Si la gracia no es merecida, ¿no implica eso que la Llena de Gracia cometió pecado?

Fray Nelson en una ocacion un familiar q se a separado de la iglesia catolica me dijo q a la Sma.Virgen (ella solo dijo Maria) se le habia concedido la GRACIA de tener a Nuestro Señor Jesus porq asi Dios lo quizo pero q la palabra GRACIA significa REGALO NO MERECIDO sabiendo q esta palabra es continua en la Iglesia le pido de favor me ayude porq uno entiende q uno no meresca algo de Dios por pecador pero para Nuestra Madre y aun asi se q los hermanis separados siempre diran algo en contra de la manera en q vemos a la Santisima Virgen en la Iglesia Catolica. Un fuerte abrazo de L.L. Gracias.

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Uno puede no merecer algo por dos razones. Si uno se portó mal y le dan un regalo, claramente uno no merece ese regalo. Pero si uno no se ha ganado algo, y tampoco ha hecho nada malo, recibir el regalo es recibir algo que uno no merece.

Ejemplo de lo primero: un rey llega al trono, y sin que lo merezcan, concede el perdón y la libertad a algunos presos que no habían terminado de pagar sus condenas. El rey hace eso por generosidad y como un gesto de bondad. Ellos no merecían eso.

Ejemplo de lo segundo: el rey llega al trono y decide regalarle una mansión a uno de los guardianes del palacio. Este hombre no había cometido ningún crimen pero su sueldo tampoco daba para pagar semejante mansión. ¡Nunca lo habría imaginado! Ese guardía no merecía esa mansión pero tampoco había cometido falta alguna.

O sea que lo de no merecer no implica que haya habido maldad o formal alguna de pecado.

La Virgen María recibió amor, dones y gracias que superan todo lo que ella, en cuanto creatura de Dios, hubera podido haberse “ganado” o sea, hubiera podido merecer. Dios la amó de un modo sublime y altísimo, y en razón de ese amor, la asoció de una manera única a la misión de su Divino Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

Sobre la resurrección corporal de Jesucristo

Padre Nelson, recientemente he leído declaraciones de algunos sacerdotes, entiendo que muy respetados y con muchos títulos, que dicen cosas raras. Y por raras quiero decir que afirman que la resurrección de Cristo era una metáfora, o que en realidad no importa si su cuerpo se corrompió o no en la tumba. Tiene la Iglesia Católica una posición clara al respecto? — J.H.

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Por supuesto que la tiene. Está en varias partes del Catecismo:

988 El Credo cristiano —profesión de nuestra fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en su acción creadora, salvadora y santificadora— culmina en la proclamación de la resurrección de los muertos al fin de los tiempos, y en la vida eterna.

989 Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que Él los resucitará en el último día (cf. Jn 6, 39-40). Como la suya, nuestra resurrección será obra de la Santísima Trinidad: «Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros (Rm 8, 11; cf. 1 Ts 4, 14; 1 Co 6, 14; 2 Co 4, 14; Flp 3, 10-11).

990 El término “carne” designa al hombre en su condición de debilidad y de mortalidad (cf. Gn 6, 3; Sal 56, 5; Is 40, 6). La “resurrección de la carne” significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros “cuerpos mortales” (Rm 8, 11) volverán a tener vida.

991 Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana. “La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella” (Tertuliano, De resurrectione mortuorum 1, 1): «¿Cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe […] ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron» (1 Co 15, 12-14. 20).

Sobre por qué muchos niegan esta verdad esencial de nuestra fe, basta recordar que herejías, negaciones y defomraciones de la fe, sobre todo por querer complacer al mundo y acomodarse a lo que el mundo acepta, han existido siempre. Transcribo aquí lo que escribía hace unos años:

Desde el siglo XIX ha tomado impulso peculiar una verdadera guerra contra el Resucitado. O para ser más exactos: oposición abierta, pero vestida de racionalidad, al dato tan sencillo y tan fundamental que nos traen los Evangelios: el que murió en la Cruz no ha quedado sujeto a la corrupción de los cadáveres; vive, está lleno de la gloria del Padre, y la muerte ya no tiene poder sobre Él.

Ya San Mateo (28,11-15) cuenta de un primer intento, muy burdo, de negar la victoria postrera del Crucificado: los soldados que guardaban la tumba deben testificar que, mientras ellos dormían, los discípulos robaron el cadáver.

Uno puede leer la historia de las herejías cristológicas como un esfuerzo continuado de robar su sentido y significado real a la resurrección. Por ejemplo: Si Cristo es un ser altísimo distinto de Dios y creado por Dios, como cree el arrianismo, entonces no es Dios pero tampoco es hombre, luego su muerte es falsa, o no es la muerte nuestra, y su resurrección no dice en verdad nada a nosotros.

Si hay un Cristo “hijo de Dios” distinto de otro Cristo “hijo de María,” como quiere el nestorianismo, entonces la resurrección es, a lo sumo, la reanimación de un cadáver: una especie de segunda encarnación. Por supuesto, ello tampoco dice nada a nuestra esperanza porque nosotros no contamos con que el Lógos se una a nosotros después de que muramos.

Si en Cristo sólo hay una naturaleza, la naturaleza divina, como pretende el monofisismo, entonces su muerte es un holograma repleto de efectos especiales
que nada dicen a la realidad cruda y dura de nuestra propia muerte.

Al revisar las principales herejías uno pronto entiende la sabiduría del dictum de San Ireneo: Caro cardo salutis: la verdad y realidad de la carne de Cristo, y por ende, de su plena naturaleza humana, unida en la única persona del Verbo, es el fundamento para creer en el amor que se desplegó en la Cruz, y para dar fundamento a la esperanza que se despliega con la resurrección.

Así las cosas, una oleada de escepticismo hacia los milagros en general, y hacia la resurrección de Cristo en particular, ha llevado a tratar de reinterpretar los Evangelios desde ideas ajenas y artificales, como aquello de que Cristo resucitó “en la fe de los discípulos,” es decir, algo completamente semejante a lo que un entusiasta de Mao Tse-Tung puede gritar en una manifestación callejera: “¡Mao Vive!” Y si le preguntamos al del grito: de qué modo vive Mao, él admite que el cadáver de Mao siguió el destino de todo cadáver, y que lo que se conserva es por obra de un proceso de embalsamamiento. Pues así pretenden estos sedicentes teólogos que pensemos de Cristo: que lo que está vivo es “su proyecto,” “su causa,” la cual después se interpreta como luchar por unos “valores del Reino,” que al final se reducen a un humanismo horizontal y buenista bien salpicado de socialismo.

¿Por qué la Semana Santa cambia de fecha cada año?

Es algo que seguramente nos hemos preguntado desde pequeños, y yo mismo he sido interrogado varias veces en ese sentido: ¿Por qué cambia de fecha la Semana Santa? Alguien sugería si era el Papa el que cambiaba tanto las fechas, y con qué criterio.

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Un excelente artículo de Aciprensa resume bien la respuesta:

Cada año varían las fechas del Jueves Santo, Viernes Santo, Sábado de Gloria y Domingo de Resurrección, y existe una razón histórica para ello cada año.

En Semana Santa los cristianos celebramos la resurrección de Cristo, la fiesta más importante del calendario litúrgico. De hecho, durante los tres primeros siglos de la fe era la única fiesta que se celebraba.

El origen de la fecha se debe a que la muerte de Cristo ocurrió cerca a la Pascua Judía. Los Evangelios se refieren a esta celebración en el pasaje bíblico de la Última Cena, cuando Jesús se reúne con sus discípulos para celebrar la fiesta en la que los judíos recordaban su salida de Egipto.

Los judíos, de acuerdo a sus normas, deben renovar cada año esta celebración el día 15 del mes de Nisan, que empieza con la primera luna nueva de primavera: es decir, el primer plenilunio de primavera, independientemente del día de la semana que toque.

Luna llena

Con el paso del tiempo y aunque algunas regiones en el mundo se resistían, la Iglesia comenzó a unificar la fecha de la Pascua. Desde el I Concilio Ecuménico de Nicea en el año 325, la Semana Santa se celebra el primer domingo de luna llena después del equinoccio primaveral (alrededor del 21 de marzo).

Al principio se tenía en cuenta que no coincidiera con la celebración de la Pascua Judía, pero con el paso del tiempo se fue perdiendo esta costumbre, al menos en Occidente.

Así el Domingo de Pascua acontece en un paréntesis de 35 días, entre el 22 de marzo y el 25 de abril.

Las fechas de Pascua se repiten en un periodo de 5.700.000 años y en ese intervalo de tiempo la fecha más frecuente es el 19 de abril. La mayoría de las veces la Semana Santa cae durante la primera o segunda semana de abril.

Las lecturas de la Vigilia Pascual

Padre, ¿por qué son tantas las lecturas de la Vigilia Pascual? ¿Se supone que hay que hacerlas todas? — AYB

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La Vigilia Pascual es la celebración más antigua, más importante y más solemne de nuestra Iglesia Católica porque apunta al centro y corazón de toda nuestra fe: la victoria de Jesucristo sobre el pecado, el demonio y la muerte. Toda la ceremonia, y no sólo las lecturas, tiene el propósito de ayudarnos a vivir lo que celebramos con la mayor conciencia, gratitud y entrega que sea posible.

Por supuesto, lo central es al resurrección de Jesucristo; pero sin el adecuado contexto, la resurrección misma queda casi reducida a un hecho exótico y aislado que parece más próximo a la fantasía que a la realidad. Es ahi donde tienen su enorme importancia las lecturas cuidadosamente escogidas por la Iglesia. Al ver el camino, el proceso de revelación y salvación, que ha conducido al pueblo de Dios hasta la conciencia de su pecado y la necesidad de ser renovados completamente, los ojos de nuestra mente se disponen para reconocer, hasta donde es posible, el esplendor de la gloria del Resucitado.

Por eso la Vigilia Pascual no es una “misa” más–y por favor, sépase muy bien que cada eucaristía es comunión plena con el sacrificio redentor del Calvario. La Vigilia Pascual quiere conducirnos, más allá de los siglos, las culturas, y las múltiples diferencias que tenemos unos con otros, a fundirnos en el mismo amor poderoso y redentor que proviene de la victoria del Señor. Por eso hay que asistir a esta Vigilia con una gran preparación de alma, con tiempo suficiente, con el corazón sediento de la verdad y el amor que sólo están en el Hijo de Dios, que se ofreció por nosotros en la Cruz.

Es ideal entonces que se proclamen, escuchen y mediten todas las lecturas, con sus respectivos salmos y oraciones. Una buena predicación es importante también para que se vea la conexión que estas lecturas tienen entre sí, y también la que tienen con nuestra vida, nuestro aquí y ahora. Por razones extremas, que me cuesta trabajo imaginar, se pueden hacer menos lecturas, pero hay algunas que son inamovibles: la del Éxodo, que nos une a la Pascua de los judíos, la Epístola de San Pablo, y por supuesto el Evangelio.

Quiera Dios que crezca en todos nosotros el amor por sus misterios y el deseo de celebrarlos con fe, con devoción, con gratitud.