Salva tu matrimonio

Un matrimonio, se encontraba en medio de la tormenta en el mar:
– Lidubina, ¿dime mi amor?
– Nada, dice Lidubino.
– No seas tímido no me dejes con la duda ¿dime que cosa?
– ¡ Nada! vuelve a decir el esposo
– Anda no seas así dime
– ¡NADA! Era la única palabra de Lidubino,
– Ella molesta dice: “Si no me dices me enojare contigo”.
– Lidubino entonces grita !NADAAA!, NADA, Libudina nada, que nades de una vez, que el barco se está hundiendo…

Cuantos matrimonios hoy se están hundiendo. Cuantos necesitan nadar rumbo a tierra firme para que el barco llamado matrimonio no se hunda y desaparezca
Hoy es necesario NADAR, es decir hay que ponerse en movimiento. Si tu matrimonio atraviesa por dificultades. Si piensas que tu matrimonio va rumbo al divorcio. Si ya no encuentras solución, pues es tiempo de la ACCION. Ante las olas que amenazan destruir tu matrimonio, es tiempo de hacer lo que hizo pedro cuando se estaba hundiendo en el mar: “Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo! Señor, sálvame!”(Mateo 14,30)

Oración: Señor mi matrimonio está en peligro, mi matrimonio se está hundiendo, por ello hoy te imploro y suplico diciendo: SEÑOR SALVA MI MATRIMONIO, SEÑOR TEN MISERICORDIA POR TODOS LOS MATRIMONIOS. Amen

#AdhemarCuellar

¿Los sacerdotes católicos son célibes y aconsejan a personas casadas?

Fray, Un amigo me pregunta que si tiene sentido que un cura, que por ley de la Iglesia no debe casarse, esté aconsejando a personas casadas. ¿Cuál es la mejor manera de responderle? -B.S.

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Hay varias respuestas a la inquietud que planteas, y quizás lo mejor es presentarlas juntas porque se complementan.

(1) Desde el punto de vista bíblico, es importante recordar que Jesucristo fue una persona célibe, y eso no quita que es Maestro Divino para todas las áreas de la vida humana, incluyendo por supuesto el matrimonio. El gran apóstol san Pablo, en quien se basa la mator parte de la enseñanza sobre la pareja y el matrimonio, fue también célibe y aunque propuso su modo de vida como un modelo al que se podía aspirar, enseño muy claramente sobre el valor altísimo de la unión entre el hombre y la mujer.

(2) Desde el punto de vista social y familiar, hay que tener en cuenta que la experiencia de lo que es una parejano se adquiere solamete por contacto directo. Todo sacerdote viene de un hogar. En muchas ocasiones se trata de hogares ejemplares en los que los problemas cotidianos y las victorias sobre esos problemas han sido una gran escuela. ¿No se sabe nada sobre qué es ser papá o qué es ser mamá, y de cómo amar y perdonar, cómo escuchar y aportar en la vida de los otros, viendo semejantes ejemplos? En cuanto a los sacerdotes que vienen de hogares disfuncionales, ¿no habrán aprendido nada de por qué las cosas no funcionaron? ¿Esa experiencia no cuenta para nada?

(3) Es absurdo pretender que cada quien hable sólo de lo que conoce directamente. Si una doctora no ha estado embarazada, ¿no podrá decir nada a las embarazadas que le quieran consultar algo? Si un psicólogo no está diagnosticado de esquizofrenia, ¿no puede decir nada sobre esa condición psiquiátrica? Si un profesor de geografía no ha estado en Turquía, ¿no tiene nada que recomendar a un grupo de viajeros que quieran ir allá?

(4) Con mucha frecuencia el sacerdote tiene una experiencia amplísima, fruto de haber escuchado y asesorado a muchas parejas. Como comentaba con humildad un amigo laico casado: “Yo conozco bien mi historia, pero un buen sacerdote conoce centenares de historias.” Y cuando una persona necesita un consejo, ¿no es mejor acercarse al que tiene un conocimiento más amplio?

(5) La amplia formación del sacerdote le hace un consejero muy idóneo en muchos casos. En efecto, un buen sacerdote no sólo ha tratado a muchas personas sino que además ha tenido que estudiar temas de psicología, ciencia general, filosofía, biblia, moral, teología y derecho. Es de suponer que esa formación es de notable utilidad en muchas situaciones de pareja.

¿Y por qué no los medios artificiales de anticonepción?

“Los métodos naturales facilitan el respeto a la otra persona y a su cuerpo. La abstinencia temporal, decidida de mutuo acuerdo por el hombre y la mujer, no solo no debilita el amor, sino que lo hace más fuerte, más libre y más profundamente personal. En cambio, con los medios artificiales se abre el camino a que cada uno -y sobre todo el varón-, habituándose al uso de las prácticas anticonceptivas, se despreocupe del equilibrio físico y psicológico de la otra persona, y llegue a considerarla como un objeto de placer sexual que debe estar siempre disponible para su propia satisfacción…”

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