Nombres cristianos para un mundo nuevo

Nombres cristianos para un mundo nuevo

Nos dice la Biblia que «el Señor Dios modeló de arcilla todas las fieras salvajes y todos los pájaros del cielo, y se los presentó al hombre, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. Y así el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las fieras salvajes» (Gén 2,19-20). Esto significa que nombrando las cosas el hombre ejercita su natural dominio sobre ellas. Y la primera nominación del mundo la hizo Adán, sin tener aún a Eva, su compañera.

De modo semejante, en el Nuevo Mundo, también correspondió a Colón y a sus compañeros -sin ninguna eva que todavía les acompañara-, dar nombre a las tierras que fueron descubriendo en señal de dominio, de un dominio ejercido desde el principio «en el nombre de Cristo» y de los católicos Reyes. En efecto, en carta a Luis de Santángel, escribano del Rey (14-2-1493), cuenta el Almirante:

«a la primera [isla] que yo hallé puse nombre San Salvador, a conmemoración de Su Alta Majestad [divina], el cual maravillosamente todo esto ha dado; los Indios la llaman Guanahaní. A la segunda puse nombre la isla de Santa María de Concepción; a la tercera, Fernandina; a la cuarta, Isabela; a la quinta, la isla Juana, y así a cada una nombre nuevo».

El Almirante cumple con la familia real lo que la cortesía le exige, pero aparte de otros nombres descriptivos -punta Llana, golfo de las Perlas, isleta del Caracol, boca de la Sierpe, lugar Jardines, etc.-, impone sobre todo nombres cristianos: Isla Santa, Isla de Gracia, cabo de Gracias a Dios, islas de la Concepción, la Asunción, Santo Domingo, Santa Catalina… El primer asentamiento español fundado en tierra americana fue el llamado fuerte de la Navidad (26 dic). Y a las aguas de ciertas islas «púsoles nombre la mar de Nuestra Señora» (13 nov).

Ese bautismo cristiano de las tierras nuevas fue costumbre unánime de los descubridores españoles y portugueses. Ellos hicieron con América lo mismo que los padres cristianos, que hacen la señal de la cruz sobre su hijo recién nacido, ya antes de que sea bautizado.

El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.

Primeros pasos de Colón a su llegada a la actual América

Lo primero, hacer cristianos

El 12 de noviembre, estando quizá en Borinque, Puerto Rico, «dijo que
le había parecido que fuera bien tomar algunas personas para llevar a los reyes porque
aprendieran nuestra lengua, para saber lo que hay en la tierra y porque volviendo sean
lenguas [intérpretes] de los cristianos y tomen nuestras costumbres y las cosas de la Fe,
“porque yo vi e conozco que esta gente no tiene secta ninguna ni son idólatras,
salvo muy mansos… y crédulos y conocedores que hay Dios en el cielo, y firmes que
nosotros hemos venido del cielo, y muy prestos a cualquiera oración que nos les digamos
que digan y hacen señal de la cruz. Así que deben Vuestras Altezas determinarse a los
hacer cristianos, que creo que si comienzan, en poco tiempo acabarán de los haber
convertido a nuestra Santa Fe multidumbre de pueblos, y cobrando grandes señoríos y
riquezas, y todos sus pueblos de la España, porque sin duda es en estas tierras
grandísima suma de oro, que no sin causa dicen estos indios que yo traigo, que hay en
estas islas lugares adonde cavan el oro y lo traen al pescuezo, a las orejas y a los
brazos”».

Lo segundo, hallar oro

Evangelio y oro no son en el XVI cosas contrapuestas, o al menos pueden
no serlo. Cuando en 1511 el milanés Pedro Mártir de Anglería describe cómo Colón
persuadió a los Reyes Católicos para que apoyaran su empresa, dice que les convenció de
que gracias a ésta «podría con facilidad acrecentarse la religión cristiana y
conseguirse una cantidad inaudita de perlas, especias y oro» (Décadas I,1,2).
Evangelio y oro. Las dos cosas juntas.

Esto nosotros no acabamos de entenderlo. Pero es que los hombres del
XVI hispano eran tan distintos de nosotros que fácilmente interpretamos mal sus acciones
e intenciones. Así por ejemplo, les asignamos una avidez por las riquezas del mismo
género
que la avidez actual. Y es un error. Sin duda el amor al dinero tenía en el
XVI aspectos tan sórdidos y crueles como los tiene hoy entre nosotros, pero un
conocimiento suficiente de los documentos de aquella época nos permite captar diferencias
muy considerables en la modalidad de esta pasión humana permanente.

El caso personal de Colón puede darnos luz en este punto. Difundir
la fe cristiana
y encontrar oro son en el Almirante dos apasionadas obsesiones,
igualmente sinceras una y otra, y falsearíamos su figura personal si no afirmáramos en
él las dos al mismo tiempo. El confiesa de todo corazón: «El oro es excelentísimo; del
oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y llega a
que echa las ánimas al Paraíso» (IV Vj.). En esa declaración, muy enraizada en
el siglo XVI hispano, la pasión por el oro no se orienta ante todo, como hoy suele ser
más frecuente, a la vanidad y la seguridad, o al placer y la buena vida, sino que
pretende, más que todo eso, la acción fuerte en el mundo y la finalidad
religiosa
. Como dice el profesor Elliot, en el XVI español «el oro significaba
poder. Esta había sido siempre la actitud de los castellanos con respecto a la riqueza»
(El viejo mundo 78). El oro significaba poder, y el poder era para la acción.

Descubridores y conquistadores, según se ve en las crónicas, son ante
todo hombres de acción y de aventura, en busca de honores propios y de gloria de
Dios, de manera que por conseguir éstos valores muchas veces arriesgan y también pierden
sus riquezas y aún sus vidas. Y si consiguen la riqueza, rara vez les vemos asentarse
para disfrutarla y acrecentarla tranquilamente. Ellos no fueron primariamente hombres de
negocios, y pocos de ellos lograron una prosperidad burguesa.

En Colón, concretamente, la fe y el oro no se contradicen demasiado,
si tenemos en cuenta que, como él dice, «así protesté a Vuestras Altezas que toda la
ganancia de esta mi empresa se gastase en la conquista de Jerusalén, y Vuestras Altezas
se rieron y dijeron que les placía, y que sin esto tenían aquella gana» (I Vj.
26 dic).

Plantar la Cruz

«En todas las partes, islas y tierras donde entraba dejaba siempre
puesta una cruz», y cuando era posible, «una muy grande y alta cruz» (I Vj. 16
nov). Procuraban ponerlas en lugares bien destacados, para que se vieran desde muy lejos.
De este modo, a medida que los españoles, conducidos por Colón, tocan las islas o la
tierra firme, van alzándose cruces por todas partes, cobrando así América una nueva
fisonomía decisiva. Las colocan con toda conciencia, «en señal que Vuestras Altezas
tienen la tierra por suya, y principalmente por señal de Jesucristo Nuestro Señor y
honra de la Cristiandad» (12 dic).

Y así «en todas las tierras adonde los navíos de Vuestras Altezas
van y en todo cabo, mando plantar una alta cruz, y a toda la gente que hallo notifico el
estado de Vuestras Altezas y cómo tenéis asiento en España, y les digo de nuestra
santa fe todo lo que yo puedo
, y de la creencia de la santa madre Iglesia, la cual
tiene sus miembros en todo el mundo, y les digo la policía y nobleza de todos los
cristianos, y la fe que en la santa Trinidad tienen» (III Vj.).

El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.

Marinos cristianos y marianos

Marinos cristianos y marianos

La tripulación de la nao Santa María y de las carabelas Pinta y Niña la componen unos 90 marineros, la mayoría andaluces (70), algunos vascos y gallegos (10), y sólo cuatro eran presos en redención de penas. No todos eran angelitos, pero eran sin duda hombres de fe, gente cristiana, pueblo sencillo. Así, por ejemplo, solían rezar o cantar cada día «la Salve Regina, con otras coplas y prosas devotas que contienen alabanzas de Dios y de Nuestra Señora, según la costumbre de los marineros, al menos los nuestros de España, que con tribulaciones y alegrías suelen decilla» (III Vj.).

Llega el 12 de octubre del Primer Viaje. Y «el Almirante tuvo por cierto estar junto a la tierra. Por lo cual, cuando dijeron la Salve, que la acostumbraban decir e cantar a su manera todos los marineros y se hallan todos, rogó y amonestóles el Almirante que hiciesen buena guarda al castillo de proa, y mirasen bien por la tierra». Dos horas después de la medianoche «pareció la tierra, de la cual estarían dos leguas». Era la isla de Guanahaní, que él bautizó cristianamente con el nombre de El Salvador, en las actuales Bahamas.

Entonces, con el escribano, dos capitanes y otros más, Cristóbal Colón toma con solemnidad, y según los modos acostumbrados, «posesión de la dicha Isla por el Rey y por la Reina sus señores». Y en seguida «se juntó allí mucha gente de la Isla. Esto que se sigue son palabras formales del Almirante en su libro de su primera navegación y descubrimiento de estas Indias: «Yo, dice él, porque nos tuviesen mucha amistad, porque conocí que era gente que mejor se libraría y convertiría a Nuestra Santa Fe con Amor que no por fuerza, les di a algunos de ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescuezo, y otras cosas muchas de poco valor, con que hubieron mucho placer y quedaron tanto nuestros que era maravilla». Y tras una breve descripción de aquella gente, la primera encontrada, concluye: «Y creo que ligeramente se harían cristianos, que me pareció que ninguna secta tenían».

El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.

Partió invocando a la Santa Trinidad

Parte en nombre de la Trinidad

El 3 de agosto de 1492, tras siete años de innumerables negociaciones y conversaciones con nobles, frailes, marinos y con los mismos Reyes, parte Colón finalmente del puerto de Palos. Parte, escribe Las Casas, «en nombre de la Santísima Trinidad (como él dice, y así siempre solía decir)» (III Viaje). Parte llevando a Cristo en su nao Santa María, que no hubiera podido llevar otro nombre la nave capitana del Descubrimiento.

Así cuenta Gonzalo Fernández Oviedo la partida en su monumental Historia General y Natural de las Indias: «Colón recibió el sanctísimo sacramento de la Eucaristía el día mismo que entró en el mar, y en el nombre de Jesús mandó desplegar las velas y salió del puerto de Palos por el río de Saltés a la Mar Océana con tres carabelas armadas, dando principio al primer viaje y descubrimiento destas Indias». Y nosotros le acompañaremos en su Primer Viaje, siguiendo sus propios relatos.

El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.