El despotismo ilustrado y sus consecuencias

Despotismo ilustrado

La secularización de la vida social vino impuesta progresivamente en el XVIII por el despotismo ilustrado de unas minorías gobernantes, las aristocracias de las Cortes y la alta burguesía. Este proceso conducirá rápidamente a su lógico término: primero en Francia, a fines del siglo, con la Revolución Francesa, y en seguida, a lo largo del XIX, en los demás países de antigua raíz cristiana, por medio de la Revolución Liberal, se llegará a afirmar abiertamente en códigos y constituciones lo que antes se decía sólamente -y casi nunca antes del XVII- en reducidos grupos de filósofos e iniciados: que la soberanía y origen del poder está en el hombre, y no en Dios; y que, en definitiva, la última instancia para juzgar del bien y del mal es el propio hombre. En esta visión, el único modo por el que pueden los hombres llegar a ser adultos, más aún, dioses, «conocedores del bien y del mal» (Gén 3,5), es sacudiéndose toda dependencia de Dios.

Por lo que a España se refiere, en los tiempos de Carlos III (1759-1788) no se llega todavía a ese término en la vida política, pero se avanza mucho en esa dirección. La Corona aún se sigue declarando católica, y reconoce todavía, verbalmente al menos, la soberanía de Dios sobre los reinos de las Españas; pero la coherencia y sinceridad de estas profesiones es cada vez menor.

Puede advertirse, incluso, que a medida que transcurre el reinado de Carlos III se va haciendo cada vez más patente el empeño secularizador de su ministros, y más claro su propósito de imponer una «revolución desde arriba», en contra de lo que el pueblo piensa y quiere.

En efecto, el pueblo cristiano en España, en la buena teología de su sentir católico tradicional, entiende que el hombre debe estar abierto a Dios en todas las dimensiones de su vida, privadas o públicas, viviendo en el respeto de sus leyes, y que la pretendida redención que el despotismo ilustrado trata de imponer no es sino un falso mesianismo, una pseudorredención que fuerza al hombre y a la sociedad a cerrarse sobre sí mismos, a no reconocer más verdad que la que el hombre alcance por las luces de la razón, a no admitir más ley que la establecida por los hombres, y a no reconocer más fuerza para conseguir en este mundo el bien de la humanidad que la de los hombres por sí solos. Es el humanismo autónomo, que ya en el siglo XX apenas halla resitencia alguna en la vida pública, y que cierra ésta con gran eficacia a todo influjo cristiano.

Misiones frenadas por la Ilustración

La política ilustrada de los ministros de Carlos III -bastantes de ellos afiliados a logias masónicas-, apoyada por la gran difusión de las ideas de la Enciclopedia en la aristocracia española, sujeta a las modas e ideas que venían de Francia, produjo graves perjuicios a la Iglesia en los territorios de España, y muy especialmente en las misiones de América.

Como ya vimos, la expulsión de los jesuitas en 1767 acabó en Hispanoamérica con muchos colegios y universidades, y desbarató reducciones magníficas de indios, que muchas veces habían costado sangre, sudor y lágrimas. Y esos mismos vientos siniestros siguieron soplando en California, en los tiempos de fray Junípero.

Concretamente, el nuevo Gobernador, muy próximo a Carlos III, don Felipe de Neves, sólamente toleraba las misiones, porque su mantenimiento y desarrollo eran imprescindibles para la causa de la Corona en América, pero no tenía por ellas ninguna estima positiva. Pronto se vió que sus decisiones gubernativas, respaldadas por el Gobernador General, Teodoro de Croix, perjudicaban no poco la actividad de los misioneros.

Así, por ejemplo, el asunto del sacramento de la confirmación. El padre Serra, tras diez años de trámites, había conseguido en 1778 licencia de Roma para ser ministro extraordinario de la confirmación, como Padre Prefecto de las misiones californianas. Fray Junípero, aunque estaba ya viejo y gastado, y su pierna estaba cada vez peor, multiplicó entonces sus visitas pastorales, y se entregó a su preciosa misión sacramental con el mayor empeño, sin manifestar cansancio, ni aceptar tampoco descansos más largos que hubieran permitido un tratamiento médico más eficaz.

Pues bien, el Gobernador Neves prohibió al padre Serra que continuara con el ministerio de las confirmaciones, alegando que la concesión papal era inválida, puesto que no había recibido el placet regio. Sólo en mayo de 1781, tras complicadas luchas y gestiones, se impuso la verdad, y pudo el padre Serra continuar confirmando.

Siguiendo la misma política obstructiva, el Gobernador Neves dispuso que bastaba en cada misión la presencia de un misionero. También entonces fueron necesarias muchas y desagradables luchas para conseguir que en cada puesto continuara habiendo dos misioneros.

Por otro lado, alegando el derecho establecido en las antiguas Leyes de Indias, exigió el Gobernador que los indios convertidos, tras cinco años de estar en reducción, asumieran cargos políticos, en tanto que los misioneros quedaran limitados a los ministerios estrictamente espirituales. A pesar de los graves objeciones presentadas por los misioneros, el Gobernador nombró alcaldes y regidores en las cinco primeras misiones…

En estos años, fray Junípero Serra, ya anciano y en medio de una administración política enmascaradamente hostil, todavía consiguió fundar en el canal de Santa Bárbara la misión de Nuestra Señora de los Angeles (1781) y la de San Buenaventura (1782).

No sabía fray Junípero que ésta, su novena fundación, iba a ser la última. En seguida, cuando los franciscanos proyectaban fundar Santa Bárbara, se produjeron nuevas medidas políticas obstructivas, y desde México, el padre Guardián ordenó a fray Junípero que se detuviese hasta nueva orden la fundación de otras misiones.


El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.

¿De dónde viene eso de “viva y deje vivir”?

Una pregunta padre esa frase vive y deja de vivir como nació, ya que es el lema de muchos que tienen la mente contaminada por el relativismo. — V.B.

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Lo de vivir y dejar vivir tiene sus orígenes en el llamado “libre pensamiento,” que a su vez proviene de la fe racionalista de la Revolución Francesa, que a su vez proviene de la ambición de una nueva clase emergente, la burguesía, en el contexto de una sociedad que tenía espacio sólo para la nobleza y el clero.

La motivación original es completamente política, en la medida en que ello significa: buscar una cuota de poder. Pensaron los de la Ilustración que el camino era decapitar (literalmente) a nobles y clérigos. Con la nobleza lo lograron, y es la razón por la que Francia se volvió, después de varios intentos, una “república.” Con la Iglesia no lo lograron. Intentaron presionar a los sacerdotes para que fuera obligatorio jurar fidelidad al régimen pero un número muy grande no se prestó a ese juego.

El combate sigue. El nombre de la lucha, a estas alturas, es: secularismo, también conocido como laicismo, que quiere ahogar toda expresión pública de la fe. Y para ello es clave lo que intentan algunos: presentar como irracional todo lo que no vaya con el sistema laicista.

Por eso el tono de ellos es siempre de desprecio, como tratando de que uno se sienta “tonto,” “atrasado” o “cerrado” si no se pasa a lo que ellos llaman “mente abierta.”

Antropología Teológica, 03, El giro antropológico, parte 2 de 2

[Curso presencial ofrecido en la Facultad de Teología de la Universidad Santo Tomás, en Bogotá. 2014.]

Las dos corrientes que nacen de René Descartes

El giro antropológico se completa a través de dos movimientos paralelos que pueden identificarse en la vida y obra de Descartes: la vigorosa afirmación de la subjetividad y el énfasis en la razón como tribunal último de todo conocimiento.

Estas dos tendencias no siempre coinciden. La línea de exaltación de la razón llevará hacia la Ilustración y la Modernidad. La línea de afirmación de la subjetividad llevará al Naturalismo (tipo Rousseau, o más tarde, Zolá), y también al Romanticismo y luego al subjetivismo y relativismo propios de la llamada Postmodernidad.

Sin embargo, algo en lo que sí coinciden los énfasis racionalistas y subjetivistas es en el rechazo y/o desprecio a las instituciones más visibles de la Edad Media, es decir, la Iglesia, la realeza y la nobleza. Ese triple rechazo quedará como un sello, explícito o tácito, en los desarrollos culturales y políticos de los siguientes siglos. La democracia liberal no es simplemente una afirmación de soberanía del pueblo sino una negación de la influencia que la religión, la verdad o el abolengo puedan tener en las decisiones de una región o país. Estas consecuencias no van a aparecer de inmediato pero su avance será inexorable.
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