La conciencia ¿es el tribunal moral último?

Padre Nelson, a raíz de las controversias sobre la Encíclica Amoris laetitia del Papa Francisco, tuve una conversación con un amigo que es muy preparado en las cosas de la fe porque ha hecho una cantidad de cursos en su parroquia, e incluso un diplomado en una Universidad católica. El punto es que este amigo es una de tantas personas que fracasaron en un primer matrimonio y que ahora vive con otra señora. Cuando yo lo conocí ya él estaba con la segunda, pero yo no sabía que era la segunda. Por supuesto, este hombre es entusiasta defensor de Amoris laetitia porque ve una actitud que él llama pastoral y misericordiosa, y sobre todo porque, según él, “ahora sí se están respetando los derechos de la conciencia.”

La idea que él tiene es que la vida humana es muy compleja para meterla en las casillas estrechas de los libros de moral, y que por eso, y lo dice enfatizando, “hay que formar conciencias y no borregos.” Entonces yo le pregunto a él qué hay que hacer si una persona dice que “en conciencia” no está cometiendo un pecado, o por lo menos, no un pecado mortal, yendo a comulgar de la mano de una mujer con la que no está ni puede estar casado por la Iglesia, pero con la que convive como marido y mujer. El hombre me responde que hay que respetar el discernimiento de la conciencia de esa persona, y no pretender imponer lo que diga “un libro.”

Yo, como soy muy preguntona, le digo entonces: “¿Y qué pasa si una mujer se ha practicado un aborto, y considera que eso no le impide comulgar, y va y comulga, porque, según ella y su conciencia, y después de su discernimiento, eso era lo que había que hacer en las circunstancias particulares de ella?” Mi amigo éste se queda pensando unos instantes pero, sin duda con el deseo de ser coherente, dice; “Pues hay que respetar la conciencia y el discernimiento que ha hecho, aunque es un caso difícil.” Y así seguí yo preguntándole casos que parecen extremos pero que en realidad se dan en la vida diaria. Por ejemplo, cuando le mencioné qué sucedería si un político, al que todos consideramos un corrupto asqueroso, dice que su conciencia y su discernimiento le llevan a comulgar tranquilamente. Entonces este hombre reviró con fuerza y casi me gritó: “¡Ese desgraciado se está engañando! Por supuesto que una persona que roba el tesoro público, que es plata de los pobres, tiene que sentirse, ese sí, bien excluido de la eucaristía!”

Pero yo también le levanté la voz y le dije: “¿Y usted por qué piensa que el pecado del político sí es OBJETIVAMENTE claro, y ninguna conciencia y ningún discernimiento pueden ir en contra de la objetividad de ese pecado, mientras que el pecado de un adúltero sí tiene todas las posibilidades de ser “discernido” y en la práctica excusado? ¿O es que hay pecados que sí son bien objetivos y se pueden acusar desde fuera mientras que otros son tan subjetivos que deben quedar como se dice en el criterio de cada cual?” En síntesis, padre Nelson, a mí me parece que cuando empezamos a quitar la claridad objetiva perdemos demasiado, ya se trate de sexo, de narcotráfico, de política o de lo que sea. Y perdone lo largo que escribo, pero ¿Usted qué opina? — Marcela H., Bogotá.

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La respuesta es muy sencilla: que estoy de acuerdo contigo. Dios te bendiga y oremos mucho por nuestra Santa Iglesia Católica.

Los símbolos de los cuatro evangelistas

Querido Fray Nelson: Como siempre, sigo orando por su salud y por el éxito de todos sus proyectos de evangelización, para honra y gloria de Dios! En esta ocasión solicito una respuesta a lo siguiente: existe un origen conocido sobre los símbolos que usamos para representar a los cuatro Evangelistas? Es decir: figura humana para San Mateo; el león para San Marcos, el toro para San Lucas, y el águila para San Juan? Tendrá alguna relación con el relato de Ezequiel 1, 10? Que Dios le guarde siempre, Fray Nelson! Muchas gracias por su guía! Solicito sus oraciones y su bendición para este servidor y familia. Desde Guatemala, con mucho cariño! — A. L.

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Catholic.net ofrece una respuesta muy pedagógica y clara:

Tradicionalmente se suele representar a los cuatro evangelistas mediante cuatro símbolos.

El orden en el que aparecen en el Nuevo Testamento son:

– El ángel (un hombre con alas): Mateo.

– El león: Marcos.

– El buey: Lucas.

– El águila: Juan.

Mateo se simbolizó con un ángel (un hombre con alas) porque su evangelio comienza con la lista de los antepasados de Jesús, el Mesías: Mt 1,1-16. Esta lista es de gran valor para este evangelio porque presenta a Jesús como hijo de David (el más importante de los reyes) e hijo de Abrahán (el padre del pueblo de Dios). Mateo quiere afirmar que Jesús lleva a su perfección la historia del pueblo. Esta lista de mensajes tiene tres períodos de generaciones (3=número perfecto), y cada uno de los períodos se compone de catorce generaciones (14=7+7, número perfecto). Las mujeres también juegan un papel importante en esta genealogía; se trata de Tamar, Rajab, la mujer de Urías (Betsabé) y María. Son mujeres comprometidas con la justicia. Por eso Mateo las incluye en la lista.

Marcos se simboliza con un león porque su evangelio comienza con la predicación del Bautista en el desierto, donde había animales salvajes. Su evangelio fue el primero en escribirse (en la década de los años 60 después de Cristo) y sirvió como texto de catequesis para los que se preparaban para recibir el bautismo. Es el evangelio más corto y el hecho de que comience presentando a Juan Bautista en el desierto es muy importante. Para el pueblo de la Biblia, el desierto representaba, entre otras cosas, el lugar donde se fraguan los nuevos proyectos. Esto es lo que hizo el pueblo de Dios cuando salió de la esclavitud de Egipto. Juan Bautista se da a conocer en el desierto, lo que pone de manifiesto que está preparando al pueblo para la gran novedad que supone la vida y las prácticas de liberación de Jesús. Partiendo de Am 3,8, podemos afirmar que la voz del león simboliza la voz de los profetas que denuncian la violación de los planes de Dios Ap 10,3. Por tanto, Juan Bautista es el profeta que denuncia la injusticia y que apunta a la novedad que aportará Jesús.

Lucas se ha simbolizado mediante un buey o un toro porque su evangelio comienza con la visión de Zacarías en el Templo, donde se sacrificaban animales como bueyes, terneros y ovejas. El evangelio de Lucas comienza y termina en el Templo; los Hechos de los apóstoles constituyen la segunda parte del evangelio de Lucas. Si en el evangelio encontramos el camino de Jesús, en los Hechos tenemos el camino de las comunidades que siguieron a Jesús. El libro de los Hechos termina llegando Pablo a Roma, ciudad que, para Lucas, representa “los confines del mundo”.

Juan es representado por un águila, la mirada dirigida al sol, porque su evangelio se abre con la contemplación del Jesús-Dios: Jn 1,1. El evangelio de Juan fue el último en aparecer, y no se escribió en pocos días. Lo escribieron los discípulos de Juan. Una de las características del Jesús del evangelio de Juan es esta: el Maestro nos conoce a cada uno de nosotros mejor de lo que nos conocemos nosotros mismos: Jn 1,48. Poco más adelante dice que Jesús “no necesitaba que le informasen de nadie, pues él conocía muy bien el interior del hombre.” (Jn 2,25). Los símbolos de cuatro evangelistas surgieron a partir de Ez 1,10. En Ap 4,6-10 hay cuatro vivientes con ese aspecto, pero no se refieren a los evangelistas.

¿Son inocuos los dibujos budistas llamados MANDALAS?

Padre Nelson, ¿Cuál es su opinión sobre el uso de mandalas (figuras geométricas usadas en el budismo e hinduísmo), por parte de cristianos católicos? — A. L.

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El portal católico Aleteia ofrece una respuesta muy amplia y clarificadora:

Los mandalas son figuras netamente del hinduismo y del budismo. Tienen un sentido espiritual ligado a estas tradiciones religiosas y por esta razón no hay que usarlas fuera de su contexto propio, siendo muy arriesgado su uso por otros creyentes, con la posibilidad de caer en el sincretismo o en el relativismo religioso. Así, no tiene sentido usarlas en el cristianismo, más cuando Jesucristo ha superado el sentido que encierran estas figuras.

¿Qué es un mandala?

Los mandalas son representaciones figurativas espirituales. Pertenecen especialmente a la tradición hinduista y budista. No son representaciones abstractas o simbólicas neutras, sino que tienen un fondo espiritual. Representan la totalidad de la realidad. Un mandala es un fragmento del microcosmos que quiere abarcar y mostrar la totalidad del macrocosmos, la realidad entera. Es una muestra del orden del universo, del orden cósmico.

Si bien su fuente es la tradición hinduista, también desde ahí pasó al budismo. Hay variaciones entre ambas religiones en cuanto a la configuración del mandala, siendo muy figurativos en ciertas ramas del budismo, como el tibetano.

Los mandalas son dibujos. Para trazarlos, en primer lugar se dibujan las formas lineales, de manera concéntrica, y luego hay que colorearlos o llenarlos de color. Estos dibujos o figuras tienen formas muy propias, presentando una fuerte simetría arriba-abajo y derecha-izquierda, generalmente de forma circular, círculo tras círculo, también desde esta forma la cuadrangular, con inscripción de ambos polígonos, si bien estas figuras han llevado a inscribir más formas geométricas y mezclas entre muchas diversas, complejizando la estructura base inicial.

Los mandalas también se particionan o subdividen y llevan a expresar aspectos figurativos y espirituales en diferentes lugares del mismo, a veces animales, figuras de Buda o dioses del hinduismo. El mandala no obstante mantiene siempre una coherencia geométrica que de manera desde dentro hacia afuera perpetúa el orden simétrico a pesar de los entrelazamientos de líneas y figuras. En definitiva, un mandala encierra en sí mismo el total de Todo. Es una representación del Mundo como totalidad.

Ciertamente que en multitud de culturas tenemos figuras con formas abarcantes, ya circulares (eso mismo significa “mandala”, círculo), o cuadrangulares, incluso dentro del cristianismo, con la famosa mandorla del Dios Padre, que es Creador de la realidad entera, si bien no podemos caer en la sincrética similitud entre todas las culturas y religiones.

Es claro que las figuras básicas de la geometría son conocidas en muchas culturas y se les ha dado un sentido diverso; y es normal que cualquier cultura mire al cielo y vea el círculo en el Sol o la Luna, para muchas culturas paganas representación de dioses, y de ahí que el círculo, o el cuadrado, como estructura básica, o el triángulo, los encontremos en todo tipo de templos o religiosidades y culturas, pero el sentido depende de la religiosidad o espiritualidad propia, de ahí que no podemos amalgamar o confundir las figuraciones, más cuando muchas de ellas presentan elementos de una corriente espiritual concreta.

Y los mandalas son religiosamente círculos, es decir, la rueda de las reencarnaciones que no para de girar, y es la vida y muerte sin fin de las reencarnaciones. Es la base del hinduismo y del budismo, y en sus elementos que ahora seguiremos profundizando, es netamente oriental. No es por lo tanto cristiano, no lo es. Cuidado con caer en sincretismos y mezclas relativistas.

¿Cómo se hace un mandala?

Vamos a explicarlo en su sentido profundo, un sentido espiritual hinduista y budista, para que nos quede claro qué hay en ellos y en su ejecución. El hacer mandalas y el colorearlos, ya en el suelo o en otro soporte como papel u otros, es disponer al candidato o discípulo que lo genera al sufrimiento de lo que supone tal tarea: aprender a ver el sufrimiento en la propia vida, clave del budismo, y también del hinduismo.

El creador del mandala usa colores, pinturas, o bien se sirve de piedrecitas o arenilla coloreada que coloca en el entrelazado de líneas, granitos pequeños de arena de colores, a veces usando hilos o pétalos de diferentes tonos y colores, y sufrirá realizando el mandala, que irá creciendo desde dentro hacia afuera. El poco iniciado en su ejecución no logrará el objetivo tan fácil como imaginaba y tendrá que someterse al pesado logro de alcanzar la meta. Un mandala complicado en sus líneas, subdivisiones de subdivisiones, colores diversos, simetrías y detalles lleva mucho tiempo. El discípulo aprende a ser paciente, a concentrarse, a ser pasivo ante el sufrimiento.

Su realización llevará a aprender por parte del seguidor hinduista o budista la pesada tarea de la vida, la conformación del universo como realidad ordenada, circular, de reencarnaciones y de muerte y vida continua, de fallar y empezar, más cuando en ocasiones el mandala se hace en una zona donde puede soplar el viento y debe empezar una y otra vez por el principio, al quedar todo desordenado y volarse el material de relleno o llover sobre la pintura, borrarse, o volarse la arenilla de colores en algunas zonas llegando incluso a estropear otras zonas del mandala con su arrastre.

El mandala lleva a sufrir y a aprender a sufrir. Es muy difícil acabarlo. Es la vida y el sufrimiento de la vida, el sufrimiento que intenta vencer el hinduista con la ascesis y la dureza de ánimo y concentración, o que el budista intenta aplacar no sintiendo, acallando sus sentidos, no padeciendo.

Si el mandala se consigue acabar no deberá enseñarse a nadie, no deberá publicitarse, alardear de él y mucho menos guardar recuerdo de él, al menos en las tradiciones más puristas; no deberá el discípulo budista mostrar regocijo, no deberá sentir, que es lo que debe acallar, sino que deberá en ese instante y tras por un instante en el que lo mirará, para acercarse al Todo, destruirlo.

Un simple manotazo valdrá, quizás con el pie, o soplando, con un golpe seco, como signo de la continua muerte y vida según la espiritualidad budista, y también hinduista. Y con ello, no sufrir porque nadie lo haya contemplado y nadie pueda alabarle por haberlo logrado. Acallar el sentir, dominar las pasiones.

Eso es el mandala, y eso es la religiosidad base de Oriente en el hinduismo y el budismo. La ascesis de no tener malos pensamientos que producen karma y te ligan a reencarnarte sin fin. La gran ascesis hinduista de la muerte una y otra vez. Vivir la vida y la muerte de manera ascética y contemplativa.

Esto es Oriente. Esto es el mandala. No podemos traer elementos orientales al cristianismo como si tal cosa. No. Cuidado. En Oriente y sus religiones cada gesto, cada ritual, cada elemento, está impregnado de religiosidad. Eso en parte define a Oriente y su espiritualidad. Lo divino lo invade todo y nada hay neutro, des-religiosizado. Por eso en Occidente hay que tener cuidado, y especialmente cuidado los católicos, los cristianos, con tomar y coger cosas de Oriente. Y lo mismo pasa con el yoga, con prácticas de meditación orientales, tan de moda en las culturas cristianas.

Los mandalas enseñan al ejercitante a ordenar el propio caos interior de la persona que lo confecciona. Enseñan a ver el mundo: el mandala se destruye, el mundo se destruye, pero se vuelve a construir. Por eso en Oriente no existe el sentido de progreso que tenemos en la cultura cristiana, de avance, lineal, hacia Cristo y la Plenitud en Él de toda la Creación. Oriente ve la muerte como una fase normal y que dará lugar a nuevos renacimientos. Y de ahí morir de nuevo. Oriente gira y gira sin avance. No sale de su rueda de muerte y vida. Solo queda la ascesis para aguantar (hinduismo) o el no sentir para no sufrir (budismo).

Los mandalas son distintos entre sí, no se pretende copiar uno de otro. El mandala expresa así la diversidad del cosmos y la imposibilidad de contemplarse igual por dos mentes distintas. Cada persona ve un mandala o crea un mandala diferente, y en otro momento, uno mismo genera un mandala distinto, porque la realidad es cambiante y no se puede agarrar. Todo pasa, nada queda. Es el aforismo de la impermanencia. El ser no existe, es la nada. Nada merece la pena. El todo es la nada y la nada es el todo.

Hay una película, de Martin Scorsese, “Kundun”, del año 1997, sobre el exilio del Dalai Lama por la invasión comunista de Tíbet. En ella se expresa muy bien lo que es un mandala.

Los mandalas dentro de los colegios

Un aspecto que hay que mencionar es que los mandalas están entrando en los colegios de los países de cultura cristiana, también en los colegios religiosos, sin saberlo los directores, los educadores, las congregaciones religiosas que los regentan, también los centros diocesanos, o de los diferentes carismas católicos que tienen colegios.

¿Cómo ha ocurrido esto? En el ámbito escolar ha entrado con cierta fuerza la venta de cuadernos para pintar los niños. Vendrían a sustituir a los anteriores cuadernos de figuras que había que pintar, a veces un pájaro colorido del Amazonas, un niño sobre un caballo, o un jardín y una niña dando unos trocitos de pan a unos patitos o unos pollitos. Son los cuadernos de pintar con los colores adecuados las figuras. Los cuadernos de pintar de toda la vida. O al menos los de hace unas generaciones. Hoy en las librerías y papelerías lo que se venden son figuras de mandalas, cuadernos de mandalas, para que los niños pinten y rellenen con colores cada sección y subdivisión.

Se venden como cuadernos creativos, relajantes, como un objeto para contemplar pintándolo, que sin embargo, como hemos dicho, encierran un fondo espiritual budista o hinduista, oriental. O incluso con tintes de Nueva Era y sincretista: que si terapias de colores, que si sanación espiritual, que si arquetipos, que si elementos medio mágicos de pseudo-curación con energías de los colores y las formas geométricas de la Nueva Era,…

¿Qué podemos decir desde el cristianismo?

Recordemos que los mandalas están impregnados de orientalismo. Y aunque entren sin referencias directas a estas religiones, como simples dibujos, el hecho de que los niños se acostumbren a ellos sin saberlo y sin la concesión y permiso de sus padres es una puerta para que en el futuro esos niños ya adultos al ver mandalas budistas e hinduistas y conozcan sus significados tomen conciencia de que eso es lo que en su infancia sin saberlo pintaron.

Es importante por ello conocer qué entra en centros cristianos. Y qué hacen los niños. Hay que respetar la fe de cada religión, y no caer en amalgamas. No sería sino una muy buena idea en los colegios religiosos cristianos volver a los cuadernos de antes, o bien a pintar postales navideñas o escenas católicas o bíblicas. Y que en centros budistas u orientales pinten mandalas. Por simple coherencia religiosa y educativa.

Por otro lado hay que decir que los mandalas no son malos en tanto figuras y colores, no alejan de Dios, sino que forman parte de la religión hinduista o budista, religiones que intentan llegar a Dios, desde sus medios y creencias. Explicitemos este aspecto citando el Vaticano II en su Declaración “Nostra Aetate” sobre las religiones no cristianas, como reflexión desde el cristianismo de estas espiritualidades de Oriente:

“En el Hinduismo los hombres investigan el misterio divino y lo expresan mediante la inagotable fecundidad de los mitos y con los penetrantes esfuerzos de la filosofía, y buscan la liberación de las angustias de nuestra condición mediante las modalidades de la vida ascética, a través de profunda meditación, o bien buscando refugio en Dios con amor y confianza. En el Budismo, según sus varias formas, se reconoce la insuficiencia radical de este mundo mudable y se enseña el camino por el que los hombres, con espíritu devoto y confiado pueden adquirir el estado de perfecta liberación o la suprema iluminación, por sus propios esfuerzos apoyados con el auxilio superior. […] La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. Anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo.”

BIBLIOGRAFÍA

+ Película “Kundun”. Martin Scorsese. 1997.

+ Declaración “Nostra Aetate”. Sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Concilio Vaticano II. 1965. http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_decl_19651028_nostra-aetate_sp.html

+ Declaración “Dominus Iesus”. Sobre la Unicidad y la Universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia. Congregación para la Doctrina de la Fe. 2000.