Archives for Las Palabras del Angel

198. Mas Alla del Recuerdo

198.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

198.2. Así como hay recuerdos amargos, recuerdos tristes y recuerdos deshonestos, hay también recuerdos hermosos, recuerdos dulces y recuerdos saludables. Pero más allá de lo que directamente puede recordar la mente humana, es bueno aprender a agradecer lo que no se recuerda y que sin embargo hizo bien. Este ejercicio, del que te quiero hablar hoy, levanta al alma hacia una gratitud singular y una humildad profunda.

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197. Un Cuadrado de Luz

197.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

197.2. El arte musulmán es uno de los bienes culturales de la Humanidad. Cultivaron los seguidores de Mahoma la radical ausencia de toda imagen, y por ello, para decorar sus edificios sagrados, se valieron ante todo de las formas puras de la geometría. Preciosos mosaicos y admirables teselaciones van recubriendo de luces y colores la arquitectura propia de este modo de arte.

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196. El Secreto de Cristo

196.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

196.2. No se detiene el agua del manantial, aunque tú dejes de mirarla; no dejan de hacer sus nidos primorosos y mullidos los pajaritos, aunque nadie los aplauda; los más bellos atardeceres suceden ante playas desiertas, y los secretos más íntimos de la materia todavía no han sido formulados ni contemplados ni agradecidos por nadie, pero ¡ahí están!

196.3. ¿Qué te dicen estos ejemplos, mi pequeño amigo? Que tu bondad debe realizarse en lo escondido, en ese «secreto» del que te habló Nuestro Señor Jesucristo, allí donde Dios ve y paga (Mt 6,4.6.18). Ahora bien, en ese pasaje Cristo no dijo que la paga fuera en secreto, pero sí es cierto que una parte de la paga es en secreto. De eso quiero hablarte hoy.

196.4. Si miras la vida de Cristo “desde fuera,” te resulta incomprensible. Un ritmo extenuante de trabajo; gente que demanda más y más atención, más y más cuidado, más y más amor; sin el sosiego de un hogar, la caricia de una esposa solícita, o la remuneración afectiva que dan los hijos con su saludo, su sonrisa y su abrazo. Incomprendido por los discípulos, odiado por sus enemigos, urgido por todos. Sobrecargado con una misión intransferible y trascendental como ninguna; solo en medio de las multitudes; a menudo llamado pero pocas veces acogido de verdad. Torturado por el anhelo de la gloria divina en ese barro irresponsable que es la existencia humana; quemado por la sed, falto de alimento, escaso de provisiones, privado a menudo de un buen descanso. Todos esperan de Él sin que le sea permitido esperar mayor cosa de nadie; todos quieren apoyarse en Él sin que se le autorice confiar y apoyarse realmente en nadie; debe ser todo para todos, aun sabiendo que muchos lo tratarán como si no fuera nada, como si no valiera la pena, como si no fuera nadie. Y para desenlace de semejante vida, una avalancha de traiciones, un aguacero de insultos, una tormenta de blasfemias, el alud de un castigo inhumano y cruel, el silencio de los Cielos y el espanto de la Cruz. Es incomprensible; es absurdo; parece simplemente ridículo o demencial… si lo ves desde fuera.

196.5. Mas en Cristo existe un “adentro.” Él, que a todos enseñó que el Padre veía “en lo secreto,” lo dijo porque lo sabía, porque lo había vivido. Habló así porque en su propio secreto había sentido como nadie la dulce presencia del amor del Padre.

196.6. Los hombres del mundo tienen sólo exterioridad. Toda su felicidad se juega en las cosas que se ven, se palpan, se compran o se venden, se aplauden o se denigran. En su interior hay apenas un poquito de espacio, donde tienen que hacer caber su poquito de podredumbre: lo que quieren llevarse a la eternidad.

196.7. Cristo es exactamente lo contrario. Su exterior, como el de la Cruz, es rugoso e incomprensible. Da amor, produce bienes, ofrece bondad, pero al mirarle fijamente, desconcierta y deja espantada a la inteligencia humana. Por el contrario, su interior es palacio deslumbrante; altar incandescente de finísimo incienso; casa amplia donde todo tiene su lugar y donde todos son acogidos con un amor que no cabe en palabras de hombres ni de ángeles.

196.8. Por eso hace tanto bien el amor devoto al Corazón de Jesús, porque con esa palabra y en ese nombre hay como una puertecita que te lleva hacia ese secreto de Cristo Jesús.

196.9. Dios Padre vio y conoció ese “secreto” de Cristo, y por eso dijo con voz que resonó a modo de trueno: «en Él me complazco» (Mt 3,17; 17,5; Mc 1,11). Nuestro Señor, terminada la dura jornada se iba solo a la montaña a hacer oración, es decir: acudía a ese “secreto,” a esa intimidad de amor con el Padre. En lugar de los rostros desfigurados por la enfermedad o el pecado, allí le esperaba el rostro hermoso por excelencia; en lugar de las voces destempladas de los odios o miserias de los hombres, allá le aguardaba la palabra dulce que sólo sabe decirle “¡Hijo, Hijo mío!;” en lugar del elenco repetido de las traiciones y envidias humanas, allí venía, como a su igual, el Amor. ¿No es bello el secreto de Cristo?

196.10. Ese secreto no ha quedado en secreto. Se ha abierto para ti hoy. Recíbelo. Para ti será el Reino de los Cielos.

195. Unidad

195.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

195.2. Como decía en su tiempo el apóstol Pablo, te digo yo ahora: No me cansa repetirte las mismas cosas (cf. Flp 3,1). Considero que es salud para tu mente enseñarte de mil modos y con mil ejemplos cómo has de descubrir la unidad en la creación, la unidad en la redención y la unidad que hay en el plan que une la creación y la redención.

195.3. La pluralidad es bella, y ha sido querida por Dios, pero no como un fin último, al modo de la dispersión, sino como un lenguaje que conduce finalmente hacia la unidad que sólo se halla en Él mismo.

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194. La Revelacion de la Verdad

194.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

194.2. El tiempo de aquella Cuaresma inolvidable para la Iglesia de Cristo ha terminado, y tú has visto cómo lo que fue jubileo para todos, algo de continua cuaresma tuvo para ti. Tu jubileo, tu gran jubileo no ha llegado todavía, y precisamente una de las razones de mi presencia explícita en tu vida es conducirte a tu verdadero jubileo.

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Las Palabras del Angel:
192. Cuaresma

192.1. Ha empezado la Cuaresma [Corresponde, por supuesto, al tiempo en que fue dado el mensaje]. De esto no te había hablado: mi voz se acalla en este tiempo. Escucha a la Iglesia. Escucha siempre la voz de la Iglesia, pero especialmente en este tiempo. En mi silencio velaré por ti. Dios te ama y yo también.

Las Palabras del Angel:
193. Piedra sobre piedra

193.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

193.2. Cuando Nuestro Señor dijo que de aquel templo no quedaría “piedra sobre piedra” (Mt 24,2), vuestra atención suele quedarse en la imagen de lo que es destruido. Tú no deberías olvidar lo que aquel sabio dice a Dios: “Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces, pues, si algo odiases, no lo habrías hecho” (Sab 11,24). Si hay algo que no existe en Dios es el placer de la destrucción. No es que le haga falta crear o construir, pero en la bondad de la obra de sus manos, esto es, en la creación, encuentra imagen de su Hijo y por eso al ver lo que ha hecho lo ve “bueno” (Gén 1,10.12.18.21.25.31).

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191. Los Amigos de Dios

191.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

191.2. Así como tantas veces te he hablado del sufrimiento y de su valor, así también es saludable recordarte que el consuelo de Dios es instrumento suyo muy precioso para revelar las ternuras de su misericordia.

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190. Todo Lo Que Tu No Puedes, Parte II

190.1. El padecimiento de la Cruz es la expresión más perfecta de lo que significa el saludable y noble conocimiento de sí mismo. Por eso dijo el Señor: «el que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí» (Mt 10,38). Es interesante que compares esta frase con otra de Jesucristo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16,24; Mc 8,34; Lc 9,23). Parece que de estas dos, la primera, la de la “dignidad” debe entenderse según Lc 14,27: «El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío.”

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189. Todo Lo Que Tu No Puedes, Parte I

189.1. Un hombre inteligente aprovecha los recursos que nacen de todo lo que está a su alcance; un hombre sabio aprovecha también lo que está en poder de los que pueden enseñarle algo; un hombre santo aprovecha incluso todo lo que no puede. Y yo quiero que tú seas más que inteligente, sabio; y más que sabio, santo.

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188. La Palabra que te bendice

188.1. Hay palabras con las que tú bendices a tus hermanos los hombres; hay palabras con las que bendices a Dios en alabanza; hay una palabra que te bendice a ti mismo, la palabra “gracias.”

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187. Inteligencia, Conciencia, Inspiracion

187.1. “Tú no necesitas más tiempo, sino educar tu deseo.” Este pensamiento te lo dice tu conciencia, no yo. Yo podría hablarte sobre la educación de la voluntad, es decir, sobre “aprender a desear,” pero mi propósito no es ese hoy. Además, quiero que distingas, a partir de este mismo ejemplo, la diferencia que hay entre las conclusiones que saca tu inteligencia, los imperativos de tu conciencia y las inspiraciones que Dios me concede darte.

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186. Modelado por la Palabra

186.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

186.2. Escribe, hermano, que no sólo escribes para ti. Escribe con perseverancia, humildad, agradecimiento, honradez y espíritu de servicio. No todo lo que dices es importante para cada uno, pero cada uno sí podrá encontrar algo importante en todo lo que dices. Sirve a tus hermanos las viandas de la Palabra y procura con amor de hermano que se sirvan con gusto y con provecho de todo lo que Dios da para consuelo, sanación, corrección y fortaleza de sus almas.

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185. Vertigo y Valor

185.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

185.2. Una de las más extrañas sensaciones, pero también una de las más buscadas por tus contemporáneos, es la del vértigo. ¿Por qué —puedes preguntarte— esa casi necesidad de experimentar el peligro y de aproximarse y rozar la muerte? ¿No tiene ya suficientes motivos de preocupación el hombre, como para andar a la caza de lo arduo, lo riesgoso, lo aterrador o lo irreversible?

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184. Ecologia del Espiritu

184.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

184.2. La ecología está recordando a los hijos de los hombres que comparten un mismo espacio, y por consiguiente, que tienen un deber compartido de cuidar y aprovechar de manera racional los bienes de la naturaleza. Ningún individuo singular y ningún estado particular tienen el derecho de gastar todo el aire puro disponible. Otro tanto hay que decir del agua, de la capa de ozono y de todos aquellos bienes que todos necesitan.

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183. Cada vez mas hijo

183.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

183.2. Aquel texto de la Carta de Juan expresa un hermoso misterio del que quiero hablarte: “Ahora somos hijos, y aún no se ha manifestado lo que seremos; sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3,2).

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182. El Vientre de la Tierra

182.1. Más de una vez la Biblia compara a la tierra con un “vientre.” Texto impresionante en este sentido es el de Job: “desnudo salí del vientre y desnudo volveré a él” (Job 1,21). Es posible que una resonancia de este modo de hablar esté presente en la extraña pregunta de Nicodemo, que sin esta consideración resulta sólo ridícula: “¿Es que acaso puede el hombre volver a entrar al seno de su madre y volver a nacer?” (Jn 3,4). Cuando lees esa pregunta con tus ojos y desde tu perspectiva moderna lo que parece raro, y en donde queda el acento, es en eso de “volver a entrar al seno de su madre,” pues es obvio que tal “entrada” repugna al pensamiento y es desagradable a la humana imaginación. La verdad es que la pregunta del “maestro de Israel” (cf. Jn 3,10) no viene a proponer una cosa tan absurda. Su acento no está ahí sino en lo que sigue, como si dijera: “¿Es que acaso un hombre, vuelto al seno de su madre, puede volver a nacer?”: es decir: “Una vez que el hombre lo ha perdido todo —pues esta es la obra de la muerte, que te devuelve al seno de tu “madre,” la tierra— puede tener un nuevo comienzo?.” De ahí la respuesta de Cristo: el nuevo nacimiento se da por el agua y el Espíritu.

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181. Las Virtudes de Jose

181.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

181.2. Extranjero y lejano permaneció el pecado; lejano y extraño a la casa de Nazareth. No había espacio en aquella casa porque ya estaba toda llena. Llegó el demonio y quiso entrar en ella, pero repleta de virtudes y de amor colmada no tuvo por donde entrar, y sólo de lejos pudo amenazarla, más por declarar su derrota que por adelantar algo en su victoria.

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180. Las Estrellas

180.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

180.2. En su amor providente, Dios da ciertas señales para la inteligencia, pero también ofrece dulces arras a la voluntad. No es negro el firmamento en tal manera que no haya luz de algunas estrellas. Esas estrellas son una hermosa imagen de lo que Dios hace cuando te hace pregustar lo que Él mismo dará más adelante.

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179. Una Siembra Generosa

179.1. Hay dos maneras de medir los esfuerzos. Según el tamaño de tus posibilidades, y según el tamaño de las necesidades. Los principiantes y los mediocres, todo lo miden de acuerdo con sus recursos, y no piensan en otra cosa, como si Dios tuviera que obrar según las medidas humanas. Los avanzados en la vida espiritual y los verdaderos amigos de Dios en todo consideran sobre todo lo que aún hace falta, y por eso parecen incansables, y en cierto modo lo son, pues no laboran sólo con sus energías sino con la fuerza y la vida que les vienen de Dios.

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178. Resistid al Diablo

178.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

178.2. En la Carta de Santiago te encuentras una invitación sorprendente: “Resistid al diablo…” (St 4,7); aún más impresionante es la consecuencia que se sigue: “…y huirá de vosotros” (St 4,7).

178.3. ¿Qué más quería la raza de los hijos de Adán sino una promesa así? Cuando miras en tu imaginación a tantos pueblos esclavos del miedo a los poderes de los cielos —que no son el Cielo, sino “los aires,” como te enseña Pablo (Ef 2,2)—; cuando miras con qué opresión se arrastran las mentes dominadas por la superstición o cualquier forma de idolatría; cuando descubres a la Humanidad entera bajo chirriantes cadenas de todas las formas de pecado, dime: ¿no te resulta de lo más admirable que haya un texto bíblico que te diga que tú mismo, o cualquiera de tus hermanos los hombres, puede poner en retirada al que es autor principal de toda esa catástrofe que hace gemir al Universo? ¿No es asunto que amerita extensa meditación, prolongada gratitud y cumplida alabanza? Pues eso es lo que se te dice: “huirá de vosotros.” Esta vez será él quien tendrá que huir, cumpliendo plenamente lo que dijo Nuestro Adorable Señor Jesucristo: “Yo veía a Satanás caer del Cielo, como un rayo…” (Lc 10,18).

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