La desnudez de la Pureza en la Cruz

Desnudaron a Cristo en la Cruz, para avergonzarlo; pero Él entregó sus ropas para cubrir con piedad nuestra vergüenza.

Lo que no pudo Adán en el paraíso, tejiendo con torpes manos un vestido con las hojas del pecado, eso se lo concedió el Nuevo Adán, Cristo vivo, revistiéndonos a todos con su piedad y con el valor infinito de su Sangre.

Porque el ornamento único de este Sumo Sacerdote era su propia Sangre; y su liturgia era de silencios, dolor y plegarias; y su altar, el pecho abierto; y sus acólitos, miríadas de angeles en reverencia infinita.

Pureza del abrazo de Cristo, renueva en nosotros la capacidad de amar tu Amor, y recibirlo sin excusas.

Pureza de la mirada de Cristo, renueva en nosotros la luz que permite reconocer y agradecer la belleza que el mundo ignora o profana.

Pureza del Corazón de Cristo, renueva en nosotros el gozo de la fidelidad y la paz serena de las amistades limpias y los hogares felices.

Pureza del Cuerpo de Cristo, renueva en toda la Iglesia el sentido profundo de la adoración a tu Divina Presencia en la Eucaristia.

Pureza del amor de Cristo, enséñanos a amar, sin rehuir la Cruz y sin olvidar la Pascua. Que jamás olvidemos que nuestros cuerpos han sido hechos de tierra pero han sido hechos para el Cielo. Amén.

Prepara desde hoy tus viernes de Cuaresma

Dentro del camino de cuaresma los días viernes tienen un lugar único. Es la razón por la que esos días la Iglesia nos llama al ayuno y la abstinencia.

¿Por qué en particular los viernes? Porque cada viernes de cada semana de cuaresma es un paso que damos hacia el gran VIERNES, aquel día dramático pero bendito y santo, en que Cristo entregó su vida por nosotros en la Cruz.

Por eso debemos dar especial atención a las lecturas de esos viernes, que nos van mostrando la grandeza misteriosa del amor que redime, por ejemplo, a través de los rechazos que sufrieron los profetas, o al comprobar la dureza del corazón humano, que se endurece en su arrogancia.

Es importante que los viernes no sean solo días en que HACEMOS cosas, ciertamente necesarias y santas, como el ayuno y la abstinencia, sino días en que Dios HACE cosas en nosotros, transformando nuestra dureza y conduciéndonos por la humildad, la sabiduría y finalmente, la conversión.

La labor de un buen predicador

LA LABOR DE UN BUEN PREDICADOR

Es preciso amoldar las palabras con un arte tan exquisito que, siendo distintos los defectos de los oyentes, se apliquen a cada uno en particular, sin perder la armonía que debe inspirarlas. Será necesario penetrar con seguridad por entre las diversas pasiones, y como con espada de dos filos, ir cercenando las úlceras de los pensamientos carnales por un lado y por otro…

predicando la humildad a los soberbios, sin infundir mayores temores a los cobardes y encogidos;

infundiendo valor a los tímidos, sin dar alas al descaro de los orgullosos;

inspirando ansias de bien obrar a los tibios y remisos, sin fomentar en los revoltosos el desbordamiento de su actividad;

imponiendo moderación a los inquietos, sin dejar a los pacatos adormecidos en su inacción;

acallando las iras de los coléricos, sin halagar la dejadez de los negligentes y perezosos;

estimulando el celo de estos, sin dar pábulo a los arranques iracundos de aquellos;

promoviendo la generosidad de los avaros, sin soltar las riendas al despilfarro de los pródigos;

enseñando a estos la parsimonia, sin despertar en aquellos el apogeo a los bienes perecederos;

aconsejando a los deshonestos el matrimonio, sin provocar a los castos a la lujuria;

ponderando a estos la sublimidad de la pureza del cuerpo, sin hacer despreciar a los casados la fecundidad de la carne;

encareciendo las altas y grandes virtudes, sin inspirar desdén por las pequeñas y ordinarias;

y, por último, inspirando afición a las virtudes pequeñas, de tal suerte, que sus oyentes, no creyéndolas suficientes, mantengan una continua aspiración a las virtudes arduas y elevadas.

(San Gregorio Magno, Regla Pastoral, Parte III, cap. xxxvi)

Amor y unidad entre los creyentes

Así como nuestro cuerpo tiene muchas partes y cada parte tiene una función específica, el cuerpo de Cristo también. Nosotros somos las diversas partes de un solo cuerpo y nos pertenecemos unos a otros.

Dios, en su gracia, nos ha dado dones diferentes para hacer bien determinadas cosas. Por lo tanto, si Dios te dio la capacidad de profetizar, habla con toda la fe que Dios te haya concedido. Si tu don es servir a otros, sírvelos bien. Si eres maestro, enseña bien. Si tu don consiste en animar a otros, anímalos. Si tu don es dar, hazlo con generosidad. Si Dios te ha dado la capacidad de liderar, toma la responsabilidad en serio. Y si tienes el don de mostrar bondad a otros, hazlo con gusto.

No finjan amar a los demás; ámenlos de verdad. Aborrezcan lo malo. Aférrense a lo bueno. Ámense unos a otros con un afecto genuino y deléitense al honrarse mutuamente. No sean nunca perezosos, más bien trabajen con esmero y sirvan al Señor con entusiasmo. Alégrense por la esperanza segura que tenemos. Tengan paciencia en las dificultades y sigan orando. Estén listos para ayudar a los hijos de Dios cuando pasen necesidad. Estén siempre dispuestos a brindar hospitalidad.

Bendigan a quienes los persiguen. No los maldigan, sino pídanle a Dios en oración que los bendiga. Alégrense con los que están alegres y lloren con los que lloran. Vivan en armonía unos con otros. No sean tan orgullosos como para no disfrutar de la compañía de la gente común. ¡Y no piensen que lo saben todo!

Nunca devuelvan a nadie mal por mal. Compórtense de tal manera que todo el mundo vea que ustedes son personas honradas. 18 Hagan todo lo posible por vivir en paz con todos.

(Carta del apóstol San Pablo a los Romanos 12,4-18.)