Parecían un grupo de fracasados

Si nos hubiéramos encontrado por las calles de Jerusalén a algunos de los discípulos de Jesucristo, después del terrible acontecimiento de la Cruz, ¿qué hubiéramos visto en ellos? Hubiéramos visto solamente los ojos del fracaso; hubiéramos visto el rostro del miedo, y hubiéramos visto la actitud del fugitivo: aquel que huye de su pasado tratando de preservar lo poco que cree que llevar consigo.

La impotencia y las limitaciones de esos hombres nos están mostrando en el fondo nuestras propias impotencias: siempre nos quedamos cortos ante la grandeza de nuestra vocación, ante la grandeza de la santidad a la que Dios nos llama, ante la grandeza del verdadero amor y misericordia hacia el prójimo: ¡siempre nos quedamos cortos!

Pero lo realmente maravilloso es descubrir que nuestra limitación no es la última palabra en esta historia. Dios ha querido abrazar nuestros límites y reventando su propia carne ha reventado las barreras que nos mantenían prisioneros: somos libres por su Pascua y tenemos nueva vida por la gracia de su espíritu!

Himno al Espíritu Santo

Ven Espíritu Divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos. Mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus Siete Dones según la fe de tus siervos. Por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.

Amén.