Plegaria de una mujer asombrada por el amor de Dios

No me dan ganas de nada mas, sino solo de alabarte y agradecerte a ti, Oh Cristo, porque me has mirado con amor y misericordia. Siendo yo tan pecadora, al acercarme al confesionario me repites: déjame amarte una vez más.

Abre mi corazón, Cristo, abre lo más profundo de mí a tu amor, para que eso me baste y no quiera más que a ti. Que ese amor me lleve a entender cuán valiosa soy frente a tus ojos, y que las prohibiciones no son más que toques de amor tuyos hacia tus hijos.

No debe bastarme “no hablar mal del prójimo,” sino reconocer la grandeza que tú haces en mi prójimo. No debe bastarme “no tener relaciones sexuales,” sino amar al otro como Cristo lo hace. No debe bastarme “no perder el tiempo,” sino gastar el tiempo haciendo el bien.

Gracias porque nos levantas! Ofrezco en este momento un Avemaría por mi alma y por el alma de todas las personas que amo. Porque eso es amor, hablarle a Dios de las personas y hablar con las personas de Dios.

Amén.

Cada noche, antes de dormir

Cada noche, antes de dormir, hay un instante sagrado, de valor infinito.

Desconectate, apaga el celu, apaga el televisor y la música…

Animate a entrar en tu propia conciencia. Algunas veces da miedo, otras, pereza; incluso vértigo.

Ahí, discreto, muchas veces callado pero siempre amante… está Dios.

Búscalo, o, mejor dicho, déjate encontrar por Él, que siempre está dentro, aún cuando vos estas fuera y huis.

Escuchá atentamente: quiere hablarte, y espera tu respuesta.

A veces sólo te dice: “te amo, hijo mío”, o “eres mío, te creé para que descanses en Mí”.

Otras veces te dirá, como a Magdalena: “¿qué buscas… a quién buscas… por que lloras?”

Otras, te dirá dolorido: “¿dónde está tú hermano?” o “¿por qué me persigues?”

Siempre podrás escuchar: “Vení a mi, vos que estas afligido y agobiado… yo te aliviaré”

Como cuando eras niño, habla con confianza, dormite contándole tus penas y confiandole tus sueños.

Pedile perdón, y fuerzas para ser más bueno mañana.

En su pecho paternal hay lugar, siempre. No lo dejes con las ganas de abrazarte.

P. Leandro Bonnin

Parecían un grupo de fracasados

Si nos hubiéramos encontrado por las calles de Jerusalén a algunos de los discípulos de Jesucristo, después del terrible acontecimiento de la Cruz, ¿qué hubiéramos visto en ellos? Hubiéramos visto solamente los ojos del fracaso; hubiéramos visto el rostro del miedo, y hubiéramos visto la actitud del fugitivo: aquel que huye de su pasado tratando de preservar lo poco que cree que llevar consigo.

La impotencia y las limitaciones de esos hombres nos están mostrando en el fondo nuestras propias impotencias: siempre nos quedamos cortos ante la grandeza de nuestra vocación, ante la grandeza de la santidad a la que Dios nos llama, ante la grandeza del verdadero amor y misericordia hacia el prójimo: ¡siempre nos quedamos cortos!

Pero lo realmente maravilloso es descubrir que nuestra limitación no es la última palabra en esta historia. Dios ha querido abrazar nuestros límites y reventando su propia carne ha reventado las barreras que nos mantenían prisioneros: somos libres por su Pascua y tenemos nueva vida por la gracia de su espíritu!

Plegaria de la Serenidad

Señor, concédeme serenidad
para aceptar todo aquello que no puedo cambiar,
fortaleza
para cambiar lo que soy capaz de cambiar
y sabiduría
para entender la diferencia.