¿Cómo se debe decir el Gloria a la Trinidad?

¿Hay algún error al rezar el gloria diciendo: Gloria al Padre, Gloria al hijo y Gloria al Espíritu Santo? En mi parroquia la mitad de servidores y fieles así lo rezan. Gracias. — O.A.

* * *

No es incorrecto pero es menos correcto. Al repetir la expresión de alabanza para cada una de las Divinas Personas queda la impresión de que estamos dirigiéndonos a tres dioses.

Puesto que el centro del dogma trinitario es “una naturaleza en tres Personas,” parece que ello queda indicado apropiadamente si la palabra “gloria” se dice una vez, porque es UN solo Dios, y luego se enuncian las TRES Personas: “…al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo.” O también: “.. al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo…”

¿Por qué el tiempo ordinario tiene ese nombre tan despectivo?

En la liturgia estamos entrando ahora mismo al tiempo llamado “ordinario,” según explicaba el sacerdote en la misa. No entiendo por qué esa denominación que es como una invitación a despreciar una parte del año; de hecho, la mayor parte del año. ¿Me explica? –M.H.

* * *

Sucede a veces que una misma palabra tiene diversos significados. Un ejemplo “de libro” es el ´termino “gato” que en algunos países sirve tanto para nombrar al animal doméstico conocido, y a un aparato que se utiliza para levantar pesos considerables, como por ejemplo, el de un automóvil al que hay que repararle una llanta o goma.

Algo así sucede con la palabra “ordinario,” que puede hacer referencia a distintas cosas: (1) Puede ser algo de baja calidad; (2) Puede ser algo que es muy común; (3) Puede ser lo que sigue un determinado “orden.” He aquí ejemplos de esos tres usos distintos:

(1) Le pedí a mi hija que comprar una tela fina para el mantel y en cambio trajo esta tela ordinaria.

(2) En medio de lo cotidiano y lo ordinario de nuestras vidas, Dios sigue haciendo sus milagros.

(3) De modo ordinario, lo que sigue después de una denuncia es un proceso judicial.

En el caso del tiempo litúrgico llamado “ordinario,” no hay por qué suponer que estamos usando las acepciones (1) ó (2). Este tiempo se llama “ordinario” porque sigue el “orden” (que se dice “ordo,” en latín) de los Evangelios sinópticos para presentarnos todo el ministerio público de Jesucristo. Por eso se le llama también–y es más apropiado, en cierto sentido–tiempo “durante el año.”

¿Es de cristianos celebrar cosas mundanas como los días patrios o el nuevo año civil?

Somos creyentes y el centro de nuestra alegría y nuestra fe están en Jesucristo; en su Encarnación; en su Evangelio; en su dolorosa Pasión y gloriosa resurrección; en su pueblo santo, llamado a permanecer para siempre en su presencia, su gloria y su alabanza.

Y sin embargo, somos un pueblo que peregrina en esta tierra. Respiramos el mismo aire y necesitamos de la misma agua que todos los demás seres humanos. Por ello lo que recibimos, lo que compartimos y lo que damos a los demás no es solamente fe y religión. El acueducto que usamos, el idioma que hablamos, los campos de los que nos alimentamos, de hecho: la una gran parte de los bienes y los conocimientos que nos han permitido un modo de ser personas de nuestro tiempo, capaces de cultura, de pensamiento crítico y de trabajo junto a otros, no provienen directamente de la religión o la fe sino de un área amplia de realidades humanas que compartimos con los demás habitantes de este planeta.

Muchos de nuestros antecesores lucharon por valores y libertades que ahora nosotros damos por descontadas. Pensemos por ejemplo en la superación del analfabetismo o en la prohibición de la esclavitud. Estamos en deuda con quienes han hecho posibles esos bienes, en razón del valor que tienen para nosotros y en razón de las posibilidades que abren de desarrollo humano e incluso también de la transmisión del Evangelio.

La correcta celebración de las fiestas patrias o de los acontecimientos civiles en general va en esa dirección: sin caer en idolatrías, y sin hipotecar nuestra libertad de predicar el Evangelio, no seremos ingratos con el país y la cultura que han construido en nosotros tanto de lo que somos.

Sobre aquello de No Juzgar

Jesús cuando vino al mundo enseñó a no juzgar, sino por el contrario enseñó a amar, porqué lo hacemos nosotros los cristianos? — K.M.

* * *

La expresión “no juzgar” hay que saberla entender porque de otro modo lleva a contradicciones insolubles.

Piensa nada más en esto: Cuando le decimos a alguien: “No juzgues” ya estamos haciendo un juicio nosotros mismos.

Piensa también en que si uno quisiera evitar absolutamente TODO juicio, uno no podría decir nada sobre los que secuestran niñas para violarlas y matarlas porque entonces uno estaría “juzgando” al que cometió tales hechos.

Y piensa además que si uno intentara evitar TODO juicio moral, resultaría imposible educar a un niño o a un joven porque educar siempre implica expresar juicios morales; como por ejemplo: “No sigas el camino de los corruptos, que se roban el dinero del pueblo.”

Por último, démonos cuenta de que lo de “no juzgar” se dice y repite machaconamente cuando se trata de ciertos comportamientos (y pecados) mientras que otros sí son condenados duramente. Es frecuente que se aplique lo de no juzgar a temas de afectividad y sexo (implicando que cada quien viva su sexualidad más o menos como le parezca) mientras que el tráfico de drogas o las actividades de la mafia se condenan sin tapujos. O sea que evitamos juzgar en cuanto a los pecados “de moda” y sí juzgamos las lacras “de moda.”

Todo eso muestra que el sentido de las palabras de Cristo no podía ser–y no es–que debemos abstenernos de decir si las cosas son buenas o son malas. Uno no puede ver un secuestro o una violación, por ejemplo, y quedar amordazado por esta interpretación de las palabras de Cristo hasta el punto de no poder denunciarlo porque “eso sería juzgar.”

Entonces, ¿cómo entender rectamente la enseñanza del Señor?

Un buen punto de partida es que Cristo no hablaba español, ni latín; quizás entendía bastante griego pero su mente y corazón provienen del pueblo judío y de la raza hebrea. Lo mejor es explorar las palabras “justicia/juicio” (mishpat) y “juzgar” (shaphat ó shafat) desde el hebreo. Y lo primero que uno nota es que shafat es un verbo que equivale a “gobernar” de modo que el que hace justicia es ante todo el mismo que gobierna, o sea, el rey. Puesto que Dios es el rey del mundo y el soberano de las naciones de la tierra, es claro que “hacer justicia” o dar el “mishpat” corresponde a Dios.

En nuestras sociedades, en cambio, los juicios suceden en juzgados, y pueden ser apelados, e ir a distintos tribunales, de más alto rango; o por el contrario, hay casos que pueden prescribir y ya no ser sometidos al sistema judicial. En Israel, y en general en todos los pueblos antiguos, el juicio sobre una situación o sobre una persona, era algo que sucedía UNA VEZ y que venía directamente del soberano (no había nuestra famosa separación de poderes: ejecutivo, legislativo y judicial); pronunciar juicio no admitía en principio apelación y definía para siempre el destino de una persona. esa es la idea de “juzgar” que está detrás de la advertencia de Cristo.

“Juzgar” en lengua hebrea, es tomar el lugar del juez, y el único juez es Dios, cuyos “juicios” indican la verdad definitiva y el destino final de cada persona. De modo que “no juzgar” equivale a: “No pretendas tomar el lugar de Dios creyendo que puedes conocer o definir el desenlace final de la vida de otra persona.” Por supuesto, ese mandato no implica que suspendamos toda opinión sobre todo comportamiento pues entonces ni siquiera la predicación sería posible.

Y no olvidemos que el mismo Cristo nos invitó a practicar la corrección fraterna (Mateo 18,15-17). ¿Cómo podría yo corregir a mi hermano si cada vez que le fuera a decir que está haciendo algo incorrecto él me dijera: “¡Tú, cállate: me estás juzgando.”

En resumen: el mandamiento de No Juzgar significa que no usurpemos el lugar de Dios en cuanto a qué va a suceder finalmente en la vida de una persona; pero ello no impide que reconozcamos, en nosotros mismos y en los demás, cosas que son incorrectas y que deben ser corregidas.