Parecían un grupo de fracasados

Si nos hubiéramos encontrado por las calles de Jerusalén a algunos de los discípulos de Jesucristo, después del terrible acontecimiento de la Cruz, ¿qué hubiéramos visto en ellos? Hubiéramos visto solamente los ojos del fracaso; hubiéramos visto el rostro del miedo, y hubiéramos visto la actitud del fugitivo: aquel que huye de su pasado tratando de preservar lo poco que cree que llevar consigo.

La impotencia y las limitaciones de esos hombres nos están mostrando en el fondo nuestras propias impotencias: siempre nos quedamos cortos ante la grandeza de nuestra vocación, ante la grandeza de la santidad a la que Dios nos llama, ante la grandeza del verdadero amor y misericordia hacia el prójimo: ¡siempre nos quedamos cortos!

Pero lo realmente maravilloso es descubrir que nuestra limitación no es la última palabra en esta historia. Dios ha querido abrazar nuestros límites y reventando su propia carne ha reventado las barreras que nos mantenían prisioneros: somos libres por su Pascua y tenemos nueva vida por la gracia de su espíritu!

Plegaria de la Serenidad

Señor, concédeme serenidad
para aceptar todo aquello que no puedo cambiar,
fortaleza
para cambiar lo que soy capaz de cambiar
y sabiduría
para entender la diferencia.

Motores

Dos poderosas turbinas
Mueven al fiel cristiano:
Saberse en verdad amado
En la Cruz que de Sangre brilla
Y tener urgencia de amar
Según el nuevo mandato
Que dejó el Señor dicho y claro
Cuando se dio como Pan.

Antídoto necesario

Cuanto más potente el veneno, más urgente y más potente ha de ser el antídoto.

Las divisiones profundas y cada vez más agresivas se han convertido en un terrible veneno para nuestra sociedad. Y la solución no es poner un calmante llamado “tolerancia.” La tolerancia se revienta ante el terrorismo, ante el abuso, ante la manipulación, ante el engaño, ante la injusticia repetida.

El antídoto más urgente es entender qué hay de cierto, qué hay de razonable, qué hay de justo en las peticiones de los diversos grupos. El antídoto se llama: abrirse a la verdad.

Sin ese antídoto, lo demás es ley de la jungla, imposición del más fuerte, carrera de trampas y mentiras.

Lo difícil de abrirse a la verdad es admitir qué hay de correcto en aquel que no piensa como yo, aquel que no comparte mis gusto o ni siquiera mis principios.

Pero es el único antídoto posible. Y hay que tomarlo pronto.