Descubrimiento del Perú

Descubrimiento del Perú

A comienzos del siglo XVI, el Perú fue para los hispanos una región adivinada, ilusoria, llena de riquezas, buscada desde Panamá y desde el Río de la Plata. Partiendo de Panamá en 1522, el alavés Pascual de Andagoya no logró costear sino una parte de la actual Colombia, consiguiendo sólo vagas noticias del imperio de los incas (+Relaciones y documentos).

A su regreso, Francisco Pizarro (1475-1541) oye estas referencias, y empieza a soñar en la conquista del Incario. Extremeño de Trujillo, llegado a las Indias en 1502 en las naves de Ovando, era Pizarro hombre de muchas y variadas experiencias indianas, adquiridas militando con Ojeda, Enciso, Balboa, Morales, Pedrarias. Obtiene, pues, Pizarro licencia del gobernador Pedrarias, y se asocia con Diego de Almagro y el clérigo Hernando Luque para formar una compañía descubridora.

Las primeras expediciones (1524-1525 y 1526-1528), escasas de conocimientos geográficos, de hombres y de medios, consiguen sólo aproximarse al imperio de los Incas y conocerlo mejor, pero pasan por calamidades durísimas, casi insuperables, sufren graves pérdidas, y llegan a una situación límite, en la que parece inevitable abandonar el intento. Concretamente, en septiembre de 1527, estando refugiados en la isla del Gallo, cuando decide Pizarro jugarse el todo por el todo. Traza una raya en la arena de la playa, y dice a sus compañeros: «por aquí se va a Panamá a ser pobre; por allá, al Perú, a ser rico y a llevar la santa religión de Cristo, y ahora, escoja el que sea buen castellano lo que mejor estuviere». Trece hombres, los Trece de la Fama, se unen a su jefe. Esta expedición, la segunda, alcanza hasta Túmbez, donde llegan a saber que hay en el Perú una guerra civil, en la que dos hermanos se disputan el imperio de los incas. Regresados todos a Panamá, decide Pizarro viajar a España, para intentar el asalto final con más autoridad y medios.

El emperador Carlos I recibe con agrado las noticias de Pizarro, que ha llegado con un grupo de indios y también con oro, y en 1529 se establece el documento de Capitulación para la conquista. Pizarro coincide en la corte con el famoso Hernán Cortés, otro extremeño, de Medellín, que le aconsejó según sus experiencias de México. Recoge el ahora gobernador Pizarro a sus hermanos Hernando, Gonzalo y Francisco Martín de Alcántara, y vuelve a Panamá.

Caída del Imperio incaico

La expedición tercera, la de la conquista, se inicia en enero de 1531. Pizarro, que tiene entonces unos 56 años, se hace a la mar en tres navíos, acompañado de tres frailes, entre ellos fray Vicente Valverde, 180 soldados y 37 caballos. De Panamá llegan después más refuerzos. Tras muchas penalidades, alcanzan Túmbez, donde queda una guarnición. Siguen adelante y fundan San Miguel, sitio donde permanecen todavía cinco meses. Ahora sí están en las puertas de un imperio inca, que estaba en grave crisis.

En efecto, Huayna Capac, tercero de los Incas históricos, antes de morir en 1523, hace reconocer en el Cuzco como Huáscar Inca, sucesor suyo, a su hijo Titu-Cusi-Huallpa, hijo de reina (coya). Pero deja como gobernador del norte, en la marca septentrional que estaba sostenida por sus generales, a su hijo Atau-Huallpa, nacido de una india quiteña (ñusta). Atahualpa se alza en guerra contra su hermano y prevalece sobre él… Así están las cosas en el Perú cuando en 1532 llega Pizarro con su hueste mínima. El Inca usurpador recibe en ese tiempo, sin especiales alarmas, noticias de los visitantes. El 24 de setiembre sale Pizarro con sus hombres a su encuentro, hacia Cajamarca. El Inca duda entre eliminarlos sin más, o dejarles entrar primero, recibir de ellos noticias y obsequios, y suprimirlos después. Aconsejado por su corte, decide lo segundo.

Conocemos bien los detalles del primer encuentro entre Atahualpa y Pizarro, que se produjo en Cajamarca, pues tuvo cronistas, como Francisco de Xerez y Diego Trujillo, que fueron testigos presenciales. El Inca, llevado en litera, se presentó en toda su majestad ante un grupo deslucido de unos 170 barbudos. El padre Valverde, dominico, inició su discurso religioso, y presentó al Inca su breviario, donde estaba escrita la verdad, pero Atahualpa tiró el libro al suelo, despreciativo. Entonces Pizarro se armó rápidamente de espada y adarga, «entró por medio de los indios, y con mucho ánimo, con solos cuatro hombres que le pudieron seguir, allegó hasta la litera donde Atabalipa estaba, y sin temor le echó mano del brazo, diciendo: “Santiago”. Luego soltaron los tiros y tocaron las trompetas, y salió la gente de pie y de caballo…

«En todo esto no alzó indio armas contra español; porque fue tanto el espanto que tuvieron de ver entrar al Gobernador entre ellos, y soltar de improviso la artillería y entrar los caballos de tropel, como era cosa que nunca habían visto; con gran turbación procuraban más huir por salvar las vidas que de hacer guerra» (Xerez, Verdadera relación 112). Y de esta manera, después de «poco más de media hora» de combate, el imperio formidable de los Incas, tras un siglo de existencia, quedó sujeto a la Corona española. Era el 15 de noviembre de 1532.

Como sucedió en México, donde los aztecas creyeron al principio que los españoles eran divinos (teúles), también en el Perú, según afirma el padre Acosta, los incas, sobrecogidos ante el poder nuevo de los españoles, «los llamaron Viracochas, creyendo que era gente enviada por Dios, y así se introdujo este nombre hasta el día de hoy, que llaman a los españoles Viracochas» (Hist. natural VI,22). Por otra parte, los jefes españoles -también a semejanza de lo ocurrido doce años antes en México, con Moctezuma-, tratan cortésmente con Atahualpa, «teniéndole suelto sin prisión, sino las guardas que velaban» (Xerez 114).

En esta situación, el Inca sigue ejerciendo cierta autoridad sobre el imperio. Rodeado de sus familiares y siervos, manda que su hermano Huáscar sea asesinado. Y tres ejércitos incaicos, en Quito, Cuzco y Jauja, reciben todavía órdenes suyas, en las que más de una vez, como es natural, ordena la eliminación de los españoles…

El profesor Ballesteros Gaibrois hace notar que «los españoles estaban en verdad sitiados en Cajamarca, y para ellos la situación era realmente de vida o muerte. Los últimamente llegados [de Chile] con Almagro, abogaban por la rápida supresión del monarca indio, aduciendo su traición», que no era tal, sino legítima defensa. «Cada parte tenía razones para actuar como actuaron, pero el proceso carecía de legalidad, y sólo las poderosas razones de la guerra y el espíritu de conservación llevaron a la ejecución de un reo que realmente no lo era» (AA, Cultura y religión 117).

En la votación, 350 votos contra 50 deciden la muerte de Atahualpa, y Pizarro cede de mala gana. La ejecución se produce el 24 de junio de 1533, y Carlos I, en carta de 1534, le hace reproches a Pizarro con amargura, sobre todo porque el Inca no ha sido muerto en guerra, sino en juicio: «La muerte de Atahualpa, por ser señor, me ha desplacido especialmente siendo por justicia».

Durante unos años, Pizarro consolida la conquista, domina la primera anarquía que se produce al venirse abajo el orden imperial, vence las sublevaciones indias alentadas por otro hijo de Huayna Capac, Manco Inca, impulsa una primera organización mínima, manteniendo en lo posible las estructuras incaicas ya existentes, y al norte del Cuzco, cerca del mar, funda Lima, en 1535, la que fue llamada Ciudad de los Reyes, por haber sido fundada en el día de la Epifanía.


El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.

Felicidad “negativa” de los incas

Louis Baudin, al considerar el estado de ánimo de los incas, habla de una «felicidad negativa: el imperio realizaba lo que D’Argenson llamaba una “cáfila de hombres felices”. No despreciemos demasiado este resultado. No es poca cosa haber evitado los peores sufrimientos materiales: el del hambre y el del frío. Rara vez el Perú conoció la carestía, a pesar de la pobreza de su suelo, mientras que la Francia de 1694 y de 1709 sufría todavía crueles hambres. No es poca cosa tampoco haber suprimido el crimen, y establecido, al mismo tiempo que un orden perfecto, una seguridad absoluta» (El Imperio Socialista de los Incas 357-358). En efecto, los Incas imperiales, eliminando totalmente la libertad cívica de sus súbditos, enmarcándoles en un cuadro social y religioso totalitario, y sacándoles de la pereza y del hambre, les dieron un cierto grado de paz y prosperidad.

Los mayores y primeros elogios de los Incas proceden de los mismos cronistas españoles. Según el padre Acosta, «hicieron estos Incas ventajas a todas las otras naciones de América en policía y gobierno» (Hist. natural VI,19). Y quienes conocieron su régimen concuerdan en que «mejor gobierno para los indios no le puede haber, ni más acertado» (VI,12). Es cierto que «la mayor riqueza de aquellos bárbaros reyes era ser sus esclavos todos sus vasallos, de cuya trabajo gozaban a su contento. Y lo que pone admiración, servíase de ellos por tal orden y por tal gobierno, que no se les hacía servidumbre, sino vida muy dichosa» (VI,15). «Sin duda, era grande la reverencia y afición que esta gente tenía a sus Incas» (VI,12).

Más antiguo y valioso es aún el testimonio del soldado cronista Cieza de León (1518-1560), que conoció el Perú en los años caóticos que siguieron a su conquista. Dice así: «Como siempre los Incas hiciesen buenas obras a los que estaban puestos en su señorío, sin consentir que fuesen agraviados ni que les llevasen tributos demasiados», ayudando también a las regiones más pobres, «con estas buenas obras, y con que siempre el Señor a los principales daba mujeres y preseas ricas, ganaron tanto las gracias de todos que fueron de ellos amados en extremo grado, tanto que yo me acuerdo por mis ojos haber visto a indios viejos, estando a vista del Cuzco, mirar contra la ciudad y alzar un alarido grande, el cual se les convertía en lágrimas salidas de tristeza contemplando el tiempo presente y acordándose del pasado, donde en aquella ciudad por tantos años tuvieron señores de sus naturales, que supieron atraerlos a su servicio y amistad de otra manera que los españoles» (El señorío de los Incas 13).

Un imperio con pies de barro

El totalitarismo del imperio inca, ajeno al mundo circundante, flotando en una cierta intemporalidad, se diría pensado para durar indefinidamente. Por el contrario, era tremendamente vulnerable. Aquel mundo hierático y compacto, alto y hermoso, mayor que media Europa, y con un ejército perfectamente organizado, tan adiestrado en la defensa como en el ataque, fue conquistado rápidamente por un capitán audaz, Francisco Pizarro, con 170 soldados. Parece increíble.

Pero es explicable. Al decir de Voltes, los españoles tomaron «los mandos del imperio inca como si fuesen los de una locomotora. En el Perú antiguo no se pensaba en otra cosa que en obedecer, y preso y muerto Atahualpa, se siguió obedeciendo a quienquiera que mandara, y así lo hizo el último obrero drogado por la coca, y lo hizo el astrónomo, y lo hizo el cirujano que practicaba trepanaciones y el constructor que levantaba las obras que hoy siguen pasmándonos con sus misterios técnicos insolubles, como, por ejemplo, los que se entrañan en la edificación de Machu-Picchu, en sus picachos de vértigo» (Cinco siglos 68-69).

Analizando El imperio socialista de los Incas, el economista e historiador Louis Baudin, habla de un «imperio geométrico y frío, vida de uniformidad y hastío», donde nada se ha dejado al azar o a la creatividad personal. «Ni ambición, ni deseo, ni gran alegría, ni gran pena, ni espíritu de iniciativa, ni espíritu de previsión. La existencia transcurre siguiendo el curso inmutable de las estaciones. Nada que temer, nada que esperar; un camino exactamente trazado sin desviación posible, una rectitud de espíritu impuesta sin deformación imaginable; una vida calma, monótona, incolora; una vida apenas viviente.

El indio se deja mecer por el ritmo de los trabajos y de los días, y termina por acostumbrarse a esta somnolencia, por amar esta nada. Su señor es un dios que le sobrepasa infinitamente, y su fin no es sino evitar cualquier sanción» (164). Esta ordenada masa de hombres lentos, melancólicos y pasivos va a ceder casi sin resistencia ante el impulso poderoso de un pequeño fermento de hombres activos y turbulentos, que proceden del mundo cristiano de la libertad. Recordemos cómo sucedió.


El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.

Sobre la religión de los incas

Religiosidad

Los incas asumen los cultos de los pueblos vencidos, al mismo tiempo que les imponen su religión de Estado. Se produce, pues, una subordinación de las religiones tribales a la religión solar de los incas. Un dios Creador, Viracocha o Pachacamac, invisible, incognoscible e impensable, está desde los orígenes legendarios por encima del dios Sol y de los diversos ídolos. Garcilaso de la Vega, hijo de un capitán español y de una india noble (1539-1616), en cuanto «indio católico por la gracia de Dios», asegura que Pachacamac (pacha, mundo, cama, animar) es ciertamente el Creador, «la divinidad suprema que da la vida a los seres y al universo» (Comentarios Reales II,6; +Acosta, Hist. natural VI, 19; 21).

Este elevado culto, sin embargo, queda de hecho limitado a las clases superiores, en tanto que el pueblo venera las huacas, nombre con el que se designan todas las sacralidades fundamentales, ídolos, templos, tumbas, momias, lugares sagrados, animales, aquellos astros de los que los ayllus (clanes) creían descender, los propios antepasados, y en fin, la huaca principal, el Sol. Incluso los incas «adoran los árboles de la coca que comen ellos y así les llaman coca mama [la coca ceremonial]» (Guamán 269).

El mundo de los incas, a diferencia del de los aztecas, apenas produjo notables lugares de culto, fuera del conjunto de templos de Tiahuanaco o del Cuzco. Poseía, eso sí, al modo de los aztecas, un importante cuerpo sacerdotal, numeroso y fuertemente jerarquizado. Y el Inca, como hijo del dios Solar, era la suprema autoridad religiosa.

Por lo demás, en el imperio inca, como en el azteca, toda la vida cívica se ve enmarcada en una sucesión de fiestas religiosas: se practica la confesión de los pecados, se celebran mortificaciones, ayunos y oraciones solemnes, hay ceremonias para la interpretación de signos fastos o nefastos, y también a veces embadurnan las huacas e imágenes divinas con la sangre de las víctimas sacrificadas. Especial importancia tiene también en la religiosidad de los incas la exposición de las momias de los antepasados en fiestas públicas o domésticas.

Sacrificios humanos

Al parecer, los incas en sus sacrificios religiosos ofrendaban normalmente víctimas sustitutorias, como llamas. Garcilaso y el jesuita Blas Valera (1548-1598), experto en quechua e historia del Perú, niegan que practicaran sacrificios humanos.

Pero, como dice Concepción Bravo Guerreira, «numerosas informaciones, corroboradas por estudios arqueológicos, nos permiten afirmar que, aun cuando no fue muy usual, esta práctica no fue ajena a las manifestaciones religiosas de los incas. Las víctimas humanas [copaccochas], niños o adolescentes sin mácula ni defecto, eran sacrificadas con ocasión de ceremonias importantes en honor de divinidades y huacas, y también para propiciar buenas cosechas o ahuyentar desastres de pestes o sequías» (AV, Cultura y religión 290; +271). Recientes investigaciones, hechas en la región selvática sureste del Perú, han comprobado en ciertas tribus la persistencia actual del sacrificio ritual de doncellas (25-5-1997).

Guamán Poma de Ayala, cuando describe al detalle el Calendario cívico-religioso de los incas, hace ver que los sacrificios humanos se producían entre los incas -no precisa la época- de forma ordinaria; así, por ejemplo, en la fiesta Ynti Raymi de junio (N. crónica 247), en la Chacra Yapuy Quilla (mes de romper tierras) de agosto (251) o en la Capac Ynti Raymi (fiesta del señor Sol) (259). El Inca supremo es quien ordenaba las normas de estos sacrificios (265, 273), y los tocricoc (corregidores) y michoc incas (jueces) debían rendirle cuentas de su fiel ejecución (271).

Antropofagia

No es posible en algunas cuestiones hacer afirmaciones generales acerca del imperio inca, dada su enorme extensión y la relativa tolerancia que mantenía hacia los cultos y costumbres de las tribus sujetas.

Hay, sin embargo, «datos suficientes -escribe Salvador de Madariaga- para probar la omnipresencia del canibalismo en las Indias antes de la conquista. Unas veces limitado a ceremonias religiosas, otras veces revestido de religión para cubrir usos más amplios, y otras franco y abierto, sin relación necesaria con sacrificio alguno a los dioses, la costumbre de comer carne humana era general en los naturales del Nuevo Mundo al llegar los españoles. Los mismos incas que, si hemos de creer a Garcilaso, lucharon con denuedo contra la costumbre, se la encontraron en casi todas las campañas emprendidas contra los pueblos indios que rodeaban el imperio del Cuzco, y no consiguieron siempre arrancarla de raíz aun después de haber conseguido imponer su autoridad sobre los nuevos súbditos».

«Sabemos por uno de los observadores más competentes e imparciales, además de indiófilo, de las costumbres de los naturales, el jesuita Blas Valera, que aún casi a fines del siglo XVI, “y habla de presente, porque entre aquellas gentes se usa hoy de aquella inhumanidad, los que viven en los Antis comen carne humana, son más fieros que tigres, no tienen dios ni ley, ni sabe qué cosa es virtud; tampoco tienen ídolos ni semejanza de ellos; si cautivan alguno en la guerra, o de cualquier otra suerte, sabiendo que es hombre plebeyo y bajo, lo hacen cuartos, y se los dan a sus amigos y criados para que se los coman o vendan en la carnicería: pero si es hombre noble, se juntan los más principales con sus mujeres e hijos, y como ministros del diablo, le desnudan, y vivo le atan a un palo, y con cuchillo y navajas de pedernales le cortan a pedazos, no desmembrándole, sino quitándole la carne de las partes donde hay más cantidad de ella; de las pantorrillas, muslos, asentaderas y molledos de los brazos, y con la sangre se rocían los varones, las mujeres e hijos, y entre todos comen la carne muy aprisa, sin dejarla bien cocer ni asar, ni aun mascar; trágansela a bocados, de manera que el pobre paciente se ve vivo comido de otros y enterrado en sus vientres. Las mujeres, más crueles que los varones, untan los pezones de sus pechos con la sangre del desdichado para que sus hijuelos la mamen y beban en la leche. Todo esto hacen en lugar de sacrificio con gran regocijo y alegría, hasta que el hombre acaba de morir. Entonces acaban de comer sus carnes con todo lo de dentro; ya no por vía de fiesta ni de deleite como hasta allí, sino por cosa de grandísima deidad; porque de allí adelante las tienen con suma veneración, y así las comen por cosa sagrada. Si al tiempo que atormentaban al triste hizo alguna señal de sentimiento con el rostro o con el cuerpo, o dio algún gemido o suspiro, hacen pedazos sus huesos después de haberle comido las carnes, asadura y tripas, y con mucho menos precio los echan en el campo o en el río; pero si en los tormentos se mostró fuerte, constante y feroz, habiéndole comido las carnes con todo el interior, secan los huesos con sus nervios al sol, los ponen en lo alto de cerros, los tienen y adoran por dioses, y les ofrecen sacrificios”» (Auge y ocaso 384-385). Escenas semejantes describe Cieza de León en 1537, como vistas por él mismo en la zona de Cali y de Antioquia, al extremo norte del imperio incaico (Crónica del Perú cps. 11-12, 19, 26, 28).

Por otra parte, en algunas regiones del imperio inca la antropofagia se hace necrofagia. Cuando Guamán refiere las ceremonias fúnebres propias de los Anti-Suyos, escribe: «son indios de la montaña que comen carne humana. Y así apenas deja el difunto que luego comienzan a comerlo que no le dejan carne, sino todo hueso… Toman el hueso y lo llevan los indios y no lloran las mujeres ni los hombres, y lo meten en un árbol que llaman uitica, allí lo meten y lo tapan muy bien, y de allí nunca más lo ven en toda su vida ni se acuerdan de ello» (N. crónica 292).


El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.

Una mirada al mundo de los Incas

Socialismo imperial

Crónicas antiguas hablan de una serie de Incas legendarios, pero propiamente el imperio incaico histórico dura un siglo, en el que se suceden cuatro Incas, o cinco si incluimos a Atahualpa. El primero de ellos es Titu-Manco-Capac, que con sus conquistas extendió mucho el imperio, y que fue llamado Pachacutec, el reformador del mundo (pacha, mundo; cutec, cambiado). Este gran Inca, a partir de 1438 -un siglo antes de la llegada de los españoles-, organiza por completo el imperio incaico con un criterio que podríamos llamar socialista.

En efecto, el imperio inca no debe sus formas a unas tradiciones seculares, que se van desarrollando naturalmente, por decirlo así, sino que se configura exactamente según una idea previa. El individuo, pieza anónima de una máquina muy compleja, queda absorbido en un Estado que le garantiza el pan y la seguridad, y una autoridad política absoluta, servida por innumerables funcionarios, hace llegar el intervencionismo gubernativo hasta las más nimias modalidades de la vida social.

Una parte de la tierra se dedica al culto religioso, otra parte es propiedad del Inca, y según explica el jesuita José de Acosta (1540-1600) «la tercera parte de tierra daba el Inca para la comunidad. De esta tercera parte ningún particular poseía cosa propia, ni jamás poseyeron los indios cosa propia, si no era por merced especial del Inca, y aquello no se podía enajenar, ni aun dividir entre dos herederos. Estas tierras de comunidad se repartían cada año, según era la familia, para lo cual había ya sus medidas determinadas» (Historia natural VI, 15).

La reconstrucción de Cuzco, por ejemplo, es una muestra muy significativa de este socialismo imperial. Pachacutec hace primero levantar un plano en relieve de la ciudad soñada, en seguida vacía de sus habitantes la ciudad real, y una vez reconstruída completamente, adjudica los lugares de residencia a cada familia de antiguos o nuevos habitantes, al mismo tiempo que prohibe a cualquier otro indio establecerse en la ciudad insigne. Éste es el planteamiento que el Inca sigue en el gobierno de todos los asuntos: elabora un plan, y dispone luego su aplicación práctica por medio de funcionarios, que al ostentar una delegación del poder divino, no pueden ser resistidos por el pueblo. De este modo el Inca reforma el calendario, impone el quechua, regula detalladamente la organización del trabajo, los modos de producción y el comercio, reforma el ejército, funda ciudades y templos, precisa el modo de vestir o de comer o el número de esposas que corresponde a cada uno según su grado en la escala social, sujeta todo a número y estadística, y consigue así que apenas sector alguno de la vida personal o comunitaria escape al control de la sagrada voluntad del Inca, el Hijo del Sol.

Por lo demás, siendo divino el Inca, la obediencia cívica adquiere una significación profundamente religiosa, pues toda resistencia a los decretos reales es un sacrilegio, no sólo un delito. Esta divinización del Inca fue creciente, y culminó con Huayna Capac -padre de Atahualpa-, que reinó casi hasta la entrada de los españoles. Según informa Acosta, este Inca «extendió su reino mucho más que todos sus antepasados juntos», y «fue adorado de los suyos por dios en vida», cosa que no se había hecho con los Incas anteriores. Y por cierto, cuando murió, en las solemnes celebraciones funerarias, «mataron mil personas de su casa, que le fuesen a servir en la otra vida» (Hist. natural VI,22).

Ambiente social

Los niños incas debían ser educados, ya desde su primera infancia, en la vida disciplinada que habían de llevar siendo adultos. Las madres no los tomaban nunca en brazos, les daban baños de agua fría, no les toleraban caprichos ni rebeldías, y quizá por motivo estético, les deformaban el cráneo, apretándolo entre dos planchas. El incesto era proscrito al pueblo con pena de muerte, pero en cambio, a partir de Tupac Inca Yupanqui, abuelo de Atahualpa, era obligado que el Inca se casara con una hermana carnal. A esta norma contraria a la naturaleza atribuye en parte el padre Acosta la caída del imperio incaico (Hist. natural VI,18).

A los hombres adultos se les asignaba el trabajo sin discusión, y también podían ser trasladados (mitimaes) según las conveniencias políticas o laborales. Como dice la profesora Concepción Bravo Guerreira, «el desplazamiento de familias, de ayllus completos o de grupos étnicos en masa, fue práctica común entre los incas» (en AV, Cultura y religión… 272). El ayllu, mucho más organizado que el calpulli azteca, era el clan que enmarcaba toda la vida familiar y laboral del individuo.

Las mujeres eran tratadas con cierta consideración -mejor que en otros pueblos integrados al imperio-, pero eran consideradas como bienes del Estado. Ciertos funcionarios las seleccionaban y distribuían, de manera que las nobles o las elegidas, instruídas en acllahuasi, eran entregadas como esposas a señores y curacas, o destinadas para vírgenes del Sol; y las otras, dadas como esposas o concubinas a hombres del pueblo o incluso a esclavos.

Éstos, los yanacunas, a diferencia de los servidores, no estaban registrados, ya que el Estado no los consideraba personas, sino cosas de sus dueños. A veces procedían de origen hereditario, y otras veces eran reclutados de los ayllus, y en ocasiones se trataba de prisioneros de guerra no sacrificados. Su número, para atender las necesidades políticas o productivas, fue creciendo al paso de los siglos.

Sobre este pueblo, y distante de él como corresponde al Sol, gobernaba con gran esplendor el Inca sagrado, rodeado de una panaca o ayllu real, es decir, de una gran corte de familiares y servidores -de Tupac Inca Yupanqui, sucesor de Pachacutec, se dice que tuvo ciento cincuenta hijos-, y auxiliado en las tareas políticas por un cuerpo aristocrático de orejones de sangre real -así llamados después por los españoles a causa de sus orejas, estiradas por adornos-, que extendían a las provincias la autoridad imperial por medio de una compleja red de curacas y funcionarios.

Orden implacable

La antigua legislación incaica establecía un régimen muy duro, que recuerda al azteca en no pocos aspectos. Podemos evocarla recordando algunos textos del indio cristiano Felipe Guamán Poma de Ayala, yarovilca por su padre e inca por su madre, nacido en 1534, el cual transmite, en su extraño español mezclado de quechua, muchas tradiciones orales andinas:

«Mandamos que no haiga ladrones en este reino, y que por la primera [vez], fuesen castigados a quinientos azotes, y por la segunda, que fuese apedreado y muerto, y que no entierren su cuerpo, sino que lo comiesen las zorras y cóndores» (Nueva crónica 187). El adulterio tiene pena de muerte (307), y también la fornicación puede tenerla: «doncellas y donceles» deben guardarse castos, pues si no el culpable es «colgado vivo de los cabellos de una peña llamada arauay [horca]. Allí penan hasta morir» (309). Está ordenado que quienes atentan contra el Inca o le traicionan «fuesen hechos tambor de [la piel de la] persona, de los huesos flauta, de los dientes y muelas gargantilla, y y de la cabeza mate de tener chicha» (187; +334). Esta pena es aplicada también a los prisioneros de guerra que no son perdonados a convertidos en yanacuna. El aborto es duramente castigado: «Mandamos la mujer que moviese a su hijo, que muriese, y si es hija, que le castiguen doscientos azotes y destierren a ellas… Mandamos que la mujer que fuese puta, que fuese colgada de los cabellos o de las manos en una peña y que le dejen allí morir»… (188).

Las normas del Inca, al ser sagradas, eran muy estrictas, y estaban urgidas por un régimen penal extraordinariamente severo. Además de las penas ya aludidas, existían otras también terribles, como el «zancay debajo de la tierra, hecho bóveda muy oscura, y dentro serpientes, culebras ponzoñosas, animales de leones y tigre, oso, zorra, perros, gatos de monte, buitre, águila, lechuzas, sapo, lagartos. De estos animales tenía muy muchos para castigar a los bellacos y malhechores delincuentes». Allí eran arrojados «para que les comiesen vivos», y si alguno, «por milagro de Dios», sobrevivía a los dos días, entonces era liberado y recibía del Inca honras y privilegios. «Con este miedo no se alzaba la tierra, pues había señores descendientes de los reyes antiguos que eran más que el Inca. Con este miedo callaban» (303).

Al parecer, el imperio de los incas, férreamente sujetado con normas y castigos, consiguió reducir el índice de delincuencia a un mínimo: «Y así andaba la tierra muy justa con temoridad de justicia y castigos y buenos ejemplos. Con esto parece que eran obedientes a la justicia y al Inca, y no había matadores ni pleitos ni mentiras ni peticiones ni proculadrones ni protector ni curador interesado ni ladrón, sino todo verdad y buena justicia y ley» (307). Guamán, sin poder evitarlo, recuerda aquellos tiempos, que él no conoció directamente, con una cierta nostalgia…

Artes y ciencias

La arquitectura de los incas, realizada con una gran perfección técnica, apenas tiene concesiones al adorno decorativo, y se caracteriza por la sobria simplicidad de líneas, la solidez imponente y la proporción armoniosa. Esta misma tendencia a la simetría de un orden elegante se aprecia en la cerámica, de adornos normalmente geométricos. La orfebrería llegó a niveles supremos de técnica, belleza y refinamiento. Los instrumentos musicales más usuales, en los que sonaban melancólicas melodías, fueron silbatos y ocarinas, cascabeles y tambores, y sobre todo las flautas, muy perfectas. Los incas no conocieron la escritura, pero sí alcanzaron notables expresiones en canto, poesía y leyendas de tradición oral.

En el campo científico permanecieron los incas en un nivel bastante rudimentario, y casi siempre práctico. Empleaban el sistema decimal en cuentas y estadísticas, hábilmente llevadas en los quipos, cuerdas con nudos. Sus conocimientos astronómicos eran considerables, pero muy inferiores a los de los aztecas. Conocían el círculo, comenzando por la imagen del Sol, pero no alcanzaron a aplicarlo ni a la rueda ni al torno, ni a bóvedas ni a columnas. Sin estos medios fundamentales, hicieron los incas, sin embargo, notables obras de caminos y puentes, canales y terrazas de cultivo. En la organización de la ganadería -llamas y alpacas, principalmente-, alcanzaron un desarrollo importantee, y también en el de la agricultura, aunque no conocieran el arado.


El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.