La decadencia de Occidente

“Traducida al castellano en 1966 por García Morente, La decadencia de Occidente fue prologada por Ortega y Gasset, quien califica la obra de Spengler como una «filosofía de la historia». Con su estilo didáctico, el filósofo madrileño explica cómo lo importante para una filosofía de la historia no son tanto los hechos, sino la misma realidad histórica de la que los hechos, como la muerte de César, no son sino su superficie. Por eso, frente a la historia de los historiadores, Spengler se plantea la pregunta filosófica: ¿cuál es el sujeto de la historia? Para responder que dicho sujeto, que su substancia, es la cultura, es decir, un modo orgánico de pensar y sentir. Las culturas, nos dice Spengler, son plantas y, como tales, atraviesan tres etapas: juventud, madurez y senectud. En 1918, Spengler consideraba que la cultura occidental estaba asistiendo a su momento de decadencia…”

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La incontenible infantilización de Occidente

“Desde hace años, sociólogos, antropólogos o psicólogos vienen advirtiendo sobre la infantilización de la sociedad postindustrial. La media de edad aumenta incesantemente, la población envejece, pero los rasgos adolescentes permanecen en una porción significativa de sujetos adultos. La juventud se ha convertido en icono de culto, objeto de incesante alabanza, de veneración. Lo grave no es que la gente intente aparentar juventud física, recurra en exceso a la cirugía estética o a los implantes capilares. Es más preocupante que un creciente porcentaje de adultos se afane en el cultivo consciente de su propia inmadurez…”

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El gran tabú de hoy no es hablar de sexo sino de Dios

“Mons. Aupetit explica que desde pequeño tuvo que vivir su fe prácticamente en soledad porque nadie en su familia era católico practicante e incluso sus dos abuelos eran «anticlericales de la cabeza a los pies». «Mis amigos tampoco eran practicantes. Así que tuve que vivir mi fe en soledad», cuenta el prelado; y añade: «Lo único que me enseñó mi madre fue el Padrenuestro y el Avemaría. A través de esas dos oraciones aprendí a hablar con Dios. Pero en secreto: nadie me enseñó»…”

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