Armados de liras y de arpas

Pasemos revista a los escudos de los distintos países del mundo. ¿Qué encontramos?

Abunda, sin duda, el tema de la fuerza. El león, como en el caso de Gran Bretaña o España; el águila, como en los Estados Unidos, Alemania, Egipto o México; los laureles de la victoria, como en Italia; el cóndor, en fin, como en Colombia: en estos y tantos otros casos abundan las demostraciones de fuerza, sin olvidar la imagen de una represa hidroeléctrica, en el caso de Corea del Norte.

A veces ese poderío corresponde con una realidad histórica (de tipo imperialista); otras veces, parece más un deseo.

Algunos países, como Francia o Japón, no tienen un escudo oficial que identifique al país como tal; otros en cambio hacen alegoría a un rasgo del país, como la palmera de Cuba, o algo aspecto religioso como el símbolo taoísta en el escudo de Corea del Sur o la menorá del escudo israelí.

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Mi primera comunión

Hace un mes hice mi primera comunión. Bueno… quiero decir: hace un mes, apenas llegado a Dublín, recibí por primera vez a Jesús en la Eucaristía. Celebrábamos juntos, según horario de esta casa de formación, la Misa Conventual.

Hubo algo particularmente hermoso en ese hecho, que sin embargo podría haber pasado inadvertido en su cotidianidad.

Con el cambio de país viene también un cambio en las costumbres, y particularmente en las comidas y sabores. ¡Todo sabe diferente, sin excliur la leche, o el pan!

Pero Jesús sabía y sabe igual. Su sabor de gracia y su aroma de misericordia dejaban esa misma sensación, ese mismo amor de siempre, aquel 3 de septiembre de 2003. Y aquello fue maravilloso. ¡Gracias, Señor!