesia.

2. Los sacramentales disponen para recibir el fruto principal de los sacramentos. No son entonces “cosas” que tengan poder por sí mismas. Mirar a los sacramentales como objetos poderosos que actúan más allá de la conciencia y la oración de las personas es negar lo que la Iglesia nos enseña con bastante claridad. Uno se da cuenta que el uso de los sacramentales como “cosas” equivale a convertirlos casi que en amuletos, negando así toda nuestra fe que sólo puede tener su centro en Cristo. Así que todo uso de los sacramentales debe ir acompañado de oración consciente, explícita, debidamente aprobada por la Iglesia.

3. Puesto que hay esa relación entre sacramentales y sacramentos, uno ve que el agua bendita, para dar un ejemplo específico, está en relación directa con el bautismo. Y el propósito del bautismo no es comulgar sino lavar exteriormente el cuerpo para indicar la purificación interior que Dios realiza. Así que, por principio, no es buena idea beber el agua bendita. No es que sea un pecado: es que destruye el signo y prepara la mente para una mentalidad que sólo puede calificarse de “mágica.” Hay un ejemplo más serio. Hubo costmbre en algunos sacerdotes de llevar consigo, de modo habitual y cotidiano, al Santísimo Sacramento. Y aunque ello se hiciera con reverencia y dentro de un recipiente apropiado (el viático) uno ve que el propósito de la Eucaristía, que es la comunión, queda pospuesto y desdibujado, y lo que aparece es algo así como un “objeto protector.” ¡Ese no es el sentido del Sacramento! Distinto el caso de un escapulario: como su origen y su nombre lo indican, esa sencilla pieza de tela está para acompañar el día y la vida de quien la lleva con devoción.

4. ¿Qué criterios seguir entonces? Propongo estos:

a) Puesto que los sacramentales reciben su eficacia de la virtud y oración de la Iglesia, lo primero es que nuestra vida sea de Cristo, y para eso están ante todo los siete sacramentso, y en particular, la confesión bien hecha y la comunión eucarística frecuente. Esa es la base irrenunciable: que nuestra vida misma sea cristiana.

b) La oración debe acompañar todo uso de los sacramentales. De modo ordinario, ha de ser oración aprobada debidamente por la Iglesia, y realizada en las condiciones que indica la Iglesia. Por ejemplo: las oraciones de exorcismo las debe decir solamente el presbítero que ha recibido autorización expresa de su obispo para tal ministerio.

c) Hemos de respetar todos la índole de cada sacramental, relacionándolo con sentido común y según la mente de la Iglesia con los sacramentos que le son próximos. En concreto: el agua bendita es para aspersiones; el aceite bendito, para unciones; los escapularios y medallas, para ser portados; y así sucesivamente.

¿Es verdadero amor si está esperando algo a cambio?

Padre, si una persona dice tener amor fraterno hacia su prójimo pero si espera que de igual manera ese amor sea mutuo y si se siente celos de algunas personas que se le acercan es porq realmente el q dice amar nunca amo? — C.F.

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Hay amor de transacción, que es el más frecuente en las relaciones humanas, y hay amor de gratuidad, como el que Dios nos tiene.

No se debe esperar que todo amor sea de gratuidad ni se debe definir el amor, en general, como pura gratuidad, es decir: “dar sin esperar nada a cambio.” Es cierto que hay una forma elevada de amor, que tiene su fuente en Dios, y que se llama propiamente “caridad,” y que obra así, pero el funcionamiento normal de la sociedad requiere reciprocidad. Y por eso, lo normal, lo tácitamente esperado, es que haya reciprocidad.

Pensemos en el caso de una pareja. Con mucha frecuencia, la generosidad femenina es muy grande. Una mujer que defina el amor como “dar y no esperar nada” ¿qué reacción tendrá frente a la violencia doméstica, la infidelidad del esposo, la humillación de verse pospuesta mientras el corazón del hombre al que le entrega “todo” y cada vez le da “nada”? Si a esa mujer le decimos que el amor no requiere reciprocidad estamos destruyendo su dignidad y ciertamente no estamos ayudando al esposo que, interpretando mal la generosidad de la esposa, se hunde en sus visios egoístas.

Algo parecido sucede en la amistad. Hay personas que están esperando todo el tiempo que las tomen en cuenta, las llamen por teléfono, tengan detalles de afecto con ellas; pero ellas mismas dan muy poco. Son gente experta en quejarse y pedir atención pero se han acostumbrado a girar sólo en torno a sus intereses. Si estando cerca de alguien así pretendemos aplicar sin discernimiento que amar es dar sin esperar nada, lo único que estamos consiguiendo es empeorar la condición egoísta de la misma persona que supuestamente estamos amando.

Por supuesto, si la persona lo que espera en reciprocidad es una especie de “posesión,” o sea, de adueñarse del tiempo, los afectos o los intereses de la otra persona, eso no es reciprocidad: eso es una forma de control e incluso de explotación, y hay que estar en guardia también frente a ese peligro.

Por eso, en las relaciones cotidianas, normales, hay que esperar que haya afecto, alegría, donación; pero también una sana reciprocidad, un equilibrio. No exactamente como quien compra o vende pero sí como quien entiende que, al igual que un buen baile, uno solo no es pareja, y el baile no funciona.

Estas reflexiones no quitan espacio para el amor sublime, el amor de caridad. La idea no es quitarle espacio a la caridad sino a la manipulación, los complejos, el bullying, el egoísmo. Y para erradicar esas plagas hay que poner un piso sólido de trato justo. Sobre esa base, y sobre la conciencia de la dignidad de todos, ¡qué hermoso donarse a aquellos que quizás no tienen cómo pagarlo, en especial, los más pequeños, los más pobres y los más alejados!

Sobre la idea de que hay distintos tipos de familia

El otro día me quedé escuchando a una religiosa que dijo que ella no se explica cómo algunas personas no le llaman familia a una madre soltera con su hija, lo cual a mi criterio tiene razón, por ejemplo, si un padre fallece, la madre con sus hijos siguen siendo una familia. Pero me surge la duda con las uniones homosexuales, estamos claros que no deberían llamarse matrimonio, pues el matrimonio es un sacramento que pasa entre hombre y mujer de acuerdo al plan de Dios, pero debería hacerse alguna excepción al termino familia cuando los padres adoptivos son homosexuales? — MBQ

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Las palabras en el lenguaje humano tienen siempre un sentido propio y luego uno o muchos sentidos derivados, que también son llamados sentidos “por extensión.” Por ejemplo, una casa, en sentido propio, es el lugar estable de residencia de una o más personas. Pero luego sucede que encontramos una persona que se ha refugiado debajo de un puente. Se puede decir que ese puente es como su “casa” y ponemos las comillas para indicar que estamos usando la palabra en un sentido ampliado o extensivo porque no vamos a decir que cada vez que se construye un puente se está haciendo también casas. Así que esto es lo primero: ver la diferencia entre sentido propio y sentido extensivo de las palabras.

Lo segundo es darse cuenta de que no toda extensión en el sentido de las palabras es lícita. Imaginemos, por seguir con el ejemplo del puente, que un habitante de la calle le dijera a otro que está buscando dónde resguardarse del clima: “Este puente es mi casa; si quiere se queda aquí pero me tiene que pagar arriendo.” Uno se da cuenta que el que pretende cobrar arriendo está abusando de un sentido extensivo de la palabra “casa” porque propiamente hablando esa no es su casa, sino que simplemente ha llegado a vivir ahí. Estamos ante un abuso en el lenguaje porque aunque la extensión sea en cierto modo lícita, la aplicación es desproporcionada y abusiva.

Consideremos otro caso: un cierto hombre pierde todo su dinero en el juego, y como no puede pagar la hipoteca de su inmueble entonces saca a su pequeña hija de la que era su casa y la pone a vivir con él, durmiendo en lugares públicos de estacionamiento dentro de un carro. Cuando la policía le dice que eso es un abuso contra al seguridad y el bienestar de la niña, el señor dice que no es ningún abuso porque él sí le ha dado “casa” a su hija en el asiento de atrás del carro en que la ha tenido ya por cuatro meses. Aquí estamos ante una extensión abusiva e impropia del término “casa.”

Algo así pasa con la palabra “familia.” Si una mujer queda viuda, o es cabeza de hogar y debe velar por los hijos, el esfuerzo excepcional de ella puede corresponder muy bien con el significado de la palabra “familia.” Dentro de sus circunstancias, que no son las que ella hubiera querido, trata de acercarse todo lo que puede al ideal de estabilidad familiar que considera que es muy importante para sus hijos. Ella está poniendo en primer lugar el interés de los hijos, cosa que es vital en cualquier definición de familia, y está tratando de acercarse todo lo que puede a lo que ella sabe que sí es una familia. Podemos comprender su esfuerzo y apoyarla y diremos que ella tiene una familia, dentro de sus crcunstancias arduas y exigentes.

Pero eso no nos autoriza a llamar “familia” a cualquier asociación de adultos que dicen quererse o desearse sexualmente. Como ya hemos visto en Colombia, hay casos de tres hombres que dicen amarse y que quieren ser considerados “matrimonio” o “familia.” ¿No tiene ningún derecho la sociedad a preservar el sentido de estas palabras, dada la importancia que tiene la institución familiar para el futuro de toda la sociedad? ¿Es que cualquier cosa, por cualquier motivación, puede ser llamada familia?

Lo mínimo que hay que exigir es que la estructura familiar esté al servicio de los niños, y no simplemente que se sirva de ellos a modo de complemento afectivo deseado por unos adultos. Una vez que uno entiende que hay diferencias vitales en la estructura emocional del hombre y de la mujer, y una vez que uno comprende el bien inmenso que esta complementariedad trae a los hijos, uno se da cuenta que no es justo llamar familia a una asociación de adultos que simplemente quiere reicbir los beneficios que la sociedad ha concedido al matrimonio entre hombre y mujer por una razón: por el bien que esa unión está llamado a crear en favor de la sociedad.

Los que tratan de estirar y luego reventar la definición de matrimonio o de familia, luego no tienen razones lógicas claras para detener su proceso de estiramiento semántico. Si dos mujeres pueden ser llamadas familia, ¿por qué no tres? Si la razón que se da es que no hay que discriminarlas, ¿no sería entonces discriminación prohibir los tríos, o los incestos, o el sexo con menores? Estas posibilidades, cada vez más aberrantes no son hipótesis abstractas: son realidades sociales que tratan de imponerse por el mismo camino legal que en muchas partes ha dado estatuto legal de “matrimonio” a las uniones entre eprsonas del mismo sexo.

En resumen: si una persona o personas, sin responsabilidad suya, se encuentran en una situación en que sólo parece haber un modo de preservar el bien de los niños, manteniendo claridad sobre cuál es el punto de referencia en el que creen y al que buscan, lo de ellos podría considerarse familia, en sentido extensivo, por vía de excepción y mientras dure tal excepción. Lo demás es posponer el bien de los niños y el bien de la sociedad, que queda sometida a los intereses de grupos de poder con sus propias agendas: las de la ideología de género.