Lo que no sabemos que sabemos

Borges fue, que yo sepa, el primero en llamar la atención sobre un hecho curioso del Corán: en sus cientos de páginas no se menciona nunca un solo camello. Por supuesto, tanto Mahoma como sus lectores conocían y usaban los camellos con gran frecuencia, y ello precisamente hacía superfluo mencionarlos. Las cosas desaparecen en los dos extremos: por muy poco visibles o por demasiado visibles. Unas cosas no las decimos porque no las entendemos; otras, porque las sobreentendemos. Lo no entendido y lo sobreentendido están ausentes y lo presente no tiene las claves de lo ausente.

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No confundamos al problema con el adversario

Una cosa es el problema y otra cosa es el adversario. El adversario no es un problema ni el problema es un adversario. Más bien hay que decir que el adversario es aquel que resuelve el problema por un camino que excluye nuestra solución del mismo problema. Cuando esto se entiende uno deja de atacar al adversario y se dedica a buscar una mejor solución para el problema. Pues los que tienen que luchar no son mi adversario y yo sino su solución y la mía.

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