La muerte de un ateo “bueno”

Quería hacerte una pregunta. Cuando una persona atea muere que pasa con su alma? Si esa persona fue buena y nunca hizo daño a nadie, tenía buenas obras.. pero no creía en Dios? Yo estoy haciendo oración por su alma, ayer ofrecimos la sagrada eucaristía por él. –P.F.

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El tema del “ateo bueno” es actual y de gran importancia.

Para mí lo más interesante de la pregunta sobre qué sucede con la eternidad de un ateo “bueno” es que nos obliga a preguntarnos con mayor profundidad qué es ser “bueno,” con lo cual, en el fondo, nos estamos preguntando qué tipo de vida debe uno vivir.

Lo más interesante es comprobar que para mucha gente ser bueno significa simplemente “no ser malo” y esto de “no ser malo” quiere decir: respetar las costumbres de convivencia social y tener de vez en cuando algunos actos de solidaridad, como por ejemplo, dar una donación para las víctimas de un terremoto, o ayudar a algún anciano a pasar la calle, o prestar dinero sin interés a un amigo en necesidad. Eso es lo que quiere decir “bueno” para mucha gente.

Pero esa definición es bastante cuestionable, desde dos ángulos.

En primer lugar, hagamos esta pregunta: Si es verdad que la fe en Dios, y el conocimiento de su amor inmenso desplegado en el misterio de la Cruz de su Hijo es una noticia absolutamente maravillosa, consoladora, genuinamente restauradora, auténtico fundamento de la dignidad de todo ser humano, y fuente de inagotable esperanza y amor, ¿qué tan grave es que esa noticia no se transmita, o peor aún, como suele suceder con los ateos, qué tan serio es que activamente se impida ese conocimiento salvador?

Pensemos, por ejemplo, en un papá ateo. El hijo le dice: “Papá, mis compañeros del colegio van a hacer la primera comunión y yo no. ¿Por qué yo no puedo hacer la primera comunión?La respuesta muy probable de ese papá será una blasfemia, que por suave que sea, será de esta clase: “Yo no creo en esos ritos, hijo, y no veo necesidad de gastar esa plata. Si lo que quieres es una fiesta y unos regalos, yo te los consigo pero me parece muy poco sentido crítico de toda esa gente meterse en una iglesia a decir que un pedazo de pan es su dios…

Por el lugar tan importante que un papá tiene en la vida de su hijo, esas palabras del papá calarán muy profundamente en el niño, que sentirá crecer en él los prejuicios en contra del don preciosísimo de la Eucaristía. El papá ha sembrado cizaña de veneno puro en ese corazón, que ahora, en vez de acercarse con amor a quien más le ha amado, es decir, Jesucristo, tomará distancia, ironía o burla de ese sacramento. Esta no es una suposición vacia: pregunte usted a los hijos o discípulos de ateos y vera que esa cizaña ha sido pavorosamente eficaz. Al mismo tiempo, ese ateo muy fácilmente dirá cosas como estas: “En vez de estar dando dinero a la Iglesia, para que esos curas viciosos se salgan con la suya, yo prefiero ayudar a una ONG que haga cosas reales, como extender las redes de agua potable en África…

Asi nos damos cuenta que el ateo “bueno” en realidad ha esparcido su incredulidad, sus prejuicios, sus barreras que mantienen lejos al Evangelio por todas partes–empezando, claro está, por su propia familia. Es difícil pensar que todo ese veneno, regado voluntaria y persistentemente en tantos corazones, sea algo bueno.

Resumamos este primer punto: un ateo es de modo ordinario una persona que, aunque no use violencia verbal o física, esparce incredulidad y que trata, según sus posibilidades, de que la gente se aleje de la fe, de la Iglesia y de la Palabra de Dios. Es así causa indirecta pero a menudo muy eficaz de un daño espantoso en mentes y corazones que quedan privados de los bienes que no solamente son los más altos sino también los únicos eternos.

Segundo punto: si analizamos mejor, nos damos cuenta de que la razón por la que se suele considerar como “buenas” a muchas personas ateas, es porque nuestros ojos toman una mirada completamente centrada en lo material, lo pasajero, lo visible y tangible. Por supuesto que es bueno pagar los impuestos, ayudar a los ancianos a cruzar la calle o aumentar las redes de agua potable, pero, a menos que estemos nosotros mismos ya enceguecidos por falta de fe, tales bienes son ínfimos comparados con los bienes propios de la redención.

Al dejar circular el lenguaje del “buen ateo” lo que estamos diciendo en el fondo es que lo único que importan son las cosas de este mundo; y que entonces solo debería la Iglesia concentrarse en aliviar los problemas de la economía, la salud y el bienestar emocional. Ante lo cual es indispensable preguntarse: ¿Y la muerte de Cristo para qué fue? ¿Y el valor de su sangre dónde queda? ¿Y las promesas de la redención cuánto importan? ¿Y por qué razón soportaron torturas, humillaciones y la muerte millones de mártires cristianos? Ciertamente no fue por agua potable–sin que deje de tener su importancia que se pueda beber agua limpia. Pero ¿cómo es que no va a importar si a las almas llega el agua viva que Cristo prometió y trajo con abundancia a precio de su sacrificio?

¿Fue María una mujer como las demás, con sus virtudes y defectos?

En el contexto de conversaciones y discusiones con cristianos no-católicos, por ejemplo, con evangélicos, es frecuente encontrar que nos dicen cosas como: “María, la madre de Jesús, fue una mujer normal, con sus virtudes y defectos; los católicos hacen mal en darle un lugar tan importante como si ella estuviera por encima de los demás.” ¿Qué se debe responder al respecto?

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Vamos a ofrecer una respuesta basándonos solamente en la Biblia, incluso cuando sabemos que la idea protestante de que sólo hay que argumentar con textos bíblicos es una idea que no es bíblica! (Véase esta respuesta de FRAYNELSON.COM).

Vayamos a los textos de la Biblia. La pregunta es: ¿Nos muestra la Biblia a la Madre de Jesús como una persona “normal,” “común y corriente” y “con defectos”?

Esta pregunta es muy importante porque todos sabemos que la Biblia no tiene miramientos ni consideraciones especiales con nadie. Los principales protagonistas en la evangelización y en la conformación de las primeras comunidades cristianas son presentados en el Nuevo Testamento de una manera muy crítica. Precisamente por eso sabemos que Pedro negó a Cristo, incluso con perjurio y blasfemia; y sabemos que Pablo fue perseguidor de cristianos y cómplice de la muerte del primer mártir; y Mateo tuvo un pasado oscuro como publicano; y Juan y Santiago eran iracundos y buscaban privilegios, como todos los demás apóstoles; y Judas Iscariote era ladrón.

Es decir: la Biblia es implacable cuando se trata de presentar las imperfecciones, incoherencias y pecados de todos.

Pregunta: ¿Y dónde están los textos que presenten los defectos o pecados de la Madre de Jesús?

Pasemos a las palabras que la Biblia pone en boca de María. Leemos en Lucas 1: “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí.” No hay nada parecido, que haya sido dicho por absolutamente nadie, en el Nuevo Testamento.

Isabel dice de ella: “¡Bendita tú entre las mujeres!” Lo mínimo que cabe decir es que esas palabras nos e le dirigen a cualquier mujer, ni a todas las mujeres. Son palabras que indican algo realmente único.

Sólo María ha sido llamada “Kejaritomene,” que suele traducirse por “llena de gracia.” Puede traducirse como hace la Reina Valera: “Muy favorecida” siempre que se entienda que es muy favorecida por Dios! No es algo que le diga a cualquier mujer ni a todas las mujeres.

En Caná de Galilea (ver Juan 2), María hace ver que se ha acabado el vino. No importa qué traducción miremos, la respuesta de Jesús a la insinuación de ella es dura, seca y poco promisoria. Ella dice entonces sus conocidas palabras: “Haced lo que Él os diga.” Y sabemos lo que sigue: el milagro que ella quería. Lo menos que se puede decir es que Jesús cambió su posición. Y sabemos por qué cambió: por la intervención de ella. No tenemos ningún otro caso semejante en toda la Biblia. Ninguna mujer “común y corriente” ha logrado algo así, sin insistir más. Sobre todo eso es notable: que María no insistió; ella obró como persona segura del lugar que ocupaba en el corazón de su Hijo.

hay todavía otros ejemplos pero lo más importante es que uno se pregunte: ¿Por qué esa insistencia de tantos protestantes en disminuir o minimizar el lugar único y tan notable de la Madre de Jesucristo? Son ellos los que deben responder.

¿Por qué los judíos no hacían imágenes de sus profetas, y los católicos sí hacemos de los santos?

Pregunta para los católicos (circula en Internet): ¿Por qué los judíos no realizan imagen de Dios, de Moisés, de Abraham? ¿Por qué ellos no realizan imágenes para venerarlos? ¿No será que la razón es porque ellos sí entienden la Ley y no hacen sino lo que Dios les mandó?

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La llegada del Mesías no es un acontecimiento menor. No debemos pensar que fue algo leve que dejó intacta a la Ley de Moisés. Nos damos cuenta que lo prescrito para el sábado, para la circuncisión o para definir qué se puede comer y qué no, todo ello cambió en el régimen de la Nueva Alianza. Así que la pregunta no es: “¿Por qué los cristianos empezaron ya desde la época de las catacumbas a hacer imágenes esculpidas de Cristo, por ejemplo, como Buen Pastor?” La verdadera pregunta es: “¿Tenían que sentirse ellos vinculados al precepto de no hacer representaciones de Dios después de que Dios mismo se había revelado plenamente en Cristo (Juan 14,9), y después de que el apóstol Pablo había enseñado que Cristo es “imagen VISIBLE del Dios invisible” (Colosenses 1,15)?”

Quienes ponen el mandamiento de Moisés por encima de la revelación plena y perfecta del misterio de Dios en Cristo tratan a Cristo, por lo menos con respecto a este asunto, como si fuera un profeta más. ¿No dice la Escritura que “el Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Juan 1,14)? Ver a Cristo, y por extensión: representar a Cristo para que esa representación nos lleve al recuerdo cercano de él, es ver en su plenitud la misericordia salvadora y transformante de Dios. Y no se quite importancia al verbo “ver” porque ya había dicho la Escritura: “Mirarán al que traspasaron” (Zacarías 12,10; Juan 19,37).

Alguien podrá preguntar qué sucede con la Santísima Virgen o los demás santos y bienaventurados, así reconocidos por la autoridad de la Iglesia, ya desde los primeros siglos. La respuesta es sencilla. El apóstol Pablo dice en 2 Corintios 3,18: “Nosotros llevamos en nuestro rostro descubierto la gloria de Cristo.” esto se demuestra también por el hecho de que el apóstol Pedro, para sanar al paralítico del templo (Hechos 3), le manda: “¡Míranos!” El rostro de quien está unido a Cristo refleja la gloria de Cristo. Por eso también cuando Esteban estaba a punto de ser martirizado “todos los que estaban sentados en el Sanedrín, cuando fijaron los ojos en él, vieron su cara como si fuera la cara de un ángel” (Hechos 6,15).

Por esa comunión de espíritu que hay entre Cristo y sus santos sabemos que todo cuanto hay de bueno y bello en ellos proviene de Él. Y tal es el significado de las imágenes de esos bienaventurados hombres y mujeres: mostrar las infinitas facetas de la santidad del único Cristo.

Por otra parte, llama la atención que el protestante que hace la pregunta ya admite que el mismo Dios sí mandó hacer algunas imágenes, como en efecto es el caso de los querubines puestos encima del arca. Lo curioso es que al final dice: “Sólo hacen (en cuanto a imágenes) lo que Dios les mandó.” La idea que este protestante tiene es que el mandato de Dios termina en el Antiguo Testamento, es decir, que ya no podía venir un cambio en las disposiciones divinas, siendo así que la Biblia misma muestra que, en cuanto a muchas costumbres y preceptos de la Ley, ciertamente hubo cambios, y no pequeños.

Un católico… ¿Puede creer en la energía o las buenas vibras?

“El P. Sergio Román en un artículo titulado en el SIAME, titulado “Las buenas vibras” explicó que ritos como los temazcales, donde se busca renovar “energías” y “buenas vibras”: “no son tradiciones verdaderas, sino supercherías inventadas hace unos cuantos años y que se han difundido en el pueblo católico, necesitado de algo sobrenatural en su vida alejada de la Iglesia”…”

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